(del blog de la Academia Alfonsiana)
El pasado 4 de octubre, bajo el poderoso símbolo de la festividad de San Francisco, recibimos con gran alegría la Exhortación Apostólica del Papa León XIV: Dilexi te, sobre el amor a los pobres. Se trata, por tanto, del primer documento magisterial de este pontificado.
Al igual que Lumen fidei, Dilexi te ya había sido iniciado por el Papa Bergoglio en sus últimos meses de vida y posteriormente aceptado por el nuevo Papa, quien lo completó y publicó. En clara y explícita continuidad con el Dilexit nos de Francisco, el documento expresa el fuerte vínculo entre el amor de Dios y el amor a los pobres.
Con este documento, el Papa León continúa las enseñanzas de sus predecesores: desde la Mater et Magistra de Juan XXIII, que exhorta a la Iglesia y a la humanidad a no permanecer indiferentes ante el sufrimiento de los países oprimidos por el hambre y la pobreza, hasta Francisco, quien ha expresado reiteradamente el deseo de una Iglesia pobre con los pobres, haciendo de la lucha contra los mecanismos sociales que matan, oprimen y dividen un tema constante en su enseñanza.
El documento tiene una estructura muy clara, dividida en cinco capítulos. Mientras que en el primer capítulo, el Papa León XIV expone los requisitos necesarios para la reflexión sobre el cuidado de los pobres, en el segundo y el tercero, el lector es guiado en un recorrido histórico de fe, desde la experiencia bíblica del Antiguo y el Nuevo Testamento, pasando por los Santos Padres, las órdenes religiosas y santos como Teresa de Calcuta, Dulce de los Pobres (Santa Dulce Lopes Pontes, primera santa brasiliana) y Carlos de Foucauld, hasta los movimientos populares más recientes. En el cuarto capítulo, el Papa Prevost retoma el legado de la Doctrina Social de la Iglesia, repasando elementos importantes para la reflexión teológica y social, como la perniciosa presencia de estructuras de pecado en nuestro tejido social. Este largo recorrido reflexivo trazado en el documento aclara cómo la atención a los pobres siempre ha sido un elemento esencial del camino de fe de la Iglesia (cf. DT, 103). Finalmente, en el quinto capítulo, el Papa León retoma la figura evangélica del Buen Samaritano (cf. DT, 105), ya utilizada por el Papa Francisco en Fratelli Tutti, para inspirar una Iglesia atenta, solidaria y al servicio de los demás, especialmente de los más pobres y abandonados.
Amor a los pobres: Una señal de identidad cristiana
«El cristiano no puede considerar a los pobres simplemente como un problema social: son un asunto de familia. Son uno de nosotros» (DT, 104). Con esta frase, el Papa León XVI establece claramente el punto de partida desde el cual los cristianos están llamados a comprender su relación con los más pobres y abandonados. No son simples objetos de análisis teórico, ni de observación y manipulación externa, ni meras medidas asistencialistas; son personas humanas dotadas de una dignidad inalienable que, en Cristo, son hermanos y hermanas/miembros del mismo cuerpo eclesial del que Él es la Cabeza. La caridad cristiana se entiende así como amor entre hermanos y hermanas; como afirma el Papa, un «asunto de familia».
El horizonte hermenéutico cambia. La percepción de la realidad se purifica, abandonando la beneficencia superficial, avanzando así hacia el horizonte de la Revelación, encontrando los fundamentos de la humanidad en el mismo Misterio de la Encarnación: «El contacto con quienes carecen de poder y grandeza es una forma fundamental de encontrar al Señor de la historia. En los pobres, Él aún tiene algo que decirnos» (DT, 5).
Así, toda forma de explotación que genere miseria y pobreza se entenderá como una expresión de verdadera violencia que desfigura el rostro filial de Cristo presente en cada ser humano y crucificado en los más pobres, abandonados y perseguidos: «En los rostros heridos de los pobres encontramos impreso el sufrimiento de los inocentes y, por tanto, el sufrimiento mismo de Cristo» (DT, 9). Esto es una verdadera abominación, una profanación del templo viviente de Dios.
Abordar el problema de la pobreza desde esta perspectiva, donde el discípulo de Cristo se ve personalmente involucrado, conlleva el necesario distanciamiento de tantas visiones superficiales, tendenciosas, ideológicas y diabólicas presentes en el mundo contemporáneo. Así como el Jesús de los Evangelios a menudo alzaba la voz, Dilexi te, ya en sus párrafos iniciales (cf. DT, 14-15), se distancia de ese tipo de visión, tan común hoy en día en las formas de pensamiento neoliberal, en la que la pobreza se reduce a una simple cuestión de mérito o destino. Permanecer en la superficialidad de esta visión enmascara la explotación de tantos hombres y mujeres esclavizados por un sistema que pretende transformarlos en meros repuestos para la gran maquinaria productiva de los sistemas de poder imperantes. En medio de estas lecturas e ideologías generalizadoras, existe una tendencia a reducir el significado de la «caridad» a simples actos esporádicos de donación cuyo fin, en la propia exterioridad del acto, es simplemente liberar la conciencia. Por el contrario, el ejercicio de la caridad, entendido como una experiencia de amor filial/fraterno fundada en la realidad misma de la Encarnación, se configura como el «núcleo incandescente de la misión eclesial» (DT, 15). Las numerosas voces de nuestro tiempo que reclaman un «cristianismo ligero», que deja espacio a interpretaciones superficiales y utilitarias, desvinculadas de la humanidad, se distancian «de la corriente viva de la Iglesia que brota del Evangelio y enriquece cada momento de la historia» (DT, 15).
En el corazón mismo del Misterio de la Encarnación, la opción preferencial por los pobres nace como un movimiento de Amor/Reino de Dios que busca alcanzar a todas las criaturas. Este concepto impregna todo el documento, representando, en nuestra opinión, uno de los grandes cambios conceptuales de esta exhortación. Profundizar en este tema será el tema de nuestra próxima contribución.
(continuará en el blog de la Academia Alfonsiana).
prof. M. P. Dalbem CSsR




