Llamados a dar la vida por la abundante Redención

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Communicanda 1
Prot. N° 0000 110/04
Roma, 8 de abril de 2004
Jueves, In coena Domini

 

Introducción

  1. Queridos cohermanos,

A todos ustedes, llamados juntamente con nosotros a dar la vida por la abundante redención, nuestro saludo más cordial.

  1. Han transcurrido ya más de cinco meses desde la clausura del XXIII Capítulo General y, con esta Communicanda, queremos tratar dos puntos importantes que el Capítulo fijó, confiando su ejecución al Consejo General y a las demás estructuras del gobierno de la Congregación: en primer lugar, el tema para el sexenio y, en segundo, el proceso de reestructuración de la Congregación. Es nuestro propósito que a los demás temas que exigen un compromiso y que fueron propuestos por el Capítulo, como el de la Redención1, se les dediquen a lo largo del sexenio otras Communicanda.
  2. Como recordaba en la carta dirigida a la Congregación el pasado 2 de febrero, “Dar nuestra vida por la abundante redención es un llamamiento a la conversión, una invitación a que cada uno de nosotros cambie su modo de pensar sobre Dios y nuestras vidas, a la vez que consideramos cómo las estructuras de nuestra Congregación han de transformarse, para que los redentoristas sean más fieles, creativos y audaces en la realización de la misión que les ha sido encomendada.”2
  3. El nexo entre “dar la vida” y la transformación de las estructuras3 puede parecer a muchos forzado, tal vez arbitrario. La primera y la segunda parte del texto, antes citado, sólo tienen en común la urgencia de cambiar nuestro modo de pensar sobre Dios y sobre nuestra vida, por una parte, y sobre las estructuras, por otra. El Capítulo General, por su parte, no dijo mucho para avalar este nexo que, sin embargo, tiene, a nuestro parecer, dos sólidos motivos para fundamentarse:

 – de una parte, el camino recorrido por la Congregación en el post-concilio que últimamente ha impulsado a los Redentoristas a preguntarse honestamente qué puesto habían reservado a Cristo en sus vidas. La llamada a dar la vida quiere que el tema de la espiritualidad alcance posteriores consecuencias poniendo en discusión la totalidad de nuestra dedicación a la misión y, por tanto, también las estructuras en las cuales y mediante las cuales la realizamos.

 – por otra parte, observamos la extrema rapidez con que cambia el mundo y cómo nuestras estructuras se esfuerzan por ir al ritmo de este cambio. Si las estructuras que la Congregación se dio en épocas anteriores de nuestra historia estuvieron al servicio de la realización de su misión, hoy, ante un mundo que cambia, tenemos que ver hasta qué punto dichas estructuras conservan su razón de ser. “Dar la vida por la Redención” no puede limitarse a un acto de espiritualidad personal, sino que debe tener en cuenta los desafíos que el mundo de hoy nos presenta.

  1. A la luz de estos motivos queremos hacer otras dos puntualizaciones:

 – al conectar el “dar la vida” con el cambio de estructuras, no partimos de cero. Ya los últimos Capítulos Generales trataron algunos de los temas espirituales señalados en esta Communicanda y se cuestionaron sobre la validez de nuestras estructuras. Todo esto lo consideramos como parte de nuestra memoria histórica y como un impulso posterior a cambiar para arribar, justamente, al camino hasta aquí ya recorrido;

 – la intención de esta Communicanda es, sobre todo, la de animar, poniendo en marcha una reflexión. Por ejemplo, los temas sobre espiritualidad y misión trazados tanto en la primera como en la segunda parte no son abordados con interés dogmático, ni tratados de modo exhaustivo; sólo intentan preparar la reflexión sobre las estructuras y, a partir de la misma, poner en marcha en la Congregación un gradual proceso de transformación. Con este fin, a la tercera parte se le da un mayor desarrollo en este texto y se la considera como la aportación específica que esta Communicanda quiere ofrecer a la misión redentorista hoy.

I.DAR LA VIDA HOY

Un tema audaz

  1. Ciertamente que no es fácil el tema que el Capítulo General nos ha confiado a todos para los próximos seis años. Dar la vida por la abundante redención es un programa ambicioso y contracorriente, que no va en línea con la tendencia, tan difundida hoy día, que mira con suspicacia a quien se da por completo y sin reservas.
  2. Cuando resulta tan difícil comprometerse hoy con cualquiera vocación a tiempo pleno y de modo definitivo, el Capítulo nos insta a dar la vida, algo que no puede ser sino “para siempre”. Cuando muchos ven en el uso de la libertad personal sin normas un criterio para decir si una vida está lograda, el Capítulo nos invita a hacer de nuestra existencia un don. En un tiempo en el que la salvación corre el riesgo de pasar de ser locus theologicus a tema de economía y política, el Capítulo propone, una vez más, la abundante redención como algo por lo que merece la pena gastar la propia existencia.
  3. Si – como ya hemos supuesto – “dar la vida” cuestiona las propias estructuras con las que realizamos nuestra misión, la opción del Capítulo se nos muestra, también en este caso, como una audaz respuesta a los retos de nuestro tiempo. Constatamos cada vez más que el nuestro es un mundo globalizado en el que los problemas de una región repercuten inmediatamente en las otras, y en el que se corre el peligro de que una cultura llegue a ser hegemónica frente a las demás (pensemos sólo en el uso de Internet). Este mundo en el que la comunicación y la rapidez de los desplazamientos están en la base de una nueva antropología, donde las migraciones de masas y etnias dejan entrever escenarios nuevos de coexistencia y de enfrentamiento cultural, es para el Capítulo un reto que nos lleva a replantear nuestras estructuras y a transportarlas a los nuevos desafíos de la misión. En un tiempo en el que el desplome de las ideologías deja a los pobres cada vez menos esperanzas de lograr un futuro mejor, a la vez que crea una diferencia más clara entre ellos y los ricos, en una época en la que la explotación de la mano de obra en los países pobres en favor de las multinacionales de las naciones más ricas alcanza dimensiones escandalosas, el Capítulo nos insta a todos a tomar partido y a dar la vida por los más abandonados.

