Mensaje del Padre General con ocasión de la Jornada mundial de la Vida Consagrada

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Roma, 02 de febrero de 2026
Fiesta de la Presentación del Señor

Misioneros de la Esperanza tras las huellas del Redentor
AÑO DEDICADO A LA MISIÓN
El Señor que nos envía como misioneros y peregrinos de la Esperanza en un mundo herido
Lc 4,16-19, Mc 6,7-12, Lc 9,2-6, Sal 130,7 Const. 1-20, Est. 01-020

Mensaje con ocasión de la Jornada mundial de la Vida Consagrada

Estimados Cohermanos y Formandos:

  1. El día 2 de febrero celebramos la fiesta litúrgica de la Presentación del Señor (cf. Lc 2,22-38), conocida popularmente como Nuestra Señora de la Candelaria o Nuestra Señora de la Luz. En esta fecha, la Iglesia recuerda de modo especial la Jornada dedicada a la Vida Consagrada. En la Congregación, muchos cohermanos han emitido sus votos en este día y, en diversas comunidades, esta celebración es ocasión para la renovación de los votos religiosos.
  2. La fiesta de la Presentación del Señor en el Templo se reviste de gran sencillez y profunda belleza. Ella constituye una clave especialmente iluminadora para comprender la dinámica de la consagración y de la misión. El mismo Señor que es presentado humildemente al Padre, en cumplimiento de la Ley, es Aquel que hoy nos envía, no como poseedores de su Reino, sino como sus servidores y testigos. Enviados como misioneros y peregrinos, somos llamados a caminar con un mundo herido, llevando no soluciones fáciles, sino la presencia de la Luz que Simeón reconoció en sus brazos. Así como María y José ofrecieron a Jesús al Padre y al mundo, también nosotros somos enviados a ofrecer nuestra vida consagrada como signo de una esperanza en camino: una esperanza que no ignora las heridas de la historia, sino que las atraviesa con compasión, fidelidad y confianza en Aquel que es la salvación preparada ante todos los pueblos.
  3. La Presentación está marcada por un encuentro de alianzas entre lo humano y lo divino, en el que la promesa halla su cumplimiento en la sencillez. Simeón y Ana, dos figuras marcadas por la fragilidad (edad avanzada y viudez) y por la perseverancia, representan una fe que sabe esperar, una esperanza que persevera, una sabiduría que discierne, un testimonio que anuncia y una memoria que contempla y acoge la novedad de Dios.
  4. La acción de María y José es profundamente paradójica y teológicamente reveladora: al mismo tiempo que ofrecen solo un par de pichones, signo inequívoco de su condición de pobreza, conforme a lo prescrito por la Ley (cf. Lc 2,24; Lv 12,8), presentan en el Templo al Niño Jesús, la ofrenda por excelencia, Aquel que pertenece a Dios desde toda la eternidad. En la extrema sencillez del sacrificio permitido a los pobres se revela la superabundancia del don divino: el Hijo eterno es entregado al Padre y al mundo sin reservas. En ese gesto silencioso, Jesús es presentado como luz para iluminar a las naciones, inaugurando una economía de la salvación en la que la grandeza de Dios se deja reconocer en la humildad de los pequeños y en la entrega radical de sí mismo.
  5. Esta celebración nos recuerda, pasando por la memoria y por el corazón, que la consagración es un don recibido del Señor. Un día fuimos presentados a Él en nuestro Bautismo y, en el día de nuestra profesión, dijimos libremente: «aquí estoy» (cf. Is 6,8; 1 Sam 3,4-10; Gen 22,1.11; Ex 3,4; Sal 40(39),8-9; Hb 10,5-7). En este sentido, nuestra consagración no es un acontecimiento del pasado, sino una ofrenda que se renueva cada día. Se realiza de manera muy concreta en el encuentro con Dios, en la vida comunitaria, en la misión junto a los más pobres y abandonados, en nuestras fragilidades humanas, en la fidelidad perseverante a lo largo del tiempo, en la constancia en la oración y en nuestra disponibilidad misionera (cf. Lc 2,36-38).
  6. Simeón proclama a Jesús como Luz de las naciones. Desde esta perspectiva, y recordando la Communicanda 1/2024, «Ustedes son la luz del mundo» (Mt 5,14), la vida consagrada redentorista, al servicio de la misión del Redentor, está llamada a reflejar esa luz, a no opacarla ni guardarla para sí. Hoy, más que nunca, esa luz debe brillar. En contextos marcados por las guerras, el odio al otro, el profundo individualismo, la aporofobia, el cansancio y el envejecimiento de la propia vida consagrada, la escasez de vocaciones y el miedo, somos llamados a seguir iluminando con esperanza, pues nuestra luz proviene de la Luz que nunca se apaga…
