Madre del Perpetuo­­ Socorro, Señal de Alianza

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De vez en cuando escuchamos la palabra Alianza. Generalmente sólo cuando los novios piensan en celebrar el matrimonio y buscan las alianzas (anillos), para sellar y significar el amor que perdura, del compromiso para siempre, vínculo perpetuo, unión de por vida. En la Biblia, Dios se nos revela como el Dios de la Alianza. Busca amigos, hijos, pueblo en alianza.

La alianza une fuerzas, sella compromisos, señala rumbos comunes, entre los que se juramentan ayudarse perpetuamente. Los grandes de este mundo firman alianzas para hacerse más fuertes. Se asocian para defenderse, para extender su influencia y conquistar nuevos territorios.

No siempre terminan bien las alianzas de los grandes. Suelen encerrar búsquedas egoístas y defensa encubierta de intereses exclusivos de las partes. A veces los aliados de hoy son enemigos de mañana. Basta que se cambien los intereses y lo que convino en un momento ya no es redituable después. Son alianzas de conveniencia. Los grandes de este mundo no hacen alianza con los débiles, a no ser que les convenga su ubicación geográfica o sus recursos humanos o naturales. No sucede así con el Dios de la Alianza. Opta por los débiles llamándolos felices:

«Al ver a la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a él. Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo:

‘Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.

Felices los afligidos, porque serán consolados.

Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.

Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.

Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.

Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.

Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.

Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.

Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí.

Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron’» (Mt 5,1-12).

Nuestro Padre Dios, el Todopoderoso, se alía a los seres humanos, a los pobres, a los débiles, a un pueblo pequeño, pecador y débil. Su alianza no es de conveniencia sino de amor. Para el Dios de la Biblia, la alianza es de presencia. Nos quiere junto a Él y, a la vez, Él se quiere junto a nosotros. En Cristo se nos revela como Padre enamorado de sus hijos. No puede vivir sin ellos. Si tiene un Hijo, en Él, nos quiere hijos a todos. El sueño del Padre es que estemos con Él, porque de Él nacimos, por Él vivimos, en Él nos movemos y existimos. La misión que le confía a Jesús es que no pierda a ninguno de los que Él le dio. Nos quiere a todos y con Él. Su Alianza es de Presencia.

La creación entera proclama la presencia del Señor, pero sólo nosotros somos conscientes de ese anuncio. Laudato si’ del Papa Francisco nos ayuda a recuperar esta gran vocación. Sabemos que somos obra del Señor. Esta proclamación agranda nuestra fe, la cual es convencimiento de su alianza-de-presencia-para-siempre. «Los Salmos con frecuencia invitan al ser humano a alabar a Dios creador: ‘Al que asentó la tierra sobre las aguas, porque es eterno su amor’ (Sal 136,6). Pero también invitan a las demás criaturas a alabarlo: ‘¡Alabadlo, sol y luna, alabadlo, estrellas lucientes, alabadlo, cielos de los cielos, aguas que estáis sobre los cielos! Alaben ellos el nombre del Señor, porque él lo ordenó y fueron creados’ (Sal 148,3-5). Existimos no sólo por el poder de Dios, sino frente a él y junto a él. Por eso lo adoramos» (Laudato si’, 72)

La Biblia abunda en momentos y nombres de Alianza. Noé, Moisés, Josué, David, los patriarcas y los profetas, el Sinaí, Siquem, el Tabor, el cenáculo, Jerusalén, la Cruz, la Eucaristía, son signos, personas, lugares, testigos del Dios que vive en Alianza, que le asegura su presencia a sus amigos, a su pueblo, a condición que confiesen y vivan disfrutando, celebrando y proclamando su fiel presencia.