¿Qué misión justifica estructuras nuevas?

  1. En un mundo que cambia tan rápidamente, a muchos de nosotros se nos habrá ocurrido preguntarnos si la misión redentorista conserva aún el sentido profundo que la justifique al servicio de la verdadera redención del hombre y, sobre todo, si tiene perspectivas de futuro. A veces nos asalta la duda de si la intuición espiritual, misionera y teológico-moral de san Alfonso, con toda la tradición que surgió de ella, goza aún en este mundo del derecho de ciudadanía. Somos muy conscientes de que todo depende de la respuesta a estas preguntas, desde la pastoral vocacional a la formación que les damos a nuestros jóvenes, desde la predicación misionera a los proyectos de ayuda social y, por último, desde nuestro compromiso con la justicia y la paz a la asistencia que prestamos a nuestros ancianos. Sólo una convincente y positiva respuesta a estas preguntas puede justificar el consiguiente cambio de nuestras estructuras, con el penoso trabajo que ello comporta.
  2. Muchos podrían esperar de nosotros una respuesta exhaustiva pero éste no es el principal objeto de esta Communicanda. Otros querrían encontrar en ella una declaración de un optimismo ciego. Somos muy conscientes de que aún estamos viviendo todos una etapa de búsqueda, de penoso éxodo, frecuentemente árido, en el que se hace difícil perfilar un futuro creíble para nuestra misión, tanto para la propia vida religiosa como para la misma Iglesia. A pesar de todo, debemos señalar de nuevo en estas páginas, siquiera sea brevemente, algunos trazos de la búsqueda que debe continuarse en todo, ya sea por parte de nuestros teólogos, como por los cohermanos dedicados más directamente a la pastoral. En realidad, más que trazos, lo que nos parece entrever son surcos sobre los que dichos trazos deberían recalcarse. Son los espacios vacíos creados por las contradicciones del mundo que después constituyen nuestras propias contradicciones; son dicotomías que, en todo caso, elevan al cielo un grito de salvación al que habrá que responder.
  3. Pensemos, por ejemplo, en el espacio cada vez más amplio que van conquistando hoy los derechos del individuo. ¿Es posible imaginar – y hasta cuándo – un mundo parecido? ¿En qué medida estos derechos individuales amenazan con erosionar progresivamente el terreno propio de la solidaridad, única realidad que puede hacer que se espere en el futuro?

Si el consumo y el placer – sobre todo en los países más ricos – son los que dictan la única razón de vida, hay que preguntarse si existe todavía espacio para la piedad en el corazón del hombre de nuestro tiempo.

Pensemos, después, en el terreno moral donde, debido a un malentendido derecho a la libertad personal, el sentido de culpa casi ha desaparecido por completo. A pesar de esto, cuando está en juego el bien común, emerge pujante una necesidad de ética, de corrección política y de transparencia en los intereses. ¿Cómo conciliar la libertad individual y la salvaguardia del bien común? Y ante el pecado consumado y denunciado, ¿en qué medida se es capaz de misericordia, qué grado de confianza se le concede al pecador y a su redención? Y cuando se otorga el perdón y la posibilidad de recuperarse, ¿no se lo ve como un atajo para la impunidad?

  1. Echemos una mirada también al tablero de operaciones del mundo de hoy y al hecho de que actualmente se deba convivir con el constante temor al terrorismo ¿Cómo conjugar la poderosa necesidad de paz, por una parte, con el derecho a la justicia, por otra?

Si pasamos al campo de la comunicación, también aquí proliferan las contradicciones. A medida que abundan los mass media, ¿no es el compartir profundo lo que frecuentemente falta, dando paso – en muchos casos – a una comunicación pobre y fría? Además, ¿cuántas existencias solitarias y problemáticas no se esconden tras el uso de un chat, de una red, de unos celulares? Más allá de este culto a la comunicación, lo que entrevemos, ¿no es la necesidad de un amor más grande, capaz de dar sentido a todo lo que existe? ¿No nos lleva todo esto a anunciar de una forma nueva al Dios amor, más allá de los temores con que la gente se le acerca y de las falsas imágenes que frecuentemente se le atribuyen?

Cristo Redentor, única respuesta a las muchas preguntas

Somos conscientes de haber planteado simplemente preguntas, porque sabemos que las respuestas sólo son fáciles de hallar en Cristo. Sabemos también que, demasiado frecuentemente, no logramos descifrar ni las preguntas ni las respuestas. Las primeras, a causa de la rapidez del cambio instantáneo; las segundas, tal vez por nuestra falta de fe. Pero sabemos también que sólo Cristo “manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación”4.

