1999: Centro De Juventud San Gerardo, Coarí, Amazonas, Brasil

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Mis primeros 31 años de Redentorista los pasé en tres de nuestras casas de la Provincia de San Louis, U.S.A. El 26 de abril de 1992 se me preguntó si podía considerar la posibilidad de trabajar en nuestra Viceprovincia de Manaus, Brasil, que se encuentra a lo largo del río Amazonas. Dado que jamás rehusé un traslado, llegué a Brasil el 26 de octubre de.1992 y, tras haber pasado algún tiempo en Manaus y Manacapuru, fui destinado a Coari donde llegué el 8 de enero de 1993. Un dato interesante es que en 1961, tras hacer mis votos temporales, el P. J ohn McCormick ya había pensado en mí para trabajar en esta zona.

Al principio fue muy poco lo que pude hacer debi­do a que tuve que acomodarme al Brasil, es decir, a su cultura, a su clima caliente y húmedo, a sus constantes neblinas a lo largo del ecuador, además de que care­cía de medios y eran también muy pocas las palabras que conocía en portugués. Mi rector me dijo que ca­minara tranquilamente a lo largo de la ciudad y que me hiciera a la gente y a su forma de ser y de sentir. «No tardará en tener más trabajo del que pueda realizar» – me dijo-. Cuán cierta fue su predicción.

Ya desde mi primer día en Coari, siempre que tenía que salir de casa a reparar algo en la catedral, en la casa de retiros, cuidarme del mantenimiento de nues­tra camioneta, ir al muelle a recoger a alguien que lle­gaba en el barco o, simplemente, realizar alguna labor de limpieza en la plaza de la catedral, veía cómo los jóvenes me seguían a todas partes; tal vez, la mayoría de las veces, porque les gustaba pasear en nuestra camioneta. En enero de 1994 tuvimos un nuevo rector que me fue también de gran ayuda y me animó a que, en la medida de lo posible, empleara a los muchachos al mismo tiempo que me mantuviera también cerca de ellos. Era normal, por ejemplo, que cuando iba a po­ner en marcha el motor que bombea el agua del aljibe a la casa de retiros, los muchachos entraran en el aljibe pequeño que hay adelante e hicieran las reparaciones necesarias. Cuando había que hacer alguna reparación, siempre estaban ellos dispuestos, e incluso ansiosos, por hacerla. Fuimos aumentando en número de forma que conseguimos que el rector nos dejara una sala en el 2º piso de la casa de nuestra comunidad.

 Comenzamos por hacer acopio de herramientas etc. cosa que, a continuación, comenzaron a hacer también las jóvenes. Después de algún tiempo, comencé a te­ner algo de intranquilidad con el hecho de que hubiera tantos jóvenes en nuestra casa.¿ Qué pensarían y ha­blarían las señoras mayores sobre las freceuentes en­tradas y salidas de tantas jóvenes? Se lo comenté al rector y me dijo: “si consigue el dinero necesario para acondicionar el antiguo seminario que está junto a nues­tra casa, es suyo”. Me sentí en las nubes a pesar de que dicho seminario apenas si se había utilizado tras abandonarse en 1963. Estaba hecho una calamidad. No tenía ni puertas ni ventanas y había carecido siem­pre de electricidad, agua y tuberías. Cuando en los años 50 y principios de los 60 era seminario, los ser­vicios consistían tan solo en dos pequeñas cabinas fuera de casa, a espaldas del edifi­cio. Bandas de jóvenes lo ha­bían destrozado a lo largo de los años. Habían consumido allí drogas y hecho fogatas en los pisos. Lo habían usado como servicios y el olor era insopor­table, pero pude verle un futuro: el de nuestro propio centro, “Centro de Juventud San Gerardo”.

Fui a ver al Provincial, P. J ackson, a Manaus y le hablé de mis planes. Me dio inmediata­mente el permiso. Conseguí dos de mis mejores jóvenes y enca­minándonos al seminario les dije: “si conseguimos el dinero para acondicionar este lugar, es nues­tro como centro para jóvenes ¿qué pensáis?” Se entusiasma­ron tanto que inmediatamente se envió una carta al Consejo pro­vincial de la Provincia de San Louis. En 1994, durante mis vacaciones en mi país, visité nuestra casa provin­cial de Glenview. Recibí un generoso cheque por im­porte de 10.000 dólares para comenzar la reconstruc­ción del seminario y de nuestro futuro Centro.

