“Hemos aprendido la lección de la fragilidad”

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Ciudad del Vaticano, 22 de julio de 2020.- Se titula “La Humana Communitas en la era de la pandemia. Consideraciones intempestivas sobre el renacimiento de la vida» y es el segundo documento, el primero fechado el 30 de marzo de 2020, que la Academia Pontificia para la Vida dedica a las consecuencias de la crisis sanitaria mundial y su interpretación. (…)

“Todavía no hemos prestado suficiente atención, especialmente a nivel mundial, a la interdependencia humana y la vulnerabilidad común. El virus no reconoce fronteras, pero los países han sellado sus fronteras. A diferencia de otros desastres, la pandemia no ha afectado a todos los países al mismo tiempo. Aunque esto podría haber brindado la oportunidad de aprender de las experiencias y políticas de otros países, el proceso de aprendizaje a nivel mundial fue mínimo. De hecho, algunos países, a veces, se han involucrado en un juego cínico de acusación mutua “. (…)

La crisis mostró las posibilidades y limitaciones de los modelos centrados en la atención hospitalaria: “Por supuesto, en todos los países, el bien común de la salud pública debe ser equilibrado en relación con los intereses económicos” y los hogares de ancianos y otros han sufrido un duro golpe. También se debe agregar que “Las discusiones éticas sobre la asignación de recursos se basaron principalmente en consideraciones utilitarias, sin prestar atención a las personas más vulnerables y a las expuestas a los riesgos más graves. En la mayoría de los países, se ha ignorado el papel de los médicos generales, mientras que para muchos son el primer punto de contacto con el sistema de atención. El resultado fue un aumento en las muertes y discapacidades causadas por causas distintas a Covid-19”.

La respuesta a la pandemia de Covid-19 no se puede reducir a nivel organizacional-gerencial. Al releer la crisis, el texto destaca cuánto podemos aprender en un nivel más profundo. La fragilidad, la finitud y la vulnerabilidad en que se han unido todos los seres humanos nos insta a una conversión que incluye y elabora existencial y socialmente la experiencia de la pérdida, como parte constitutiva de la condición humana. Solo a partir de esta conciencia será posible involucrar la conciencia y una conversión que nos permita sentirnos responsables en solidaridad en una fraternidad global (cf. Papa Francisco, Humana communitas, 6 de enero de 2019).

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