En su mensaje de la fiesta patronal, el Superior General presenta a San Alfonso María de Ligorio como modelo de auténtica autoridad y liderazgo cristiano, especialmente durante este año de reflexión sobre el liderazgo en la Congregación. La verdadera autoridad, arraigada en el latín auctoritas («ayudar a crecer»), no se trata de poder ni de control, sino de fomentar la vida, la comunión, la misión y el crecimiento según el plan de Dios. San Alfonso ejerció dicha autoridad mediante su integridad, su celo pastoral, su cercanía a los pobres y abandonados, su fidelidad al Evangelio y su profunda confianza en la oración y el Espíritu Santo.
Como abogado, sacerdote, misionero, fundador, obispo, teólogo moral y Doctor de la Iglesia, demostró que el auténtico liderazgo se fundamenta en el servicio, la compasión, la verdad, la justicia, la misericordia y la preocupación por la salvación de las almas. Su vida interpela a los Redentoristas de hoy a ejercer la autoridad como un ministerio de comunión, diálogo, reconciliación y servicio misionero, especialmente en un mundo fragmentado y polarizado.
Mientras la Congregación se prepara para elegir a sus nuevos líderes, el mensaje invita a los hermanos, formandis, hermanas y colaboradores laicos a seguir el ejemplo de San Alfonso, convirtiéndose en «Misioneros de la Esperanza», fomentando la unidad, fortaleciendo las comunidades y proclamando con alegría el Evangelio de la Redención Abundante a los pobres y más abandonados, siempre bajo la guía de la Santísima Virgen María y al servicio de Cristo Redentor.
Lea la carta completa a continuación:
Roma, 1 de agosto de 2026
Fiesta de San Alfonso María de Liguori
Misioneros de la Esperanza tras las huellas del Redentor
AÑO DEDICADO AL LIDERAZGO AL SERVICIO DE LA MISIÓN
Conducir, animar, cuidar y reconciliar: liderazgo como servicio fraterno a la misión del Redentor
Textos para meditación personal o comunitaria: Sab 9,13-18; Ez 34,1-16; Sal 22(23); Mc 10,42-45; Jn 10,1-18; Jn 13,1-15; Jn 17,1-26; Lc 10,25-37; Lc 15,11-32; Hch 15,6-28; Rm 12,5-10; 1 Pe 5,2-5; 1 Co 1,10-13; Constituciones 91-144; Estatutos Generales 086-0208; Guía Pastoral para los Superiores; Communicanda 2/2019.
Queridos cohermanos, formandos y Familia Redentorista:
- En este año dedicado a la reflexión sobre el liderazgo en la Congregación, especialmente en el contexto de la elección de los cohermanos llamados a colaborar en la animación de la vida apostólica de nuestra familia, la vida de san Alfonso nos ofrece valiosas enseñanzas sobre el verdadero significado de la autoridad.
- La palabra latina auctoritas deriva de auctor, es decir, quien hace crecer, artífice, fundador. Su raíz se encuentra en el verbo augere, que significa hacer crecer, desarrollar, promover la vida. Ejercer la autoridad, por tanto, no consiste simplemente en gobernar, sino en ayudar a las personas, a las comunidades y a la misión a crecer y a convertirse en un espacio lleno de vida, según el proyecto de Dios. Por ello, la autoridad debe dejarse iluminar continuamente por la sabiduría que proviene del Espíritu (cf. Sab 9,13-18).
- Cuando contemplamos la vida de nuestro Fundador, un hombre de carne y hueso, con sus fragilidades, sus virtudes, su continua conversión, su profunda intimidad con el Redentor y su incansable celo pastoral, reconocemos la autenticidad de su autoridad como hombre de fe, fundador y Doctor de la Iglesia. Su autoridad no nació simplemente del hecho de ser fundador, ni de los cargos que desempeñó a lo largo de su vida, sino de la coherencia entre el Evangelio que anunciaba y la vida que vivía. Fue su fidelidad a la voluntad de Dios, vivida en el servicio a los más pobres y abandonados, la que hizo de san Alfonso un referente permanente para la Iglesia y para nuestra Congregación.
