La mirada de María irradiaba esperanza

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(En la foto: Isabel, con su nieta Magdalena y el icono de la Virgen)

El pasado 27 de junio, los Misioneros Redentoristas daban inicio al Año Jubilar por los 150 años de la entrega del icono de la Virgen del Perpetuo Socorro del papa Pío IX a los Redentoristas. El lema de este Año Jubilar que coincidirá con el Año de la Misericordia, es: Perpetuo Socorro, Icono de amor.

La tradición cuenta que en el siglo XVI, un mercader de Creta robó este icono de la virgen y lo llevó a Roma tras ser salvado de diversas catástrofes. Tras 300 años de veneración y muchos milagros, el icono del Perpetuo Socorro quedó en el olvido tras ser destruida la iglesia de San Mateo de Roma. A mediados del siglo XIX, los Misioneros Redentoristas instalan su casa madre en esta antigua iglesia y recuperan el icono difundiéndolo por todo el mundo, obedeciendo al mandato que el papa Pío IX les dio al entregarles el icono en 1866: «Dadla a conocer por todo el mundo».

La veneración Virgen del Perpetuo Socorro se extendió rápidamente por Europa y América gracias a los Misioneros Redentoristas de la Congregación de Alfonso Mª de Ligorio. Una de las copias del icono la recibió, como parte de su dote, la madre de Isabel, una armenia que vivía en Ucrania y se trasladó a Bielorrusia al casarse con un oficial del ejército polaco, tras la guerra polaco-bolchevique de 1920. La familia se mudó y el icono del Perpetuo Socorro con ellos.

El 17 de septiembre de 1939 los rusos atacaron Polonia y el padre de Isabel fue arrestado. La madre de Isabel y sus hermanos también fueron secuestrados en su casa mientras los soldados rusos destrozaban la casa. Finalmente les trasladaron a Kazajistán diciéndoles que se reunirían con su padre. Los soldados no les dejaban llevar nada, pero lograron esconder y llevar con ellos la imagen de la Madre del Perpetuo Socorro.

El cruel viaje de la familia comenzó el 10 de febrero de 1940, en pleno invierno. La madre de Isabel que había creído a los rusos, se desengañó y perdió la esperanza de volver a ver a su marido. «Sabíamos, presentíamos que no volveríamos a ver a nuestro padre» dice Isabel. Después de muchos años supieron que los rusos mataron a su padre nada más arrestarlo. «Pero estaba con nosotros nuestra madre que repetía sin cesar: Solo creed en Dios, creed en la Santísima Madre. ¡Ella nos salvará!» cuenta Isabel. Su perpetuo socorro pronto lo necesitaron al pasar el puente de los Urales, que ante el miedo de que se cayera, se salvaron, «nosotros rezábamos sabiendo que con nosotros estaba la Madre» cuenta la anciana Isabel.

Y por fin llegaron a Siberia, a un campo de concentración donde, a pesar de arriesgar la vida, rezaban en voz alta ante el icono que escondían. En este gulag de la Taiga, los rusos jamás encontraron el icono que era el único signo de enlace con Dios, con la Iglesia, con la fe. «Como Jesús, buscábamos ayuda en los brazos de María en medio de un mundo cruel, irracional, sin sentido. La mirada de María parecía alentarnos, irradiaba esperanza» recuerda Isabel.

Al tiempo, la familia de Isabel pudo trasladarse a Kazajistán, donde la madre de Isabel comenzó a trabajar en una fábrica, y la Virgen del Perpetuo Socorro convivía con ellos. La casa se convirtió en una iglesia clandestina, y aunque no celebraban la Eucaristía, sí acudían muchas mujeres a rezar ante el icono. «Rezábamos por la noche, y a pesar de los registros de la policía, jamás lograron quitarnos la imagen. Fue nuestro mayor tesoro, nuestra única esperanza y ayuda», dice con energía Isabel.

Hoy Isabel vive en Szczawnica, al sur de Polonia, y sobre su cama cuelga la imagen de la Madre del Perpetuo Socorro, la misma que estuvo con ella en el gulag de Siberia, y luego en Kazajistán. «¡María nos salvó! Ella, la Madre del Perpetuo Socorro» dice emocionada Isabel.

(Juan Ignacio Merino, Alfa y Omega, Semanario Católico de información)

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