«En un mundo marcado por la guerra, la división y la crisis medioambiental, la llamada a ser constructores de paz nunca ha sido tan urgente». En la 59.ª Jornada Mundial de Oración por la Paz, el P. Rogério Gomes, CSsR, Superior General de los Redentoristas, nos invita a «reimaginar» nuestra misión como testigos de la esperanza y constructores de una paz desarmada.
El P. Rogério Gomes escribe en su mensaje a la Familia Redentorista con motivo de la Jornada Mundial de la Paz 2026:
no podemos dejar de pensar en la guerra que Ucrania está sufriendo en estos momentos y que nuestros cohermanos redentoristas viven y padecen en primera persona. Del mismo modo, dirigimos nuestra mirada a los pueblos de Nigeria y de África Occidental y Central, donde nuestros cohermanos están igualmente presentes y donde muchas comunidades continúan amenazadas en su vida y en su integridad, bajo el constante temor del desplazamiento forzado. Las angustias y zozobras de nuestros cohermanos y de nuestras comunidades en estos territorios marcados por la violencia y la guerra son un recordatorio permanente de que nuestra Congregación participa plenamente en la misión de Cristo Redentor en el mundo (cf. Const. 52), lo cual nos llama a ser constructores, anunciadores y testigos de su paz. El Redentor es nuestra paz (cf. Flp 4,7; Ef 2,14-16), y nuestro anuncio de la redención y de la vida abundante incluye necesariamente el compromiso con el anuncio y la promoción de la paz.
Lea el mensaje completo del Superior General a continuación.
Roma, 1º de enero de 2026
Solemnidad de Santa María, Madre de Dios
Misioneros de la Esperanza tras las huellas del Redentor
AÑO DEDICADO A LA MISIÓN
El Señor que nos envía como misioneros y peregrinos de la Esperanza en un mundo herido
Lc 4,16-19, Mc 6,7-12, Lc 9,2-6, Sal 130,7 Const. 1-20, Est. 01-020
MENSAJE DEL SUPERIOR GENERAL PARA LA JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ 2026
La paz esté con todos ustedes: hacia una paz “desarmada y desarmante”
Apreciados Cohermanos, Formandos, Familia Redentorista y Laicos Asociados a nuestra Misión,
- El cántico «¡Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad!» (Lc 2,14) sigue resonando en nuestros corazones como anuncio de la paz que brota de la Nochebuena e ilumina el camino de la humanidad. La contemplación del misterio de Jesús en el pesebre, junto con Jesús Eucaristía y Jesús en la cruz, ha sido siempre uno de los focos privilegiados de nuestra espiritualidad y misión. Pensar que el Niño recostado en el pesebre es el mismo Cordero inocente sacrificado en la cruz nos ayuda a reconocer el rostro del Redentor en el rostro de los niños que hoy sufren las consecuencias de la guerra.
- Según datos recientes del Uppsala Conflict Data Program (UCDP)[1] y del Global Peace Index[2], el mundo vive hoy uno de los períodos más violentos desde el final de la Segunda Guerra Mundial. En 2024 se registraron 61 conflictos armados que involucraron al menos a un Estado, la cifra más alta desde 1946, de los cuales 11 alcanzaron el nivel de guerra. Aunque el número total de muertes mostró una ligera disminución en comparación con 2022, cerca de 160 mil personas murieron a causa de la violencia organizada, lo que convierte a 2024 en el cuarto año más violento desde el genocidio de Ruanda en 1994. La guerra en Ucrania continúa siendo el conflicto más letal, mientras que en Oriente Medio, especialmente en Gaza y en el Líbano, la violencia ha afectado de manera desproporcionada a la población civil. De forma alarmante, ha aumentado significativamente la violencia dirigida contra civiles, así como la internacionalización de los conflictos, con 92 países involucrados en guerras fuera de sus propias fronteras. Paralelamente, según el Comité Internacional de la Cruz Roja, se estima que existen actualmente más de 120 focos de conflicto armado en el mundo, muchos de ellos olvidados por la atención internacional, pero marcados por graves violaciones del Derecho Internacional Humanitario, que hieren la dignidad humana y los derechos fundamentales de millones de personas.
- Este escenario pone de manifiesto la urgencia de fortalecer la protección de los civiles, la construcción de la paz y el compromiso global con el diálogo y la justicia. Conviene recordar que, en muchos de estos contextos de conflicto, nuestra misión redentorista está presente, compartiendo el sufrimiento causado por la guerra y convirtiéndose, al mismo tiempo, en apoyo y signo de esperanza para los inocentes que padecen sus consecuencias.
