“No sólo deseos, sino también lucha… No sólo humildad, sino también audacia.”

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(del blog de la Academia Alfonsiana)

Nos inspiramos en figuras como Mahatma Gandhi (1869-1948); Virginia Woolf (1882-1941); Rosa Louise McCauley Parks (1913-2005); Martin Luther King (1929-1968), sin olvidar a San Francisco de Asís, cuyo octavo centenario de su muerte celebramos en el 2026, entre muchos otros, para recordarlo, sin olvido ni venganza, como un proceso de recuperación, sanación, liberación y reconciliación. Necesitamos valorar el movimiento fundamental de la vida para tomar las riendas y crear “procesos de cuidado” que sustenten el sentido de nuestra existencia. La inspiración humano-evangélica, como esas figuras familiares y las muchas personas sencillas y cotidianas que luchan a diario por la vida en calles, hogares y lugares de trabajo, entre ruinas y desolación, entre interminables cojeras y lamentos, entre pequeños pero fervientes anhelos, casi con la sutil obstinación de dar a luz sin otra tarea que vivir y no simplemente soportar, nos permite seguir caminando, seguir uniendo, con la mejor de las convicciones, el deseo de futuro y su construcción mediante la lucha y una valentía inquebrantable.

Necesitamos estas inspiraciones, así como necesitamos partir del aliento, el aliento de la vida. Porque no se trata solo y principalmente de partir de simples “ideas”, ya que todo comenzó con el aliento, el Ruah, el aliento de los tiempos preñados, un aliento que anhela la vida, como un movimiento de vida, inspirando y exhalando. Es el mayor de los dones recibidos; somos aliento y ánimo, y no podemos traicionar este movimiento existencial inicial y fundacional. Recibimos aliento, y por eso podemos entregarnos al deseo de vivir, hasta el día en que, como última acción y actitud, lo liberemos, lo devolvamos. Vivir se basa en este movimiento simple, casi automático, cargado de gran fragilidad. Sin respirar e inspirar, no podemos realizar verdaderamente nuestra existencia. Nos inspira la sabiduría ancestral de los pueblos, sus textos literarios y religiosos; nos inspiran las personas con sus vidas, marcadas por anhelos y luchas. También nos inspiran —como advertencia— las traiciones de esos alientos originales y vitales, cuando por incompetencia, malicia y malas decisiones, estos alientos cortaron los anhelos y las luchas por una vida más digna y libre, que podría llamarse, con todo rigor, humana.

Una vida de Iglesia, una vida moralmente aceptable, una vida que respeta y recrea su “memoria histórica”, necesita constantemente nueva inspiración y nuevos desafíos. No podemos seguir proclamando ideas, ya sean evangélicas o humanísticas, sin emprender diversas acciones audaces, sin luchas reales a todos los niveles para asegurar que los procesos de transformación sean reales y aspiren a mayores niveles de humanización, expresiones más auténticas de una vida inspirada en el Evangelio de Jesucristo, capaz de trascender tantas tradiciones que no solo ya no corresponden a esta clave, sino que la traicionan por completo. Por lo tanto, “a Dios rogando y con el mazo dando”, como dice un proverbio español, sí a los anhelos, pero acompañados de compromisos reales y concretos mediante ejercicios de transformación. Nuestras iglesias y sociedades, ante tantos desafíos internos y externos, tanto personales como compartidos, a menudo parecen estancadas, atrapadas en conflictos ideológicos, enredadas en acciones individualistas y malsanas, cargadas de intereses espurios. Estas impiden un discernimiento humilde, lúcido y audaz, permitiéndonos dar los pasos urgentes y necesarios que nos liberan de estar encerrados en lugares alejados de la vida real y del sentido profundo de la historia. Respirar estos vientos e inspirarnos en estos movimientos es hoy más vital y necesario que nunca, si no queremos autodestruirnos y perdernos en ombligos institucionales malsanos y deshumanizantes.

Proponemos continuar nuestra reflexión meditando y analizando a fondo los siguientes textos: Dilexi te, n.º 31; Fratelli tutti, n.º 11; 14; 77; 112; 116; 169; 188; 203; 229; 232; 241-243; 268; 277, que nos muestran la importancia de los deseos y las luchas en la relación total. Concluimos, como hace Fratelli tutti, citando otro testimonio inspirador de deseos y una vida en transformación: Charles de Foucauld (1858-1916), de quien el texto papal nos dice:

Poco a poco, orientó su ideal de entrega total a Dios hacia una identificación con los últimos, abandonados en las profundidades del desierto africano. En ese contexto, expresó su aspiración de sentir a cada ser humano como un hermano, y le pidió a un amigo: «Ruega a Dios para que yo sea verdaderamente el hermano de todas las almas de este país». Quería ser, en definitiva, «el hermano universal». Pero solo identificándose con los últimos se convirtió en el hermano de todos. Que Dios inspire este ideal en cada uno de nosotros. Amén (FT, n. 287).

prof. A. G. Fidalgo CSsR.

(traducción libre del original en italiano publiicado en el blog de la academia alfonsiana)