- Alfonso tuvo la oportunidad de formarse en derecho civil y canónico desde muy joven, gracias a la holgada situación económica de su familia y, sobre todo, a su profunda dedicación al estudio. Desarrolló además numerosos talentos, destacándose en la pintura, la música, la literatura y otras artes. Como abogado, alcanzó gran prestigio por su competencia y rectitud. Cuando comprendió, en conciencia, que la justicia humana estaba expuesta a la corrupción y a la falsedad, tuvo el valor de abandonar una carrera prometedora. Su actitud manifiesta una autoridad que se expresa en la libertad interior, en la coherencia entre las propias convicciones y las propias decisiones, así como en la fidelidad a la verdad, al Evangelio y a la justicia. Siendo aún joven, redactó para sí un breve código ético que orientó el ejercicio de su vida profesional.
- Desde el comienzo, incluso antes de ser ordenado sacerdote, san Alfonso encontró a Cristo en el sufrimiento de los enfermos del Hospital de los Incurables. Como misionero, se dejó evangelizar por los pobres y abandonados. Desde los primeros años de su ministerio sacerdotal se dedicó al apostolado entre los lazzaroni de Nápoles, haciéndose cercano a quienes vivían en las periferias humanas y espirituales. Por medio de las Capillas del atardecer reunió a laicos, trabajadores y familias para la oración, la catequesis y la formación cristiana. En los conservatorios y en las casas de formación para jóvenes ejerció un fecundo ministerio de acompañamiento espiritual. Las misiones populares en el Reino de Nápoles y, sobre todo, la experiencia vivida entre 1730 y 1732 en Scala y en los pueblos de la Costa Amalfitana, especialmente en Santa María dei Monti, le hicieron descubrir el profundo abandono religioso de las poblaciones rurales y confirmaron su llamado a fundar una comunidad misionera para los más abandonados. La experiencia misionera le confirió una autoridad que brotaba de la compasión, la escucha y la cercanía. Como el Buen Samaritano (cf. Lc 10,25-37), se hizo prójimo de los heridos de la historia. Como pastor, buscó a la oveja perdida, vendó a la herida y cuidó de la débil, reflejando el rostro del Buen Pastor que da la vida por sus ovejas (cf. Ez 34,11-16; Jn 10,1-18).
- Frente a los desafíos de su tiempo y contemplando a los pobres cabreros que vivían en una profunda situación de abandono, san Alfonso fundó la Congregación después de un largo proceso de discernimiento, iluminado también por Tomás Falcoia y María Celeste Crostarosa, sostenido por una intensa oración y una constante invocación al Espíritu Santo y a la Santísima Virgen María. En su visión, esta obra de evangelización no debía estar orientada hacia sí misma, sino constituir una comunidad en misión, capaz de anunciar la Abundante Redención a los más abandonados espiritualmente. Como fundador, ejerció su autoridad abriendo nuevos caminos de evangelización sostenidos por la oración. Como padre espiritual, procuró, con los medios de su tiempo, suscitar vocaciones, formar misioneros y custodiar la unidad del Instituto. Es significativo que, con ese mismo espíritu, nuestras Constituciones recuerden que quienes ejercen el servicio de la autoridad están llamados a promover la unidad, la corresponsabilidad, el discernimiento comunitario y la fidelidad al carisma, para que toda la Congregación permanezca fiel y disponible para la misión (cf. Const. 91-144).
- La autoridad de san Alfonso se manifiesta también en la elaboración de un pensamiento moral que continúa iluminando la vida de la Iglesia hasta nuestros días. En una época marcada por el rigorismo y el laxismo, supo recorrer el camino de la prudencia evangélica, anunciando la infinita misericordia de Dios, poniendo en el centro la dignidad de la persona y promoviendo la formación de la conciencia. Su teología moral no nació principalmente de la reflexión académica, sino de la escucha de los penitentes, de la experiencia misionera y de su celo por la salvación de las almas. Por ello, su enseñanza ha atravesado los siglos y sigue siendo plenamente actual, ofreciendo criterios seguros para el discernimiento moral y pastoral. La autoridad de san Alfonso no reside solamente en la profundidad de su doctrina, sino también en haber sabido unir, de manera ejemplar, la verdad y la caridad, la justicia y la misericordia, la fidelidad al Evangelio y la solicitud hacia las fragilidades humanas. Al contemplar este aspecto de su vida, nosotros, misioneros redentoristas, podemos preguntarnos: ¿cómo hacer presente hoy la autoridad de nuestro Fundador para construir puentes en una sociedad cada vez más fragmentada y polarizada, una realidad que también se refleja en el ámbito eclesial? La autoridad moral de nuestro Fundador nos invita a reflexionar y a buscar caminos de diálogo y reconciliación en estos tiempos de inquietud, convirtiéndonos en auténticos artesanos de la esperanza y de la unidad.