- La Jornada Mundial de la Paz fue inaugurada por iniciativa del papa Pablo VI, quien, en 1967, dos años después de la clausura del Concilio Vaticano II y en medio de la guerra de Vietnam, propuso comenzar el año civil con anhelos y aspiraciones de paz como fuerza impulsora en la construcción de la historia humana. En un contexto de creciente polarización, el llamado a ser constructores de paz sigue siendo necesario y relevante, y debemos verlo como una oportunidad para «reimaginar» nuestra misión y nuestra identidad religiosa en el mundo actual. Mientras el mundo continúa experimentando profundas transformaciones, nos esforzamos por interpretarlas y por discernir nuestro papel como misioneros de la esperanza y testigos de la vida abundante en el Redentor. Nuestra escucha del mundo, en última instancia, busca atender al clamor de los pueblos, especialmente de los más pobres (Dt 9,1), y al clamor de la misma Tierra (LS 2; 49).
- En esta 59.ª Jornada de Oración por la Paz, la Iglesia nos invita a centrarnos en una paz desarmada y desarmante. Los conflictos bélicos y la amenaza nuclear siguen sembrando el miedo de manera persistente y ponen a prueba nuestra esperanza. Vivimos en un mundo multipolar en el que las grandes potencias buscan mantener la primacía o, al menos, ser protagonistas de un nuevo orden mundial que se percibe como frágil. En la actualidad, presenciamos guerras crueles y fratricidas que destrozan la vida, especialmente la de los más pobres. Si bien gran parte de la responsabilidad de construir la paz recae en los líderes mundiales, desde nuestra fe y nuestro carisma también asumimos nuestra parte en la tarea común de promover y edificar la paz. En este sentido, el papa León XIV nos ha recordado recientemente que el mundo de hoy necesita «una Iglesia que no pone límites al amor, que no conoce enemigos a los que combatir, sino solo hombres y mujeres a los que amar» (DT, 120).
- Resulta profundamente simbólico que hoy, en una de las iglesias de Belén, el pesebre haya sido elaborado sobre una pila de escombros, sobre la cual se encuentra recostado el Niño Jesús. Escenas similares se han visto en iglesias de Norteamérica, donde la Sagrada Familia aparece detenida, separada o rodeada de elementos que evocan miedo y desesperación. En la actual guerra de Ucrania, muchos niños han sido separados forzosamente de sus familias y de su cultura; otros han muerto sepultados bajo los escombros de sus propias casas, destruidas por bombardeos indiscriminados. Este es el mundo que el Redentor visita en esta Navidad y en el que vuelve a resonar el anuncio de los ángeles: «paz en la tierra».
- El papa Francisco, por su parte, sin recurrir a subterfugios, solía hablar de una «tercera guerra mundial a pedazos» para referirse a la realidad de numerosos conflictos localizados que emplean tácticas tanto convencionales como híbridas y que tienen profundas repercusiones en gran parte de la población mundial, incluidas nuestras comunidades. En este contexto, el evangelio, como Buena Noticia, nos impulsa siempre a actuar como misioneros de la esperanza.
- Como ya se ha recordado anteriormente, no podemos dejar de pensar en la guerra que Ucrania está sufriendo en estos momentos y que nuestros cohermanos redentoristas viven y padecen en primera persona. Del mismo modo, dirigimos nuestra mirada a los pueblos de Nigeria y de África Occidental y Central, donde nuestros cohermanos están igualmente presentes y donde muchas comunidades continúan amenazadas en su vida y en su integridad, bajo el constante temor del desplazamiento forzado. Las angustias y zozobras de nuestros cohermanos y de nuestras comunidades en estos territorios marcados por la violencia y la guerra son un recordatorio permanente de que nuestra Congregación participa plenamente en la misión de Cristo Redentor en el mundo (cf. Const. 52), lo cual nos llama a ser constructores, anunciadores y testigos de su paz. El Redentor es nuestra paz (cf. Flp 4,7; Ef 2,14-16), y nuestro anuncio de la redención y de la vida abundante incluye necesariamente el compromiso con el anuncio y la promoción de la paz.
- El evangelio que predicamos es, por su propia naturaleza, un evangelio de paz. Por ello, la paz debe preocuparnos a todos, no solo a los líderes de las naciones, sino también a quienes nos profesamos discípulos misioneros del Señor de la paz (cf. Is 9,6; 2 Ts 3,16). El Redentor la ofrece (cf. Jn 14,27) como don, pero al mismo tiempo es recibida como conquista y realización humana. Por ello, la paz solo se alcanza aunando esfuerzos con miembros de otras religiones e instituciones que, de múltiples maneras, se empeñan, como nosotros, en promover la justicia, la paz y el cuidado de la creación. Desafortunadamente, las organizaciones internacionales y la voluntad de los líderes mundiales ya no son suficientes para garantizar y salvaguardar la paz y la justicia entre las naciones. Es aquí donde nuestro ministerio, nuestros «pocos panes y pocos peces», aunque puedan parecer insignificantes, adquieren su verdadera relevancia y pueden convertirse en fermento de redención dentro del tejido de la sociedad. Se trata de un ministerio que se lleva a cabo en colaboración con nuestros asociados laicos, así como con instituciones y con hombres y mujeres de buena voluntad que trabajan por este bien común que es la paz.
