“Cultura”: un desafío que exige compromiso

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En el contexto del desarrollo del Año Académico 2025-2026 de la Academia Alfonsiana de Roma, recordamos la invitación del Preside (en una carta del 12 de octubre del 2025) para comprometernos efectivamente para contribuir activamente a la “construcción de una cultura de la Cultura”. Desde esta perspectiva, la palabra “Cultura” es la palabra guía del año académico 2025-2026.

El prof. A. G. Fidalgo CSsR, nos dice al respecto:

Podemos acceder a esta invitación buscando una «cultura académica», una «cultura del estudio y la investigación», una «cultura del encuentro», una «cultura del diálogo», una «cultura moral», una «cultura alfonsiana», una «cultura eclesial», una «cultura misionera», una «cultura del amor y la paz», una «cultura del cuidado». Así, podríamos seguir definiendo la cultura axiológicamente, destacando su amplitud, diversidad y gran poder para caracterizar las realidades humanas más simples y profundas, y en este caso particular, aquellas que se encuentran y desarrollan en un contexto académico romano, tanto local como universal.

Toda realidad cultural, al ser una realidad humana, está llena de belleza y tiene un gran potencial para ser un lugar de enriquecimiento y expansión; pero, al mismo tiempo, puede ser fuente de homogeneización, lugares de control, «colonización» y cierre, donde nuestra humanidad puede perder su apertura a nuevas alternativas expansivas de realización. Hay culturas muy seguras de sí mismas, más preocupadas por mantener sus identidades fijas e inamovibles con aires de superioridad, que jamás permitirán que otras culturas se acerquen a ellas, sino que reclamen ser tratadas con la misma igualdad y dignidad de existencia y coexistencia. Esta tensión puede ser muy evidente o incluso latente, y por ello debemos prestar atención, discernir y saber cómo navegar en este panorama real, duro y desafiante. Porque hay culturas que son «puentes» y otras que se presentan como «muros».

El paradigma cultural no es solo un estilo o un conjunto de experiencias que pueden moldear posturas y perspectivas; es esto, y mucho más. Es una clave que puede indicar horizontes abiertos o cerrados, caminos recorridos e incluso inexplorados, lugares de encuentro o conflicto, posibilidades de una mejor integración o de una dolorosa desintegración y exclusión. Es una clave que incluye elementos adaptativos y creativos; la hábil combinación de ambos puede conducir a un mayor logro humano y académico. En este marco, se pueden establecer diversas comprensiones que forman parte de nuestro entorno académico. Aquí, seleccionamos solo dos que nos parecen muy significativas: 1) La cultura como horizonte de inspiración; 2) La cultura como espacio de realización y transformación humana.

1) La cultura como horizonte de inspiración: la educación académica puede propiciar una cultura de intercambio basada en la apertura y la profundidad. Sería apropiado que, sin requerir que todos abandonen sus respectivos horizontes culturales, el recorrido académico pudiera habilitar procesos que sean lugares en los cuales y desde los cuales se estimulen la creatividad, la innovación y la transformación personal, social, estructural y sistémica de la conciencia y de las mismas realidades en las que vivimos y a las que deseamos servir. Por esta razón, la cultura, como horizonte, debe ofrecer conocimientos, valores y expresiones que contribuyan a ampliar nuestra visión del mundo, de las diversas realidades humanas, históricas, sociales y religiosas, abriendo siempre nuevas posibilidades de interpretación y realización. Sería deseable que este primer elemento estuviera presente primero y ante todo como una actitud relacional y luego como una práctica inspiradora en todos los cursos, seminarios, tareas, exámenes, eventos y demás actividades que conforman el tejido de nuestra vida académica. Por lo tanto, la interculturalidad debe convertirse en una parte estimulante y a la vez estructural de todo proyecto de estudio e investigación.

2) La cultura como espacio de plenitud y transformación humana: desde el paradigma cultural, podríamos apoyar procesos en los que la formación académica integral busca, en cada etapa, ofrecer espacios y elementos teóricos y prácticos que, abarcando tanto la resistencia como los posibles desacuerdos, conduzcan a una mayor plenitud y comprensión, resultantes de auténticas transformaciones en la manera de elaborar quién se es y qué se puede ser, dentro del espacio formativo. Este aspecto implica fomentar posturas abiertas y críticas, capaces de embarcarse en la aventura de compartir el estudio y la vida, sabiendo que mucho, o todo, no será igual al final del proceso y que, sea como sea, siempre será mejor que quedarse con el bagaje propio y tradicional como único medio para seguir haciendo historia y servir en el marco de una teología moral de corte alfonsiano. Debemos tener la humildad y la valentía de involucrarnos en las realidades más desafiantes, en los estudios más complejos y controvertidos, cultivando la profundidad en el análisis y abriéndonos constantemente a la frescura del Evangelio, lo que nos exige una escucha constante para comprender, incluir, acompañar y señalar nuevos horizontes liberadores y humanizadores. Como afirmó recientemente el Papa León: «Las universidades católicas tienen una tarea crucial: ofrecer una ‘diaconía de la cultura’: menos cátedras y más mesas donde sentarnos juntos, sin jerarquías inútiles, para tocar las heridas de la historia y buscar, en el Espíritu, la sabiduría que nace de la vida de los pueblos» (Trazando nuevos mapas de esperanza, 9.3). En resumen, lo dicho podría resumirse con estas advertencias del Papa Francisco (a la vez que los invitamos a releer los diversos números citados, que pueden aportar contenido y fundamento a lo dicho anteriormente):

«La propuesta es hacernos presentes ante la persona necesitada de ayuda, independientemente de si forma parte de nuestro propio círculo. En este caso, el samaritano fue quien se hizo prójimo del judío herido. Para hacerse cercano y presente, traspasó todas las barreras culturales e históricas. La conclusión de Jesús es una petición: «Ve y haz tú lo mismo» (Lc 10,37). Es decir, nos desafía a dejar de lado todas las diferencias y, ante el sufrimiento, a estar cerca de todos. «Por eso, ya no digo que tengo prójimos a quienes ayudar, sino que me siento llamado a hacerme prójimo de los demás» (Fratelli tutti, n.º 81; cf. nn.º 83; 133-134; 141; 143-144; 146-151; 191-192; 199; 215-220; 224).

«El mundo crece y se llena de nueva belleza gracias a las síntesis sucesivas que se producen entre culturas abiertas, al margen de cualquier imposición cultural» (FT, n. 148).

(Atículo publicado en el blog de la Academia Alfonsiana, Traducción libre de Scala News del original en italiano)