del blog de la Academia Alfonsiana
¿Será posible superar el paradigma de la «cultura del poder»?
Para León XIV, la respuesta no solo es afirmativa, sino imperativa para la época que vivimos. Esto se debe a que no podemos ignorar el impacto destructivo y deshumanizador de esta lógica, tanto a lo largo de la historia como, especialmente, en nuestros tiempos, donde ese afán de poder absoluto se vincula a una miríada de otros poderes: económico, tecnológico e ideológico. Podríamos coincidir en que la multitud de efectos negativos producidos por las acciones del poder absoluto son cada vez más inquietantes y desoladores: guerras egoístas y sucias, junto con sistemas económicos amenazantes y desequilibrados, la acumulación y el despilfarro de riqueza que siguen generando pobreza, subdesarrollo y la subyugación de individuos, pueblos y culturas.
Todo este triste panorama, con sus múltiples complicaciones y consecuencias deshumanizadoras, parece conformar el telón de fondo de MH, donde el Papa lanza una seria invitación a reconocer la necesidad de cambiar de rumbo y de paradigmas si queremos no solo evitar perder la belleza de ser humanos, sino, aún más, evitar la extinción de nuestra humanidad. En definitiva, es un llamado a un cambio cultural profundo y serio, que reconozca los errores y se centre no solo en mejoras, sino en transformaciones reales, tanto en términos de comprensión como de logros.
Sabemos que toda cultura y todo complejo sociocultural puede ser manipulado desde cualquier ángulo, pero, al mismo tiempo, sabemos que los complejos socioculturales pueden ser un foco de resistencia y de generación de alternativas, a través de procesos lentos o de acciones más activas e inmediatas. Poder y cultura, para bien o para mal, forman un par íntimamente ligado. Quizás la clave reside en saber cómo orientarlos hacia caminos de libertad, responsabilidad y creatividad humanizadoras, donde la dignidad humana y el bien común tengan prioridad y sean simultáneamente el objetivo, el medio y el fundamento para elegir las mediaciones históricas adecuadas, sin dejar espacio para la manipulación, la subyugación, la esclavitud ni la opresión de ningún tipo o color basada en la ideología.
MH aborda este tema en el Capítulo V, pero la clave está presente a lo largo de todo el documento. Podría decirse que es una de las claves más importantes para comprenderlo, porque si no logramos superar y abandonar la lógica del poder deshumanizador, no podremos generar una civilización del amor, donde la prioridad sean los lazos de comunión y no los de opresión; un paradigma que «no es una utopía ingenua, sino un proyecto exigente».
El primer desafío a superar es la cultura de la guerra, mediante una cultura de paz que involucre a todos como seres humanos, pues es una condición necesaria para seguir viviendo como tales. El segundo desafío, que sustenta al primero, es superar la cultura del poder como dominación, polarización, manipulación y arbitrariedad, para dar paso a una cultura de servicio, cuidado, coexistencia, paz y amistad social. Esto implicaría transformar la dolorosa interdependencia en una solidaridad deseada y elegida.
Superar la cultura del poder es una elección y una decisión que conlleva un compromiso arduo y serio para desarmar muchas posturas en todos los niveles, ya que es una lógica que impregna todo el tejido sociocultural, expandiéndose al normalizar la guerra, persiguiendo un poder militar cada vez mayor, aprovechándose de la crisis del multilateralismo y alimentando un falso realismo que insiste en que no existen alternativas. La opinión pública está cada vez más orientada y acostumbrada a narrativas mediáticas polarizadas. Estamos presenciando una preocupante pérdida de memoria histórica. donde «la paz ya no se presenta como una tarea a emprender, sino como un precario intervalo entre conflictos»; y donde, lamentablemente, «la fuerza militar, la debilidad de las iniciativas diplomáticas y la complejidad de los intereses en juego fomentan conflictos que tienden a volverse crónicos, con un altísimo costo humano y ambiental».
