UN SOLO CUERPO – OBEDIENCIA

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Los retos que presenta nuestro contexto contemporáneo.

Vivimos hoy en una sociedad y en una cultura que tiene muchos valores positivos, muy apreciados por nuestros contemporáneos, y que son esenciales para vivir la obediencia religiosa según el estilo Redentorista de predicar el Evangelio: el respeto a la persona humana y a los derechos humanos; la voluntad de participar en un diálogo que se caracterice por la libertad de expresión y por el respeto a lo que cada uno expresa; una apertura a las alternativas creativas; el deseo de construir comunidad y el anhelo de vivir para alguien y para algo que sea más grande que uno mismo.

Pero también es claro que hay aspectos negativos en nuestra cultura moderna. Por ejemplo: una tendencia a la autosuficiencia y al individualismo exagerados; un énfasis excesivo en el concepto de “realización personal” y un exagerado deseo por la autonomía.

Es cierto que estos aspectos de la cultura moderna han hecho que la obediencia religiosa fuera más difícil. Sin embargo, es aún más cierto que esta cultura moderna – con sus aspecto positivos y negativos – forma parte de nuestra vida, de nuestra realidad, de nuestro contexto. Es en este contexto que vivimos nuestro voto de obediencia y tenemos que aceptar que nuestra obediencia no siempre será tan perfecta como nos gustaría que fuese.

Luz para mis pasos es Tu Palabra
Filipenses 2: 3-11

Lee atentamente estas palabras de Pablo en su gran himno Cristológico. En estas palabras vemos que la vida de Jesús fue una vida de obediencia, obediencia a la Voluntad del Padre. Como Redentoristas profesos estamos llamados a vaciarnos de nosotros mismos y a prepararnos para estar disponibles a realizar la voluntad del Padre en el mundo de hoy.

Sin Fe no hay obediencia religiosa

Nuestra vocación consiste en estar unidos a Cristo Redentor en la misión (Ver Const. 1). Somos servidores de la misión de Cristo. Como siervos de la misión estamos llamados a “conocer” al Maestro. Los Redentoristas “están llamados a continuar la presencia de Cristo y su misión redentora en el mundo, eligen la persona de Cristo como centro de su vida y se esfuerzan por intensificar de día en día su comunión personal con Él” (Const. 23).

Estar unidos a Cristo significa que compartimos su relación con el Padre, su estilo de vida, su preocupación en favor de los pobres, de los pecadores, de los enfermos, de los marginados. Si perdemos la relación de Cristo con su Padre, sólo nos encontramos con este maravilloso hombre de Nazaret. Pero si lo vemos solo como un hombre para los demás, la vida de Cristo no llega a ser apreciada en plenitud. El Evangelio lo deja claro: Cristo es un hombre para los demás, precisamente porque es un hombre de Dios. Su misión es proclamar y vivenciar el infinito amor de Dios por toda la humanidad: el Reino de Dios. Éste es su alimento, es su alegría, pero que también será su muerte. Cristo no tenía un programa fijo para su vida, afrontó la realidad tal como la encontró, movido por el amor de su Padre. Su fidelidad a su misión lo puso en conflicto con el pecado humano y con la injusticia, y eso lo llevó a la muerte, a la muerte de cruz. Incluso cuando se dio cuenta que corría el riesgo de una muerte violenta, se mantuvo fiel a su misión de anunciar el amor de Dios. En la vida de Cristo, vemos que la obediencia es en realidad una manera de vivir.

Esa es la obediencia a la que estamos llamados: una forma de vida. Está claro que no seremos capaces de vivir realmente este “camino”, si no estamos unidos con Cristo. Aunque estemos plenamente unidos a Cristo, nuestra obediencia religiosa nunca podrá alcanzar el grado de la obediencia de Cristo. Pero, unidos a Él, nuestra obediencia religiosa puede convertirse en fuente de alegría. Esta alegría se hace más profunda y más fuerte porque estamos llamados a ser compañeros de Jesús, amigos en el Señor. Así, nuestra obediencia, como una forma de vida, se convierte en un signo de la resurrección de Cristo: el Cristo que sigue viviendo en su Iglesia, en todos los que creen en Él.

En el contexto en que actualmente vivimos, con su énfasis en la libertad de la persona humana y en la auto-realización, seremos capaces de vivir nuestra obediencia religiosa como una experiencia de libertad y auto-realización solamente si la experiencia mística de amor apasionado por Jesús, enviado por el Padre y obediente a la voluntad de su Padre, sigue viva en nosotros y si renovamos diariamente nuestro incondicional compromiso de ser sus compañeros. Es precisamente esta vida entregada totalmente a Jesucristo la que permite producir frutos a todos nuestros esfuerzos misioneros. (Ver Const. Nn. 74 y 75).

