Un aporte desde la tradición alfonsiana para una teología del sacerdocio

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(del Blog de la Academia Alfonsiana)

En un tiempo el sacerdote fue el estudiante por excelencia de la teología moral. Esta disciplina fue creada para enseñar a los confesores “casos de conciencia”. Antes del punto de inflexión del Concilio Vaticano II, la confesión era el “lugar” privilegiado para la formación de las conciencias, y el sacerdote era su formador, la teología moral la disciplina que formaba a los formadores. Con el tiempo, la disciplina ha asumido una fisonomía propia y precisa y un estatus epistemológico propio que la sella como un área de la teología, fundada en el Misterio de Cristo y nutrida de la Sagrada Escritura. Está llamada a ilustrar la altura de la vocación de los fieles en Cristo y su obligación de dar fruto en la caridad para la vida del mundo (cf. Optatam totius, n. 16). Hoy los estudiantes de teología son laicos y laicas, sacerdotes, religiosos y religiosas que, unidos por la vocación de estudiar teología, colaboran para llevar la luz del Evangelio al mundo contemporáneo (cf. Gaudium et spes, 43). Aunque el horizonte es mucho más amplio que en el pasado, la teología moral es una disciplina con una dimensión vocacional intrínseca. Por lo tanto, un simposio sobre el sacerdocio, el celibato y las vocaciones también compromete la teología moral. La Congregación para los Obispos y el Centro de Investigación y Antropología de las Vocaciones organizaron del 17 al 19 de febrero una iniciativa de reflexión: “Para una teología fundamental del sacerdocio”. La teología moral tiene mucho que decir sobre el tema.

San Alfonso a los confesores

En particular, sin embargo, a los que se matricularon en la escuela de Alfonso M. de Liguori les viene a la mente las numerosas páginas escritas por el santo, sobre el tema de la vocación, en particular las exhortaciones dirigidas a los confesores. Vivió en el 1700, época en la que el sacerdote es un experto en “casos de conciencia” y la confesión es un “lugar” de formación de conciencias. Por eso, Alfonso recuerda a los confesores que con la predicación se echan las redes, con la confesión se sacan los peces a la orilla1. En la confesión, los confesores deben quitar el vicio y sembrar la virtud2. En la Práctica del confesor para ejercer bien su ministerio, especifica las tareas del confesor: padre, médico, doctor, juez3.

El confesor debe ser un padre: acoge a todos, es un hombre lleno de caridad. Es un poco como el dueño de ese burro del que nos habla San Francisco de Sales. Este burro se había caído de un precipicio. Dice San Francisco de Sales, en tu opinión, ¿qué debe hacer el maestro? ¿No va allí y lo golpea hasta romperle las costillas? De ninguna manera, se acerca a él, le habla en voz baja, lo levanta y se para cerca de él para no dejarlo caer de nuevo. Esto es lo que el padre confesor debe hacer con el penitente. Más vale unas cuantas confesiones bien hechas que muchas y mal hechas.

El es un médico. A partir de los síntomas debe comprender la enfermedad, identificar la cura y administrar la medicina en las dosis adecuadas. El confesor debe comprender cuál es la condición del penitente, ganar su confianza, entablar un diálogo con él y ayudarlo gradualmente a corregirse. Gradualidad y paciencia son las consignas.

Es doctor: en el sentido de que el confesor debe estudiar siempre. Hay muchos casos y circunstancias en la vida, por eso el confesor siempre debe actualizarse y compararse con los demás.

Es un juez: la absolución es un juicio, pero de misericordia y esto sugiere una atención sensible a la situación concreta del penitente y a sus posibilidades.

Los confesores deben concretar fielmente la conducta de Jesucristo, para que todos puedan experimentar el amor misericordioso de Dios.

El hombre Sacerdote que reza, sufre y ofrece.