A través de nuestra misión de hoy y de mañana, todavía Él, Cristo, no deja de ser la huella sobre la que debemos caminar; más aún, el Camino obligado y necesario. Prescindir de él, escatimarle nuestra vida al servicio de la Redención, es una traición perpetrada al propio hombre de hoy. De esto, efectivamente, debemos caer en la cuenta: de que es la propia vocación del hombre, su código genético, la imagen y semejanza a la que fue ideado, lo que está expuesto a una seria amenaza; y, ante esta amenaza, nuestra misión encuentra su razón de ser hoy y sus perspectivas para mañana. Precisamente, frente a los escenarios de hoy, nuestra misión encuentra una urgencia más fuerte y, con ella, el derecho de invitar los jóvenes y laicos a compartir nuestra propia vocación.

II.DEJARNOS SEDUCIR POR EL AMOR DE DIOS EN CRISTO

Tener en cuenta nuestro camino más reciente

  1. Las últimas décadas han sido para toda la Congregación una oportunidad para revisar y profundizar el propio carisma. Mucho se ha dicho acerca de los fundamentos bíblicos y de la riqueza teológica de la copiosa redemptio. Textos más o menos voluminosos, artículos de revistas históricas y teológicas, tesis de doctorado y de licenciatura se han dedicado a lo específico de nuestra misión.
  2. Consideramos todo este camino como fundamento de nuestra identidad. No pretendemos resumirlo en este lugar, ni mucho menos someterlo a discusión, aún considerando algunas divergencias de lectura que todavía se suscitan entre nuestros estudiosos. De todo este trabajo, tal vez deba hacerse un balance o una síntesis, pero tampoco sobre esto queremos detenernos aquí más de lo necesario.
  3. Pero justamente las últimas etapas de nuestro camino imponen a nuestra consideración un punto del que no podemos prescindir y que, a nuestro entender – como ya hemos recordado al principio de esta Communicanda – tiene que inspirar la propia reestructuración de la Congregación. Ya el Capítulo General de 1997 nos invitó a examinar “la forma como nutrimos y expresamos nuestra relación de fe con Jesús.”5 Por su parte, la carta dirigida a la Congregación al principio de este sexenio subrayaba que “tenemos que dejarnos seducir una y otra vez por la inmensidad del amor salvífico de Dios que se nos da en Jesucristo, el Redentor.”6
  4. En otras palabras, si “Jesucristo es el mismo ayer y hoy, y lo será siempre” (Heb 13,8), lo que cambia es nuestra relación con Él, las “ideas” que nos hayamos hecho de Dios y, por consiguiente, de nuestra propia vida,7 y cuyo examen está en la base de toda transformación, aunque se trate de nuestras propias estructuras.

La pregunta crucial es: ¿Hasta qué punto buscamos el rostro de Cristo? ¿Qué idea nos hemos hecho de Él? ¿Hemos tratado, quizá, de comprenderlo? ¿Convivimos con Él como con un egregio desconocido, o – en el mejor de los casos – según imágenes forjadas por otros?

La tarea de descubrir el rostro de Cristo en nuestro itinerario

  1. También Alfonso de Liguori tuvo que revisar más de una vez sus ideas sobre Cristo y modificar su relación con Él. Su formación juvenil lo vio acomodarse a las ideas religiosas de su época: por una parte, un Dios como juez severo y, por otra, un Cristo más cercano al hombre. Era Cristo quien reconciliaba a la humanidad con Dios y apaciguaba su enojo gracias a su sufrimiento expiatorio, el mismo Cristo descarnado que vemos en la tela pintada por Alfonso en 1719.

A partir del 1723, año que señala su “conversión”, Alfonso empieza a percibir su vida como una llamada al amor y, por tanto, como llamada al don de sí mismo. Comienza a descubrir la importancia del corazón en su relación con Cristo, y luego – sobre todo como consecuencia de las primeras experiencias pastorales y misioneras – el papel de la esperanza y de la alegría. Más tarde, cuando, tras mil consultas y en medio de lacerantes dudas, se decide por la fundación de nuestro Instituto, una sola cosa le queda clara: debe “hacer de la ciudad de Nápoles un sacrificio total a Jesucristo.”8 Pero su itinerario espiritual no termina en las montañas de Scala. Quedan aún las misiones.

Después vendrá la enseñanza de la teología moral a sus estudiantes, la redacción de obras como las Visitas al Santísimo Sacramento (1745) y la Práctica del Amor a Jesucristo (1768), que lo llevarán a una síntesis cristológica madura y bíblicamente fundamentada. Una síntesis que puede definirse así: el amor del Padre encuentra su máxima expresión en darnos a su Hijo, fiel imagen del Dios amor. Y son los misterios de la encarnación, del nacimiento, de la pasión, la muerte y la eucaristía los pasos obligados para entender la infinita ternura de Dios, a pesar de no oscurecer del todo otros rasgos del rostro de Cristo comunes a la teología de su tiempo, como el de la víctima propiciatoria.

