Estamos siendo testigos del meteórico desarrollo de la tecnología de IA en los últimos años. Este fenómeno es, por un lado, símbolo de modernización y creatividad; por otro lado, plantea preocupaciones y preguntas sobre la responsabilidad ética en el uso de la IA y su impacto global en la sociedad humana.
En una coincidencia verdaderamente significativa, las advertencias del sector tecnológico sobre la rápida propagación de la IA se intensificaron los días 12 y 13 de septiembre. Dario Amodei, director ejecutivo de Anthropic, publicó un ensayo abogando por un «ritmo más lento» en la industria y proponiendo auditorías independientes obligatorias para los modelos más avanzados; Sam Altman, de OpenAI, y Elon Musk, de xAI, se sumaron al respaldo de esta propuesta.
El debate ya no se centra en lo que esta tecnología es capaz de hacer, sino más bien en hasta dónde se le debe permitir llegar. Aquí es donde surge la división: entre quienes piden frenar el ritmo debido al riesgo de perder el control y quienes creen que hacerlo detendría el progreso. La preocupación general se centra ahora en quién debe establecer los límites y hasta qué punto se debe permitir que evolucionen estos sistemas, todo ello sin perder de vista el peligro muy real que entraña nuestra creciente dependencia de ellos.
El miércoles 16 de septiembre, durante la audiencia general, el Papa León compartió algunas preocupaciones al respecto: «Por un lado, en efecto, el desarrollo tecnológico, la difusión de los medios de comunicación y de las redes sociales, así como la creciente dependencia de la inteligencia artificial, abren nuevas posibilidades al derribar barreras y distancias; por otro, las relaciones tienden a volverse menos personales y más virtuales, y existe el riesgo de acostumbrarse a delegar en algoritmos decisiones que corresponden exclusivamente a la conciencia humana», señaló el Santo Padre al comentar el segundo capítulo de la Constitución Gaudium et Spes durante su catequesis.
Scala News planteó algunas preguntas sobre este tema al padre Andrea Pizzichini, profesor de la Academia Alfonsiana de Roma; a continuación el texto:
¿Hacia dónde nos lleva el rápido desarrollo de la IA? ¿Hacia un mundo mejor o hacia uno más complejo y problemático? ¿Deberíamos preocuparnos por nuestra creciente dependencia de estos sistemas?
Resulta bastante difícil predecir el rumbo del desarrollo de la IA; de hecho, esto ocurre con cualquier tecnología. Dicho desarrollo depende decisivamente de los escenarios de aplicación en el mundo real —de una especie de diálogo entre quienes diseñan y desarrollan estos sistemas y la sociedad que adopta (o rechaza) su uso—, así como de las aportaciones de las instituciones estatales y supranacionales que actúan como órganos legislativos. No sé si puede afirmarse que nos dirigimos hacia un mundo mejor; eso depende —¡también aquí, como siempre!— de nosotros, los seres humanos. En última instancia, la IA no hace más que amplificar lo que ya está presente en el corazón humano, para bien o para mal. Lo que es seguro es que el mundo avanza hacia un estado de complejidad creciente, y herramientas como la IA pueden, efectivamente, ayudar a gestionar estas situaciones. Esto conlleva la necesidad de que quienes utilizan tales sistemas reciban formación sobre su uso adecuado, ya que numerosos estudios demuestran que una relación desequilibrada con estas herramientas puede conducir, de hecho, a una dependencia cognitiva.
¿Podemos interpretar las palabras del Papa como la contribución de la Iglesia al debate sobre los límites del desarrollo y la aplicación de las tecnologías de la información? ¿Qué puntos de referencia propone el Pontífice?
Sin duda. La Iglesia (a través de su Magisterio) participa activamente en este tipo de debate, proponiendo lo que podría denominarse un enfoque equilibrado respecto a la IA: por un lado, evitar la demonización y reconocer al mismo tiempo que —como producto del ingenio humano, que es en sí mismo un don de Dios— esta tecnología puede abrir numerosas posibilidades para aliviar la pobreza y las penurias; por otro lado, sin embargo, no debemos olvidar que toda actividad humana está marcada fundamentalmente por la oscura sombra del pecado. Por ello, la Iglesia aconseja con realismo no caer en un entusiasmo acrítico ante los triunfos de la IA, como si esta fuera el remedio para todas las necesidades humanas. Debemos, más bien, permanecer vigilantes, pues si bien las posibilidades son enormes, los riesgos que conlleva son igualmente significativos y no deben subestimarse. Por esta razón, el Papa —particularmente en su última encíclica, Magnifica humanitas— sugiere situar el principio fundamental de salvaguardar la dignidad humana en el centro de todo desarrollo tecnológico, articulándolo a través de las enseñanzas de la Doctrina Social de la Iglesia, a la que identifica como la brújula para orientarse en procesos tan difíciles de evaluar y gobernar.
La tecnología de IA está cada vez más presente, día tras día, tanto en nuestra vida personal como en la actividad apostólica de parroquias y comunidades. ¿Cómo ayuda la reflexión teológica -incluida la llevada a cabo en la Academia Alfonsiana- a pastores y fieles a explotar el enorme potencial de la IA?
La reflexión teológica puede desempeñar un papel fundamental a la hora de profundizar y esclarecer cada vez más, desde un punto de vista tanto teórico como práctico, el significado del progreso tecnológico en general y de la IA en particular. Nunca antes se había planteado con tanta fuerza la exigencia de sentido, incluso desde ambientes aparentemente alejados de las simpatías religiosas, es decir, de lo que concierne a los grandes “porqués” de la vida y a los que la tecnología, por sí sola, no es capaz de dar respuestas satisfactorias. En particular, la IA, que ya ha comenzado a demostrar (al menos dentro de ciertos límites) que es posible replicar lo más humano, lo que es la “chispa divina” en nosotros, es decir, el pensamiento, ha desorientado a la humanidad contemporánea, que se ha encontrado carente de respuestas sobre su lugar en el mundo, a pesar del poder de sus medios. Se abre así una posibilidad de evangelización sin precedentes, a la que la teología está llamada ante todo precisamente por la relevancia cultural de estos problemas, pero que exige también un mayor esfuerzo de formación para que todos en la Iglesia puedan vivir con sabiduría y esperanza evangélicas este “cambio de época” que nos encontramos viviendo.
Muchas gracias, padre Pizzichini, por sus respuestas.
Scala News