Fueron signo de Alianza las tablas de la Ley que Moisés recibió en el monte. También la sangre de la vaca roja con la que se bendecía el altar y el pueblo, para significar la comunión de vida del Señor con su pueblo (Cf. Ex 24,8). Signos de alianza fueron el Arca con las tablas de piedra, el maná y el bastón de Aarón. Al final del Diluvio,

«El Señor dijo a Noé y a sus hijos: ‘Yo establezco mi alianza con ustedes, con sus descendientes, y con todos los seres vivientes que están con ustedes: con los pájaros, el ganado y las fieras salvajes; con todos los animales que salieron del arca, en una palabra, con todos los seres vivientes que hay en la tierra. Yo estableceré mi alianza con ustedes: los mortales ya no volverán a ser exterminados por las aguas del Diluvio, ni habrá otro Diluvio para devastar la tierra’. Dios añadió: ‘Este será el signo de la alianza que establezco con ustedes, y con todos los seres vivientes que los acompañan, para todos los tiempos futuros: yo pongo mi arco en las nubes, como un signo de mi alianza con la tierra. Cuando cubra de nubes la tierra y aparezca mi arco entre ellas, me acordaré de mi alianza con ustedes y con todos los seres vivientes, y no volverán a precipitarse las aguas del Diluvio para destruir a los mortales. Al aparecer mi arco en las nubes, yo lo veré y me acordaré de mi alianza eterna con todos los seres vivientes que hay sobre la tierra. Este, dijo Dios a Noé, es el signo de la alianza que establecí con todos los mortales’» (Gen 9,8-17).

«Cuando aparezca el Arco Iris me acordaré de mi alianza». Sabemos que las gotas suspendidas ofician de prisma como el cristal descomponiendo la luz en siete colores. Bello fenómeno de la naturaleza después de la lluvia y de la tormenta. Todo lo creado es un signo de alianza, signo de la presencia de Dios. Nos acordamos de Dios cuando arrecia el viento y la tempestad. Todos somos religiosos en el peligro, no tanto cuando todo se calma. La bonanza en la vida nos distrae de la Presencia Salvadora, fuerte y amorosa de Dios. Necesitamos señales, signos de pista que nos recuerden que por aquí pasó Dios junto a nosotros, cuando todo parecía hacernos morir.

La espiritualidad cristiana es espiritualidad de presencia. Dios encarna al Hijo, al Verbo, a la Palabra, para que sea la GRAN PALABRA: estoy con ustedes. Se llamará Emmanuel, Dios con nosotros. Esa es la profecía y ese el anuncio del Ángel a María. La alianza del Señor es alianza de presencia. Presencia es el otro nombre de la Alianza, Yo estaré siempre con Ustedes. Es el cumplimiento de toda profecía, de toda confesión de fe hecha a lo largo de los tiempos por los testigos del Señor: «Tú estás entre nosotros, Señor, y por tu nombre se nos llama» (Jer 14,9). Esa Alianza-Presencia será plena por la efusión del Espíritu que el Señor promete y que Jesús derramará en el corazón de todo creyente:

«Llegarán los días –oráculo del Señor– en que estableceré una nueva Alianza con la casa de Israel y la casa de Judá. No será como la Alianza que establecí con sus padres el día en que los tomé de la mano para hacerlos salir del país de Egipto, mi Alianza que ellos rompieron, aunque yo era su dueño –oráculo del Señor–. Esta es la Alianza que estableceré con la casa de Israel, después de aquellos días –oráculo del Señor–: pondré mi Ley dentro de ellos, y la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi Pueblo. Y ya no tendrán que enseñarse mutuamente, diciéndose el uno al otro: “Conozcan al Señor”. Porque todos me conocerán, del más pequeño al más grande –oráculo del Señor–. Porque yo habré perdonado su iniquidad y no me acordaré más de su pecado» (Jer 31,31-34).