  1. Todo esto puede parecernos incontrovertido y logrado ya en el plano teológico y que forma parte del conocimiento que tenemos de nuestro fundador. Es difícil imaginar el recorrido histórico, existencial y espiritual que Alfonso llevó durante su larga vida. Ante el Cristo que va descubriendo de forma siempre nueva, no se coloca la actitud de teólogo teórico. Su objetivo es, sobre todo, pastoral. Escucha, lee, recoge textos, reflexiona y reza a aquel que va descubriendo. En todo tiende a llevar este Cristo que va descubriendo a los que más lo necesitan; a los abandonados, a los excluidos de los círculos teológicos, de las tertulias de los eruditos, de la normal atención pastoral garantizada por la Iglesia, de la docta predicación. Y, ante todo, comparte este mismo Cristo con su comunidad redentorista porque la comunidad es el primer signo de la abundante redención; la comunidad es el lugar al que los pobres pueden acudir libremente para beber de este descubrimiento.
  2. No es casual que el Capítulo General haya querido que la Congregación viviera el tema de Dar la vida por la abundante redención en continuidad con el de la espiritualidad del anterior sexenio.9 Tampoco es fortuito que – además de la reestructuración – fuera la profesión religiosa y nuestro modo de vivirla hoy10 la otra gran preocupación del Capítulo. Alguno podría añadir la solidaridad, pero a nuestro entender – madurado con la lectura de los propios documentos del Capítulo General – la solidaridad representa, más que una preocupación final en sí misma, una de las dimensiones y de las razones que deberían llevar a la Congregación a la reestructuración.

La profesión religiosa es otro tema sobre el que esperamos volver en el trascurso del sexenio, con la colaboración del Centro de espiritualidad redentorista. El tema que queremos desarrollar aquí, sin embargo, es el de la reestructuración, un proceso que todo congregado debe compartir haciéndolo surgir de su renovada relación con Cristo y de su continuo interrogarse ¿Cómo dar hoy la vida por la abundante redención?

III.  LA REESTRUCTURACIÓN AL SERVICIO DE LA MISIÓN

Llamados a la conversión

  1. Somos llamados a la conversión, a revisar una vez más el camino hasta aquí recorrido, a debatir nuestra respuesta a las exigencias actuales de la misión redentorista, a revisar nuestro estilo de vida, nuestra mentalidad y nuestro modo de organizarnos. Estamos invitados a responder con fidelidad creativa a los retos de la misión en el mundo de hoy. Somos llamados a ser fieles al carisma de la Congregación y al espíritu del fundador. Estamos invitados a profundizar en la búsqueda de nuevos modos de responder a las exigencias del anuncio del Evangelio, del anuncio de la “copiosa redemptio” que encontramos en Jesucristo; y esto, no sólo con un discurso nuevo, o con un lenguaje nuevo, sino con el testimonio de vida renovada.
  2. A partir del Concilio Vaticano II, nuestra Congregación y, con ella, la vida religiosa, ha entrado en este proceso. Hemos revisado nuestras Constituciones y Estatutos; nos hemos esforzado por establecer las prioridades y hemos tratado, con la gracia de Dios, de encontrar el camino de la coherencia entre nuestra profesión de fe y nuestra vida, entre la profesión religiosa y la vida comunitaria dedicadas a la caridad apostólica. Hemos tratado de responder con caridad apostólica a las exigencias de nuestra vocación comunitaria.

Un impulso que viene de lejos

  1. El decreto Perfectae Caritatis (1965) decía que “la renovación adecuada de la vida religiosa abarca a un tiempo, por una parte, la vuelta a las fuentes de toda vida cristiana y a la primitiva inspiración de los Institutos, y por otra, una adaptación de los mismos a las diversas condiciones de los tiempos.”11 Pero, con idéntica claridad advertía: “Las mejores acomodaciones a las necesidades presentes no surtirán efecto si no se vivifican con una renovación espiritual, a la que siempre hay que atribuir la fuerza principal en la ejecución de las obras externas.”12 Subrayaba que “sin la cooperación de todos los miembros del instituto no puede conseguirse la renovación eficaz ni la recta acomodación,”13 y que “la norma de vida, de oración y de trabajo ha de estar en consonancia con las condiciones físicas y psíquicas actuales de los miembros, y, según lo requiera el carácter de cada Instituto, con las necesidades del apostolado, con las exigencias de la cultura y con las circunstancias sociales y económicas, en todas partes, pero sobre todo en las misiones. El régimen de los Institutos ha de revisarse también a la luz de estos mismos criterios.”14
  2. En las décadas siguientes al Concilio, las circunstancias, la cultura, la mentalidad y la conciencia de los seres humanos han cambiado mucho y continúan cambiando. Estamos en un proceso de cambio permanente. Todo esto nos obliga a no detenernos en los pasos ya dados. El seguimiento de Jesucristo y la fidelidad al carisma de la Congregación piden de nosotros hoy un nuevo examen de nuestro estilo de vida, de las respuestas misioneras que vamos dando y del modo como nos organizamos. Las estructuras que hemos tenido desde el principio y las que hoy tenemos son sólo medios que nos ayudan a realizar mejor los fines de la misión.

