Colombia: Experiencia misionera de los Novicios Redentoristas

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Como hijos genuinos de San Alfonso y siguiendo su carisma misionero, los novicios que estamos viviendo en Piedecuesta, Colombia, junto con nuestro maestro, participamos en la misión de la Parroquia San Miguel, ubicada en el municipio de Choachí a 42 kms de la ciudad de Bogotá.

Esta experiencia misionera la realizamos del 25 de mayo al 09 de junio. Nos permitió ver otras realidades de la vida, frecuentemente marcadas por la pobreza, las dudas, la enfermedad y el desaliento. Las vivencias compartidas con estas comunidades no solo nos hicieron más sensibles, sino que también fortalecieron nuestro compromiso de llevar el
evangelio más allá de las palabras, a través de acciones concretas.

Para las familias fue significativo vernos jugar fútbol con los jóvenes y adultos del lugar, compartir sus comidas y vivir sus costumbres. Nos hicimos pobres con los pobres, familia de sus familias, hermanos de todos. Como bien decía nuestro maestro, cuando estábamos preparando la misión: “No solo iremos a evangelizar, sino a ser evangelizados”.

También nuestra experiencia de Dios tuvo un impacto positivo en las personas, dejando un mensaje de esperanza. Visitamos a los enfermos, a los niños y jóvenes de los colegios. La cálida acogida que recibimos es un reflejo de esa apertura a la gracia y los dones que trae la misión. Nuestra presencia generó alegría en medio de sus actividades,
transformando lo ordinario en algo extraordinario. Cada celebración eucarística fue un encuentro de familia, donde nos reconocíamos como hermanos e hijos de un mismo Padre.

La alegría del Evangelio que llena la vida de la comunidad de los discípulos es una alegría misionera. La experimentan los setenta y dos discípulos, que regresan de la misión llenos de gozo (cf. Lc 10,17) (E. G. 21). El final de la misión estuvo impregnado de sentimientos tan variados como las estaciones del año, un mosaico de lágrimas y alegrías
tejidas en un tapiz de profundo agradecimiento. Abrazos cálidos y sinceros, apretones de manos que transmitían amistad, y expresiones como “que vuelva pronto, misionero” o “rezamos por su vocación” resonaban por el aire, llenándonos de un entusiasmo que calaba hasta los huesos y nos envolvía en una gratitud infinita. Cada gesto y cada palabra se convirtieron en tesoros que guardaremos en el cofre de nuestra alma. No queda más que decir: “El Señor ha hecho grandes cosas por nosotros, y estamos llenos de alegría” (Salmo 126,3).

Novicio Stanley Gadea