Bernhard Häring, cultivando la intuición alfonsiana, se sitúa en el ángulo de quienes dieron los primeros pasos en el ejercicio del ministerio presbiteral en un momento oscuro de la historia: la Segunda Guerra Mundial. El sacramento del orden sagrado faculta a algunos hombres por medio del Espíritu para cumplir la misión de anunciar, especialmente en la celebración eucarística, la muerte del Señor hasta que él venga (cf. 1 Cor 11, 26). El sacerdote es cauce de paz, signo de unión con Dios y de unidad entre los hombres. Todo sacerdote debe orar, trabajar y sufrir para que la comunidad de los llamados permanezca unida a Cristo. Hombre humilde y maduro, experto en discernimiento, vigilante, atento a comprender las necesidades del pueblo; unido a Cristo debe inspirar ese amor y esa acogida que Él mismo fue, así como está llamado a ser embajador de la reconciliación. La vida del sacerdote está enteramente dedicada al anuncio del reino de Dios, testimonio de esperanza en la vida eterna4.

En la oscuridad la ventanilla

El Simposio se desarrolla en un período histórico difícil para las vocaciones en general, y para el ministerio sacerdotal en particular. Por un lado, hay pocos jóvenes que respondan a esta vocación, por otro lado, a veces se encienden los reflectores sobre crímenes terribles que involucran a sacerdotes, de modo que se socava la credibilidad misma del ministerio5. Este no es el lugar para investigar las causas o juzgar hechos y personas. Hay un proverbio que dice: “Un árbol que cae hace más ruido que un bosque que crece”. Un árbol que cae es todo el mal que nos rodea, es terrible, es verdad y no se puede ocultar. El bosque que crece es humilde, está escondido, silencioso, pero es oxígeno para hoy y una promesa para el futuro. La reflexión sobre el sacerdocio y las vocaciones debería atraer a todo el pueblo de Dios, incluidos los teólogos. ¿Puede una comunidad acogedora de creyentes y “compañeros de viaje” hacer algo más para promover la belleza de la vida dada en el ministerio sacerdotal? Y aquí está la provocación que puede surgir del pensamiento alfonsiano brevemente esbozado más arriba.

La otra cara de la moneda

Es verdad que son padres, pero no hay padre que no sea hijo. Los sacerdotes son hijos de la Iglesia, por lo tanto hijos de todos, deben ser amados como tales. Un niño se ama a sí mismo no porque sea perfecto, simplemente se ama y nada más. Son médicos, pero ¿qué médico no es en ocasiones también un paciente? ¿Quizás si mirásemos a los sacerdotes con ojos solícitos podríamos ver cuando están cansados, enfermos o necesitados de cuidados? Ellos son doctores, ayudémoslos a estudiar. A veces corremos el riesgo de ser un poco codiciosos del tiempo y la energía de los sacerdotes, los absorbemos todos y prestamos poca atención al tiempo que tienen para dedicar a la oración y al estudio. Son jueces, pero muchas veces son juzgados, y a veces incluso con poca piedad. Recordamos que la misericordia que nos espera debemos darla a los demás, incluso a los sacerdotes, en la medida en que la midamos nos será medida. Todos estamos llamados a colaborar para hacer realidad el sueño del Papa Francisco: “Una iglesia que calienta el corazón de las personas con la cercanía y la proximidad” 6.

profesora Filomena Sacco


1 ALFONSO M. DE LIGUORI, Selva di materie predicabili e istruttive per dare gli esercizi a’ preti ed anche per uso di lezione privata a proprio profitto, in Opere Ascetiche, vol. III, Pier Giacinto Marietti, Torino 1880, cap. IX, n. 31, 77.
2 ALFONSO M. DE LIGUORI, Praxis Confessarii, in Theologia Moralis, vol. IV, Ed. Gaudè, Roma 1912, c. IX, n. 121, 596.
3 Cf. ID, Pratica del confessore per ben esercitare il suo ministero, in Opere Complete, vol. IX, Marietti, Torino 1855, c. I, n. 6, p. 7 ss; cf. S. MAJORANO, Il confessore, pastore ideale nelle opere di sant’Alfonso, in StMor 38/2 (2000), 321-346.
4 Cf. B. HARING, Morale e Sacramenti. Spiritualità sacramentale, Edizioni Paoline, Bari 1976, 188.
5 https://www.vaticannews.va/it/vaticano/news/2022-02/simposio-sacerdozio-vaticano-congregazione-vescovi-papa.html
6 FRANCESCO, Il nome di Dio è misericordia, Piemme, Milano 2016.

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