El camino propuesto por los últimos Capítulos Generales

  1. Desde 1979, los Capítulos Generales nos han llamado con insistencia a la conversión, conectando cada vez más los temas espirituales y la necesidad de coherencia a la hora de examinar las estructuras con que realizamos nuestra misión. Puede decirse que estos Capítulos han representado para la Congregación una búsqueda siempre nueva de identidad y un modo de realizar algo que ya encontramos sancionado en nuestras Constituciones. Es decir, que “se les prohíbe instalarse en situaciones y estructuras en las que su actuación perdería el distintivo misionero.”15
  2. Basta recordar cómo en la última década el Capítulo General de 1991 pidió al Gobierno General iniciar un proceso de reestructuración tendente, sobre todo, a: “a) ayudar a las Unidades que han caído en cuanto a personal por debajo de las exigencias del Estatuto General 088, igual que a los grupos de Unidades que muestran signos serios de declive en personal; b) estimular las iniciativas pastorales renovadas, difícilmente sostenibles por Unidades aisladas.”16
  3. El XXII Capítulo General (1997) afirmaba: “Reafirmamos nuestro compromiso como Congregación con los temas de los recientes Capítulos Generales. Se trata de un proceso que todavía está llevándose a cabo de manera gradual entre los redentoristas. […] Nos parece que la vivencia de este tema exige una mística de vida que nos ayude a leer los signos de los tiempos. Esto no es fácil de lograr y, además, conlleva una conversión que es don del Espíritu. Pedimos, por tanto, que los redentoristas centren su atención en la espiritualidad como eje fundamental, de tal manera que la obra de la Nueva Evangelización sea edificada sobre roca y no sobre arena.”17 Para explicar el sentido de esta opción, el Documento final recomendaba: “Que la Congregación asuma la espiritualidad como tema del próximo sexenio. […] Que, atentos al hambre espiritual de tantas personas en nuestra sociedad, busquemos formas nuevas y creativas para compartir nuestra herencia espiritual con los demás.”18 También este Capítulo pedía con insistencia al Gobierno General que “continuara el proceso de reestructuración iniciado en 1991.”19
  4. El XXIII Capítulo General (2003) ha asumido como tema del sexenio Dar la vida por la abundante redención.20 El mensaje final dice: “Vemos este tema como una continuación del tema de la espiritualidad adoptado por el XXII Capítulo General […]. Creemos que no hay espiritualidad redentorista si no es misionera como tampoco hay misión redentorista si no está arraigada en las ‘profundidades de Dios.’”21 E insiste: “Deseamos llamar la atención sobre algunas de las implicaciones y retos que suscita el compromiso de dar la vida por la abundante redención.22 Se reafirma la necesidad de someter a examen nuestro estilo de vida, nuestra vida comunitaria, el testimonio que damos y de revisar nuestras estructuras, verificando cómo sirven a nuestra misión: “A medida que el Capítulo se fue desarrollando se hizo claro para todos que la Congregación debe asumir el reto de la reestructuración para el bien de la misión. La solidaridad puede suscitar muchas estructuras creativas a todos los niveles de la vida de la Congregación, especialmente en el campo de la formación y de las iniciativas apostólicas. El P. General nos retó a pensar en la dirección de promover nuevas comunidades internacionales y nuevas formas de gobierno regional. El Dar la vida por la abundante redención conlleva exigencias inesperadas para todos.”23

Necesidad de revisar nuestras actuales estructuras

  1. Históricamente, las estructuras de la Congregación se crearon para responder a una determinada expresión concreta de la misión redentorista. Por su propia naturaleza, a diferencia de las monásticas, nuestras estructuras son dinámicas, nacen para cambiar y para entrar periódicamente en revisión. Hoy, todos nos damos cuenta de que las exigencias de la misión son completamente nuevas y, por tanto, nos preguntamos si las estructuras actuales responden a la misión de hoy. Éste ha sido el interrogante propuesto durante el último Capítulo General, que ha individuado diversos retos nuevos y a los que ha querido dar una respuesta. En la decisión referente a la reestructuración, el Capítulo dijo: “Las estructuras administrativas de la Congregación no son un fin en sí mismas, sino el soporte para la misión. Existe actualmente un consenso entre los redentoristas de que las estructuras de la Congregación frenan, de vez en cuando, una respuesta creativa y eficaz a las urgencias pastorales de nuestros días.”24 El Capítulo, por tanto, pide que “el Consejo General continúe la reestructuración de las instituciones de la Congregación.”25 Nos encontramos en la etapa de reflexión, de análisis, de apertura, y de búsqueda en orden a las decisiones a tomar.

¿Qué entendemos por “reestructuración?”

