La Experiencia del Papa Francisco en la Zona Cero de Yolanda/Haiyan, en Tacloban

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“Esto parece una zona de guerra” – comentó el Padre Sonny Umbac, CSsR mientras hacíamos el recorrido de los dos kilómetros que separan la “iglesia ni Kristo”, en Santo  Niño, hasta el aeropuerto de la ciudad de Tacloban. Fuimos juntamente con otros seis cohermanos, entre ellos nuestro Superior provincial, P. Nico Pérez CSsR, y el Rector de Tacloban, P. Edwin Bacaltos CSsR.

Esto fue a pasadas las 4 de la madrugada del viernes, 17 de enero, día en que el Papa Francisco llegaba a la ciudad de Tacloban. De todos es sabido que su visita de Estado y su peregrinación apostólica a Tacloban era la razón principal de su viaje a Filipinas. El gran impacto de su visita hizo que decenas de miles de personas de Warays y de Pinoys así como de otras partes del país quisieran estar presentes ese día en la ciudad de Tacloban.

Alrededor de las 2 de la madrugada comenzó a lloviznar. Durante la tarde del 16 de enero, jueves, comenzaron a llegar los peregrinos al lugar del aeropuerto donde tendría lugar la misa del Papa. Las medidas de seguridad que se tomaron exigían que cuantos quisieran pasar al aeropuerto debían registrarse con antelación a fin de que constaran sus respectivas identidades. No era posible pasar al lugar donde se celebraría la misa sin identificarse previamente. Además, los peregrinos tenían que unirse a un grupo determinado de gente al que se le asignaría un lugar en el que permanecer durante las horas programadas. Esto hizo que algunos grupos tuvieran que trasladarse al lugar de la misa incluso la tarde del jueves.

A nuestro grupo se le dijo que debía estar en el lugar que se le había asignado antes de las 6:00 de la mañana, hora en que se cerraban todas las puertas. Así que, al rayar el alba, dejamos nuestra casa redentorista de la “iglesia ni Kristo” para iniciar el camino hasta el aeropuerto juntamente con miles de peregrinos. A lo largo del camino se encontraban policías procedentes de Bicol y Visayas central. También había Scouts y estudiantes de las universidades de Tacloban a los que se les había encomendado formar barreras humanas para controlar a la multitud. La mayoría se protegía con impermeables, aunque muchos estudiantes no tenían con qué resguardarse de la lluvia. ¡El espíritu enardecido cuando pasamos junto a ellos! todo el mundo saludaba a todo el mundo a pesar de que cada vez se empapaba uno más con la lluvia.

El caminar se hacía lento puesto que las calles no estaban del todo iluminadas y no se podía andar por el centro de la carretera, sino por los arcenes, que en muchos tramos eran sólo de tierra, lo que hacía que el andar se convirtiera entonces en algo que hacer sobre  un suelo muy fangoso. El privilegio de pasar por el centro de la carretera lo tenían sólo los militares, las ambulancias y los medios de transporte en camiones o vehículos de otro tipo. De ahí el comentario del P. Sonny de que ¡todo parecía como una zona de guerra!

La escena del aeropuerto

A las 5:15 a.m. llegamos a lo que parecía ser una de las entradas al aeropuerto (dados los aparatos detectores de metales). Todos teníamos que ponernos en fila y llevar con nosotros las pertenencias (las órdenes era estrictas: todo debía colocarse en bolsas de plástico transparente; nada de agua mineral ni de paraguas, etc.) y someterse a un chequeo e inspección corporal. ¡Imagínense tener que hacer todo eso con un número estimado en  200.000 personas! A las 6:15 a.m. encontramos la zona que se nos había asignado, a sólo 30 metros de la capilla improvisada y en la que el Papa Francisco diría la misa, justo frente a  una pantalla gigante ante nosotros que mostraba escenas de su visita a Manila.

