Monday, October 19, 2026
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Misiones Redentoristas en Puebla: Discípulos Misioneros de Cristo Redentor

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“A mediodía, Dios me concedió presidir la Misa de clausura de las misiones Redentoristas en la Parroquia de Palmarito, invitado por el P. Ernesto. Participaron cientos de fieles de las distintas comunidades de la Parroquia, quienes han establecido 103 grupos de formación y evangelización”, son las palabras del mensaje de Mons. Eugenio Lira Rugarcía, Obispo auxiliar de Puebla, al comentar su presencia en la comunidad parroquial guiada por los padres Redentoristas.

Efectivamente el 1 de marzo se clausuró esta etapa de la misión redentorista en la parroquia de Jesús de las Maravillas, de Palmarito, Tochapan, en México,  que consistió en promover la conversión de la comunidad por medio de la proclamación de la Palabra. Esta etapa se llamó ”Animar”.

La Misión Redentorista ha iniciado en el 2014 y se propone hasta el 2016, tiene 3 etapas y sigue una dinámica activa: en el 2014 fueron 28 misioneros, entre religiosos, laicos y sacerdotes, los que conformaron el primer grupo que durante algunos meses salieron al encuentro del más alejado: “buscamos la forma de incluir a la gente, como nos lo pide Aparecida, partiendo desde la misma comunidad, con un proceso de acompañamiento y de formación”, indicó el párroco, Padre Ernesto Lázaro Jiménez, C.Ss.R.

SAN ALFONSO MISIONERO DE LOS POBRES Reflexión en el Bicentenario de la muerte de nuestro Fundador

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Communicanda – 1985-1991

 

COMMUNICANDA 10

Roma, 1 de julio de 1987
Gen. 250/87

Queridos cohermanos,

“Accertato Alfonso della volontà di Dio, si animò e prese coraggio; e facendo a Gesù Cristo un sacrificio totale della Città di Napoli si offerse menar i suoi giorni dentro proquoi, e tuguri, e morire in quelli attorneato da’ villani e da’ pastori”.

(“Seguro de la voluntad de Dios, Alfonso se animó y se armó de valor; y haciendo a Jesucristo sacrificio total de la Ciudad de Nápoles, se ofreció a vivir entre chabolas y tugurios, y a morir rodeado de aldeanos y de pastores”.)

A.M. Tannoia, Della vita e istituto del Ven. S. di Dio Alfonso. M. de Liguori. I, 66.

  1. Estas palabras de Tannoia Inspiran la reflexión que el Consejo General ofrece a los miembros de nuestra Congregación, con ocasión del Bicentenario de la muerte de San Alfonso. Juzgamos oportuno en este año bicentenario, volver nuestras miradas hacia San Alfonso y formularnos una pregunta concreta: ¿Puede su vida ayudarnos a penetrar el sentido del tema principal de nuestro último Capítulo General, “evangelizare pauperibus et a pauperibus evangelizari“?
  2. Con los ojos puestos en San Alfonso debemos evitar con cuidado atribuirle afirmaciones que verdaderamente nunca hizo él. Los problemas y la visión del mundo de su tiempo no eran los de nuestros días. Podemos, sí, estudiar su vida y personalidad, procurando discernir las actitudes consonantes con nuestro tema. Haciéndolo, llegaremos a la conclusión de que, como Padre y Fundador nuestro, Alfonso consiguió unificar en su vida el amor a Cristo Redentor y el amor a los pobres. Y esta constancia podrá ayudarnos a celebrar los 200 años de herencia que nos legó el primer Redentorista.