Todo se hace bello cuando se anuncia la llegada de un ser querido o se nos recuerda su paso por nuestra vida. Cuando hay amor, todo habla, hay presencia. El amor es el gozo de la compañía encontrada. Nunca más nos sentiremos ni me sentiré, solo. ¡No hay mejor anuncio! Es el gozo significado por los anillos que mutuamente se entregan los esposos para sellar la alianza matrimonial. Para siempre juntos y mutuamente presentes. La infidelidad es crisis de presencia, crisis de identidad. No saber con quién estoy acompañado y con quién me he identificado. La Alianza del Señor es Presencia de Él en nosotros y nosotros presentes en y con Él. Esta es la obra del Señor en María y en nosotros, su Espíritu derramado, presencia y anticipo de la eterna y gozosa comunión que vivimos anticipadamente y que a su vez esperamos: «la esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado. En efecto, cuando todavía éramos débiles, Cristo, en el tiempo señalado, murió por los pecadores» (Rom 5,5).

Necesitamos signos que nos recuerden con quién y para quién estamos. Las crisis del pueblo de Dios fueron crisis de presencia. Se distrajeron de Aquél que siempre estuvo con ellos. Las distracciones suelen provocar catástrofes en el tránsito, cuando conduciendo dejamos de mirar por dónde vamos y hacia dónde vamos. Así sucede también en el camino de la fe y en los vínculos.

Estar atento es otro modo de definir el amor. El amor no se distrae. El que ama está concentrado en el amado. Pero el amor debe ser ayudado para que se mantenga vivo y concentrado. Para eso están los signos, las señales en el camino, las luces y los colores, los aromas y los regalos. Todo eso es María del Perpetuo Socorro, la madre de los siete colores, el Arco Iris de la Redención. Sus ojos y los colores, sus manos y sus gestos, indican la Presencia del Dios con nosotros. Ella es un bello regalo que ofrece el gran regalo del Padre a la humanidad: Jesucristo. Por eso ella es señal de Alianza.

Ella nos recuerda el amor primero, el amor de quien nos amó primero, el amor que nunca falla, de la presencia que nunca se ausenta. La encontramos en todas partes. Llevar, ofrecer, regalar, entronizar su Icono, es llenar de signos indicadores de la única presencia que nos salva siempre, la del amor que no falla, el amor de nuestro Padre Dios que amó tanto al mundo que le dio a su propio Hijo para que todo aquel que crea tenga vida eterna.

El arco iris surge después de las tormentas. Basta un pequeño rayo de sol para que las nubes amenazantes se conviertan en colores de paz. El Dios que nos revela la Sagrada Escritura no es el cazador despiadado, como lo llamaba Nietzsche, en todo caso, es el cazador que cuelga su arco y jamás saldrá de caza detrás de sus creaturas. El arco colgado en el cielo es signo de paz para siempre. Paz, presencia, amor, fidelidad, compañía y consuelo, eso es lo que nos indica la presencia del Icono de Amor que es María del Perpetuo Socorro. Sus colores la convierten en el nuevo Arco Iris de la Alianza. Su Icono de Amor es señal y garantía de la Presencia que nunca se va, del Dios que se reveló a Moisés en la zarza que ardía y no se consumía «Yo soy el soy» que también expresa «Yo soy el que estoy» (Ex 3,14). No se trata de buscar exactamente los siete colores del arco iris en el icono del Perpetuo Socorro, sino en gozarnos con su multicolor presencia, que nos lleva a asociarla inmediatamente con los colores de aquel arco que el Señor puso en el cielo como señal de alianza, cuando salvó a Noé y a los suyos del exterminio universal.