La casa que hoy tenemos es el fruto del trabajo de muchos jóvenes y de sus familiares. Cada día mejora en algo. Hasta el presente, hemos podido dar en ella cursos de construcción de canoas, de soldadura, de fontanería, ebanistería, carpintería, electricidad, cimen­tación, de taller de mecánica para coches y de cons­trucción. Las jóvenes tienen una cocina en la que apren­den habilidades culinarias; aprenden también costura, mecanografía e informática. Suelo decirles a los jóve­nes: “Nada es imposible. Para cualquier cosa que que­ráis aprender, intentaremos encontrar el profesor ade­cuado que os lo enseñe”. Este año hemos necesitado un estudio de bellas ar­tes porque tenemos dos jóvenes con grandes dotes.

Echamos mano también de otras escuelas; por ejemplo, de la Iglesia Baptista que da clases de me­canografía e informática en aulas con aire acondicio­nado y en condiciones económicas muy buenas. Envío . allí, por lo mismo, a nuestros jóvenes. Recuerdo que cuando pregunté a Mons. Jacson, C.Ss.R., siendo él párroco en Coari, si podía proceder así a fin de aho­rrar espacio y material, levantó sus manos y me dio su bendición. Me sentí el hombre más feliz del mundo.

Los jóvenes han encontrado un lugar que no es la calle, sino suyo, tienen la oportunidad de aprender un oficio, lograr algo de dinero para ellos y sus familias, desarrollar, en fin, sus aptitudes en vistas al futuro. Hasta el año pasado teníamos también un lugar donde po­dían reunirse para ver la T.V. o películas educativas, una mesa de billar, pingpong, una mesa para jugar a las cartas y algunas otras cosas interesantes que hacían de ella una auténtica sala de recreo. Debimos abandonar­la porque nos faltaba espacio suficiente para dar otros cursillos, pero la idea de una sala de recreo continúa en nuestros planes de futuro.

Cuando llegamos a Coari, vi que no había biblioteca pública ni un lugar adecuado para estudiar. Hemos creado una biblioteca en nuestro Centro. Tenemos muy po­cos libros, pero sí un bello lugar tranquilo para poder estudiar, leer o simplemente charlar y encontrar­se con otros que comparten las propias aficiones. En esta bibliote­ca se han dado también varios cur­sos de inglés.

Hemos construido, además, nuestro propio sistema de alcanta­rillado y dos servicios completos con ducha. Hay muchas familias que no tienen este lujo de una ducha en sus casas y pueden usar éstas.

Para poder hacerse miembro del Centro, se pide dedicar algún rato libre a la iglesia, bien contribuyen­do a su limpieza, bien ayudando en las diversas celebraciones, o ayu­dando a alguna persona mayor, por ejemplo, acarreán­dole a su casa el agua que necesita. Jamás me ha fal­tado ayuda, bien para mí o para cualquier otro miem­bro de la parroquia. Los jóvenes están siempre igual­mente dispuestos a acompañarme a visitar especial­mente a los leprosos. Estoy orgulloso de poder decir, con toda verdad, que nunca he tenido que rogar para que me acompañen a visitar a los enfermos; siempre están muy dispuestos a hacerlo.

Los pocos profesores que tenemos son también vo­luntarios. El producto de lo que hacen lo venden des­pués y el dinero que sacan es para ellos. Los materia­les, como madera o hierro, que los muchachos nece­sitan la primera vez que entran, lo costea el centro, pero una vez que comienzan a ganar dinero, el mate­rial corre a su costa. Los profesores de cocina com­parten con sus alumnos el gasto.

Para un próximo futuro, nuestros planes incluyen ampliar nuestro espacio.

Una idea muy querida para mí es contar con una capilla donde meditar y que sea realizada exclusiva­mente con los materiales de que dispone el Centro San Gerardo. Esperamos tener pronto una secretaria que, cuando yo non estoy, se haga cargo de todo y que, al mismo tiempo, pueda ayudar espiritualmente a los jóvenes y orientar a las jóvenes. Durante algunos años he contado con hermanas, pero esto pertenece ya al pasado y una secretaria aportaría al Centro un muy conveniente toque femenino.

Salvo el recibo mensual de electricidad, el proyec­to entero está costeado por familiares y amigos míos, gentes que desean que la juventud a lo largo del Río Amazonas disfrute de una vida mejor. Siempre insisto a todos en que no se trata de mi Centro de Juventud, ni de nuestro Centro, sino del Centro de nuestros jóve­nes. Suelo repetir también que mi gran sueño es que este Centro de Juventud continúe en activo durante el siglo XXI en favor de sus hijos y de sus nietos, mucho después de que yo haya desaparecido.

Hermano Léo Patin, C. Ss.R.

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