Obediencia religiosa – Obediencia apostólica – Disponibilidad para la misión.

La obediencia religiosa, que para nosotros como Redentoristas debe ser “la obediencia apostólica,” no tiene sentido cuando no está arraigada en nuestra fe en Jesucristo, en el amor de Dios hacia cada ser humano. Algunos aspectos sociológicos y psicológicos de la obediencia pueden ayudarnos a vivir nuestra obediencia religiosa, pero otros aspectos representan más bien retos a afrontar. El fundamento de nuestra obediencia religiosa es más profundo. La fe en Jesucristo nos enseña que la auto-realización proviene del donarse totalmente y que la libertad no consiste tanto en el poder de elegir como en la facultad de ordenar nuestras decisiones hacia el amor. Para nosotros, los Redentoristas, la obediencia se basa en el deseo de ser enviado de manera efectiva, para servir por completo, y crear lazos de unión cada vez más fuertes entre nosotros. La “obediencia apostólica” se basa en la confianza mutua.

La obediencia religiosa entendida como “obediencia apostólica” sólo puede tener sentido cuando es vivida con espíritu de la disponibilidad, tal como se prevé en la Constitución 20, donde se afirma que los Redentoristas son hombres que “por la abnegación de mismos se mantienen disponibles para todo lo arduo”. Ahí es donde nos encontramos con tantos problemas hoy día. Con cuánta frecuencia escuchamos que los Superiores se quejan de la falta de disponibilidad de muchos hermanos. La gran mayoría de los cohermanos apostólicamente activos están trabajando muy duro, dedicados especialmente a los trabajos que les fueron encomendados por su Superior. Pero, pasados varios años en una determinada misión, les resulta más difícil aceptar una nueva misión o tarea. ¡Nada hay de extraordinario en esto! De hecho sería extraño, si después de haber pasado muchos años en el mismo lugar y en el mismo ministerio, no fuera difícil. Ésta es una dificultad que debemos aceptar y asumir si queremos evitar el peligro de instalarnos en “situaciones y estructuras en las que su actuación perdería el distintivo misionero ”, como nos advierte la Constitución 15. A menudo, hoy día, los Superiores hablan de los mismos cohermanos siempre están disponibles cuando se necesita a alguien y ¡siempre de los mismos cohermanos que no están disponibles! Una vez más, la Constitución 20 nos recuerda que la disponibilidad para la misión es una de las señas de identidad en el Redentorista. Este llamado a la disponibilidad se renueva otra vez en los “Principios de la Reestructuración”. El Principio n. 2 nos recuerda que “la reestructuración para la Misión debe estimular un nuevo despertar de nuestra Vita Apostolica. Debe provocar una nueva disponibilidad para la misión”.

La “obediencia evangélica”, apostólica, es una de las piedras angulares de la vida religiosa redentorista. Es la “obediencia evangélica” la que, como indica la Constitución 75, “tiende a la verdadera promoción de la persona humana consagrada a Cristo”.

Ante el Icono – La obediencia de María

La Constitución 32 invita a los Redentoristas a tomar a María como nuestro modelo y socorro. Quizá en ninguna otra área de nuestra vida esto resulte más difícil que en la imitación de la vida de obediencia de María. En su libro “Las Glorias de María” Alfonso, reflexionando acerca de las virtudes de María, habla de su obediencia (Virtud 8). En su reflexión, Alfonso ve la vida de María a través de los lentes de la obediencia.

Como modelo de vida y madre de la Iglesia, María encarna en sí la vida religiosa “de la obediencia”. El mensaje del ángel a María (Lc. 1, 32-35) es un anticipo de la proclamación de la Buena Nueva, hecha después de la Resurrección (Hechos 2). En la Anunciación y al pie de la cruz, ella se mostró como un modelo perfecto de obediencia. Ella se nos presenta como la primera en aceptar a Cristo y su Evangelio, por su obediencia al plan de Dios, cuando así respondió a la invitación: “Hágase en mí según tu Palabra” (Lc. 1,38). Por esta razón, los Padres de la Iglesia señalan el hecho de que María concibió a Jesús primero en su corazón y sólo después en su seno.
La obediencia de María a Dios no se manifestó en el hecho de que ella realizó lo que pensaba era lo mejor delante de Dios, sino en aceptar lo que Dios le había pedido a través de otros: el ángel, Simeón y su propio Hijo. Como Juan Pablo II señaló: “María aparece como modelo de acogida de la gracia por parte de la criatura humana” (VC, 28b).

