Mensaje del Padre General con motivo de la fiesta de San Clemente María Hofbauer
Roma, 15 de marzo de 2026
Fiesta de San Clemente María Hofbauer
Misioneros de la Esperanza tras las huellas del Redentor
AÑO DEDICADO AL LIDERAZGO AL SERVICIO DE LA MISIÓN
Conducir, animar, cuidar y reconciliar: liderazgo como servicio fraterno a la misión del Redentor
Textos para meditación personal o en comunidad: Sab 9,13-18; Ez 34,1-16; Sal 22(23); Mc 10,42-45; Jn 10,1-18; Jn 13,1-15; Jn 17,1-26; Lc 10,25-37; Lc 15,11-32; Hch 15,6-28; Rm 12,5-10; 1 Pe 5,2-5; 1 Co 1,10-13; Constituciones 91-144; Estatutos Generales 086-0208; Guía Pastoral para los Superiores; Communicanda 2/2019.
Queridos Cohermanos y Formandos:
- En este día en que celebramos la fiesta de San Clemente María Hofbauer (1751–1820), iniciamos el año dedicado al liderazgo al servicio de la misión. Algunos rasgos de su vida iluminan este importante servicio de animación de la vida apostólica redentorista. Hofbauer fue un líder misionero marcado por la valentía evangélica, la fidelidad creativa al carisma redentorista y una profunda confianza en la acción de Dios en la historia. Vivió en contextos políticos y eclesiales inestables, a menudo hostiles a la vida religiosa, y supo conducir la misión sin apoyarse en seguridades institucionales, colocando a las personas en el centro e invirtiendo energías en la formación espiritual de laicos, jóvenes e intelectuales. Su liderazgo no se impuso por la autoridad del cargo, sino por la fuerza del testimonio, la coherencia de vida y la cercanía pastoral, capaces de generar comunión y compromiso. Incluso ante fracasos, expulsiones e incomprensiones, mostró una notable capacidad para recomenzar, transformando las crisis en oportunidades misioneras. Así, encarnó un liderazgo servicial, resiliente y profético, que animó a la Congregación a atravesar fronteras culturales e históricas con esperanza, audacia y visión de futuro.
- Como religiosos, de una forma u otra, estamos siempre llamados a ejercer la función de liderar personas. Esta dimensión brota, ante todo, de nuestra capacidad relacional. El liderazgo no siempre está ligado a un cargo o función formal, sino a la capacidad de crear vínculos, generar confianza y, con empatía, caminar junto a otros y conducir a personas y comunidades hacia un objetivo común. En este sentido, cuando encontramos a las personas, las escuchamos, las animamos y las ayudamos a discernir, a asumir responsabilidades, a comprender el sentido de la vida y a vivir bien, tanto en el plano personal como en el comunitario, estamos ejerciendo una forma de liderazgo, muchas veces silenciosa y poco visible, pero profundamente transformadora. Cada cohermano, al mirar su propia historia vocacional y misionera, puede reconocer esta dimensión profunda del liderazgo presente en su vida y en su servicio a las personas, especialmente a los más pobres y abandonados. Por eso, es fundamental vigilar constantemente para que el liderazgo nunca se transforme en manipulación del otro o en abuso de poder, sino que permanezca siempre como servicio, cuidado y promoción de la libertad y la dignidad de cada persona.
- Hoy se habla, en todos los sectores de la sociedad, de una crisis de liderazgo y de la falta de personas capaces de conducir a un grupo de manera madura, ayudándolo a tomar conciencia de su misión y a dar lo mejor de sí por ella. Sin embargo, al observar la historia, especialmente en los ámbitos político y eclesial, constatamos que la crisis de liderazgo suele originarse en la pérdida de confianza del grupo en sus líderes. Algunos de quienes fueron elegidos por la comunidad para promover el bien común se han corrompido y han comenzado a ejercer el poder en beneficio propio. La corrupción del poder es profundamente degenerativa, porque rompe el vínculo de confianza que sostiene toda autoridad auténtica. Además, conduce a la pérdida de la autoridad entendida no como poder de imposición sobre los demás, sino como capacidad de convocar, dialogar y ofrecer un horizonte de futuro. Cuando el poder delegado por el grupo se vacía de su dimensión de servicio, lo que emerge no es verdadera autoridad, sino autoritarismo.