En este contexto doloroso, complejo y deshumanizador, «resurge la tentación de construir una identidad colectiva contra un enemigo, alimentando narrativas en las que cada persona se presenta como una víctima con derecho a la venganza». Ante este panorama, al que se suman tantos otros desafíos trascendentales, cabe preguntarse: ¿cómo podemos cambiar la lógica, la cultura? ¿No será acaso un engaño, y solo nos quedará avanzar en medio de una destrucción infinita donde solo los más fuertes vencerán y el resto tendrá que acostumbrarse a vivir al margen de la historia? MH busca el cambio, proponiendo varios elementos, que presentamos sin comentarios, no necesariamente en el orden en que aparecen en el texto, sino siguiendo un orden más pedagógico y procedimental, para identificar un camino de transformación y educación en el uso del poder:
Actitudes iniciales (personales, sociales y sistémicas)
- Una mirada crítica y un análisis de la realidad de la llamada revolución digital para comprender sus valores, ambivalencias y problemáticas críticas; para ello, también es fundamental considerar la perspectiva de las víctimas.
- Elegir construir la paz a través de la justicia.
- Fomentar experiencias de encuentro auténtico con los demás, con quienes son diferentes, con extranjeros y migrantes.
- Cultivar un diálogo integral con la sociedad pluralista y otras religiones.
- Superar la lógica de la confrontación y el conflicto, la lógica amigo-enemigo, la desinformación y el miedo, en favor de una lógica de información veraz, encuentro y diálogo.
- Superar definitivamente la teoría de la “guerra justa”, reconociendo la absoluta inmoralidad de toda guerra.
- Superar toda forma de individualismo, reconociendo que todos pueden contribuir a la construcción de lazos de hermandad.
Criterios de análisis
- Considerar la humanización integral como horizonte de comprensión y criterio de verificación.
- Tomar el principio evangélico de la misericordia como criterio concreto para la acción política.
- Utilizar los principios de la Doctrina Social de la Iglesia como criterios para juzgar si las tecnologías sirven realmente a la humanidad o terminan subyugándola.
- Cultivar y fortalecer la memoria histórica junto con los valores humanizadores.
- Cultivar un realismo sano para afrontar los diversos desafíos de la época.
- Transformar la interdependencia que a veces se experimenta en una solidaridad deseada y elegida.
- Identificar y verificar la cadena de responsabilidad.
- Desarmar las palabras, actitudes y lógicas deshumanizadoras.
Perspectivas operativas (personal, social y sistémica)
- Construir la “civilización del amor” como obra y proceso de humanización de la esperanza, esto implica explícitamente: el diálogo entre las naciones, la resolución pacífica de los conflictos, el desarrollo integral de los pueblos, la protección de los más vulnerables, el desarme y el cuidado de la creación.
- Reproponer un multilateralismo ético y justo, inclusivo e integral que incluya la cooperación al desarrollo, el desarme, la prevención de conflictos y la creación de confianza.
- Exponer y denunciar la estrecha conexión entre intereses económicos, aparato militar y decisiones políticas.
- Traducir la caridad en estructuras de justicia, dar cuerpo institucional a la fraternidad y considerar al otro -ya sea persona o pueblo- como un aliado necesario para la construcción del bien común.
- Pasar de la “cultura del poder” a una auténtica “cultura de la negociación”, en la que el diálogo y las relaciones diplomáticas se conviertan en la forma habitual de abordar los conflictos, con el fin de: reducir las desigualdades, defender los derechos de los refugiados y de las minorías, liberar recursos del armamento para destinarlos a la promoción humana y proteger la casa común.
Quizás si esta visión, estas propuestas con sus criterios y orientaciones, fueran consideradas seriamente por todas las personas en los diferentes niveles de intervención en nuestras sociedades y comunidades, no solo podríamos proclamar que “con la paz nada se pierde, mientras que con la guerra todo se puede perder”, sino que, sobre todo, podríamos buscar una historia más humanizada y humanizadora, más acorde con la abundante redención que el Dios de Jesucristo ofrece a toda la humanidad.
prof. A. G. Fidalgo CSsR













































































