El Líbano está atravesando momentos muy difíciles. Desde el 2 de marzo de 2026, los combates entre Hezbolá e Israel han provocado intensos bombardeos en el interior del país. Beirut y las regiones del sur han sido gravemente afectadas. Esta guerra forma parte de un conflicto más amplio en el que están involucrados Estados Unidos, Israel e Irán. Debido a ello, la vida cotidiana se ha visto trastornada: se han suspendido los vuelos, las carreteras son inseguras y muchas familias temen una larga crisis humanitaria.
En medio de este sufrimiento, los sacerdotes redentoristas continúan con su misión: estar al lado de los pobres y llevar esperanza donde parece haberse perdido.
El Líbano vive hoy una época de miedo y destrucción. Las bombas sacuden el suelo, los edificios se derrumban y las familias se quedan sin hogar. Nosotros, tres sacerdotes redentoristas —el P. Binoy, el P. Lijo y el P. Shinto— estamos prestando servicio en el Líbano. Cada explosión sacude nuestra propia casa, rompe nuestras ventanas y nos recuerda que nosotros también formamos parte de esta guerra. Sin embargo, nuestra vocación es clara: permanecer cerca de la gente, compartir su dolor y llevar la luz de Cristo a los lugares más oscuros.
Como nos recuerda San Pablo: «Estamos atribulados por todas partes, pero no aplastados; perplejos, pero no desesperados» (2 Corintios 4, 8). Estas palabras nos dan valor para continuar nuestra misión redentorista.
En la actualidad, muchos de los más afectados son los trabajadores migrantes y los refugiados. Han perdido sus empleos, sus hogares y su seguridad. Sin ningún lugar adonde ir, acuden a nosotros. Nos acercamos a los más vulnerables, les damos refugio, compartimos con ellos comida, ropa y medicinas, y les ofrecemos consuelo y oraciones.
En esta misión, vivimos las palabras de Jesús: «Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me acogisteis» (Mateo 25, 35).
La guerra ha dañado nuestros edificios, pero no ha quebrado nuestro espíritu. Creemos que ser redentoristas significa vivir el Evangelio en los lugares más difíciles. Como enseñó San Alfonso: «Los pobres son mis amados».
Incluso en las ruinas, vemos signos de esperanza. Vivimos como una familia unida en Cristo. La fe se fortalece cuando todo lo demás se tambalea. Nuestra función es mantener viva esa llama, mostrar que Dios está presente, incluso en medio de las luchas y las dificultades.
Confiamos en las palabras del salmista: «El Señor está cerca de los quebrantados de corazón y salva a los abatidos de espíritu» (Salmo 34, 18).
Los redentoristas en el Líbano no somos solo testigos de la guerra. Somos testigos de la esperanza. Al estar al lado de los pobres, dar cobijo a los sin techo y servir a los necesitados, continuamos la misión redentora de Cristo. En el corazón de la destrucción, proclamamos un mensaje de misericordia, amor y valentía.
Comunidad misionera en el Líbano




