
(del blog de la Academia Alfonsiana)
La primera Exhortación Apostólica del Papa León XIV tiene una importante dimensión política. En este sentido, es importante aclarar que, cuando, en la visión cristiana, hablamos de política, como recordó Pío XI durante la audiencia concedida a los líderes de la Federación Universitaria Católica el 18 de diciembre de 1927, nos referimos al «campo que concierne a los intereses de todas las sociedades, y que, en este sentido, es el campo de la caridad más amplia, a la que nada, salvo la religión, podría considerarse superior. […] Todos los cristianos están obligados a comprometerse políticamente. La política es la forma más alta de caridad, superada solo por la caridad religiosa hacia Dios» (Pío XI, en L’Osservatore Romano, 23 de diciembre de 1927, n.º 296, 3, col. 1-4). En la perspectiva cristiana, la política consiste en el servicio al individuo y al bien común, inspirado en los valores evangélicos de la justicia, la paz y la caridad. Su objetivo es transformar la sociedad a partir de la conversión interior del individuo y, al servir a los pobres, contrarrestar la lógica del poder y el egoísmo, reconociendo al mismo tiempo la autoridad civil. El compromiso político de los creyentes es una vocación que integra la espiritualidad y la responsabilidad pública, con el objetivo de construir una sociedad más humana y justa, no mediante la imposición, sino dando testimonio de los valores del Evangelio.
En este sentido, León XIV ofrece una reflexión política al reinterpretar toda la historia del cristianismo, desde la Biblia hebrea hasta las últimas décadas, a través de su preocupación por los más pobres, invita a la Iglesia católica a vivir a la altura de su propia historia, caracterizada por el compromiso de hombres y mujeres que han dedicado su vida al servicio de los más pobres (véase en particular el capítulo III de la Exhortación). Por esta razón, la Iglesia no puede necesariamente permanecer neutral ante los dos bandos opuestos, repetidamente criticados en el texto. Es decir, por un lado, el ultraliberalismo que tiene como objetivo la acumulación de riqueza, el culto al éxito individual y la libertad de mercado. Sobre este tema, los argumentos del Papa son más antropológicos que económicos. Denuncia creencias ilusorias como el efecto de goteo de la riqueza (cf. DT, n. 92), así como una especie de ceguera, difícil de superar, que nos impide alarmarnos ante desigualdades que se convierten en «desequilibrios dramáticos» (DT, n. 99), con juicios severos sobre el crecimiento de «algunas élites de ricos, que viven en una burbuja de condiciones muy cómodas y lujosas, casi en un mundo apartado de la gente común» (DT, n. 11).
Por otro lado, León XIV se distancia de una concepción privatizada de la fe cristiana, limitada a la oración (DT, n. 112). La fuerza de este argumento reside no solo en recordar que el amor y la justicia son inseparables de la fe, sino aún más en la reiterada condena de una vida espiritual o eclesial que ignora las necesidades concretas de los más pobres. Así, el Papa escribe: «El amor a los pobres […] es la garantía evangélica de una Iglesia fiel al corazón de Dios. De hecho, toda renovación eclesial siempre ha tenido entre sus prioridades esta atención preferencial a los pobres» (DT, n. 103).
Esta doble denuncia pone de relieve la razón misma de ser de la Iglesia, que «realiza su vocación más profunda cuando ama al Señor allí donde más se desfigura» (DT, n. 52). Al hacerlo, León XIV dirige un mensaje directamente político al mundo: «La difícil situación de los pobres representa un grito que, a lo largo de la historia de la humanidad, interpela constantemente nuestras vidas, nuestras sociedades, nuestros sistemas políticos y económicos, y, en particular, a la Iglesia» (DT, n. 9).
A la luz de estas reflexiones, el Papa llama a un compromiso que vaya más allá de la simple reducción de la pobreza para promover la eliminación de sus causas profundas. Siguiendo al Papa Francisco, León XIV llama al desarrollo de una política con los pobres, desde su perspectiva. Con realismo, observa que esto requiere una escucha genuina de quienes viven en situaciones precarias por parte de políticos, trabajadores sociales e instituciones eclesiales. «Si los políticos y los profesionales no los escuchan, ‘la democracia se atrofia, se convierte en nominalismo, en formalismo, pierde su representatividad y se desencarna porque excluye a las personas en su lucha diaria por la dignidad, en la construcción de su destino’» (DT, n. 51).
La visión política también está presente cuando el Papa reitera la necesidad de que los Estados vigilen los intercambios económicos para evitar que beneficien solo a una “minoría feliz” (DT, n. 92). Su lenguaje se torna particularmente duro, entonces, en relación con las políticas de austeridad, cuando: “Se vuelve normal ignorar a los pobres y vivir como si no existieran. Parece razonable organizar la economía exigiendo sacrificios al pueblo, para alcanzar ciertos objetivos que interesan a los poderosos” (DT, n. 93).
Así, León XIV invita a las comunidades católicas, así como a los teólogos, a superar cierta indiferencia hacia la política, a unir sus palabras a las voces de los más vulnerables y a dar voz a una pregunta fundamental: “¿Acaso los débiles no tienen la misma dignidad que nosotros? Quienes nacen con menos oportunidades, ¿valen menos como seres humanos? ¿Deben simplemente sobrevivir? El valor de nuestras sociedades depende de la respuesta que demos a estas preguntas, y nuestro futuro también depende de ello” (DT, n. 95).
Una cuestión vital, que se hace eco de las consideraciones de Pablo VI en la Populorum Progressio de 1967, que, lamentablemente, después de casi sesenta años no ha perdido su actualidad cuando señala: «La lucha contra la pobreza, aunque urgente y necesaria, es insuficiente. Se trata de construir un mundo en el que cada hombre, sin exclusiones de raza, religión o nacionalidad, pueda vivir una vida plenamente humana, liberado de la servidumbre que le imponen los hombres y una naturaleza insuficientemente dominada; un mundo donde la libertad no sea una palabra vacía y donde el pobre Lázaro pueda sentarse a la misma mesa que el rico» (PP, n. 47)
artículo del prof. L. Salutati
(traducción libre de Scala News, el artículo original en italiano se puede leer en el blog de la Alfonsiana)