- Para nosotros, redentoristas, el liderazgo no se configura como ejercicio de poder, sino como una autoridad dinámica y relacional al servicio de la misión. Es esta dinámica la que confiere a la persona una autoridad reconocida, para que, en nombre de la comunidad, pueda ejercer, con responsabilidad y espíritu de servicio, el encargo que le ha sido confiado. El líder posee un carisma personal y es también custodio del carisma institucional, ejerciendo este cuidado siempre con atención a las personas que integran la institución y la comunidad. Desde esta perspectiva, quien lidera tiene la misión de conducir, animar, cuidar y reconciliar. Estas son, además, características importantes para el discernimiento comunitario en la elección de quien habrá de guiarnos.
- Conducir no es imponerse de modo autoritario, sino dar dirección e iniciar procesos; es encender la llama carismática del grupo a la luz del Evangelio, del carisma fundacional, de las Constituciones y de los Estatutos, reavivando el don que cada hermano ha recibido (cf. 2 Tim 1,6). Implica ofrecer una orientación clara, fruto de una escucha atenta en los capítulos (generales y provinciales), asambleas y consejos, así como en otras instancias sinodales, para ayudar a discernir el camino, mantener el foco en la misión y en sus valores, y guiar con responsabilidad, espíritu de servicio y autoridad. Se trata de ejercer un liderazgo con visión y fidelidad al carisma, ayudando a la comunidad apostólica a caminar con sentido, en comunión y unidad. Supone, además, la capacidad de leer los signos de los tiempos y el discernimiento necesario para indicar el rumbo, manteniendo la mirada fija en el Redentor y en los más pobres. Sin esta conducción, la comunidad corre el riesgo de dispersarse y perder la centralidad de su misión.
- Animar es dar alma (del latín anima), es reavivar el corazón de la comunidad, especialmente cuando se encuentra en las encrucijadas de la historia y de la misión. «¿No ardía acaso nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino…?» (Lc 24,32). Se trata de un liderazgo que se convierte en fuente de esperanza y estímulo en tiempos de cansancio, custodio del sentido más profundo de la consagración y de la misión, que despierta en el grupo la memoria de la redención y la conciencia agradecida del llamamiento recibido. Animar significa también interpelar con delicadeza a quienes se encuentran desanimados, ayudándolos a redescubrir la belleza de la llamada recibida y a realizar un discernimiento sincero, asumiendo con madurez la propia historia. El líder anima cuando cree en las personas, sostiene procesos creativos de renovación de la vida apostólica y cultiva un ambiente de confianza en el que el ardor misionero puede volver a florecer y dar fruto.
- Cuidar es ejercer una atención concreta hacia las personas, con sus alegrías y, especialmente, con sus heridas. Implica una escucha profunda y evangélica, sensibilidad ante las fragilidades y una presencia fraterna y samaritana en la vida cotidiana de la comunidad (cf. Lc 10,33-37). No es controlar ni infantilizar; es promover la corresponsabilidad, ayudando al otro a madurar y a caminar con libertad y conciencia. Es también, como pastor, saber llamar a la oveja de vuelta al rebaño y advertirle cuando se encuentra en peligro, siempre con caridad y verdad (cf. Lc 15,4-7). Es reconocer que la misión pasa por las personas y que no hay fecundidad apostólica sin cuidado humano, espiritual y comunitario, pues es en el corazón donde la vocación se fortalece y la misión florece.
- Conviene recordar que el servicio del liderazgo es exigente y se enfrenta a las más variadas expectativas del grupo. Detrás de un gobierno hay personas concretas, con su historia de vida, su visión del mundo, sus dones y capacidades, pero también con sus límites, alegrías, tristezas y heridas. Por eso, es necesario plantearse una pregunta esencial: ¿quién cuida del pastor? También el grupo está llamado a cuidar de quienes ejercen la misión de animar y gobernar. Es importante que la comunidad sostenga a sus líderes con cercanía fraterna, oración constante, acogida sincera y palabras de ánimo, especialmente ante decisiones difíciles y momentos de mayor tensión. Cuidar de quien sirve es también una manera concreta de fortalecer la comunión y la corresponsabilidad en la misión.
