(del blog de la Academia Alfonsiana)
Si bien es cierto que vivimos en un mundo que formalmente decidió abolir la esclavitud, esto ha sido así al menos desde que se inició el proceso histórico y jurídico que dio origen al abolicionismo (siglos XVIII y XIX), y que alcanzó su máxima expresión en el Artículo 4 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948), y posteriormente en la resolución de las Naciones Unidas que declara la esclavitud como el crimen más grave contra la humanidad (1956). Sin embargo, se trata de una realidad de opresión que, dolorosa y escandalosamente, sigue muy presente en formas más o menos tradicionales y nuevas. Esto representa una afrenta a la humanidad, que anhela vivir con dignidad.
Desde una perspectiva interreligiosa, cabe recordar el oportuno evento celebrado con el Papa Francisco: la Ceremonia de Firma de la Declaración contra la Esclavitud por los Líderes Religiosos (Casina Pio IV, 2 de diciembre de 2014). En este sentido, cabe recordar cuando el Papa Juan Pablo II, durante una visita a África (1985), pidió perdón a los africanos por el sufrimiento causado por «hombres pertenecientes a naciones cristianas» en la trata de esclavos. Francisco ha denunciado reiteradamente el fenómeno de la esclavitud, desde el trabajo infantil hasta la trata de personas y muchas otras situaciones (cf. EG, nn. 43; 57; LS, n. 154; FT, n. 24). Y ahora el Papa actual llega con su mensaje clave de «desarmar» y «prevenir la dominación» de cualquier tipo. En su encíclica social Magnifica Humanitas [MH], entre otros elementos significativos, se encuentra un hecho de gran novedad histórica: pide disculpas por la falta histórica de la Iglesia al legitimar la esclavitud y advierte sobre nuevas formas de esclavitud. Según el Papa, están surgiendo nuevos reduccionismos antropológicos que conducen inexorablemente a procesos de deshumanización. Y la comunidad eclesial que representa, aun cuando debe, con honestidad evangélica, reconocer sus pecados históricos, no puede permanecer en silencio, como experta en humanidad, cuando esta magnífica humanidad es irrespetada y, de hecho, menoscabada en su dignidad. Para este papa, «proteger la libertad contra la dependencia y la mercantilización» (cf. MH, n.º 128; 131; 170 y ss.) implica «romper las cadenas de las nuevas formas de esclavitud» (cf. MH, n.º 173-181).
El papa León reconoce que durante siglos las autoridades eclesiásticas legitimaron la esclavitud, y la condena universal tuvo que esperar hasta el siglo XIX (cf. MH, n.º 123; 176). Al mismo tiempo, como ya se mencionó, denuncia nuevas formas de esclavitud, extendiendo el concepto a males sociales modernos, como la mercantilización de las personas, la explotación sexual, el trabajo forzoso y el daño físico que sufren quienes trabajan en la extracción de materiales para las industrias tecnológicas y de IA (cf. MH, n.º 42; 172; 174; 175; 177; 179).
Por lo tanto, es fundamental reconocer estas nuevas formas de esclavitud, analizarlas y abordarlas con responsabilidad y creatividad profética, para no volver a pedir perdón por omisión o por acción. Si se trata de salvaguardar el don más preciado: el binomio de dignidad y libertad, esta realidad deshumanizadora no puede ignorarse. Así, el texto denuncia las diversas formas de subyugación directamente vinculadas a la economía digital: el trabajo invisible; la extracción de tierras raras en condiciones brutales (incluidos menores); la trata de personas facilitada por plataformas, sistemas de mensajería, pagos anónimos y elaboración de perfiles. En efecto, aunque se necesitaron unos dieciocho siglos para condenar la esclavitud clásica, en la actualidad no se nos permite tal letargo; por eso la autocrítica histórica se presenta como el alimento de una vigilancia activa y proactiva, de alta densidad histórico-teológica (cf. MH, n. 177; FT, n. 86).