- Por obediencia al Papa, aceptó el episcopado. Como obispo vivió su ministerio pastoral con sencillez, entrega y espíritu de servicio. Incluso en medio de las dificultades, nunca dejó de cuidar del pueblo que le había sido confiado. En tiempos de hambruna no dudó en vender sus propios bienes para socorrer a los pobres y abandonados, dando testimonio de que la verdadera autoridad se expresa en la caridad concreta y en el don de sí mismo.
- El papa Pío IX, reconociendo el valor de la herencia alfonsiana, lo proclamó Doctor de la Iglesia el 23 de marzo de 1871, reconociendo su eminente doctrina (eminens doctrina) y la insigne santidad de su vida (insignis vitae sanctitas). Como Doctor de la Iglesia, continúa ejerciendo una autoridad que atraviesa los siglos, porque su enseñanza sigue iluminando la conciencia de la Iglesia con la sabiduría del Evangelio, especialmente por medio de su teología moral, profundamente arraigada en la misericordia de Dios y en la benignidad pastoral. Así como el Padre acoge al hijo pródigo con infinita misericordia (cf. Lc 15,11-32), san Alfonso enseñó que la ley suprema de la vida cristiana es el amor redentor de Dios, siempre dispuesto a levantar a quien ha caído. Alfonso nos recuerda que la autoridad cristiana no se mide por el poder que una persona posee, sino por su capacidad de generar vida, promover la comunión, reconciliar a las personas, animar la misión y cuidar de los hermanos. La autoridad que nace del Evangelio es siempre servicio, nunca privilegio.
- Al contemplar la vida de nuestro Fundador y un mundo frecuentemente marcado por la búsqueda de prestigio, la competencia y la autorreferencialidad, somos interpelados a preguntarnos: ¿qué autoridad ejerzo como cristiano bautizado y como misionero redentorista, sacerdote o hermano? ¿Mi liderazgo guía, anima, cuida y reconcilia? ¿Es verdaderamente un servicio fraterno a la misión del Redentor, con todo lo que ello implica? A la luz del testimonio de san Alfonso, estamos llamados a ejercer una autoridad que haga crecer a las personas, fortalezca la comunión, suscite esperanza y ponga todos los dones al servicio de la misión.
- Queridos cohermanos, obispos redentoristas, formandos, hermanas y laicos asociados a la misión redentorista: en la alegría de la fiesta de san Alfonso María de Liguori, dirijamos nuestra mirada hacia aquel a quien el Espíritu Santo suscitó como fundador de nuestra Congregación y maestro seguro del camino evangélico. Celebrar a san Alfonso significa renovar nuestra confianza en el Redentor y redescubrir el dinamismo misionero que continúa inspirando nuestra vocación. Como nos recuerda nuestra Constitución 1, hemos sido llamados a seguir el ejemplo de Jesucristo, el Redentor, anunciando la Buena Nueva a los pobres y a los más abandonados (cf. Const. 1-5). San Alfonso nos confirma en este propósito.
- Pidamos a san Alfonso que nos enseñe a ejercer todo servicio de autoridad como un verdadero ministerio de comunión, siempre al servicio de la misión del Redentor. Que nos alcance la gracia de ser misioneros de la esperanza, capaces de promover la vida, fortalecer nuestras comunidades y anunciar, con alegría y credibilidad, la Abundante Redención allí donde nos encontremos. Que la Santísima Virgen María, la Divina Pastora, acompañe y sostenga a cada uno de nosotros en la misión de guiar, animar, cuidar y reconciliar, viviendo el liderazgo como un auténtico servicio fraterno a la misión de su Hijo Redentor.
¡Feliz fiesta de san Alfonso para todos!
Fraternalmente,
P. Rogério Gomes, C.Ss.R
Superior General
Original: italiano




