El 26 de septiembre, la Familia Redentorista celebra la memoria litúrgica del Beato Gaspar Stanggassinger. Nacido en Berchtesgaden en 1871 y ordenado sacerdote en 1895, dedicó su corta vida —falleció con tan solo 28 años— a la formación de jóvenes, viviendo su vocación misionera con bondad, paciencia y profunda fe. Su figura permanece especialmente cercana a los formadores y a quienes trabajan en la pastoral juvenil y vocacional: su ejemplo nos recuerda que la santidad se construye día a día, en la vida cotidiana.
Les invitamos a repasar su vida a través de las reflexiones del P. Paweł Drobot, CSsR.
El 26 de septiembre se conmemora la memoria litúrgica del Beato Gaspar Stanggassinger, Redentorista. Nació el 12 de enero de 1871 en Berchtesgaden, ciudad alpina fronteriza entre Alemania y Austria, en el seno de una familia numerosa de 17 hijos. Su amor a Dios y su deseo de santidad lo llevaron a la Congregación Redentorista, que floreció en la segunda mitad del siglo XIX, y cuyo dinamismo y fervor apostólicos atrajeron a jóvenes entusiastas.
Gaspar asistió a la escuela primaria en Berchtesgaden. No fue el estudiante más talentoso, pero sí el más aplicado. Ya en la escuela, consideró la posibilidad de ser sacerdote. Una fecha significativa en el desarrollo de su vocación sacerdotal fue el 21 de noviembre de 1880. Según relató más tarde, fue el día en que escuchó la llamada de Cristo a seguirlo, durante la Santa Misa.
Es significativo reflexionar sobre este acontecimiento. Su vocación, como las historias de muchas vocaciones bíblicas, tiene un marco bien definido: lugar, tiempo y decisión. Jesús habla al corazón con una voz sutil e interior. Pero en la historia de cada vocación hay un momento decisivo: la respuesta consciente y decidida. Para Gaspar, ese momento fue el mismo día que participó en la Eucaristía.
A la luz de la historia del Beato Gaspar, cada uno de nosotros puede preguntarse: ¿Recuerdo el día en que respondí conscientemente a Dios, aceptando la vocación que me dio? Podría ser religiosa, sacerdotal, matrimonial o familiar.
En 1884, Gaspar ingresó en el seminario menor de Freising. Su vocación maduró en un entorno familiar que lo apoyaba, marcado por la fe de su madre. Ya como Redentorista, Gaspar repetía a menudo: «Se lo debo a mi madre».
Otro hito importante fue su confesión general en 1887, con el Padre Anton Höfer, también Redentorista. Después de ese sacramento, desarrolló el deseo de convertirse en Redentorista. Aquí vemos cómo un encuentro concreto y el sacramento de la reconciliación pueden guiar la vida. Este episodio nos recuerda que un director espiritual nos ayuda a discernir y que el pecado puede obstaculizar las decisiones correctas. Al confiarnos con confianza a la misericordia de Dios, obtenemos la luz y la libertad para tomar buenas decisiones.
En 1892, Gaspar se trasladó del seminario diocesano al seminario redentorista. En 1895, fue ordenado sacerdote. En su diario, escribió: «Soy sacerdote por la gracia de la misericordia de Dios. Deseo someterme por completo a la voluntad de Dios y de mis superiores. Dondequiera que me envíen, ya sea para trabajar en las misiones, enseñar o realizar cualquier otra actividad, lo aceptaré como la voluntad de Dios. Soy, de hecho, un instrumento en las manos de Dios. Deseo estar completamente abierto a la acción de la gracia de Dios. Si tengo la oportunidad de elegir, quiero predicar la palabra de Dios a los pobres, a los humildes y a quienes aún no han escuchado el Evangelio. Quiero predicar solo la Palabra de Dios, no a mí mismo».
Tras su ordenación, anhelaba ser un misionero y pastor popular, pero fue enviado al seminario menor redentorista de Dürrnberg como formador y profesor de religión. Posteriormente, llegó a ser prefecto. Gaspar era amable y bondadoso, cualidades que lo hicieron muy querido por seminaristas y hermanos frailes. Su vida demostró que la santidad no consiste en renunciar a la humanidad, sino en vivir con bondad, amabilidad y disponibilidad.
Escribió: «Alguien llama a la puerta mientras trabajo, y mi trabajo se interrumpe a menudo. En ese caso, no debo mostrar impaciencia, sino acoger a todos como si no tuviera nada más que hacer».
Los estudiantes recordaban que, como prefecto, buscaba comprender, escuchar con paciencia y acoger a cada uno tal como era. Impartió una sólida formación religiosa. Sus clases se caracterizaban por tres características: concreción y existencialismo; la convicción de que sin la gracia de Dios, los esfuerzos humanos valen poco; Y su lema de vida: “No te apresures”, “Avanza paso a paso”.
Para Gaspar, la educación cristiana no se limitaba a la devoción, sino que incluía la formación cultural y humanística. Repetía que no basta con vivir de las emociones o el conocimiento académico: lo más importante es conocerse a uno mismo, descubriendo el papel de Dios en la vida. El camino hacia este conocimiento es la oración.
Su objetivo educativo era la santidad de sus alumnos: “No es el clima ni el lugar lo que hace santo al hombre, sino la gracia del Espíritu Santo”. La voluntad de Dios se reconoce cuando uno imita a Cristo, entrando en la realidad y asumiendo la responsabilidad de ella, sin permanecer como un espectador pasivo.
En sus notas, anotó: “Encomiéndate a la gracia de Dios, sin centrarte en las preocupaciones ni en los propios éxitos. No quieras lograr nada solo. Deja espacio para que Dios actúe y busca primero el Reino de Dios. Lo demás vendrá solo”.
Sus superiores consideraron nombrarlo líder juvenil en el nuevo seminario de Gars am Inn. Pero la salud de Gaspar se debilitó. Llegó a Gars el 11 de septiembre de 1899; dos días después, comenzó retiros para seminaristas. La noche del 23 de septiembre, experimentó un fuerte dolor abdominal: era apendicitis. Tras dos días de sufrimiento, falleció al amanecer del 26 de septiembre de 1899.
El 24 de abril de 1988, el Papa Juan Pablo II lo beatificó en Roma.
Gaspar Stanggassinger puede ser descrito como un santo de la vida cotidiana. Su fe viva lo llevó a decir: «Dios lo es todo, yo no soy nada». Esto resultó en su amor a Dios y en la elección de la santidad, un camino de autoconocimiento y trabajo interior, paso a paso. Su experiencia nos recuerda que todo es gracia, que los excesos devocionales deben evitarse y que la santidad se vive en la bondad, la amabilidad y la dedicación a los demás, especialmente a los jóvenes.
El heroísmo del Beato Gaspar consistió en abrazar la vida cotidiana como el verdadero camino hacia la santidad.
Por su intercesión, oremos para que descubramos la santificación en la vida cotidiana. Le encomendamos a nuestros formadores, catequistas, maestros y educadores, para que, siguiendo su ejemplo, acompañen con amor y paciencia a los jóvenes en su camino de crecimiento espiritual y personal.
P. Paweł Drobot CSsR
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