CONVERSIÓN Y VOLUNTAD DE DIOS

  1. El recorrido vital de Alfonso, orientado hacia los pobres, puede ser estudiado a la luz de la importancia que él atribuía al “distacco” (desprendimiento) para seguir la voluntad de Dios. Este desprendimiento alfonsiano es una actitud que expresa su experiencia personal de “éxodo” y de conversión. Y esa conversión significaba la convergencia total de su vida con una nueva meta, que ya nunca perderá de vista.
  2. El desprendimiento de Alfonso era consecuencia de su deseo de descubrir la llamada del Padre Celestial. Alfonso no era hombre de una idea fija ni adepto de una utopía ideológica. Tuvo que buscar la voluntad de Dios entre los signos contradictorios de su tiempo. Sucesos, personas, sufrimientos, éxitos, sueños, inspiraciones… no bastaban para que él viera claro el camino. Alfonso lo tuvo que discernir en diálogo íntimo con el Señor. Llegaría a ser Maestro de la oración, porque sentía la necesidad vital de rezar. Se presentó ante el Señor con todos esos signos contradictorios y, a través de un diálogo de fe, brotaron las decisiones que transformarían su vida y la nuestra.
  3. Volviendo a nuestro tema, la conversión de Alfonso está resaltada en tres momentos importantes. Primero: Alfonso abandona los tribunales, gesto que no debe considerarse simplemente como fruto de la amargura por la derrota o el fracaso de la ambición. La verdad es que, en aquel momento, recibió de Dios una iluminación que provocó el desengaño del mundo en que vivía, la desilusión de una sociedad que prometía justicia pero consentía el triunfo de la injusticia precisamente en la sede del derecho. Aunque no debemos esperar de Alfonso un análisis crítico de la sociedad, ciertamente podemos divisar en su espíritu de desprendimiento una sensibilidad crítica originada por la comprensión del ambiente social en que vivía. Más allá del caso legal, se dio cuenta de la injusticia y corrupción vigentes, que invadían las costumbres, las normas y los valores de la sociedad dominante de su tiempo: “Mondo, ti ho conosciuto” (Mundo, te he conocido).
  4. El segundo momento importante de la conversión de Alfonso fue cuando asistía a los pacientes del Hospital de los incurables, un momento de profunda intensidad en que oyó pregonar las palabras: “Lascia il mondo, e datti a me” (abandona el mundo y entrégate a mí). Movido por esta voz, corrió al santuario de la Virgen a depositar su espada a los pies de la imagen de Nuestra Señora de las Mercedes. Un gesto profundo, con el que se separaba del mundo y cuanto él representaba. Fue un momento de apertura del corazón, de génesis de su disponibilidad a ir adonde quiera que el Señor le llevase.

7      El desprendimiento lo iba a conducir a otro mundo: el mundo de los espiritualmente abandonados. Abandonados porque eran marginados o porque no contaban para nada en la sociedad en que él habla vivido. No podemos pedir a Alfonso una comprensión de la pobreza y una opción por los pobres como hoy existe en la Iglesia. Sin embargo, no hay duda de que en su vida hizo una opción real por los pobres.

  1. Alfonso llegó a ese tercer momento de su conversión, cuando se encontraba en la región montañosa de Scala para un período de descanso. Allí descubrió otro mundo que hasta entonces casi desconocía. Allí fue donde Alfonso encontró la gente a cuyo servicio fue llamado, dedicándose a anunciar el Evangelio con todas sus fuerzas: los espiritualmente abandonados, por ser pobres. Ellos eran los destinados a ser la preocupación de toda su vida.
  2. Y así podemos ver el incentivo de su desprendimiento; fue uno de los elementos de su conversión-éxodo de un mundo, para consagrar su vida a otro mundo. Pasó del desengaño y renuncia total de un tipo de sociedad a la aceptación de otra como lugar de encuentro con Cristo Redentor.

PERPETUAR AL REDENTOR

  1. Alfonso descubrió que la voluntad de Dios referente a él se personificaba en Jesucristo. Jesús era la voluntad encarnada del Padre, la voluntad de amor salvador. Cristo será el centro de la espiritualidad de Alfonso. Cada uno de los momentos de la vida de Jesús será para él una manifestación admirable del amor salvador de Dios. Pesebre, cruz, eucaristía serán los símbolos que tornen manifiesta la fuerza pascual de la Encarnación, de la Muerte-Resurrección, del misterio del Altar que actúa en lo íntimo de la vida de Alfonso. Cristo no es para Alfonso meramente un modelo; existe entre los dos una relación profunda de amor, una especie de identificación sacramental. El vigor misionero de Alfonso crece enraizado en el de Cristo. Como la unión amorosa de Cristo con el Padre florece en el deseo de proclamar su amor a todos, así la unión amorosa de Alfonso con Jesucristo le llevó a desear que todos Lo amasen.
  2. En el ambiente de los pobres abandonados fue donde Alfonso descubrió que Cristo se había encarnado por él. Y se sintió llamado no a ver a Cristo en los pobres, sino a identificarse con el Redentor que se hizo pobre para que nosotros fuésemos ricos. La opción de Alfonso por los pobres abandonados brotaba de su identificación con Jesucristo, no de un compromiso ideológico con una clase social.
  3. Para Alfonso, María se presentaba siempre como el modelo supremo de esa “Cristificación” que él buscaba. Era el símbolo del amor misericordioso de Cristo a todos, especialmente los más abandonados. Ella, mejor que nadie, podía suscitar en otros una respuesta a ese amor.

