La Senadora italiana Liliana Segre

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(del Blog de la Academia Alfonsiana)

Su testimonio de cómo se puede pasar del horror al compromiso por la paz y la libertad
(Día de la memoria 27-01-1945/2023)

Ella representa sin duda esos monumentos vivientes, que como ella misma suele decir, dentro de poco solo será una parte en los libros de historia; pero que esperemos sean algo más, a modo de una presencia siempre inquietante en la memoria viviente de los/as que seguimos realizando esta historia. Historia que necesita siempre del duro aprendizaje de sus errores del pasado.

La Senadora italiana Liliana Segre [1] Nacida en Milán (10.09.1930), orígenes hebreos; con su madre Lucía, la cual murió cuando ella tenía apenas un año, y con su padre Alberto que se declaraba laico. De pequeña, por sus orígenes, supo lo que era la exclusión y la persecución. Hasta que llegó el día en el cual fuera “deportada” junto con su padre, desde el “infame” andén 21 de la estación de Central Milán, un 30 de enero de 1944, hacia el campo de concertación de Auschwitz-Birkenau. Suplicio que se prolongó hasta que el 1° de mayo de 1945, cuando fue finalmente liberada y refugiada por un tiempo en el campo de Malchow. De regreso en Italia, reprenderá lentamente su vida con el resto de familia que le quedaba, proyectando la suya propia y dedicándose a testimoniar en escuelas y donde ha podido el significado de toda aquella nefasta historia de inhumanidad. En 2018 fue nombrada senadora vitalicia por el presidente italiano Sergio Mattarella. Su talante civil y ahora político no han hecho sino ratificar más y mejor la hondura de su significatividad histórica.

El domingo 23 de octubre del año pasado, en un programa televisivo (Che tempo che fa), entre otras cosas, dijo dos frases que nos parece que merecen nuestra atención: «Quiero esperar que todavía haya antifascismo», e indicando cuál debería ser nuestra actitud fundamental para seguir adelante, dijo que se trata de «Ser libres y no tener miedo». Para el quehacer teológico cristiano se trata de dos actitudes fundamentales. Una teología que no solo está llamada constantemente a superar los horrores del pasado y sus posibles complicidades con dichos lados oscuros, sino que más aún está llamada a ser, en cada momento de la historia, maestra de vida, generadora de nuevas alternativas que ayuden a realizar el proyecto de nueva humanidad que nos ha revelado el Dios del hebreo marginal, Jesús de Nazareth.

Los fascismos, en tanto ideologizaciones extremas de carácter totalitario y autoritario, no pueden jamás encontrar justificación alguna en la fe cristiana[2]. Y si bien ser “anti” no suele ser una actitud muy constructiva, se ha de reconocer que a veces resulta imperativa para poder superar ciertas deshumanizaciones. Así las cosas, una teología moral que no sea anti-totalitarista, en el sentido que con claridad sepa denunciar los abusos de poder y las instrumentalizaciones de la religión en aras de dichas actitudes, y que al mismo tiempo no sea capaz de anunciar alternativas en las cuales la participación plural y libre de la sociedad venga altamente garantizada, no podrá ser una teología moral digna de ser tal. Se necesita un quehacer teológico vigilante, no desde fuera ni altisonante, sino comprometido con la realidad histórica, salvaguardando los elementos esenciales de una sana y plural convivencia humana, dejando clara sus opciones, que -al estilo de Jesús- saben dar prioridad siempre a las minorías, a los/as más abandonados/as de todo posible sistema de vida que genere directa o indirectamente exclusión y o marginalidad. No solo como solía decirse “siendo voz de los que no tienen voz”, sino -mejor aún- dejando que sus voces sean escuchadas y sus vidas visibilizadas.

Por lo tanto, necesitamos una teología moral libre y sin miedos, con humildad y audacia, para trabajar inter y transdisciplinarmente en orden a acompañar y sostener procesos de construcción de sociedades cada vez más humanizantes, donde no solo se dé lugar a una verdadera “ciudadanía” sino también a una real “cuidadonía”, esto es, dar lugar a la participación en el mutuo cuidado de la dignidad humana y sus diferentes manifestaciones, personales y sociales.

Aprender de los horrores del pasado, donde tantas veces se ha querido homologar y unificar la historia bajo un solo modo de ser humanos, descartando y aniquilando a los “diferentes”, a los “que no son de los nuestros”, eso no puede volver a suceder, no nos podemos permitir el lujo de repetir esas atrocidades, del modo que sea que pretendan reapropiarse del escenario sociocultural, político, económico y religioso.

Liliana Segre, nos permite comprender cómo la experiencia del dolor atroz nos puede convertir, no en vengadores/as, sino en propagadores/as de paz, pero de una paz activa y vigilante, sostenedora de una memoria proactiva y generadora de un futuro de dignidad y libertad.

p. Antonio Gerardo Fidalgo, CSsR


[1] Cf. Entre tantas referencias posibles, ver: http://www.enciclopediadelledonne.it/biografie/liliana-segre/

[2] Cf. Cuanto se dice al respecto en el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia al respecto, nn. 42; 91-92; 190.191; 351-352; 407; 417-418.