Nadie puede salvarse solo

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Breve reflexión sobre el mensaje del Santo Padre para la 56ª Jornada Mundial de la Paz.

“En cuanto a tiempos y momentos, hermanos, no necesitáis que os escriba. En efecto, vosotros mismos sabéis perfectamente que el Día del Señor llega de noche como un ladrón” (1 Ts 5,1-2).

Con estas palabras del Apóstol San Pablo, el Papa Francisco inicia su mensaje para la Jornada Mundial de la Paz del año 2023. Es una de las épocas más complejas para la humanidad en las últimas décadas: aún vivimos los efectos de una pandemia que se debilita pero no acaba de desaparecer, y los dolores de una guerra aún abierta entre Rusia y Ucrania, que está a punto de terminar hace un año.

El carácter escatológico de la frase paulina exhorta a la comunidad de fe a permanecer fiel y vigilante en la escucha activa de la presencia de Dios en la realidad histórica. Precisamente sobre este punto el Papa Francisco desarrollará la siguiente reflexión: en medio de la ambigüedad que arrastra la humanidad en su “cumplimiento” histórico, encontramos la voz de Dios que nos habla; a nosotros nos corresponde escuchar y discernir para interpretarla.

El choque provocado por la pandemia reveló la insuficiencia de un modelo socio-cultural-económico basado en el imperio técnico regido por la economía. Mientras la sed de lucro ciega, no permitiendo el reconocimiento del valor real de cada ser humano, el conocimiento técnico, aunque esencial para controlar la enfermedad, si se convierte en una herramienta en manos de unos pocos, se convierte en un lugar de exclusión y muerte social.

Sin embargo, de esta insuficiencia, leída a la luz de lo más profundamente humano, ha sacado puntos iluminadores para el futuro de la humanidad: solos, no podemos hacer nada. Destinado en su insignificancia al polvo, el ser humano sólo es un montón de átomos de carbono; cuando se reconoce partícipe de una historia común, su insignificancia se resignifica en la participación en algo que le supera. A la luz de la fe, miembro del único Misterio de Amor-Trinidad, este pequeño humano se reconoce por la gracia partícipe de una historia común que se abre en la belleza de lo Eterno, que ya tiene lugar en la ambigüedad del momento presente.

Para Francisco, la enseñanza de Dios, partiendo del marco actual de crisis histórica, se resume en una simple palabra: “juntos”. La fuerza de esta comunión que lleva a la fraternidad y a la solidaridad puede romper con los marcos presentes y futuros de exclusión y de muerte. No se trata de buscar soluciones a los diversos “síntomas de crisis” que encontramos de forma aislada, sino de vivir el antídoto de la fraternidad universal que une a los seres humanos en su diversidad. Se trata, por tanto y fundamentalmente, de repensar qué es “ser humano”.

De este modo, el redescubrimiento del sentido comunitario de este “ser humano” aparece como el punto de partida no sólo para la necesaria solución inmediata de la guerra que vivimos actualmente en el Norte de Europa, sino como un lugar fundamental de compromiso/responsabilidad para la curación de nuestra sociedad y de nuestro planeta, de la creación de las bases para un mundo más justo y pacífico que se comprometa seriamente en la búsqueda de un bien que sea verdaderamente común.

Para la teología moral, la misión de repensar la categoría de “bien común” emerge a la luz de la complejidad de los signos de los tiempos: partiendo de la fraternidad universal que une a los diversos pueblos y culturas en una única dignidad, caracterizada sobre todo por el respeto a la diversidad, el teólogo moral está llamado así a aprender a traducir proféticamente la realidad del “Reino de Dios” en la propuesta de caminos de justicia y de paz, de integración y de unión, en definitiva, de Vida para todos.

P. Maikel Dalbem, CSsR