Los días 17 y 18 de marzo de 2026 se celebró en la Academia Alfonsiana de Roma el Congreso Internacional de Bioética de la Academia Alfonsiana titulado: Las perspectivas de la bioética. Desafíos actuales y previsiones futuras, que contó con una amplia participación que llenó no solo el aula magna del Instituto Pontificio, sino también las aulas contiguas.
Partimos de una de las intervenciones de la segunda jornada, en Con voz diferente: la bioética extraeuropea y ecuménica, concretamente la dedicada a la especificidad de la bioética ortodoxa. «¿Cómo comprender mejor el nexo existencial que existe entre la liturgia y la bioética?», pregunta el prof. A. Wodka (Academia Alfonsiana) al entrevistar al prof. Sorin Bute (Universidad Valahia de Târgoviste – Rumanía). El teólogo moralista ortodoxo responde: «Se puede decir que la liturgia es la morada de la ética ortodoxa».
Queremos, pues, dejarnos iluminar precisamente por la liturgia en la relectura de los dos días en los que se reunieron unos 200 participantes y toda la comunidad académica, para reflexionar sobre si es realmente cierto «que la bioética está destinada a un lento, pero inexorable, proceso de extinción».
El congreso, de hecho, se celebró en pleno corazón de la Cuaresma: un desierto de 40 días. El desierto es lugar de prueba, pero también de posibilidades. El número 40 caracteriza la duración, en términos de días o de años, de múltiples acontecimientos bíblicos que tienen en común el hecho de alcanzar una condición final mejor que la desfavorable e indeseable del principio. Las contribuciones ofrecidas por el congreso en su conjunto han situado la situación actual de la bioética precisamente dentro de este marco hermenéutico de carácter cuaresmal.
El hecho de encontrarnos en un tiempo de prueba quedó patente desde la introducción a los trabajos de monseñor Renzo Pegoraro, presidente de la Pontificia Academia para la Vida, quien no se limitó a identificar los síntomas de la crisis actual, sino que nos acompañó en el esfuerzo de realizar un diagnóstico etiológico, como única posibilidad para encontrar una terapia capaz de devolver la bioética a la plena salud.
Las dos lectiones magistrales que siguieron aclararon los términos de la crisis y, sobre todo, indicaron caminos a seguir para salir de ella con renovada vitalidad.
El prof. Henk ten Have (Universidad de Duquesne, Pittsburgh), sin temer calificar de «apocalípticos» los tiempos en que nos encontramos, marcados por un lado por «previsiones catastróficas» (Laudato si’, 161) y, por otro, por la crisis de todas las ciencias humanas, no dejó de subrayar la capacidad de resiliencia de la bioética, es decir, de adaptarse a las necesidades de un mundo que cambia. Así, su respuesta a la terrible pregunta sobre el posible fin de la bioética fue: «Bioethics will not end, but be transformed» [La bioética no terminará, sino que deberá transformarse], una transformación que requiere un cambio de perspectiva, una ampliación de horizontes, una mayor atención a la historia y una relación renovada con la realidad.
En la segunda lectio magistralis, el profesor Maurizio P. Faggioni (Accademia Alfonsiana), guiándonos sabiamente a través de la temática del transhumanismo, nos mostró la manera concreta de encarnar estas actitudes. El alarmismo generalizado ante cambios que parecen escaparnos de las manos quedó, por así decirlo, exorcizado por la constatación de que, a lo largo de toda la historia, el ser humano «animal rationale se encuentra a caballo entre physis y techne, [puesto que] forma parte integrante de la vocación humana la voluntad de intervenir en las dimensiones psicofísicas de su persona, al tener él un verdadero dominio sobre su propia vida». Con una mirada serena sobre la realidad, el profesor Faggioni ha sido capaz, por tanto, de hacernos reflexionar con serenidad sobre la evidente necesidad de identificar una «regla» para las intervenciones sobre la realidad psicofísica del hombre.
Lo hizo proponiéndonos dos perspectivas de razonamiento muy diferentes entre sí, pero que manifiestan ambas hasta qué punto la capacidad de resiliencia de la bioética pasa, necesariamente, por la disposición de los bioeticistas a dejar atrás esquemas, enfoques y perspectivas que «durante mucho tiempo» han marcado la mirada de la ética sobre la vida del mundo. En la primera hipótesis, se preguntó si es posible imaginar que los valores humanos esenciales, que siempre se han encarnado en la realidad corporal como forma nativa del ser humano, puedan hacerlo en una forma nueva que los procesos artificiales hacen posible. En la segunda, consideró la posibilidad de que la tecnología se inserte en las dinámicas naturales desarrollándolas pero, al mismo tiempo, respetando los valores esenciales del humanum.
Es una especie de llamamiento profético el que, desde múltiples voces, se ha dirigido a la bioética: una palabra que hay que escuchar, acoger y asumir como guía para superar la «prueba del desierto» y comprometerse en el ejercicio del ministerio que la quiere partícipe, dentro de la historia, de la delicada y preciosa tarea de formación de las conciencias encomendada a toda la teología moral. (Continúa 1/2).
A. Cardullo (www.alfonsiana.org)
Original italiano