  1. No es nuestra pretensión definirla aquí de forma exhaustiva. Proponemos sólo una descripción o la visión que tenemos de ella. Pensamos que tanto la reflexión sobre la reestructuración como el compromiso de llevarla a cabo son tarea de todos los Redentoristas. Vemos la reestructuración como un proceso, como una dinámica de transformación personal y comunitaria que analiza la realidad actual, evalúa las estructuras que tenemos y, en caso necesario, se dispone a cambiarlas a fin de que seamos fieles al carisma y al servicio de la misión. Consiste fundamentalmente en encontrar nuevas formas de organizarnos, creando, en caso de ser necesarias, nuevas estructuras que puedan responder con mayor fidelidad al carisma de la Congregación. Esto requiere una nueva sensibilidad ante los retos actuales. Exige una nueva mentalidad, un nuevo modo de anunciar el Evangelio, un nuevo modo de testimoniar la copiosa redemptio. Obviamente, en todo este proceso tenemos que considerar el clima de fraternidad que debe caracterizar nuestras estructuras de manera que sean “adecuadas”, y no sólo un punto de llegada y de partida para la misión. Debemos someter a examen nuestros modos de relacionarnos, así como las dinámicas de animación de las propias  comunidades Debemos redescubrir un fondo antropológico para nuestras estructuras, que están siempre al servicio de la persona y de su anhelo de vida. En todo caso, no se puede concebir la reestructuración sino a partir de un discernimiento serio que adopta una actitud de conversión y de búsqueda profunda de la voluntad de Dios.
  2. La reestructuración no puede ser sólo una reacción ante situaciones que se nos presentan y ante las que tenemos que adoptar una posición. La reestructuración debe surgir de una actitud positiva. No tendría sentido hacer una reestructuración al estilo de una solución administrativa. Su urgencia no está condicionada por el escaso número de vocaciones o por la incertidumbre frente al futuro. No la motiva el hecho de que haya cada vez menos Redentoristas en algunas Regiones, mientras que aumentan en otras, o por el temor a que una unidad desaparezca, o sólo para seguir subsistiendo o sobreviviendo, sin ninguna preocupación por las exigencias actuales de la misión. La reestructuración no ha de hacerse para salvar una casa o una obra a la que nos sentimos particularmente ligados, pidiendo que otra Unidad nos solucione el problema enviándonos a algún cohermano. La reestructuración no es un antídoto a nuestros miedos ni tampoco una forma de adaptarnos a lo que nos es más cómodo. No es ni siquiera una simple redistribución de personal.
  3. La reestructuración es un proceso que hay que poner en marcha en la Congregación para que ésta pueda responder mejor a los retos del mundo actual. Para entrar en este proceso hay que preguntarse seriamente: ¿Están nuestras actuales estructuras efectiva y eficazmente al servicio de la misión redentorista? ¿Cómo funcionan dichas estructuras? ¿Nos ayudan realmente a cumplir con las exigencias del carisma y a responder a las urgencias pastorales del mundo de hoy? ¿A qué urgencias pastorales está llamada a dar respuestas hoy la Congregación? ¿Qué estructuras nos son útiles para poder responder mejor a dichas urgencias? ¿Qué criterios tenemos para determinar nuestro compromiso con los más pobres y abandonados? ¿Qué es lo que nos ayuda a discernir las verdaderas urgencias pastorales?
  4. Por si estas preguntas nos parecen abstractas o lejanas de nuestras normales ocupaciones, traigamos algunos ejemplos que nos permitan comprender la urgencia de la reestructuración. Pensemos en la formación inicial, que es una de las preocupaciones prioritarias del Gobierno General y de toda la Congregación. La última Ratio Formationis C.Ss.R. aplicó oportunamente a la formación un principio actualmente sancionado por nuestras Constituciones; o sea, la colaboración con otras (vice)provincias26 a fin de garantizar la indispensable calidad en este ámbito: “si una Unidad no cuenta con el personal requerido para las comunidades de formación o las estructuras convenientes para garantizar la formación en todos sus elementos esenciales, debe buscar la ayuda de otras Unidades.”27 ¿Cómo introducir esta urgencia en el proceso de reestructuración?
  5. Pensemos también en los nuevos escenarios que representan la migración de los pueblos. Etnias procedentes del Sur o del Este, carentes por lo general de la necesaria asistencia pastoral, se instalan cada vez más en países del Norte y del Oeste. Pensemos en las condiciones a las que se encuentra expuesto hoy el Continente africano, desde el punto de vista económico-social, eclesial y redentorista. Algunas de nuestras Unidades, que en el pasado han trabajado generosamente allí, se ven obligadas por diversas razones a limitar o a renunciar a su compromiso. ¿No se convierte esto en un grito de salvación que nos interpela? ¿En qué medida nos mostramos herederos de la generosidad y de la creatividad de los Redentoristas de los siglos pasados?
  6. Más aun: en los países del Norte hay Unidades redentoristas que desde hace años no registran llegada alguna de nuevos candidatos, y si llegan, su número es cada vez más reducido. Algunas se han resignado a desaparecer. Otras hacen de su situación el criterio para determinar la muerte de la vida religiosa y de la Congregación en estas regiones. ¿No existe el peligro de plegarse a esta sensación de derrota, dando por imposible la misión redentorista en los países de mayor progreso? ¿No nos impulsa esto a buscar nuevas formas de presencia y de anuncio?
  7. Encontramos un ejemplo en la disparidad económica que registra la Congregación en los 77 países en los que realiza su misión hoy. Hay Unidades que no tienen ningún problema económico, mientras otras se ven obligadas a rechazar nuevos candidatos porque no cuentan con los recursos necesarios para mirar el futuro con confianza. ¿No es esta una situación oportuna para idear nuevas estructuras acerca del compartir, para que se haga efectiva y permanente entre nosotros la solidaridad?

Algunos criterios para la reestructuración

  1. Nos parece decisivo determinar con la mayor claridad posible estos criterios a fin de evaluar nuestra fidelidad al carisma. Dicha fidelidad no se determina a partir de nuestros talentos o de nuestros intereses personales o de nuestra capacidad o habilidad para este o aquel tipo de ministerio. No es el éxito personal o el comunitario, no es el “brillo” de lo que hacemos, y menos aún el gusto personal o lo más cómodo para la comunidad lo que nos lleva a ser fieles. El criterio de fidelidad para la Congregación es el  seguimiento de Cristo en la evangelización de los más pobres y abandonados. Nos preguntamos: ¿Estamos allí donde deberíamos estar? ¿Estamos donde se dan las mayores urgencias pastorales?
  2. Nos apremia preguntarnos concretamente: ¿Qué significado tiene la “reestructuración” para cada Unidad, para cada Región? ¿Qué estructuras son las que mejor pueden favorecer la relación entre el Gobierno General y las Unidades de la Congregación? ¿Son necesarias nuevas estructuras intermedias entre las (vice)provincias y el Gobierno General?
  3. Somos conscientes de haber planteado aquí muchas preguntas, pero reflexionar sobre los pasos a dar en este proceso corresponde a todos los Redentoristas: en cada Unidad, en cada Región, en toda la Congregación. La reestructuración es una consecuencia del proceso de conversión y un camino hacia la conversión personal, a la vez que expresión concreta de la conversión comunitaria. Y este proceso no puede imponerse desde fuera. Tiene que ser el resultado de una nueva mística misionera, de un nuevo modo de testimoniar el amor de Cristo.
  4. El último Capítulo General dijo que “el objetivo general de esta reestructuración es estimular positiva y solidariamente el dinamismo apostólico de la Congregación en la realización de su misión en la Iglesia. La Congregación existe para la misión y tiene, por tanto, la obligación de adaptar a ella sus estructuras.”28 Con la reestructuración se pretende un funcionamiento más eficaz de nuestras estructuras actuales a nivel General, (Vice) Provincial y Regional. Se busca una solidaridad más intensa entre las Unidades, tanto en el apostolado como en la formación inicial y permanente. Se trata, precisamente, de lograr entre las Unidades de la Congregación un intercambio más eficaz de personal a fin de satisfacer las exigencias de la misión y las urgencias pastorales. Se pretende una mejor coordinación de los recursos económicos y se quiere sostener a las (Vice)Provincias que afrontan dificultades especiales de cualquier tipo.29 Otras propuestas surgidas, antes y durante el Capítulo, tendrán que ser tenidas en cuenta en su momento más oportuno, como son los nuevos criterios de representación en el Capítulo General, el número de Consultores Generales y el modo de relacionarse con las Regiones, una nueva división de las Regiones, etc.