Ella obedeció la voluntad de Dios a pesar de que estaba en la oscuridad y no comprendía el verdadero propósito de Dios; y a pesar del hecho de que Dios la llamó a obedecerle, sólo a través de las palabras humanas de los demás.

Ese es el mismo espíritu de obediencia al plan insondable de Dios que María mostró en el Calvario. La muerte de Jesús en la cruz era un signo de rechazo que se convirtió en la espada que atravesó su corazón (Lc 2: 34 y siguientes). Aquí, en el Calvario, al compartir el supremo acto de obediencia de su Hijo, ella se mostró como madre de la obediencia. La obediencia de María, de la misma manera que la de Jesús, no se demostró a través de los medios elegidos por ella. Como una madre humana, ella también pudo haber dicho sobre la cruz “esa no es mi voluntad”. La cruz fue una gran tragedia impuesta sobre ellos por otros. Fue justamente, ante esta tragedia, que ella dijo con su Hijo: “que se haga tu voluntad”.

Como Alfonso señala, a los primeros Padres les gustaba asociar estrechamente a María con la Iglesia, justamente por causa de su obediencia. María se nos presenta como la nueva Eva (Juan 2: 4; y 19:26). La Iglesia es también esta nueva Eva. Pero, primero, ella estuvo presente en María. El daño causado por la desobediencia de Eva se deshace por la nueva Eva con su obediencia. Eva representa de alguna manera a la madre del mundo antiguo y desobediente. María es la madre del nuevo mundo de la obediencia a Dios.

Al ser la madre de Jesús, ella es también madre nuestra. Su maternal mensaje de autoridad nos invita a dar nuestra obediencia total, de todo corazón, a su Hijo Jesús: «Haced lo que Él os diga” (Jn 2: 5).

María comparte con nosotros el amor que nos permite ofrecer, cada día, nuestras vidas por Cristo para cooperar con Él en la redención de nuestro mundo. Por lo tanto, una relación filial con María es el camino de fidelidad a nuestra propia vocación y la ayuda más eficaz para seguir creciendo en nuestra vocación y vivirla en plenitud.

Bebiendo de nuestro propio pozo

En su libro “La Práctica del amor de Jesucristo” San Alfonso nos muestra que el amor no insiste en seguir su propia voluntad. Al terminar esta reflexión sobre la obediencia pidamos la gracia del amor obediente rezando una de las oraciones de San Alfonso :

Mi Dios y mi todo, a pesar de toda mi ingratitud y negligencia en servirte, siento que Tú continúas a llamarme a tu amor. Aquí estoy, ya no quiero resistir. Quiero abandonar todo para ser totalmente tuyo. Ya no quiero más vivir para mí mismo. Tu reclamo sobre mi amor es demasiado fuerte. Mi alma se ha enamorado de Ti, Jesús mío: Suspira por Ti. ¿Cómo puedo amar otra cosa, después de haberte visto morir de dolor en una cruz para salvarme? ¿Cómo he podido verte muerto y consumido por el sufrimiento, y no amarte con todo mi corazón? Sí, Te amo, mi querido Redentor. Te amo con toda mi alma; y no deseo nada más que amarte por siempre en esta vida y por toda la eternidad.
Te pido, mi amor, mi esperanza, mi fortaleza y consuelo, que me des la fuerza para siempre serte fiel. Ilumíname con tu luz, y señálame cuáles son las cosas de las que debo desprenderme. Concédeme fortaleza, porque quiero obedecerte en todo.
Amor de mi alma, me ofrezco y me entrego totalmente a Ti, para satisfacer tu deseo de unirte a mí. Que permanezca totalmente unido a Ti, mi Dios y mi todo. Ven, Jesús mío, toma posesión de todo mi ser, y atrae hacia Ti todos mis pensamientos y afectos.
Renuncio a todos mis apetitos, a todas mis consolaciones, y a todas las cosas creadas: sólo tú me bastas. Concédeme la gracia de no pensar en nada más que en Ti, de no desear nada más que Tú, de no buscar nada más que a Ti, mi amado y único Bien!
Oh María, Madre de Dios, pide para mí la gracia de la santa perseverancia.

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UN SOLO CUERPO es un folleto mensual de reflexión y oración, preparado por el Centro de Espiritualidad Redentorista: (Piotr Chyla CSsR – fr.chyla@gmail.com ).

Esta edición fue preparada por: Brendan J. Kelly – seg.gen.cssr@gmail.com

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