(del Blog de la Academia Alfonsiana)
Esta es la cuarta entrega de una serie de contribuciones destinadas a complementar el programa plurianual e interdisciplinario de economía «Por una conciencia moral sinodal y emprendedora», inaugurado el 6 de junio de 2025 (Quaderni Economici 1). El objetivo es crear un pequeño glosario de términos y conceptos clave, particularmente relevantes para las actividades de investigación y formación del proyecto, comenzando con el primer curso introductorio, «Visión sistémica y conciencia emprendedora para el desarrollo humano integral», que dio inicio el 14 de marzo de 2026. Las primeras entradas del glosario se referirán a los principios de la Doctrina Social de la Iglesia que inspiran la selección de los temas explorados en el programa de formación.
La subsidiariedad como epifanía de la proximidad
Existe una pregunta ancestral que resuena a lo largo de la historia y que, incluso con el paso de generaciones, nunca pierde vigencia. Es la pregunta que Dios le hace al asesino Caín: “¿Dónde está tu hermano?” Reflexionando detenidamente, estas palabras del texto sagrado provocan escalofríos. Una frase sencilla pero escalofriante. Se puede sentir la angustia de quienes la pronuncian. Dios sabe que algo terrible ha ocurrido a manos de Caín, quien… se desentiende del asunto: “¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?”. Dios continúa y pronuncia de nuevo una frase que transmite todo el dolor de un padre que confronta a su hijo con la más terrible de las verdades: “¿Qué has hecho?”… ha cometido fratricidio. Esta escena bíblica, llena de patetismo, es un poderoso recordatorio de la responsabilidad personal, que define a los seres humanos como guardianes de los demás. La antropología cristiana rechaza el individualismo. Los seres humanos son, por naturaleza, seres en relación, corresponsables del destino de sus semejantes.
La subsidiariedad se fundamenta precisamente en la corresponsabilidad por la cual cada persona está llamada a ser el guardián de su hermano. Cada uno debe responder por el bien hecho u omitido hacia su hermano necesitado. Es emblemático que Cristo se identifique con los «pequeños» y los «excluidos» (Mt 25,40). Al hacerlo, eleva todo gesto de cuidado a un acto litúrgico de justicia. Desde esta perspectiva, los Padres de la Iglesia, incluidos san Juan Crisóstomo y san Gregorio Magno, han aclarado que el subsidio no es una concesión benévola, sino un acto de justicia restaurativa. Distribuir lo necesario significa restituir lo que corresponde según el destino universal de los bienes.
El principio de subsidiariedad se encuentra en su formulación clásica en la encíclica Quadragesimo Anno (1931) de Pío XI. El Magisterio establece aquí un límite ético insuperable según el cual es ilícito arrebatar a los individuos o a las comunidades más pequeñas lo que pueden lograr por sus propios esfuerzos y asignárselo a entidades jerárquicamente superiores. En otras palabras, una entidad superior no debe hacer lo que una entidad inferior puede hacer por sí sola. Y si una entidad, un ciudadano o una persona se encuentra en dificultad, quienes puedan ayudar deben hacerlo, pero no sustituyéndola, sino simplemente apoyándola en el momento crítico y luego capacitándola para que pueda valerse por sí misma.
La subsidiariedad es un principio de gran importancia pedagógica. Ayudar no significa suprimir la dignidad de otra persona. La verdadera ayuda promueve, no reemplaza. La enseñanza del Papa Francisco ha enriquecido esta visión a través de un «dual dinamismo» del cuidado. Heredó la enseñanza del Compendio de la Doctrina de la Iglesia, donde encontramos una visión dual del principio. Existe una subsidiariedad vertical que sugiere un movimiento descendente en el que el Estado y las instituciones intervienen para apoyar y proteger a los miembros más vulnerables del cuerpo social. Pero también existe una subsidiariedad horizontal, es decir, un movimiento ascendente que requiere que el poder político dé un paso atrás para promover la energía vital de los cuerpos intermedios, los voluntarios y las asociaciones. Puede decirse que la subsidiariedad actúa como antídoto contra el «globalismo de los fuertes» y la eficiencia tecnocrática que disuelve las identidades locales. En la exhortación Dilexi te, se evidencia claramente que el amor al prójimo debe traducirse en la reforma de las estructuras injustas mediante instituciones sanas.
Sin una dimensión educativa, la subsidiariedad se convertiría en un asistencialismo estéril. El objetivo de la subsidiariedad no es la aniquilación del individuo, sino su promoción, ayudando a otros a progresar para que puedan retomar su camino independiente hacia una vida plena, convirtiéndose en la mejor versión de sí mismos. La subsidiariedad es, ante todo, una “caricia de responsabilidad”, el acto por el cual la comunidad reconoce en el otro su propia carne.
Artículo de F. Sacco y del profesor M.P. Dalbem CSsR
(traducción libre del original en italiano en el sitio web de la Academia Alfonsiana)