El Papa Francisco nos ha invitado a descubrir la creación entera como señal de la presencia del Amor de Dios. Todo en ella es un gran signo del Dios que nunca nos deja, que siempre está. María confesó esa presencia cantando el Magníficat y ofreciendo sus entrañas como lugar donde anidó la Presencia Salvadora del Redentor. Todo lo que ella es y tiene, el proyecto y la historia de la que participa, es lugar y anuncio de esa presencia. Vestida de cielo (azul) y sangre (rojo), nos invita a participar, con ella, de la gloria (dorado-amarillo) que comparte con su Hijo (vestido de verde), surgido de la tierra (manto marrón); Él nació en este suelo, y como grano fecundo emergió del surco al tercer día, resucitando de entre los muertos y animándonos a darle la cara al sufrimiento y a la muerte (contempla los signos de la pasión que le presenta el Arcángel Gabriel vestido de púrpura como el Arcángel Miguel que completa el instrumental de la pasión trayendo la lanza y la esponja de vinagre). Los rostros cetrinos (anaranjados verdosos) que indican nostalgia, no son de miedo sino de profunda serenidad y confianza. Nuestra piel y nuestro rostro cambian de color cuando la emoción nos embarga y el clima nos marca. Somos lo que hemos vivido, reflejamos dónde vivimos y de dónde venimos. Así aparece el Icono del Perpetuo Socorro en cada uno de sus cuatro personajes. Jesús, María, Miguel y Gabriel son los portadores de esa gama de colores por los que pasa nuestra vida “desde el más acá” de los sufrimientos, direccionada hacia el “más allá”, hacia lo inexplicable y misterioso (infrarrojo-ultravioleta). En el espectro luminoso de la vida, descompuesto y compuesto tantas veces por las luces y las sombras, las alegrías y las tristezas, surge la mirada limpia de los ojos de la Madre y el Niño, que conservan la calma y la esperanza de quien tiene claro de dónde viene y a dónde va (Cf. Jn 13,3). Son ojos son de luz.

Al contemplar este Icono cargado de tanto Amor, somos captados por la mirada de María que nos sigue, no como quien vigila, sino como quien nos cuida. La amplia variedad de colores capta nuestra atención, y el movimiento de los personajes nos concentra en el Fruto Bendito: Jesús, centro del anuncio del Icono del Perpetuo Socorro. Él es el fruto maduro de la siembra amorosa del Padre, que creció en las entrañas de María. Su rojo cinturón lo acredita como rey glorioso y sus pies denotan los muchos caminos andados y por andar. Él es el árbol verde que nunca se marchita (Cf. Os 14,9), aquel del que hacen leña los verdugos, cuando en realidad los troncos secos, los incrédulos, deberían ser el verdadero motivo de lamento para las mujeres de Jerusalén (Cf. Lc 23,31). Él es la Vid verdadera que podada, da más frutos y separados de ella, nada podemos hacer (Cf. Jn 15,1-5).

Con el Papa Francisco, «le rogamos a María que con su oración maternal nos ayude para que la Iglesia llegue a ser una casa para muchos, una madre para todos los pueblos, y haga posible el nacimiento de un mundo nuevo. Es el Resucitado quien nos dice, con una potencia que nos llena de inmensa confianza y de firmísima esperanza: ‘Yo hago nuevas todas las cosas’ (Ap 21,5). Con María avanzamos confiados hacia esta promesa, y le decimos:

Virgen y Madre María, tú que, movida por el Espíritu, acogiste al Verbo de la vida en la profundidad de tu humilde fe, totalmente entregada al Eterno, ayúdanos a decir nuestro «sí» ante la urgencia, más imperiosa que nunca, de hacer resonar la Buena Noticia de Jesús.

Tú, llena de la presencia de Cristo, llevaste la alegría a Juan el Bautista, haciéndolo exultar en el seno de su madre. Tú, estremecida de gozo, cantaste las maravillas del Señor. Tú, que estuviste plantada ante la cruz con una fe inquebrantable y recibiste el alegre consuelo de la resurrección, recogiste a los discípulos en la espera del Espíritu para que naciera la Iglesia evangelizadora.

Consíguenos ahora un nuevo ardor de resucitados para llevar a todos el Evangelio de la vida que vence a la muerte.

Danos la santa audacia de buscar nuevos caminos para que llegue a todos el don de la belleza que no se apaga.

Tú, Virgen de la escucha y la contemplación, madre del amor, esposa de las bodas eternas, intercede por la Iglesia, de la cual eres el icono purísimo, para que ella nunca se encierre ni se detenga en su pasión por instaurar el Reino.

