Carta del Superior General en la fiesta de San Clemente María Hofbauer

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Roma, 15 de marzo de 2015

Queridos Cohermanos, Hermanas, Asociados y Amigos:

Hoy celebramos la fiesta de San Clemente María Hofbauer, al que frecuentemente nos referimos como nuestro ‘segundo fundador’. Él es también Patrono de Viena. Su vida como Misionero Redentorista es toda ella una historia increíble.

San Clemente Hofbauer fue hombre de oración. Mi maestro de novicios lo describía como un claro ejemplo de contemplativo en la acción. Su contemporáneo y amigo, el Padre Martin Stark, hablaba del “tabernáculo” que era el corazón de San Clemente. Allá donde iba, generalmente a pie, llevaba consigo a Jesús, y con él se comunicaba a través de la presencia divina que vivía dentro de sí. Dedicado por completo al servicio de los abandonados y de los pobres, su profunda y constante comunión con Dios reportó a la gente mucho más consuelo en sus dificultades que con su ayuda exclusivamente material. Los abandonados y los pobres reconocían que cuando se encontraban con Clemente hallaban en él la presencia viva de Dios.

 Clemente nos recuerda la dimensión espiritual de nuestra vocación misionera, sin la cual no podemos continuar la misión del Redentor. Como misioneros Redentoristas, seguimos las enseñanzas de San Alfonso: nuestra llamada a la santidad y nuestra vocación misionera son una sola y misma invitación a compartir la propia vida de Jesús, el Redentor. Una vez más, la liturgia de la misa de San Clemente nos recuerda que Jesucristo es el fundamento y que nosotros somos meros constructores. Caminamos guiados por la fe. Todo depende de Dios. Parafraseando las palabras con que el propio San Clemente oraba, pedimos que nuestra fe despierte en nosotros como el sol naciente, y que nunca se ponga hasta que todo se haya consumado. Quizás ninguna otra imagen describa mejor esta actitud de Clemente que aquélla del cuadro en que aparece llamando a la puerta del tabernáculo en un momento de gran necesidad; seguro que su plegaria había sido ya escuchada.

 El ejemplo de la vida de San Clemente y su respuesta a los signos de los tiempos nos recuerdan que la reestructuración y las comunidades internacionales – los retos y los fracasos – no son algo nuevo para los Misioneros Redentoristas. Nunca lo han sido. Más aún, son parte integrante de nuestra vocación misionera. Tales sueños y esperanzas fueron bendecidos por el propio San Alfonso. Oh, eso sí, – decía – necesitan tener mayor visión que nosotros mismos para lograrlo. ¡Comprendemos lo que esto significaba para Alfonso! Que nos enfrentaremos a tantos fracasos como éxitos, a tantos retos como oportunidades. ¡Ésta ha sido siempre nuestra historia – desde San Alfonso a San Clemente y desde éste a nuestros días! La opción planteada ante nosotros es “cómo” renovar y reestructurar, no “si” vamos a comprometernos con este proceso.

 La amistad de Clemente se encarna en nuestra vida apostólica mediante auténticas relaciones humanas transformadas por la gracia: a través de nuestras mutuas relaciones dentro de la comunidad apostólica, con los laicos asociados y con nuestros colaboradores, con los abandonados y con los pobres. La amistad que rezuma este Evangelio nos llama a la renovación del corazón y a una más fructífera autenticidad de vida. Apunta a la dimensión afectiva de nuestra vida que debemos colmar y no ignorar en modo alguno. Esta amistad evangélica nos atestigua que “todo el que sigue a Cristo, hombre perfecto, se hace más humano” (Const. 19).

 La oración de San Clemente fue algo intrínseco a él, concreto y de suma importancia. Jesucristo fue en verdad el fundamento sobre el que construyó su vida y su ministerio. Tuvo que enfrentarse a increíbles defecciones y fracasos, a retos y luchas. Recordemos cómo cada fundación concreta que intentaba le resultaba fallida. Y sin embargo, nunca perdió la esperanza. La fuente de su esperanza era la presencia de Jesús, a quien llevaba dentro de sí y con quien estaba en constante diálogo. Decía que la oración era el horno en que diariamente se renovaba su esperanza. Todo depende de Dios. Él llevaba grabado esto en lo más profundo de su ser.

 Clemente decía que “debemos aprender a predicar el Evangelio siempre de manera nueva”. No es de extrañar que la policía secreta del Emperador Napoleón escribiera: “La predicación de este hombre es peligrosa”. Tan peligrosa fue que encendió un fuego inextinguible que continúa aun ardiendo en los Misioneros Redentoristas de todo el mundo, en casi 80 países, de distintas culturas y naciones, todo por el bien de la misión, de modo que los abandonados y los pobres puedan escuchar la Buena Nueva.

 ¡Y pensar que todo comenzó con los sueños de dos novicios alemanes en Italia! Al celebrar la fiesta de San Clemente este año, yo ruego para que tengamos la osadía de entregarnos a grandes sueños, que trabajemos juntos con amistad evangélica, y que renovemos nuestra esperanza en el horno de la oración. ¡Tal vez entonces nuestra predicación sea tan peligrosa como la suya!

 Al continuar al Redentor en el espíritu de San Alfonso, que San Clemente nos acompañe e ilumine hoy. Que nuestra renovación y nuestra reestructuración continúen construyéndose sobre el fundamento de la fe, de la amistad y de la oración.

 Les deseo a todos innumerables bendiciones y gran gozo en esta fiesta.

Su hermano en el Redentor,

 Michael Brehl, C.Ss.R.,

Superior General

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