Los pobres nunca son un problema, la pobreza sí lo es (comentario sobre Dilexit te)

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Foto: Daniele La Rosa Messina / unsplash.com

Un artículo del Prof. A. G. Fidalgo CSsR, publicado en el blog de la Academia Alfonsiana

Un texto de dos manos, de continuidad y de novedad, un texto no sólo social sino profundamente teológico, cristológico, antropológico y eclesiológico. Un texto que habla con claridad de una pobreza que debe ser reconocida, analizada y abordada en todos los niveles: personal, social, estructural y sistémico. Cada nivel requiere diferentes enfoques analíticos y operativos. Como seres humanos y desde una perspectiva cristiana, la pobreza nos concierne cuando nos ocupamos de los pobres como parte de nuestra familia humana. Escuchamos atentamente sus clamores y nos solidarizamos con ellos para afrontar los desafíos de las políticas socioculturales y económicas que no solo no resuelven la tragedia de la inequidad y la desigualdad, sino que la agravan y enmascaran, y continúan presentando el problema de los pobres y la pobreza como un destino fatal, cuya principal responsabilidad recae en las actitudes de quienes aparentemente nacieron pobres y prefieren seguir siéndolo.

El verdadero humanismo y el verdadero compromiso cristiano siempre estarán en contra de toda forma de pobreza y a favor de los pobres y de su liberación y promoción integral. Desde ellos y con ellos, para que toda la familia humana siga ganando en humanidad. Siempre será un difícil aprendizaje interpersonal y sistémico afrontar los múltiples y variados desafíos de la pobreza, acompañando a sus mayores víctimas. Porque, si no hay bienestar y desarrollo integral para toda la sociedad, no los habrá para nadie; solo habrá un escándalo de insuperables violaciones de lesa humanidad. La comunidad cristiana no solo no puede ser cómplice, directa o indirectamente, de estas situaciones, sino que, a todos los niveles, debe declarar con eficacia de qué lado está, de qué lado quiere estar y cuál afirma ser su postura, no solo con declaraciones coherentes, útiles y oportunas, sino sobre todo con acciones transformadoras.

Nadie puede permitirse vivir en la indiferencia, y mucho menos refugiarse en explicaciones reconfortantes que convierten la pobreza, y peor aún, a los pobres, en una realidad marginal, periférica, parte de un mecanismo necesario de un supuesto desarrollo que, cueste lo que cueste, beneficiaría a todos; mientras tanto, esas realidades serían meros efectos colaterales. Además, la indiferencia y la mirada hacia otro lado, para seguir haciendo historia, no solo seguirán deshumanizándonos, sino que este mismo proceso autodestructivo nos hace perder la riqueza que se encuentra en medio de tanta miseria y marginación, como verdaderas reservas de humanidad. Valores de lucha, de vida y muerte compartidas, de solidaridad tejida desde lo poco de cada uno para que haya más. Valores de resistencia y resiliencia para enfrentar tanta violencia y degradación deshumanizante en y desde la marginalidad, demostrando que incluso con pocos recursos, se puede hacer mucho para seguir caminando y mejorando.

Parece increíble que la Iglesia aún necesite fortalecer y reafirmar que la “opción por los pobres” es fundamentalmente cristiana, que tiene fundamentos cristológicos y eclesiológicos, avalados por la gran Tradición teológica y magisterial, que es una elección que impregna la vida de todos los creyentes y que nadie puede ignorar, abrazándola y abordándola en su totalidad. Pero aquí está este nuevo texto del magisterio papal. Esperemos que no sea otro texto que se añada a la pila de tantas palabras que, aunque llenas de significado y valores, corren el riesgo de caer en el olvido. Esperemos que aporte una visión más amplia y profunda de la misericordia y la limosna. Esperemos que pueda seguir contribuyendo a superar las ideologías que justifican la realidad de los pobres y la pobreza. Esperamos que estas palabras, aunque numerosas, no sean vacías, sino proféticas y sabias, que den profundidad a “la opción por los pobres y contra la pobreza”, como diría el padre de la Teología de la Liberación, el gran pastor y teólogo Gustavo Gutiérrez. Lo recordamos con gratitud un año después de su muerte (1928-2024). Esperamos que los estudios académicos y los servicios pastorales y ministeriales en la Iglesia puedan dar resonancia a este firme llamado a hacer del Evangelio de Jesús, en favor de los pobres y de una pobreza liberadora, el centro de sus estudios y configuraciones. Esperamos que entre todas estas significativas exhortaciones y aclaraciones, al menos estas queden profundamente grabadas:

“A veces, sin embargo, se asumen criterios pseudocientíficos para decir que la libertad de mercado traerá espontáneamente la solución al problema de la pobreza. O incluso, se opta por una pastoral de las llamadas élites, argumentando que, en vez de perder el tiempo con los pobres, es mejor ocuparse de los ricos, de los poderosos y de los profesionales, para que, por medio de ellos, se puedan alcanzar soluciones más eficaces. Es fácil percibir la mundanidad que se esconde detrás de estas opiniones; estas nos llevan a observar la realidad con criterios superficiales y desprovistos de cualquier luz sobrenatural, prefiriendo círculos sociales que nos tranquilizan o buscando privilegios que nos acomodan.” (DT, n. 114).

“El amor cristiano supera cualquier barrera, acerca a los lejanos, reúne a los extraños, familiariza a los enemigos, atraviesa abismos humanamente insuperables, penetra en los rincones más ocultos de la sociedad. Por su naturaleza, el amor cristiano es profético, hace milagros, no tiene límites: es para lo imposible. El amor es ante todo un modo de concebir la vida, un modo de vivirla. Pues bien, una Iglesia que no pone límites al amor, que no conoce enemigos a los que combatir, sino sólo hombres y mujeres a los que amar, es la Iglesia que el mundo necesita hoy.” (DT, n. 120).