  7. Pienso que la actitud de Simeón resuena hoy como una interpelación fuerte y exigente dirigida a nuestra vida consagrada. Él nos llama a entrar con valentía en aquellos contextos de crisis de fe, donde se experimenta un ateísmo silencioso o declarado ad intra y ad extra, y en los que la consagración corre el riesgo de ser reducida a un mero papel funcional, indistinguible del de una organización social. Ante estos escenarios, podemos preguntarnos: ¿qué testimonio estamos ofreciendo al mundo de hoy? ¿Qué signo de Dios permanece visible en nuestra vida?
  8. La escena de la Presentación del Señor no nos permite la neutralidad. Nos confronta directamente en dos aspectos decisivos de nuestra consagración: primero, lo que presentamos hoy al Señor: nuestras opciones, nuestras estructuras, nuestro modo de vivir, nuestra misión. Segundo, lo que somos capaces de ver y contemplar en la realidad que nos rodea. Más aún, nos cuestiona acerca de cómo reaccionamos ante lo que vemos: con acomodación o con profecía, con miedo o con esperanza, con cerrazón o con una entrega renovada. La respuesta de Simeón resuena con elocuencia: «Ahora, Señor, puedes dejar que tu siervo se vaya en paz, conforme a tu palabra; porque mis ojos han visto tu salvación, la que has preparado ante todos los pueblos; luz para iluminar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel» (Lc 2,29-32).
  9. La vida consagrada redentorista está llamada a ser signo de esperanza cuando la esperanza parece agotada, a permanecer fiel cuando los frutos son escasos y a discernir la acción de Dios en la historia concreta, sobre todo allí donde la vida es herida, olvidada y descartada. Es precisamente en esos lugares donde se mide la autenticidad de nuestra consagración, pues a esas realidades hemos sido enviados en nombre del Redentor. En este sentido, no existe consagración sin misión. Si la consagración no nos desplaza, no nos inquieta y no nos envía, corre el riesgo de volverse estéril, reducida a una mera tarea que cumplir. Por eso, como Misioneros Redentoristas, fuimos consagrados para anunciar la copiosa redención, no como un discurso abstracto, sino como vida entregada, presencia solidaria y palabra que libera, con un carisma que se renueva sin perder su esencia.
  10. La fidelidad al carisma no se confunde con la mera preservación de formas o estructuras. Exige valentía para dejar morir lo que ya no genera vida, libertad para transformar estructuras, métodos y lenguajes, y audacia evangélica para responder a los signos de los tiempos, permaneciendo firmemente enraizados en el Evangelio. Solo así nuestra consagración continuará siendo profecía viva y esperanza concreta en el corazón del mundo. Simeón, al contemplar la novedad de la salvación ante sí, se retira para que esta acontezca.
  11.  En este día, expreso mi profunda gratitud a cada cohermano por su «aquí estoy», pronunciado y renovado cotidianamente en los diversos lugares donde la Congregación está presente, y por todo el servicio generoso realizado en favor de los más pobres y abandonados, haciendo visible al Señor en los múltiples «templos del mundo». Invito a cada uno a recordar con gratitud su propio camino vocacional, a reconocer el valor del «aquí estoy» cotidiano y a dar gracias al Señor por el camino recorrido hasta hoy, con todo lo que ello ha implicado: alegrías, desafíos, cruces y fecundidad misionera. Les deseo a todos ánimo renovado, perseverancia fiel y un corazón sereno y confiado para llevar adelante la misión del Redentor. Animo, de modo especial, a nuestros vocacionados y formandos a no tener miedo de pronunciar su «aquí estoy» día tras día y, con valentía evangélica, consagrar su vida al Señor en la Congregación del Santísimo Redentor.
  12. Que podamos, con nuestra vida consagrada redentorista, ser verdaderamente apóstoles de fe robusta, sostenidos por una esperanza alegre, animados por una caridad ardiente y por un celo encendido que nace del encuentro personal con el Redentor. Libres de toda presunción de nosotros mismos y enraizados en una oración constante, seamos hombres apostólicos, hijos genuinos de san Alfonso, que siguen con alegría a Cristo Salvador, participan profundamente de su misterio y lo anuncian con la sencillez evangélica de la vida y de la palabra. Por la abnegación de nosotros mismos, permanezcamos siempre disponibles para lo arduo, asumiendo una misión sin reservas, para que, por medio de nuestra existencia entregada, la copiosa redención de Cristo llegue a todos, especialmente a los más pobres y abandonados (cf. Const. 20). Y, animados por el Espíritu Santo, pasemos siempre a la otra orilla… (cf. Mc 4,35; Communicanda 2/25).
  13. Que María, Madre del Perpetuo Socorro, consagrada totalmente a Dios, junto con nuestros Santos, Mártires y Beatos, nos anime en nuestra consagración, nos sostenga en la fidelidad cotidiana y nos ayude a perseverar hasta el final. Amén.

P. Rogério Gomes, C.Ss.R
Superior General

Original: español