(del blog de la Academia Alfonsiana)
Desde la antigüedad, numerosos eruditos y pensadores, al destacar la naturaleza social de la humanidad, han abogado por la responsabilidad mutua. Quizás el nombre más conocido sea el de Aristóteles. Como seres humanos que habitamos este mundo, estamos llamados a preguntarnos cómo nos relacionamos con los demás: ¿como compañeros de viaje o como transeúntes indiferentes? Curiosamente, esta lógica también subyace en algunos sistemas legislativos, como la Constitución italiana. El artículo 2 enuncia los derechos inviolables del hombre e inmediatamente añade que la República: «exige el cumplimiento de los deberes inalienables de solidaridad política, económica y social». La ley establece una conexión entre deberes y solidaridad.[1] Este principio de solidaridad transforma a la persona de individuo a ciudadano.
Para los cristianos, la responsabilidad hacia los demás es la expresión y encarnación de la fe personal. Jesús mismo afirmó claramente que esta es la característica distintiva de quienes creen en él: «En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor los unos a los otros» (Jn 13:35). En otro pasaje, fue aún más allá. En el Evangelio de Mateo 25, por un lado, Jesús declara que al final de la vida seremos juzgados por nuestros gestos concretos de ayuda a los necesitados; por otro, hace una afirmación impactante: se identifica con los pobres a quienes ayudamos. [2] Esto nos permite afirmar que para los cristianos, la solidaridad forma parte de su ADN vocacional; es la esencia misma de la identidad cristiana.
Uno de los primeros escritos de la Iglesia naciente que ha llegado hasta nosotros es la Carta a Diogneto. El capítulo 10 de esta carta ofrece una profunda visión de la caridad cristiana: «Quien toma sobre sí la carga de su prójimo y en lo superior busca beneficiar al inferior; quien, dando al necesitado lo que ha recibido de Dios, es como un dios para los ayudados, es un imitador de Dios». [3] El texto afirma claramente que la solidaridad es una imitación de Dios, una participación en su naturaleza, porque Dios es amor (1 Juan 4:8, 16).
Este tema también se repite en los Padres de la Iglesia, por ejemplo, en San Juan Crisóstomo. En sus homilías, llega a afirmar que los bienes que poseemos no nos pertenecen, sino a nuestros semejantes. Incluso afirma que no compartir los propios bienes es un robo. Lo dice para que los ricos comprendan que los bienes que poseen también pertenecen a los pobres.[4] No compartir lo que poseemos en exceso no es simplemente una falta de generosidad; para Crisóstomo, es un robo a los pobres porque los bienes se confían a los ricos como custodios que deben distribuirlos según la voluntad de Dios.
En la enseñanza papal reciente, desde Juan Pablo II hasta León XIV, encontramos varios elementos muy importantes para la reflexión sobre este tema, que nos permiten establecer una línea de continuidad entre los diversos documentos. Un texto fundamental para la reflexión sobre la solidaridad es Sollicitudo Rei Socialis: «[La solidaridad] no es un sentimiento de compasión vaga ni una preocupación superficial por las desgracias de tantas personas, cercanas o lejanas. Al contrario, es la firme y perseverante determinación de comprometerse con el bien común: es decir, con el bien de todos y de cada individuo, porque todos somos verdaderamente responsables de todos» (SRS, 38); «el ejercicio de la solidaridad en toda sociedad es válido cuando sus miembros se reconocen como personas» (SRS, 39).
En la encíclica Caritas in Veritate, el Papa Benedicto XVI, al hablar de la necesaria relación entre justicia y caridad, afirma que «la caridad excede a la justicia […] pero nunca está exenta de justicia» (CiV, 6). De ello se deduce que la solidaridad, como ejercicio de caridad, encuentra su primer y necesario impulso en dar a cada persona lo que le corresponde. La gratuidad de la caridad solo encuentra su verdadera plenitud cuando se reconocen y respetan los derechos legítimos de las personas y los pueblos. De este razonamiento del Papa Ratzinger, podemos concluir que la verdadera solidaridad cristiana es, a la vez, caridad y justicia, realizada para la vida de la humanidad.
El Papa Francisco, en un hermoso pasaje de la encíclica Fratelli tutti, recordando parte de su discurso en el Encuentro Mundial de Movimientos Sociales de 2014, afirma que la solidaridad no puede reducirse a meros actos esporádicos de generosidad. Según él, la solidaridad: «Significa pensar y actuar en términos de comunidad, priorizando la vida de todos sobre la apropiación de bienes por unos pocos. Significa también combatir las causas estructurales de la pobreza, la desigualdad, la falta de trabajo, tierra y vivienda, la negación de los derechos sociales y laborales. Significa afrontar los efectos destructivos del imperio del dinero […]. La solidaridad, entendida en su sentido más profundo, es una forma de hacer historia» (FT, 116).
Como se indicó anteriormente, la solidaridad impacta profundamente la esencia de la vocación cristiana, moldeando la manera en que los creyentes están llamados a interpretar y responder a los signos de los tiempos. La justicia y la caridad van de la mano al forjar la historia.
Finalmente, el Papa León XIV, en su exhortación apostólica Dilexite, afirma que los pobres no deben ser considerados simplemente como «un problema social»: son un «asunto familiar» (DT, 104). Esta afirmación ilumina la reflexión sobre la solidaridad, que se convierte así en un elemento esencial de esa fraternidad universal anhelada por el Creador, quien nos creó como hijos en su amado Hijo, por la gracia del Espíritu.
La solidaridad, por lo tanto, puede considerarse simultáneamente una virtud moral y un principio social (cf. CDSC, 193). Como virtud moral, que debe ser constantemente puesta en práctica y ejercitada, se inscribe en la dimensión de la caridad y la justicia, realizándose como servicio y no como explotación de los demás, orientando a la humanidad hacia la verdadera fraternidad, que es el bien común. Como principio social, se entiende como un elemento ordenador de las instituciones, de modo que las estructuras del pecado sean desarraigadas, superadas y transformadas para el bien de todos.
F. Sacco y M.P. Dalbem CSsR
[1] Ad esempio, il dovere di solidarietà economica si riferisce, tra l’altro, al dovere di pagare le tasse. Adempiendolo, i cittadini permettono allo Stato di reperire fondi per costruire scuole o ospedali, dove tutti potranno accedere.
[2] «Ogni volta che avete fatto queste cose a uno solo di questi miei fratelli più piccoli, l’avete fatto a me» (Mt 25,40). Cf. Cesario di Arles, «La misericordia divina ed umana», in Discorsi, 25, 1; CCL 103, 111-112.
[3] Fabio Ruggiero (a cura di), A Diogneto, X, 6, Città Nuova Editrice, Roma 2020, 10.
[4] «Non partecipare ai poveri dei propri beni è furto. […] Le ricchezze non appartengono a noi, ma ai nostri compagni di servitù» (Giovanni Crisostomo, Seconda Omelia su Lazzaro e il ricco epulone, PG 48, col. 992).