Un cambio más profundo

  1. La reestructuración exige evidentemente un cambio de mentalidad, un cambio de actitudes, un cambio del propio marco de referencia. No podemos quedarnos atados para siempre a las actuales estructuras. Durante muchos años, al comienzo de la historia de la Congregación, no existían las Provincias. Se dedicó mucho esfuerzo a la creación de comunidades internacionales. Se constituyeron luego las Provincias, las cuales se fueron desarrollando cada vez más. Surgieron las Viceprovincias y las Misiones como expresión del espíritu misionero de las Provincias. En los últimos años, estamos trabajando mucho en las Regiones en cuanto estructuras intermedias entre el Gobierno General y las Provincias. No podemos caer en la trampa de un “provincialismo” exclusivista, ni podemos considerar a la Congregación como una simple confederación de Provincias. Constituimos un cuerpo misionero internacional, una gran comunidad misionera cuyo fin es “seguir el ejemplo Jesucristo Salvador en la predicación de la Palabra de Dios a los pobres, como él dijo de sí mismo: Evangelizare pauperibus misit me” […], una comunidad que “esto lo lleva a cabo con dinamismo misionero y esforzándose por evangelizar en las urgencias pastorales a los más abandonados, especialmente a los pobres.”30
  2. Es obvio que toda novedad, toda invitación al cambio, produce en nosotros un cierto temor, una cierta inseguridad. En el fondo, es mucho más fácil convivir con nuestras costumbres aceptadas. Es siempre preferible no discutir una mentalidad a cuya construcción – conscientemente o no – hemos dedicado gran parte de nuestra vida. No debemos negar nuestros temores, pero tampoco debemos dejarnos paralizar por ellos. Estamos llamados a dialogar con confianza y esperanza. Verse invitados a pensar en la reestructuración es, en realidad, una invitación a convertirnos a la abundante redención. Es crecer en la solidaridad interior para expresar la solidaridad exterior en la caridad apostólica y, de esta forma, testimoniar el amor de Dios y la abundante redención.

Un proceso que nos implica a todos

  1. Creemos que toda la Congregación, es decir, cada Región, cada Provincia y Viceprovincia, cada comunidad, tiene que entrar en este proceso de reestructuración. En muchos casos se trata de consolidar aquellas estructuras que continúan siendo válidas y de poner en marcha aquellos procesos decisorios ya previstos por las Constituciones y Estatutos y que, frecuentemente, no hacemos que funcionen (principio de subsidiariedad, revisión, programación, etc.). Tenemos que discernir, reflexionar, profundizar, descubrir pistas para el camino, identificar retos, diseñar los pasos que tenemos que dar en este camino de conversión personal y comunitaria. Es un proceso que nos implica a todos. Cada una de las Regiones debe poner en marcha un proceso con el fin de identificar los retos pastorales más urgentes y ver cuáles son los obstáculos que impiden una respuesta ágil y generosa a los mismos.
  2. El proceso de reestructuración es, al mismo tiempo, global y local. En el proceso de discernimiento hay que estar muy atentos a fin de responder a los criterios globales; hay que fijarse en los grandes cambios por los que atraviesa el mundo y que dibujan las grandes perspectivas del futuro. Pero la misión Redentorista debe ser siempre inculturada, debe ser una respuesta conocedora de la realidad local, que respete e influya, en la medida de lo posible, en dicha realidad de acuerdo con lo que dicen las Constituciones 8-9, 17, 19. La búsqueda de mayores urgencias a nivel general no debe impedir que se recuerden las necesidades pastorales más urgentes a nivel de Regiones individuales.
  3. Un cambio de mentalidad requiere tiempo, pero pensamos que ciertas tentativas deben ponerse ya en práctica. Invitamos a todos a seguir los pasos señalados por el XXIII Capítulo General. Debemos estudiar las estructuras de la formación inicial y comunitaria; tenemos que disponernos a conocer y a aprender las lenguas más habladas en la Congregación; tenemos que crecer en solidaridad; tenemos que hacer serios esfuerzos por la creación de comunidades internacionales. Pensamos que en este sexenio, cada Región tiene que comprometerse, al menos, con una comunidad internacional. Creemos que hay que progresar en la solidaridad económica. Hay que estar disponibles a las urgencias pastorales a nivel internacional. Deben evitarse “convenios simplemente bilaterales o exclusivamente entre Unidades” y hay que pensar de forma más global, poniendo los recursos al servicio de la colaboración internacional a partir de una más amplia visión común. Lo que proponemos no es una “centralización”. No queremos caer tampoco en el extremo de una “descentralización”, paso previo a la dispersión. Lo que proponemos es un camino para compartir, para el diálogo, la solidaridad, la evangelización inculturada, para el testimonio comunitario, profético y liberador, sin olvidar que nuestra actual unidad en la diversidad es ya en sí misma un testimonio importante a los ojos del mundo.

