Misioneros de la Esperanza tras las huellas del Redentor
AÑO DEDICADO A LA MISIÓN
El Señor nos envía como misioneros y peregrinos de la Esperanza en un mundo herido
Lc 4,16-19, Mc 6,7-12, Lc 9,2-6, Sal 130,7 Const. 1-20, Est. 01-020
Queridos Cohermanos, Obispos, Formandos y Familia Redentorista,
- En este día en que celebramos los 293 años de fundación de la Congregación del Santísimo Redentor, somos invitados a mirar con gratitud nuestra historia y, al mismo tiempo, con esperanza los desafíos del presente. Este aniversario se ilumina con diversos signos de los tiempos: los jubileos de la Esperanza y el nacimiento de San Gerardo Mayela, hitos de la acción de Dios en el camino redentorista y en la vida del pueblo más abandonado. Asimismo, celebramos el Año dedicado a la Misión, ocasión propicia para reavivar el ardor evangelizador que nos define. Vivimos todavía los inicios del pontificado de León XIV, cuya Exhortación Apostólica Dilexi tenos inspira a renovar nuestra entrega al Evangelio. En el mismo espíritu, acogemos el llamado de la Communicanda 2/2025: “Pasemos a la otra orilla” (Mc 4,35), que nos desafía a dejar atrás nuestras seguridades y abrazar con valentía las nuevas fronteras de la misión. Este dinamismo se ve fortalecido por las reuniones de mitad de sexenio de la Congregación, espacios de sinodalidad, discernimiento y evaluación, así como de aportes de las distintas Conferencias para la implementación de las decisiones del XXVI Capítulo General, reafirmando nuestro compromiso con una fidelidad creativa al carisma de San Alfonso.
- No vivimos fuera del mundo. Nos sentimos profundamente afectados por las transformaciones sociales, políticas y espirituales de nuestro tiempo: guerras, intolerancia, crisis de la democracia y el crecimiento de “muchas formas de pobreza: aquella de los que no tienen medios de sustento material, la pobreza del que está marginado socialmente y no tiene instrumentos para dar voz a su dignidad y a sus capacidades, la pobreza moral y espiritual, la pobreza cultural, la del que se encuentra en una condición de debilidad o fragilidad personal o social, la pobreza del que no tiene derechos, ni espacio, ni libertad” (Dilexi te, n.º 9).
- En este contexto, la lectura de Dilexi te se vuelve aún más pertinente, pues en ella resuena con fuerza el principio redentorista expresado en la Constitución 1: “Seguir el ejemplo de Jesucristo Salvador en la predicación de la Palabra de Dios a los pobres”. Esta opción preferencial constituye el núcleo de nuestra vocación misionera. Al leer el texto, surge una provocación: ¿dónde podemos reconocernos como misioneros redentoristas en esta Exhortación Apostólica, llamados a evangelizar a los más pobres y abandonados? O bien, ¿por qué no nos vemos, o no estamos reflejados en ella?
- Pienso que todo lo que estamos viviendo como sociedad, Iglesia y Congregación nos interpela con una cuestión fundamental, válida para cada cohermano y para los laicos que caminan con nosotros: pasar a la otra orilla (cf. Mc 4,35) y “reavivar el don de Dios que está en ti” (2 Tm 1,6). Es un llamado a la conversión misionera, al abandono de las seguridades humanas y a la renovación de la fe y del ardor evangelizador, con la certeza de que el Espíritu Santo nos guía y sostiene en medio de los desafíos actuales.
- No debemos tener miedo de nuestro tiempo: ¡debemos saber discernirlo! El contexto actual nos invita a dejar atrás estructuras rígidas, rutinas que ya no evangelizan y actitudes de cerrazón, para abrazar con valentía los desafíos de la misión, especialmente junto a los pobres y excluidos, que son el corazón del carisma redentorista. Sin embargo, este movimiento misionero sólo se sostiene cuando está enraizado en una experiencia viva de Dios. Por eso, “avivar el don” significa reavivar el fuego interior de la vocación, recordar el origen del llamado, renovar la pasión por el Evangelio y permitir que el Espíritu Santo despierte de nuevo el celo y la creatividad apostólica (cf. Jer 1,5; Ef 4,1; Rom 1,16; Rom 12,11; Hch 1,8; 1 Cor 12,4-7; Ap 2,4-5). No basta con cruzar a la otra orilla en un sentido físico o estructural, si el Redentor no está en nuestra barca; es necesario también realizar ese paso interior, en el alma y en el corazón, para que la misión sea una expresión auténtica del don que hemos recibido y que estamos llamados a compartir con el mundo.