El contrate era enorme. En la pantalla veíamos a los que se encontraban dentro del  centro comercial “Mall of Asia”, todos cómodos y secos, con sus chisporroteantes luces en las manos mientras nosotros nos encontrábamos aquí, a la intemperie y con frío, mojados y tiritando por las ráfagas de viento, que cada vez se hacían más violentas y, además, bajo chaparrones intermitentes de lluvia. Debido a la oscuridad del cielo, el amanecer fue  abriéndose paso muy lenta y gradualmente en tanto podían verse volar sobre nosotros nubes oscuras arrastradas por los fuertes vientos del Amang. Todavía se encontraba Tacloban en alerta 1, pero e corría la voz de que antes del final de la misa podría llegar muy posiblemente a alerta 2. Las probabilidades eran muy altas. Cuando comenzaron a verse llegar aviones, la gente rompió en aplausos, aún cuando se sabía que el Papa, como muy temprano,  no llegaría antes de las 8:30 de la mañana; lo más seguro era que aterrizara a las 9:00 a.m. para decir la misa a las 10. Pero lo que se dijo entonces fue que adelantaría la llegada. Con la televisión cubriendo el acto en directo, vimos, efectivamente, que el Papa dejaba la residencia del Nuncio Apostólico y subía a un coche de color negro que lo llevaría al aeropuerto; vimos cómo era recibido por todo tipo de gente en el aeropuerto  y cómo, posteriormente, subía la escalerilla del avión para tomar asiento dentro del aparato PAL.

Era extraño tener la sensación de que cerca de una hora de vuelo se hiciera tan larga al mismo tiempo que tan corta. Muy larga por estar uno empapado bajo la lluvia y con  mucho frío, pero muy corta porque no había gran cosa que ver ni oír en esta zona cero del Yolanda. Había grupos de jóvenes que, en diferentes sectores, cantaban y bailaban cantos  compuestos para la ocasión. Seguían llegando multitudes que rápidamente ocupaban sus sitios  y, muy pronto, todos los espacios asignados se encontraban ya cubiertos de peregrinos. Las pantallas gigantes continuaban emitiendo escenas de la visita del Papa, que resultaban de gran interés para quienes que no habían tenido la oportunidad de ver por televisión los acontecimientos.

¡Y ya! ¡El avión de Francisco viéndose entrar en la pista gracias a la pantalla gigante de TV  frente a nosotros! En primera fila pudimos gozar de una vista extraordinaria de todo cuanto acontecía, acto tras acto: la llegada del avión y la bajada del Papa por la escalerilla desplegada, el griterío cada vez más ensordecedor de la multitud al verlo en carne y hueso (gritando: !Viva el Papa! ¡¡¡El Papa Francisco!!!), niños bailando al pasar junto a ellos (unos cuantos chicos gozando de una vista privilegiada del Papa desde sus “karang” [puestos oficiales] o “pilotes”), el Papa abrazando a los enfermos y ancianos y, finalmente, entrando en el espacio reservado  para prepararse a la misa.

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Cambio de planes

Debido a las inclemencias del tiempo, se anunció de que la misa sería sencilla y que no habría comunión para el público. El punto culminante de la misa fue la homilía del Papa  Francisco que tocó los corazones de todos, especialmente de los supervivientes del Yolanda. Él habló de Jesucristo como el Señor, pero que Jesús sufrió en la cruz y, por tanto, sabía todo lo que era el sufrimiento; que compartía el sufrimiento de las personas y que no las abandonaría. El Papa afirmó lo que todos sabíamos desde el principio: que tan pronto como el Yolanda golpeó la región de Visayas, él estuvo pegado a la televisión y quiso enseguida venir a consolar a los supervivientes. Se disculpó por el tiempo que había tardado en venir a Tacloban para  decir, a continuación, que finalmente estaba allí. A lo que el público respondió ¡con una gran ovación!

También se refirió a María, señalando la estatua de Nuestra Señora de la Salvación, una devoción mariana muy cerca de las Warays al Este de Leyte. En algunos momentos de la misa  se veía en la pantalla gigante cómo caían las gotas de lluvia sobre las mejillas de la estatua, haciendo que pareciera que María estaba llorando. El Papa Francisco aseguró a la multitud que María es la Madre de todos los que se encontraban allí queriendo consolarlos en sus sufrimientos. (Más tarde, en una conferencia de prensa, el P. Lombardi, Portavoz del Vaticano, se refirió a esta estatua como a la Madre del Perpetuo Socorro).