Estrella de la nueva evangelización, ayúdanos a resplandecer en el testimonio de la comunión, del servicio, de la fe ardiente y generosa, de la justicia y el amor a los pobres, para que la alegría del Evangelio llegue hasta los confines de la tierra y ninguna periferia se prive de su luz.

Madre del Evangelio viviente, manantial de alegría para los pequeños, ruega por nosotros. Amén. Aleluya» (EG, 288).

La buena noticia de Jesús, es la que nos da María, es la que todo ser humano quiere escuchar: nunca más estarás solo -nos dice Jesús y lo anuncia María- «Yo estaré siempre contigo». Por eso, el Icono del Perpetuo Socorro es señal de amor, es signo de alianza, de presencia y de humanidad salvada, nunca más destruida ni negada, porque Dios está con nosotros y María lo garantiza. Ella es la nueva señal, el nuevo arco iris, que invocándola, realiza la promesa del Dios por quien se vive (Cf. Gen 9,8-17).

Felices nosotros que elevando este Icono de Amor, la Señal Multicolor de la Alianza, somos socorridos, protegidos y liberados del pecado, de la muerte y de la destrucción. San Alfonso repite con insistencia en su obra Las Glorias de María, que quien se refugia en ella, se salvará. Por secretos e ingeniosos caminos, la Madre socorre a sus hijos a quienes nunca abandona.

¡Felices de nosotros que nos acogemos bajo el manto y la mirada misericordiosa de Nuestra Madre del Perpetuo Socorro! A ella nos dirigimos y con ella nos presentamos ante Dios, ante la vida y ante cada hermano o hermana que, acogiéndonos o rechazándonos, nos necesite. Su Perpetuo Socorro nos alienta y nos capacita para convertirnos, también nosotros, en señal de la Alianza que el Señor ha querido establecer con nosotros y con toda la creación.

La alegría, el color, la fiesta, la mesa compartida, los cantos, el servicio desinteresado y el testimonio de vida comunitaria, serán, como lo es nuestra Madre, el anuncio y la garantía del infinito amor que nuestro Padre Dios nos ha regalado en su Hijo Jesucristo: «Porque Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único, para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él» (Jn 3,16-17).

María de la Nueva Alianza, Arco Iris de paz y esperanza,

señal multicolor del Amor de Dios nunca vencido,

danos un lugar en tu corazón atento, generoso y tierno,

¡Eres nuestro Perpetuo Socorro!

Hija hermosa del Padre de la fiel promesa,

que juró que ni nosotros ni la tierra,

ni la vida ni el universo, serán destruidos,

porque nos ama con amor eterno.

Madre del amor hermoso,

mujer del latido sereno y de las emociones profundas,

tu bondad sin límite, nos acompaña siempre.

Nacidos del seno del Padre en las aguas del bautismo,

llevamos las señales de tu Hijo en nuestras venas.

Sangre de su sangre, que es sangre tuya,

revestidos de rayos luminosos de esperanza,

recorremos el mundo con los pies descalzos, sangrantes,

marcados por los cardos y espinas del camino.

Llevamos en los ojos el sol y la estrella de la Promesa.

Sedientos de eternidad venimos a tu encuentro.

El agua viva de tu amor, reanima nuestro empeño

y volvemos a creer en los humanos,

en la familia, la amistad, el trabajo y los proyectos.

Eres multicolor Señal de eterna Alianza, la del Dios hacedor del universo,

enamorado de su obra, en la que quiso asociarnos a su empeño.

Danos la gracia de ofrecerlo todo, brindando lo que somos y tenemos,

para regalar al Padre, el cumplimiento de su sueño,

crecer, movernos, cantar, reír, pensar… sufriendo o gozando,

atentos a su amor que nunca falla,

porque es unción de Espíritu y Aliento,

de Alianza en abrazo eterno. Amén.

 

 

Miguel Ángel Chabrando CSsR. (Provincia de Buenos Aires)