- Forma parte de la realidad humana el conflicto y las rupturas relacionales. Esto no es diferente en la vida consagrada. El camino para superarlos es la reconciliación. Reconciliar es restablecer la comunión donde hubo ruptura, reconstruyendo vínculos heridos por conflictos, incomprensiones o distanciamientos. Significa afrontar los conflictos sin negarlos, enfrentándolos con verdad y caridad, superando divisiones, sanando heridas institucionales y personales y restaurando la confianza entre los hermanos. Es crear puentes donde antes había muros, promoviendo un diálogo sincero y una escucha imparcial de las partes, ayudando a transformar las tensiones en oportunidades de crecimiento comunitario. Se trata de participar en el ministerio de la reconciliación confiado por Cristo (cf. 2 Cor 5,18), conduciendo a personas y comunidades del conflicto a la comunión, del resentimiento al perdón, de la polarización a la unidad. En el ámbito de la reconciliación, también es importante que quien ocupa el servicio de gobierno valore el sacramento de la Reconciliación como espacio de sanación de sus propias heridas. El pastor también necesita cuidarse a sí mismo.
- Todo cohermano participa, de algún modo, en el ejercicio del gobierno en la Congregación, como nos recuerda la Constitución 92: «Todos los congregados y comunidades tomen parte activa y responsable, cada cual, a su modo, en el régimen de los diversos sectores de la Congregación y a través de las distintas instituciones de que ella está dotada. Pues a cada uno se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien común» (cf. 1 Cor 12,7; Const. 72). No solo quien ocupa un servicio de autoridad tiene responsabilidad, sino cada miembro de la comunidad, en virtud de la corresponsabilidad que brota de la vocación compartida y de la obediencia. La obediencia, entendida en su sentido más profundo, no es mera ejecución de órdenes, sino una actitud interior de escucha, discernimiento y colaboración activa en favor del bien común. Sin esta disposición, no hay auténtica autoridad ni verdadera comunión.
- Este Año dedicado al liderazgo al servicio de la misión tiene en su recorrido un acontecimiento muy importante: el proceso de discernimiento y elección de nuevos superiores mayores y sus consejos. Las elecciones en la Congregación deben vivirse como un acto espiritual y eclesial, y no solamente organizativo: un tiempo de sabiduría pedida y acogida (cf. Sab 9), de escucha del Espíritu y de discernimiento comunitario en vista del bien mayor de la misión (cf. Hch 15). Se trata de elegir hermanos que expresen la lógica de Jesús: no dominar, sino servir (cf. Mc 10), según el estilo del Buen Pastor, que conoce, llama por su nombre, conduce y protege al rebaño, especialmente a los más frágiles (cf. Ez 34; Sal 22; Jn 10). Por eso, el criterio decisivo no es la fuerza del poder, sino la autoridad del servicio, que se manifiesta en la disponibilidad para «lavar los pies» (cf. Jn 13), para promover la unidad y la comunión (cf. Jn 17; 1 Cor 1,10-13) y para animar una comunidad donde cada don encuentra su lugar y cada hermano es cuidado con afecto fraterno (cf. Rm 12). En este horizonte, los más pobres y abandonados no pueden quedar fuera de nuestro discernimiento: ellos son el «lugar» concreto donde se verifica la autenticidad del liderazgo evangélico (cf. Lc 10; 15). Así, elegir es asumir corresponsablemente la opción por pastores servidores, humildes y vigilantes, que cuiden del rebaño no por interés, sino con generosidad y testimonio (cf. 1 Pe 5), conduciendo, animando, cuidando y reconciliando la vida apostólica de la Congregación.
- Pienso que las palabras del Papa León XIV al Capítulo General de los Legionarios de Cristo pueden ayudarnos en el discernimiento: «La autoridad en la vida religiosa está también al servicio de la animación de la vida común, centrándola en Cristo y orientándola hacia la plenitud de la vida en Él, evitando toda forma de control que no respete la dignidad y la libertad de las personas. Entre las tareas fundamentales del gobierno religioso se encuentra, de igual forma, la de promover la fidelidad al carisma. Para ello, es necesario fortalecer un estilo de gobierno caracterizado por la escucha mutua, la corresponsabilidad, la transparencia, la cercanía fraterna y el discernimiento comunitario. Un buen gobierno, en lugar de concentrarlo todo en sí mismo, fomenta la subsidiariedad y la participación responsable de todos los miembros de la comunidad» (L’Osservatore Romano, edición italiana, año CLXVI, n. 41 [50.147], Ciudad del Vaticano, 19 de febrero de 2026, p. 4).