Tras el Sanctus, el viento arreció y, al llegar el canto del Padre Nuestro, existía el temor entre la gente de que algunos de los refugios improvisados estuvieran inundados incluyendo los lugares donde se encontraban los enormes sistemas de sonido. Para entonces, ya estábamos nosotros enteramente empapados y el agua se había acumulado a nuestros pies amenazando con inundar nuestros zapatos y dejarlos completamente encharcados. Me estremecía de frío hasta los huesos y me preguntaba cuánto tiempo podría soportar aquel frío. Pero  había como una energía eléctrica que emanaba de la presencia del Papa y uno sabía que  podría sobrevivir a aquella experiencia única en la vida.

La misa había comenzado pasadas las 9 de la mañana y terminó algo más de una hora más tarde. Se concluyó con la intervención del Arzobispo Mons. John Du agradeciendo al Papa su visita y terminando con estas palabras: “¡Ahora, Santidad, usted sabe cuál es la situación real aquí, en este nuestro lugar!”;  a esto, el Papa Francisco dejó traslucir su increíble sonrisa, aunque antes, en algunas partes de la misa, se le vio muy preocupado y triste al ver a la multitud en aquella situación y, tal vez, al recordar las escenas del Yolanda. A través de la pantalla gigante pudimos contemplar muy claramente en su rostro dichas emociones   llegando a cautivarle a uno tales expresiones de sentimiento. Como la lluvia caía y corría por las mejillas así también las lágrimas rodaron suavemente hacia el húmedo suelo al que el Arzobispo John Du se refirió como la Zona Cero del Yolanda.

Minutos después de la bendición final, el Papa Francisco subió al papa-móvil y bendijo a las más de 100.000 personas que bordeaban la carretera a lo largo de los 15 kilómetros de recorrido tras haber permanecido allí firmes  desde el amanecer. La “zona de guerra” se había convertido ahora en una enorme peregrinación que, de forma multitudinaria, recorría el camino hacia la ciudad sintiéndose revigorizada por la presencia del Papa y con la absoluta seguridad de que tener un Santo Padre cuyo mensaje de misericordia y compasión ¡es auténtico y verdadero!

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¿Porqué la presencia del Papa ha tenido tal impacto?

¿Por qué la presencia del Papa Francisco entre nosotros ha supuesto un acontecimiento asombroso, verdaderamente impresionante debido al impacto que ha dejado en la mayoría de nosotros, los filipinos? ¿Qué es lo que tiene este Papa que atrajo a decenas de miles de filipinos a las calles y a los lugares de su visita? ¿Por qué la gente aguantó de pie durante horas la incomodidad de escenas multitudinarias para contemplar durante sólo unos segundos su presencia? ¿Y por qué 300.000 personas desafiaron en Tacloban una tormenta tropical con fuertes vientos y lluvias torrenciales sólo para verlo desde lejos?

Si uno tiene la oportunidad de leer algunos de los artículos de los periódicos de gran tirada o escuchar los informativos televisivos que intercambian  sus opiniones, se advierte todo tipo de teorías para responder a las preguntas anteriores.

Reflexioné sobre todo esto mientras esperaba la llegada del papa al aeropuerto de Tacloban. Comparto algunas de las teorías: es carismático, hay algo que tiene en su forma de sonreír y de acercarse a la gente, podía percibirse el profundo sentido de su autenticidad y de su espiritualidad, su presencia es como la del propio Jesús, que muestra tanta compasión a aquellos que más la necesitan que llama al pan pan y al vino vino y no tiene miedo a expresar su pensamiento sobre todo en cuestiones relacionadas con la injusticia y la corrupción, que se siente profundamente solidario con los pobres (parte de su homilía, la dedicó a decir que “el pobre está en el centro del Evangelio; y que si se quitan los pobres, no hay Evangelio”; dicha parte será recordada como un texto clásico) y estaba ahí la humanidad que él expresaba con tanta audacia.

La necesidad de un Líder sabio y  bondadoso

Se trata de una convergencia de todos estos elementos, pero creo que hay otro elemento que se suma al carisma que atrae de modo natural y profundo el afecto de nuestro pueblo hacia él. Él es el anciano sabio que tan desesperadamente necesitamos y que deseamos tener en nuestras familias, en nuestras comunidades, en nuestra nación. Por tanto, se trata del nombre que va de Papa Francisco a Lolo Kiko. Él es la figura del padre-abuelo sabio y bondadoso que todos anhelamos tener en nuestras vidas. En nuestra etapa anterior a la conquista hasta la colonización y globalización se ha estado perdiendo el papel tradicional del anciano; había un gran respeto por el datu (monarca), el timoay y el Bae si eran sabios en cuestiones éticas y morales, bondadosos en su relación con su pueblo, misericordiosos con quienes atentaban contra las leyes consuetudinarias de la tribu, amables en su trato con los débiles y con instinto para saber qué dirección tomar.