- Frente a los desafíos, podemos sentirnos tentados a pasar a la otra orilla sólo para evitarlos, para no comprometernos, volviéndonos indiferentes. Estar al margen comporta graves peligros: aislarse de la comunidad, huir de las responsabilidades, criticar sin involucrarse ni ejercer la autocrítica, alejarse del proyecto misionero de la Congregación y seguir únicamente los propios intereses. Esta actitud también se manifiesta en la falta de empatía y de escucha, en la apatía ante el sufrimiento ajeno, en el rechazo al diálogo con los verdaderos interlocutores de la misión y en el descuido del cultivo de la propia espiritualidad. Así, el mal de permanecer al margen debe ser combatido con firmeza, para que no entre en nuestro corazón misionero.
- El Redentor, ante nuestros desafíos, no nos llama a abandonar la barca ni a permanecer en zonas de confort. Él calma los vientos y nos interpela: “¿Por qué tienen tanto miedo? ¿Aún no tienen fe?” (Mc 4,40). La falta de fe en Dios, y también en la vida consagrada, puede llevarnos a la desesperanza y mantenernos siempre en la superficie: sin profundidad, sin horizonte, sin esperanza. De ahí nace el llamado a reavivar el don que hay en nosotros: el don de la vida comunitaria, de la vida de oración, de la renovación constante de la propia vocación, de la formación continua, del ardor y del celo apostólico. No podemos permitir que la crisis de fe haga que la barca de la Congregación se hunda, ya sea por no haber clamado al Redentor o porque quienes están en ella ya no crean que esta barca nos conduce, con fidelidad a nuestro carisma, hacia una orilla segura.
- Queridos cohermanos, formandos y laicos: en el mar de este mundo, con sus tempestades y bonanzas, navega la Congregación… No es una travesía sin rumbo, pues posee un mapa de navegación seguro, compuesto por el Evangelio; la vida del Fundador y de nuestros santos, mártires y beatos; las Constituciones y Estatutos; los Capítulos Generales; y las formas de gobierno marcadas por la subsidiariedad, la participación, la animación y la corresponsabilidad. El timonel es el Espíritu Santo. No obstante, la barca puede hundirse si quienes reman no tienen presente ese mapa de navegación y, sobre todo, si no conocen ni confían en su Timonel. Así, a las puertas de los 300 años, nos preguntamos: ¿hacia dónde queremos conducir a la Congregación? ¿A qué orilla deseamos llevarla? ¿A la orilla del retroceso, de la añoranza y de la indiferencia, o a la orilla de la renovación, de la audacia y de la fidelidad creativa? ¿Somos verdaderamente conscientes de nuestro mapa de navegación? ¿Estamos abiertos a las interpelaciones del Timonel, que nos llama a pasar a la otra orilla?
- ¡La Congregación está viva! Y mientras haya un solo redentorista, ella se hace presente (cf. Const. 55). Sin embargo, no podemos cruzar los brazos: necesitamos
trabajar juntos por la vitalidad de este cuerpo misionero (cf. Const. 2), sin caer en el pesimismo, sino con una visión lúcida, realista y autocrítica. El pesimismo es la actitud de quien ve un agujero en el casco de la barca, observa que entra agua y concluye que no hay salvación: todos se hundirán y morirán. La actitud autocrítica, en cambio, reconoce la fisura, no esconde el desafío y moviliza todos los esfuerzos posibles para garantizar que la barca llegue a la otra orilla con los pasajeros a salvo, aunque al llegar aún sean necesarias reparaciones. Quien tiene autocrítica conoce el don que posee, se conoce a sí mismo y reconoce también el don de los demás; por eso, todos se salvan. El pesimismo puede dejarnos solos en la orilla; la autocrítica, en cambio, nos lleva a la otra orilla con el Redentor y con la comunidad. - Así, caminemos sin miedo, con los ojos fijos en Él (cf. Hb 12,2). De este modo, llegaremos a la otra orilla, donde encontraremos a las multitudes cansadas y abatidas, como ovejas sin pastor (cf. Mt 9,36). Allí también seremos invitados a reflexionar sobre nuestra misión, a recordar el llamado que el Señor hizo a cada uno de nosotros “para estar con Él” y para ser enviados a las diversas realidades de este mundo (cf. Mc 3,14). Y, como los discípulos, también seremos llamados a descansar un poco, confiando en que es Él quien conduce la misión (cf. Mc 6,31).
- Que María, Madre del Perpetuo Socorro, junto con san Alfonso y todos los santos, beatos y mártires redentoristas, nos concedan siempre la audacia de ser “Misioneros de la Esperanza, tras las huellas del Redentor”. Amén.
Fraternalmente,
P. Rogério Gomes, C.Ss.R
Superior General
Original: español




