Curso de Espiritualidad en Scala, Ravello, Muro Lucano y Nápoles: “contemplar la realidad con los ojos de Alfonso”

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Volver a los orígenes para renovar y fortalecer nuestra vocación misionera

Recorrer los lugares históricos donde nació y creció nuestra Congregación ha sido para nosotros una profunda alegría y una gracia inmensa. No se trató simplemente de visitar ciudades, iglesias y antiguas casas, sino de volver a las fuentes de nuestra espiritualidad, reencontrarnos con el sueño misionero de San Alfonso María de Ligorio y permitir que Dios encendiera nuevamente en nuestros corazones el deseo de anunciar la Abundante Redención.

Iniciamos esta peregrinación desde la Casa Generalicia, a los pies de nuestra Madre del Perpetuo Socorro. Bajo su mirada maternal emprendimos el camino, acompañados espiritualmente por San Alfonso y por tantos santos, beatos y mártires redentoristas que hicieron de sus vidas una entrega generosa al servicio de la misión.

Una de nuestras primeras experiencias significativas tuvo lugar en Ciorani, Casa Madre de la Congregación desde 1736. Caminar por sus pasillos y entrar en las habitaciones vinculadas a San Alfonso, San Gerardo y el Beato Gennaro Sarnelli fue una vivencia difícil de expresar con palabras. La sencillez y austeridad de aquellos espacios nos recordaron que, para realizar grandes obras para Dios, no hacen falta demasiadas seguridades, sino corazones disponibles. Cada rincón parecía hablarnos de silencio, oración, sacrificio, conversión y entrega.

Posteriormente llegamos a Scala, lugar donde nació la Congregación del Santísimo Redentor. Allí recorrimos los sitios relacionados con nuestros orígenes y llegamos hasta la gruta donde San Alfonso se retiraba para encontrarse a solas con Dios y donde, según la tradición, recibió una manifestación de la Santísima Virgen María. Contemplar las montañas y la costa que tantas veces observó Alfonso se convirtió para nosotros en un momento profundamente vocacional.

Visitamos también el protoconvento de las monjas Redentoristas, hijas espirituales de la Beata María Celeste Crostarosa. Celebramos la Eucaristía en la capilla vinculada al Milagro Eucarístico y recordamos el encuentro entre Alfonso y Celeste, así como el proceso de oración y discernimiento que acompañó los comienzos de nuestra familia misionera.

En la Catedral de San Lorenzo contemplamos la imagen de Cristo Crucificado. Alfonso había llegado a Scala buscando descanso y recuperación para su salud; sin embargo, Dios tenía otros planes. Allí conoció la realidad de los cabreros y de tantas personas pobres y espiritualmente abandonadas. Lo que parecía un simple tiempo de descanso se transformó en una llamada. Dios le mostró a quiénes debía entregar su vida. Entre oración, dificultades e incertidumbres fue tomando forma aquello que, el 9 de noviembre de 1732, se convertiría en nuestra Congregación.

Desde Ravello contemplamos Scala y comprendimos algo esencial: nuestra Scala todavía existe. No es solamente un lugar geográfico; Scala está allí donde hay personas olvidadas, pobres, heridas, alejadas de la fe o necesitadas de alguien que les anuncie que sus vidas tienen un valor infinito para Dios. Cada redentorista está llamado a reconocer la “Scala” que el Señor coloca delante de sus ojos.

Tras las huellas de Gerardo, en Muro Lucano, su tierra natal

Nuestro camino continuó hasta Muro Lucano, tierra natal de San Gerardo Mayela. Visitamos la catedral, la capilla donde recibió el Bautismo y el lugar donde vivió y trabajó como sastre. Allí recordamos al pequeño Gerardo, quien anhelaba recibir la Sagrada Comunión, pero a quien le fue negada por su corta edad. Según la tradición, San Miguel Arcángel respondió a su profundo deseo llevándole el Pan del Cielo. Esta historia nos enseñó que Dios nunca deja con hambre a un corazón que lo busca sinceramente.

Descendimos también por un estrecho pasillo que nos condujo hasta una de las casas donde Gerardo vivió con sus padres. Aquel lugar trajo a nuestra memoria su firme determinación vocacional. Cuando su madre lo encerró para impedir que siguiera a los misioneros redentoristas, Gerardo ató las sábanas de su cama, descendió por la ventana y dejó escrita una frase que continúa interpelándonos: «Me voy para hacerme santo». Aquel joven considerado inútil por algunos se convirtió, en las manos de Dios, en un luminoso testimonio de humildad, caridad, obediencia y santidad.

En sintonía con Alfonso por medio de sus composiciones musicales

Otro momento inolvidable fue el concierto de música alfonsiana interpretado por el P. Saturno y su coro. Al escuchar Tu scendi dalle stelle, contemplamos la humilde grandeza de un Dios que desciende de las estrellas y se hace pequeño por amor. Con O bella mia speranza, experimentamos a María como Madre, refugio, consuelo y esperanza. A través de la música pudimos asomarnos a la intimidad espiritual de Alfonso y comprender que la espiritualidad alfonsiana no es solamente una doctrina: se siente, se canta y se convierte en una vida entregada al Redentor y a los más abandonados.

Mundo te conozco…

Finalmente llegamos a Nápoles. En la parroquia Santa Maria dei Vergini contemplamos el acta bautismal de Alfonso. En la Catedral de San Gennaro recordamos que allí recibió las órdenes menores y fue ordenado sacerdote. Providencialmente, nuestra visita coincidió con la fiesta de San Gennaro y pudimos presenciar la tradicional licuefacción de su sangre, una experiencia de fe muy significativa para el pueblo napolitano.

Recorrimos también la histórica Via dei Tribunali, evocando el juicio cuya pérdida llevó a Alfonso a exclamar: «Mundo, te conozco. ¡Adiós, tribunales!». Aquella aparente derrota no fue el final de su historia, sino el comienzo de su entrega sacerdotal y misionera. Dios se valió de una dolorosa decepción para mostrarle el verdadero camino de su vida.

Regresamos de esta peregrinación fortalecidos y renovados en nuestra vocación redentorista. Comprendimos nuevamente que, cuando Dios toma la posta de nuestras vidas, Él mismo conduce su obra hasta el final. Volvemos con el deseo de contemplar la realidad con los ojos de Alfonso y preguntarnos cada día: ¿quiénes son hoy los pobres y abandonados que Dios pone en nuestro camino?

Que María, Madre del Perpetuo Socorro, nos acompañe siempre, y que San Alfonso y San Gerardo nos enseñen a entregar la vida para que todos puedan experimentar la alegría de la Abundante Redención.

¡Copiosa apud eum redemptio!

P. Antonio Javier Morel, C.Ss.R. (Paraguay)