(del blog de la Academia Alfonsiana)
Antes de ser elegido Papa, el Cardenal Robert Prevost escribió el prefacio del libro del Padre John Joseph Lydon McHugh, La Doctrina Social de la Iglesia: Su Historia y Enseñanzas (traducido y publicado en italiano en 2025), en el que expresa su visión de la Doctrina Social de la Iglesia (en adelante, DSI), que resulta a la vez oportuna y original.
Según el Papa, uno de los aspectos centrales que siempre debemos tener presente en la reflexión de la Iglesia sobre cuestiones sociales es que el aprendizaje que podemos obtener de un estudio sereno de la DSI no consiste tanto en memorizar cosas que no deben olvidarse, sino en cómo nos relacionamos con la sociedad y las personas.
Por esta razón, quizás el primer obstáculo que encontramos al hablar de la DSI sea el propio nombre de esta reflexión: la palabra «doctrina», que parece exigir una obediencia intelectual a algo que no podemos cuestionar y que debemos aceptar incluso si no estamos de acuerdo. Sin embargo, para defender su uso, es necesario purificar el término doctrina de significados engañosos, especialmente en las circunstancias actuales, donde todos buscan respuestas, pero nadie quiere escuchar una doctrina.
De hecho, aunque el término doctrina pueda indicar aparentemente una ideología religiosa, también conserva el significado de materia o ciencia; es decir, una forma de conocimiento que, como toda ciencia, busca transmitir una comprensión segura, ordenada y sistemática de algo, fruto de una reflexión seria, serena y rigurosa sobre un tema de estudio. Por consiguiente, una doctrina no es una opinión, sino un intento de alcanzar la verdad sobre un tema. En este sentido, el propósito de la SDC no es saber qué dijo tal o cual pontífice sobre tal o cual tema, sino aprender a abordar problemas, que siempre son diferentes porque cada generación es nueva, con nuevos desafíos, nuevos sueños y nuevas preguntas.
Esto también justifica que la Iglesia Católica asuma, como parte de su misión, la tarea de dar respuestas a los problemas sociales. En este sentido, muchos consideran que la intervención de la Iglesia en los problemas sociales es insuficiente e inapropiada. Sin embargo, mientras que para el marxismo la religión apunta únicamente al cielo y no a la tierra, y para el liberalismo toda religión es un asunto privado, carente de voz u opinión válida en los ámbitos socioeconómico y político, la Iglesia, en respuesta a estas dos ideologías, recuerda al mundo que toda ideología, por perfecta que parezca, degenera en última instancia en una utopía que incita a la lucha, ya sea para lograr la igualdad o para alcanzar el propio beneficio, incluso a costa de la vida del prójimo. Por ello, la CAD nos recuerda que las cuestiones sociales, políticas y económicas son fundamentalmente cuestiones morales y que es vital poder abordar los problemas sociales como problemas morales y analizarlos con criterios y principios morales. Con este fin, a través de la CAD, la Iglesia busca fomentar la formación de una conciencia moral, respetando el juicio crítico de cada individuo y la autonomía de los pueblos y sus gobiernos, esenciales para afrontar los retos antiguos y nuevos de la existencia con respeto a la persona en su totalidad y a toda la humanidad.
Durante los últimos 130 años, la SDC ha abordado numerosos problemas y continúa haciéndolo hoy en día, ante situaciones que requieren un nuevo análisis y una respuesta serena, basada en principios morales fundamentales como la dignidad de la persona, el bien común, la solidaridad y la libertad de conciencia. El desafío reside en abordar los problemas sociales con la convicción de que no es la teoría la que crea la realidad, sino la realidad la que fundamenta la teoría. Por ello, la teoría busca ofrecer una respuesta, sin pretender una aceptación universal, pero con la firme convicción de que es una respuesta que respeta la realidad y la aborda adecuadamente, basándose en los principios y criterios más sólidos y apropiados.
Ciertamente, algunos aspectos de la reflexión de la Iglesia seguirán siendo teológicos desde ciertas perspectivas, pero esta no es su característica definitoria. La Conciencia Social de la Iglesia (CSI) no es una teología de los problemas sociales, sino un análisis ético fundamentado en la realidad concreta de dichos problemas.
Por esta razón, el entonces cardenal Prevost compartía la intención del autor de dirigirse principalmente no tanto a la jerarquía eclesiástica, los sacerdotes, los laicos y sus comunidades, ni a las personas de buena voluntad que participan en movimientos sociales o desempeñan cargos públicos, sino a los jóvenes universitarios, para guiarlos en la comprensión de la riqueza de la CSI y en la formación de una conciencia política y social cristiana capaz de superar los prejuicios personales y culturales.
Esto se debe a que el mundo académico, el mundo de los estudiantes universitarios, refleja la sociedad actual y la futura. En la mente de los jóvenes se gestan las futuras decisiones políticas, se forjan los lazos familiares del futuro, se despiertan nuevos ideales hacia los que la sociedad se atreverá a avanzar, y surge una figura transformadora social: un artista, una madre, un padre, un líder político, un defensor de derechos aún no reconocidos… y así sucesivamente. La próxima generación de la sociedad se configura en la mente de los jóvenes universitarios. Recurrir a ellos para enseñarles a afrontar el mundo con todos sus problemas sociales se presenta hoy más que nunca como una tarea de suma importancia.
artículo del prof. M. Carbajo-Núñez
Fuente: https://www.ilmantellodellagiustizia.it/2026/la-dottrina-sociale-della-chiesa-secondo-leone-xiv