Hoy, nuestras instituciones sociales están muy faltas de este tipo de ancianos líderes. Y esto es especialmente cierto en el terreno de nuestra política. En el pasado tuvimos “Rectos, Taňadas, Dioknos, Salongas. Tuvimos un presidente como Ramón Magsaysay, a pesar de sus limitaciones. Tuvimos hombres capacitados en nuestro Tribunal Supremo, en nuestros gobiernos locales; pero, al igual que en Malacañang ahora, ¿Qué clase de ancianos líderes tenemos en el Congreso, en nuestros tribunales y en nuestra LGUs?  ¿Qué tipo de líderes ancianos tenemos?

¿Hay profesionales de los medios a los que podamos mirar con aprecio? ¿Hay  intelectuales en nuestras universidades, en los organismos de la sociedad civil y en las ONGs? ¿Y qué decir de nuestros líderes eclesiásticos con respecto a nuestras distintas tradiciones de fe? En estas  nuestras carencias proyectamos nuestro deseo de una figura paterna sabia y bondadosa que entre en escena y proyecte un perfil de estadista, de líder, o de eclesiástico con aquel tipo de sabiduría, de compasión y de dar testimonio a la gente en momentos de desesperación.

Es en este contexto en el que el Papa Francisco aparece en escena. Y lo abrazamos por entero desde el momento en que todos intuimos que él es el ÚNICO que nuestro corazón desea que nos guíe. ¡La suerte que tenemos de tenerlo como nuestro Papa y el privilegio de que haya venido a visitarnos! Mi buen amigo Leah Vidal me envió un mensaje después de la misa en el aeropuerto de Tacloban: “¡Qué afortunados somos realmente de tener a este Papa y en este momento de nuestra vida!”.

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Llegó, vio, “conquistó”

Llegó, vio y “conquistó”. Definitivamente sucedió a pesar de las previsiones meteorológicas extremas que nos llegaban. Teniendo en cuenta que, a diferencia de la mayoría de los filipinos, especialmente aquellos que viven a lo zona de los tifones, al Papa Francisco no le ha preocupado ponerse en peligro ante la tormenta; fue muy valiente al viajar en avión y tener un viaje lleno de baches hasta la ciudad de Tacloban. Y dado que vino,  como prometió, las 300.000 personas de esta ciudad tuvieron una experiencia única en su vida.

Pero, ¿Cuánto de la enorme devastación de Yolanda pudo ver el Papa? Esta mañana, en su homilía improvisada en el aeropuerto (preguntó a la multitud si podía hablar en español puesto que quería hablar con el corazón y no leer el texto preparado), dijo lo que sólo unos pocos sabían antes. (A finales de enero de 2014, cuando un grupo nuestro de Redentoristas  se reunió con el Arzobispo Mons. John Du, éste nos informó que el Papa estaba pensando venir a Tacloban). Fue sólo cuando la CBCP anunció su venida en agosto cuando la gente tuvo idea de que él había ya pensado venir a Tacloban inmediatamente después de la trágica visita del Yolanda.

De hecho, vio la amplia cobertura televisiva de la ira del Yolanda y el caos que sembró en las vidas de los Warays. El Papa quería hacer el viaje lo más pronto posible, pero no era el destino que lo hiciera entonces. Tuvieron que pasar 14 meses antes de que, por fin, pudiera llegar aquí, a la Zona Cero. En su homilía, se disculpó por el retraso, pero dijo también que estaba muy contento de haber podido, finalmente, encontrarse en este lugar. Una larga ovación surgió de la gran multitud al oír estas palabras, una de las muchas en el transcurso de su homilía.

Pero ¿cuánto pudo ver real y directamente el Papa con sus propios ojos y no a través de una pantalla de televisión? Por desgracia, algo debió suceder finalmente en la forma de organizar  su visita a Filipinas. Lo que iba a ser el principal motivo de su visita resultó durar sólo cinco horas, de las 8:30 de la mañana, hora en que llegó, hasta las 13:30, cuando partió. Teniendo en cuenta que se encontraba en nuestro país desde hacía casi tres días, las cinco horas parecían algo secundario respecto a los actos principales en Manila. No es de extrañar  que muchos pensaran que la visita del Papa fuera nuevamente secuestrada por la imperialista Manila. (Pero esto es otra cosa que estoy seguro se analizará y se planteará en distintas  conversaciones y escritos los próximos días).