¿Cómo continuar con el proceso de reestructuración?

  1. El Capítulo General ha señalado un camino. Dice que “el Consejo General establecerá una comisión que brindará modelos y estrategias para mejorar o reajustar las actuales estructuras de la Congregación.”31 Se definieron criterios sobre el trabajo de la Comisión, sobre su composición, sobre el diálogo constante y la estrecha colaboración con el Gobierno General, sobre la consulta a los cohermanos, sobre el deber de consultar a otras Congregaciones para tener en cuenta sus experiencias, sobre los informes que deben presentarse, sobre la posibilidad concreta de crear entretanto estructuras ad experimentum.32
  2. Quedan aún muchas cosas por aclarar como, por ejemplo, las tareas concretas de la Comisión y las relaciones de ésta con los posibles “delegados del Superior General para las Regiones y Sub-regiones.”33 Deben definirse los límites de responsabilidad y los diversos plazos para el proceso de reestructuración, así como el modo como implicar a las diversas Regiones. Pensamos incluir todos estos aspectos en un proyecto que comunicaremos antes de julio de 2004.
  3. Ante un reto tan enorme como el de la reestructuración, surge el peligro del desaliento y de la resistencia al cambio. Está bien recordar, sin embargo, que la primera gran reestructuración ha sido la redención, y que en este nuestro proceso es el propio Cristo quien participa, Él que vino a hacer de nosotros una sola familia y a dar el sentido de salvación a las estructuras con que trabajamos. Junto a Él lograremos mirar con más confianza los nuevos horizontes que la historia nos abre y encontrar la senda por la que debemos encaminarnos. Con Él y por Él también daremos la vida para que el mundo la tenga en abundancia (Jn 10, 10).

Conclusión

  1. Les renovamos nuestros saludos más cordiales, extensivos a las monjas del Santísimo Redentor, a los religiosos y religiosas más cercanos a nuestra espiritualidad, a los jóvenes que se sienten llamados a nuestro Instituto, a los laicos que colaboran estrechamente con nuestra misión, al pueblo de Dios y, sobre todo, a los más pobres y abandonados.

En nombre del Consejo General
En Cristo Redentor

  1. Joseph W. Tobin, C.Ss.R.
    Superior General

(The original text is the Italian.)

1 XXIII Capítulo General 2003, Orientaciones, 7.3.

2 Tobin, Joseph W., Superior General, Carta a la Congregación (prot. 0000 010/04), 2 de febrero de 2004.

3 Por “estructuras”, entendemos la organización general que la Congregación se ha dado a sí misma a lo largo del tiempo para cumplir con su misión y para una mejor coordinación de sus recursos, es decir, la división en Provincias, Viceprovincias, Regiones, Misiones, etc. En un sentido más amplio, incluimos también la mayor o menor centralización de dicha organización; por ejemplo, parece que está fuera de duda que nuestra Congregación se encuentra entre las más “descentralizadas” de la Iglesia actual al haber privilegiado en el trascurso de su historia – y sobre todo después del Concilio Vaticano II – una creciente autonomía en los entes locales.

4 Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, 22.

5 XXII Capítulo General 1997, Mensaje, 3.

6 Tobin, Joseph W., Superior General, Carta a la Congregación (prot. 0000 010/04), 2 de febrero de 2004.

7 ibidem.

8 Tannoia, Antonio Maria, Della vita ed istituto del venerabile servo di Dio, Alfonso Maria Liguori, Nápoles 1798, I, 66.

9 XXIII Capítulo General 2003, Mensaje, 3.

10 XXIII Capítulo General 2003, Mensaje, 4.

11 Concilio Vaticano II, Perfectae Caritatis, 2.

12 Ibidem.

13 Ibidem, 4.

14 Ibidem, 3.

15 Cfr. Constituciones C.Ss.R., 15. Véase entre otros, y a título de ejemplo, el XXI Capítulo General 1991, Documento Final, 11.

16 Ibidem, 62.

17 XXII Capítulo General 1997, Orientaciones sobre el tema de la espiritualidad, Introducción.

18 Ibidem, 1.1; 1.2 y 1.3.

19 XXII Capítulo General 1997, Postulado 9.1.

20 XXIII Capítulo General 2003, Mensaje final, 2.

21 Ibidem, 3.

22 Ibidem, 7.

23 Ibidem, 11.

24 XXIII Capítulo General 2003, Orientaciones, 11.

25 Ibidem, 11.1.

26 Constituciones C.Ss.R., 141.

27 Ratio Formationis C.Ss.R., Roma 2003, 53.

28 Ibidem, 11.2.

29 Ibidem.

30 Constituciones C.Ss.R., 1.

31 XXIII Capítulo General 2003, Orientaciones, 11.3.

32 Ibidem.

33 De esta figura habló el Padre General en su Informe al Capítulo General.

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