Septiembre 1 – 4 de octubre
TESTIGOS DE LA ESPERANZA PARA NUESTRA CASA COMUN
Los líderes mundiales se preparan para la siguiente Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático de 2026 (COP31) que se celebrará en Antalya (Turquía) del 9 al 20 de noviembre de 2026. Mientras tanto el planeta sigue experimentando cada año nuevos récords en temperaturas, marcados por sequías, inundaciones y otros fenómenos meteorológicos extremos que afectan a las comunidades más pobres, amenazan la biodiversidad y aceleran la degradación de los suelos y los acuíferos. Ahora bien, ¿de qué manera está relacionado nuestro carisma redentorista con esta situación? Y, en concreto, ¿cómo está llamado nuestro carisma a responder a estos desafíos ambientales?
Sin duda, la cuestión ambiental se ha convertido en un signo de nuestro tiempo y, por tanto, en un tema de discernimiento para nosotros, discípulos del Redentor. En los últimos años ha ido madurando la necesidad de integrar el cuidado de la casa común en nuestra labor apostólica como redentoristas. Nos entendemos como colaboradores en la obra de la Redención (cf. Const. 47) y es esa participación en la misión del Redentor la que nos lleva a proclamar la buena nueva de la salvación a todas las criaturas y a toda la creación.
MENSAJE DE SU SANTIDAD PAPA LEÓN XIV
La crisis ecológica actual se debe, en gran parte, a la actitud antropocéntrica hacia la naturaleza, caracterizada principalmente por un dualismo que considera a la naturaleza como algo «salvaje» que hay que conquistar y que es totalmente distinto de la persona humana. Esta actitud antropocéntrica se ha sustentado y justificado en no pocas ocasiones mediante teologías inadecuadas. Desde nuestro carisma, creemos que la vida abundante ofrece luces y esperanzas para la restauración de la comunión entre la humanidad y la naturaleza. Más aún, creemos que la salvación, que no consiste tanto en lo que el ser humano puede obtener para sí mismo, sino en la unión con Cristo Redentor, se expresa también en la restitución de las relaciones con el mundo creado. La salvación lleva el nombre de Jesucristo y su obra redentora abarca todo el mundo creado. Él es, «al mismo tiempo, el Salvador y la Salvación» (Congregación para la Doctrina de la Fe).
El fundamento de nuestra espiritualidad se encuentra en el misterio de Cristo, su encarnación, vida, muerte y resurrección. Esa espiritualidad se manifiesta en la promoción de la vida abundante, especialmente para los más pobres y abandonados. Esta fe y este ministerio apostólico se informan y se actualizan dentro del devenir histórico. Por esta razón, la communicanda sobre la misión (2025) nos invitaba a contemplar nuestra misión en la historia, es decir, de cara a los desafíos emergentes del mundo actual, donde el calentamiento global y la crisis ambiental constituyen dos de sus problemas más acuciantes. Una forma de entender la Redención abundante, en palabras del papa Francisco, es en términos de una ecología integral. Nuestra fe en el Redentor no se define tanto por lo que uno piense del Redentor, sino, sobre todo, por la manera en que nos relacionamos con Él y con el hecho mismo de la redención. Una redención abarca a todo el mundo creado, que gime con dolores de parto y espera su liberación (cf. Rom. 8, 22).
En este sentido, necesitamos recuperar el sentido de «simbiosis» e interdependencia entre los seres vivos. El individuo no es una entidad aislada, sino que forma parte de un organismo mayor. Nuestra vida cristiana es un esfuerzo por entrar y participar en el misterio de la comunión intratrinitaria, de modo que nuestra misión se convierte en un reflejo de dicha comunión. Vivimos en un mundo en el que el rescate de unos a expensas de otros no es posible. Únicamente hay salvación y supervivencia juntos; recordemos las palabras de Francisco al inicio de la pandemia del COVID: «Estamos en la misma barca». Esto incluye no solo una nueva relación con la naturaleza, sino también entre las personas. La «psicología de la separación» tiene que dar paso a una «epistemología de la participación». La «generación del yo» tiene que ceder ante la «generación del nosotros». La razón «instrumental» del mundo moderno necesita el complemento de la razón «comunicativa» (Habermas), porque la existencia humana es, por definición, una existencia intersubjetiva.
La Communicanda sobre la misión nos recordaba que «el problema central de la misión hoy ya no gira tanto en torno a la idea de Dios, sino en cómo esa idea logra promover un mundo mejor, donde crezcan la justicia y las relaciones fraternas entre las personas y con la creación». Los problemas que aquejan al mundo, como la amenaza de la guerra y el deterioro ambiental, afectan de manera particular a los pobres, nuestros destinatarios de la misión. La relevancia del carisma redentorista dependerá de nuestra capacidad para anunciar la copiosa redención en medio de estos problemas emergentes y de nuestra capacidad para involucrarnos en el gran proyecto común de toda la humanidad.
El texto bíblico y el símbolo del Tiempo del Creado, que celebraremos del 1 de septiembre al 4 de octubre, nos remiten a la vida abundante que fluye de la Trinidad. El llamado es a que nos sumerjamos en esa Agua Viva y seamos misioneros de la esperanza también para nuestra Casa Común. Se trata de asumir lo que nos pide el papa León: una “conversión personal y colectiva más profunda”, un camino de “conversión ecológica donde los efectos de nuestro encuentro con Jesucristo se hacen evidentes en nuestra relación con el mundo que nos rodea.”
Comisión General de Justicia, Paz e Integridad con la Creación (JPIC)
Más información en: www.seasonofcreation.org