En última instancia, se trata de cuidar y salvaguardar a la humanidad en su devenir histórico, a través de transformaciones constantes que deben ser siempre objeto de discernimiento, para que ofrezcan lo mejor de sí para el bien común (cf. MH, cap. IV). Por todo ello, la comunidad eclesial debe perseguir su vocación-misión evangelizadora más auténtica, cada vez más capaz de escuchar el clamor de los pobres, los migrantes y las víctimas de las nuevas formas de esclavitud (cf. MH, n. 42); y, desde ahí, denunciar sin vacilar esos cuerpos marcados, mutilados y consumidos, para que el flujo de cálculos no se interrumpa (cf. MH, n. 173). Hasta el punto de que la lucha contra las «nuevas formas de esclavitud» constituye una prueba decisiva para el discernimiento ético de la IA y la transformación digital (cf. MH, n. 174). Al mismo tiempo, como prueba en contrario, cabe afirmar que no reaccionar con firmeza o tolerar de alguna manera tales prácticas implicaría, en cierta medida, ser cómplice hoy de los pecados cometidos ayer (cf. MH, n. 175). Aún más peligroso sería que nuestra era digital no solo no fuera poscolonial, sino una versión de otro tipo de colonialismo (cf. MH, n. 178).
Se espera que este mensaje llegue a todos, pero especialmente a aquellas personas e instituciones que no solo tienen mayor peso social, sino también mayores responsabilidades éticas y sistémicas para emprender e implementar procesos reales de transformación. De lo contrario, sería otro bonito mensaje que se aplaude y se deja en el repertorio de la doctrina, como si nada se hubiera dicho, reivindicado o denunciado. Por lo tanto, entre otras cosas, se espera que:
- Se asume que «ciertos patrones de endeudamiento estructural, que mantienen a pueblos enteros en condiciones de dependencia, revelan la misma mentalidad que acepta, bajo nuevas formas, relaciones de subordinación que rozan la esclavitud» (MH, n. 172).
- Es urgente impulsar «un amplio movimiento de reflexión y acción que sitúe en el centro la dignidad inalienable de todo ser humano y el bien común, como fines de la sociedad y criterios para toda elección personal, social y política» (MH, n. 174).
- Se entiende que «las instituciones de alto nivel deben reconocer, proteger y promover la libertad y la creatividad de los niveles inferiores, coordinando sus contribuciones para que cooperen eficazmente por el bien común» (MH, n. 68).
- Es una elección que se debe hacer por «justicia, que exige prevenir el surgimiento de nuevas formas de exclusión y privación de libertad» (MH, n. 80).
- Acojamos el llamado a un discernimiento moral y social que salvaguarde la primacía de la persona, de modo que la inteligencia humana, con su conciencia y libertad, guíe siempre las innovaciones técnicas y establezca responsablemente su uso y límites (MH, n. 97).
- Comprometámonos a promover un uso de las tecnologías que fortalezca la libertad interior: educación en sobriedad digital, protección de menores y oposición a modelos que se nutren de la vulnerabilidad (MH, n. 170).
- Aceptemos y asumamos que «las nuevas formas de esclavitud se alimentan de cadenas económicas e infraestructuras digitales» y, por lo tanto, «es necesario trabajar en múltiples direcciones:
en primer lugar, aumentar la transparencia de las cadenas de suministro que sustentan la industria tecnológica y la economía digital, para que ninguna ventaja competitiva se base en la explotación invisible.
En segundo lugar, las empresas e inversores deben adoptar criterios claros para la debida diligencia ética preventiva, incluyendo entre sus prioridades la protección de los trabajadores, la lucha contra el trabajo forzoso y el impacto social de los modelos de negocio basados en datos.
Además, se debe instar a las plataformas digitales a cooperar responsablemente con las autoridades y la sociedad civil para evitar que las herramientas de comunicación, pago y elaboración de perfiles se conviertan en canales para el reclutamiento y control de víctimas.
«Cuando estas decisiones convergen, el entorno digital puede transformarse de un espacio de depredación a un espacio para la protección, la prevención y la promoción de la dignidad» (MH, n. 179).
Sin olvidar, y de hecho situando en el centro del enfoque moral, la creencia de que: «el misterio del Hijo de Dios entrando en nuestra condición habla de una Movimiento opuesto: el Dios vivo desciende a nuestra historia para liberarnos de toda forma de esclavitud, asume nuestra debilidad y la transforma en un lugar de salvación (MH, n. 232). Partiendo de estas convicciones, se trata de desarmar toda lógica esclavizante, todo sistema de esclavitud, toda mentalidad colonialista y dedicarnos a construir una humanidad que sepa «levantar lo que se ha derrumbado y proteger lo que está expuesto» (MH, n. 241), porque «Dios acompaña la libertad de los seres humanos en la construcción de la historia» (MH, n. 21).
prof. A. G. Fidalgo CSsR
(traducción libre del original en italiano publicado en alfonsiana.org)