- En su visita a Beirut, el papa León hizo un llamado a que todos pongamos de nuestra parte para que nuestra tierra pueda recuperar su esplendor: «Y solo hay una forma de hacerlo: desarmemos nuestros corazones, dejemos caer las armaduras de nuestras cerrazones étnicas y políticas, abramos nuestras confesiones religiosas al encuentro mutuo» (Beirut, 2 de diciembre de 2025). En un mundo globalizado y plurirreligioso, no podemos sustraernos a la responsabilidad de encontrarnos, dialogar y trabajar juntos por este bien común. Algunos cohermanos desarrollan precisamente su ministerio misionero en contextos hostiles; ellos nos reconfortan con su testimonio y su creatividad para generar espacios de diálogo y reconciliación.
- En este horizonte, es iluminador el aporte del redentorista Bernhard Häring (1912-1998), quien, desde su reflexión moral, insistió en la urgencia de formar una conciencia cristiana no violenta, sana y madura. Para él, la paz no nace de equilibrios impuestos ni de la simple ausencia de conflicto, sino de una conversión interior profunda que libera a las personas y a las comunidades de las lógicas de la confrontación, del resentimiento y de la dominación. Desde la centralidad del evangelio, Häring nos recuerda que creer en Cristo, nuestra paz, implica dejarnos transformar desde las raíces mismas de nuestra existencia, para participar activamente de su no violencia y de su amor reconciliador y sanador. Esta opción evangélica, lejos de toda pasividad, educa la conciencia para rechazar toda forma de explotación, odio y venganza, y nos compromete a construir relaciones personales y sociales marcadas por la verdad, la justicia y el perdón, como camino concreto hacia una paz auténtica y duradera.
- Quisiera aprovechar esta ocasión para subrayar la paz con la creación como otro de los aspectos que hoy interpelan con fuerza a nuestro carisma. La destrucción del medio ambiente puede considerarse una manifestación más de la naturaleza conflictiva del ser humano y una realidad que nuestro carisma está llamado a afrontar. La encíclica Laudato Si’ se ha convertido en un hito fundamental de la Doctrina Social de la Iglesia, ayudándonos a comprender mejor la profunda interconexión entre nuestra fe en el Dios de la vida y el cuidado de la creación, entre la redención del ser humano y la redención de toda la creación. Para profundizar en este aspecto, la Iglesia celebra desde hace algunos años la «Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación», cada 1 de septiembre. En la misma línea, el papa León promulgó el decreto del formulario de la «Misa por el Cuidado de la Creación» (Missa pro custodia creationis), que nos inspira a tomar conciencia de las profundas relaciones entre Dios y su creación. Así, un aspecto esencial de la búsqueda de la paz implica también el restablecimiento de las relaciones y la reconciliación con toda la creación. En relación con la finalidad de nuestra acción misionera, las Constituciones hablan de nuestra elección para el ministerio de la reconciliación (cf. Const. 11). Y si todo está interconectado en nuestras vidas (cf. LS 34), la búsqueda de la paz y la reconciliación debe incluir también la sanación de las relaciones rotas entre el Creador y nosotros, sus criaturas.
- A María, la Theotokos, por quien recibimos la paz verdadera y la reconciliación con Dios, y a cuyos cuidados nos encomendamos al inicio de este año, le pedimos que continúe inspirándonos en el seguimiento de su Hijo. Él proclamó bienaventurados a los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios (cf. Mt 5,9). Con razón María proclamó que todas las generaciones la llamarían bienaventurada (cf. Lc 1,48), y gracias a su testimonio de fe ella sigue inspirándonos a construir un mundo en el que el amor venza al odio, la verdad a la mentira y la reconciliación a la venganza.
Fraternalmente,
P. Rogério Gomes, C.Ss.R
Superior General
Original: español
[1] Cf. Organized Violence & Armed Conflict Trends 2024 (UCDP Data). https://ucdp.uu.se/year/2024
[2] Cf. World Map of Peace and Conflict Indicators. https://www.visionofhumanity.org/maps/#/