Afortunadamente, la visita de cinco horas estuvo llena de riesgos y complicaciones que se convirtieron en un momento verdaderamente asombroso en nuestra historia actual como nación. Debido al tifón Amang, la visita de cinco horas resultó ser impresionante, aunque durara tan poco. El Papa estaba contemplando en vivo lo que pasa cuando se acerca un tifón, aunque Amang no fuera de la misma categoría que el Yolanda. Vio cómo los cocoteros y los árboles se mecían con el fuerte viento, lo frágiles que parecían los edificios provisionales y hasta qué punto puede sufrir la gente la ira de la naturaleza. En realidad, ha experimentado en primera persona lo que significa estar en medio de un tifón cuya capacidad para crear devastación y caos se hizo cada vez más evidente a cada minuto que avanzaba la misa.

Que llevara un impermeable amarillo sobre la casulla sólo hizo que el Papa representara muy simbólicamente el dramatismo de un tifón. Dadas las circunstancias, el escenario estaba prácticamente desnudo. El lienzo azul del altar estaba a punto de volar juntamente con los antiguos candelabros. Sólo se mantuvo la estatua de Nuestra Señora de la Salvación  y el crucifijo tradicional en la pared “amakan”. No había nada más sobre el altar: ni cortinajes,  ni flores, ni lujos de ningún tipo. Todo se redujo al mínimo. Incluso la liturgia se redujo a su mínima expresión, por lo que sólo a unos pocos se les dio la comunión. Afortunadamente, todos los cantos fueron enwaray que proporcionó un elemento de inculturación de la liturgia.

Cuando el avión aterrizaba, el Papa pudo ver algo del paisaje. Quizá le dijeron que el aeropuerto se encontraba detrás de la bahía de Cancabato, desde donde se elevaron las enormes olas provocadas por el tifón. Debió ver muchos edificios sin reparar; si bien  el Gobierno había hecho una labor de limpieza de las pueblos a lo largo de la ruta del papa-móvil. Y debido a la enorme multitud que bordeaba las calles, no pudo ver muchas de las viviendas dañadas. Además, la ruta no pasó por calles como Magallanes, donde la mayoría de la devastación es aún visible puesto que el programa de rehabilitación va muy lento así como la construcción de nuevas viviendas.

De camino a la catedral de Palo, estaba programado que el Papa pasara por la humilde casa de una familia que sobrevivió al Yolanda. Pero dicha visita fue cancelada cuando se decidió que su salida hacia Manila se cambiara de las 16:00 a las 13:30. Se reunió, eso sí, con los 30 supervivientes del Yolanda (que, según afirma el cardenal Tagle, pudieron decirle al Papa cuántos murieron  y lo que se perdió durante el mega-desastre), pero la comida con ellos se canceló.  Aún así, según el cardenal Tagle, esta experiencia de escucharlos fue desgarradora para el Papa. Él se disculpó porque hubieran tenido que acortar su visita. Qué lástima que, debido al Amang, no hubiera habido otra opción. Si se hubiera quedado tres horas más, como estaba previsto, hubiera visto y sabido más acerca de todo el programa que existe de recuperación – que incluía la participación de los organismos del Gobierno nacional y de los Gobiernos locales así como todos los organismos internacionales de ayuda y de  ONGs  y de OSC que acudieron al escenario de la tragedia para ponerse al servicio de los supervivientes – y que no consiguieron aliviar mucho los sufrimientos de los que sobrevivieron. Los esfuerzos de recuperación y de rehabilitación continúan a paso de caracol. Y los supervivientes  continúan con la esperanza de una vida mejor.

No cabe duda de que la visita del Papa conquistó los corazones de decenas de miles que lo vieron, aunque fura tan brevemente. Y hay muchos indicios de que también él fue conquistado por la calidez de la acogida y de las muestras de afecto de la gente hacia él.

 Hno. Karl M. Gaspar, C.Ss.R.

  (Traducción: P. Porfirio Tejera, C.Ss.R.)

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