- Que este tiempo de discernimiento personal y comunitario sea vivido con profunda conciencia evangélica. En las últimas elecciones, el Consejo General, con gran tristeza, tuvo que intervenir en seis procesos electorales debido a situaciones particularmente delicadas que hirieron el Evangelio, las Constituciones y los Estatutos, así como la comunidad apostólica. Que resuene siempre entre nosotros el llamado de Jesús a sus discípulos: «Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos» (Mc 10,43-44). Recomiendo, para acompañar el proceso de discernimiento, la lectura de las dos cartas de mi predecesor, Mons. Michael Brehl, a la Congregación sobre el discernimiento en el proceso electivo en nuestro Instituto: Elecciones para el Gobierno en la Congregación del Santísimo Redentor y Testigos del Redentor: Solidarios para la Misión en un mundo herido (Roma, 14 de mayo de 2014, Fiesta de San Matías, Prot. n.º 0000 078/2014; Roma, 20 de mayo de 2018, Prot. n.º 0000 070/2018).
- En este sentido, al prepararnos como Congregación para este momento tan significativo, invito a todos a participar, de manera individual o comunitaria, en el encuentro con el P. García Paredes, el día 26 de marzo a las 14:00 (hora de Roma), sobre el tema: «Hacia un liderazgo visionario, regenerativo y sinodal: ¡Cómplices del Espíritu!». Sería muy oportuno que también nuestros formandos, especialmente los del noviciado y los teologados, pudieran participar, en la medida de lo posible, para que, desde ahora, profundicen en una comprensión evangélica, sinodal y misionera del servicio de la autoridad en la Congregación, pues serán ellos los pastores del mañana, imbuidos de este servicio tan importante.
- Junto a esta carta se envía un Subsidio Oracional para que podamos prepararnos adecuadamente, tanto de manera individual como comunitaria, para las elecciones, así como para los Capítulos y Asambleas electivos. Es importante que este acontecimiento en la vida de la Congregación sea vivido y sostenido a la luz del Evangelio, con la invocación del Espíritu Santo y en un clima de oración, pues constituye un verdadero servicio misionero a la Congregación y al Pueblo de Dios. Conviene que se realice, al menos, una vigilia o un día de retiro.
- Queridos Cohermanos y Formandos: este Año dedicado al liderazgo al servicio de la misión, queremos reafirmar que el liderazgo, entre nosotros, solo puede comprenderse como servicio fraterno a la misión del Redentor. No se trata del ejercicio de un poder que se impone, sino de una autoridad evangélica que nace de la comunión, se fortalece en la escucha y se expresa en la entrega generosa. Quien es llamado a conducir en la Congregación es, ante todo, hermano entre hermanos, custodio del carisma y servidor del discernimiento comunitario; llamado a conducir sin dominar, a animar con esperanza, a cuidar con ternura y a reconciliar con misericordia. Así, la autoridad se convierte en caridad pastoral concreta, que promueve la corresponsabilidad, respeta la dignidad y la libertad de cada persona y mantiene viva la centralidad de Cristo y de los más pobres y abandonados. Solo de este modo nuestro liderazgo será verdaderamente evangélico, sinodal y misionero, reflejo fiel del corazón del Redentor.
- Confiemos este Año dedicado al liderazgo al servicio de la misión a la intercesión de la Santísima Virgen María, Madre del Perpetuo Socorro, para que nos enseñe a conducir con humildad, a animar con esperanza, a cuidar con ternura y a reconciliar con corazón misericordioso. Que el testimonio valiente de nuestros santos, especialmente san Clemente, cuya memoria celebramos, así como de los mártires y beatos redentoristas que supieron entregar su vida por el Evangelio en fidelidad creativa al carisma, nos inspire a vivir este tiempo con espíritu pascual, disponibilidad misionera y profunda comunión fraterna. Que, sostenidos por su ejemplo e intercesión, sepamos elegir y ejercer la autoridad como verdadero servicio al Redentor y a los más pobres y abandonados, para que nuestra Congregación continúe siendo signo de esperanza y testigo fiel de la abundante redención.
Fraternalmente,
P. Rogério Gomes, C.Ss.R
Superior General
Guiar, alentar, cuidar y reconciliar: El liderazgo como servicio fraterno a la misión del Redentor: una propuesta para la oración comunitaria durante la Asamblea Capitular o Electiva.