EVANGELIZARE PAUPERIBUS

  1. Habiendo Alfonso descubierto aquéllos a cuyo servicio era llamado, comprendió que todas sus fuerzas y talentos debía dirigirlos a ese único objetivo: los pobres abandonados. Alfonso, músico y escritor, escribirá meditaciones y compondrá canciones populares; Alfonso teólogo concebirá la “vida devota” y enseñará a los confesores a ser ministros de misericordia y no de justicia con los abandonados; Alfonso rezador inventará un estilo simple de plegaria y la renovación de la misión; Alfonso obispo dará de comer a los hambrientos en tiempo de carestía. Todo en convergencia para la tarea de “evangelizare pauperibus“, llevar el Evangelio a los pobres abandonados.
  2. La opción preferencial de Alfonso por los pobres no admitía exclusiones. No rehusó su ministerio a ninguna otra clase: el clero, las religiosas y también lo nobles y los ricos. Siempre procuró estar disponible también para esos otros. Pero únicamente en vista de los más abandonados por ser pobres es por los que fue fundador. Precisamente por ellos emprenderá su acción más trabajosa: fundar una comunidad apostólica, la Congregación del Santísimo Redentor.
  3. Una comunidad destinada a hacer llegar a esa gente la forma de Alfonso de proclamación explícita, profética, liberadora del Evangelio. Debía ser una proclamación que lleva a la conversión, porque está impregnada de misericordia y de esperanza. Alfonso nunca se limitaba a denunciar el pecado; presentaba siempre un proyecto de vida nueva. No se contentaba con suscitar una respuesta inmediata; procuraba estructurar una nueva vida cristiana profunda. Aun no siendo tan consciente de la justicia social, como hoy lo somos, no se puede negar que hizo esfuerzos extraordinarios para basar la vida cristiana en la dignidad fundamental de la persona humana. Incluso tratándose de los más sencillos y más pobres. Esa dignidad inalienable de la persona humana, anterior a cualquier diferencia natural o convencional de los seres humanos, resplandece en la teología moral de Alfonso, en la que la santidad de la conciencia personal goza de primacía indiscutible sobre todas las leyes. Y, ¿no es precisamente esa afirmación de la dignidad personal de cada ser humano delante de Dios el primer acto de justicia debido a todos, y la base real de nuestra igualdad y de cualquier otro postulado de justicia social?

A PAUPERIBUS EVANGELIZARI

  1. La segunda parte del tema de este sexenio proviene de ideas y experiencias de nuestro tiempo. Pero encontramos en la vida de Alfonso cómo encontró él que los pobres tenían un mensaje para él y sus compañeros. En ese sentido podemos entender su insistencia de que los redentoristas vivieran entre aquéllos a los que son enviados. Alfonso preveía la ruina de la Congregación si ésta se desarraigaba de los pobres para plantarse en las cortes y en los palacios de la ciudad, que para él eran símbolos de una sociedad que rechazaba. Y eran símbolos poderosos capaces de perturbar las propias posiciones interiores. Lejos de los pobres, la Congregación abdicaría de su misión, porque vendría a perder la sensibilidad hacia aquéllos a cuyo servicio fue llamada, aquéllos que enseñarían a los miembros de la Congregación lo que significa la salvación para un Redentorista.
  2. Alfonso no intentó vivir una vida de solidariedad con los pobres, tal como hoy se entiende. Pero en la conducta de Alfonso tenemos tres hechos claros. Primeramente, hombre rico como era, igual que varios de sus compañeros de la primera generación, provenientes de capas altas de la sociedad de Nápoles, se exigió a sí mismo y a ellos un cambio de estilo de vida realmente significativo. Tal actitud era considerada por él no bajo el aspecto de identificación con los pobres, sino identificación con el Redentor pobre, que dejó todas sus cosas divinas para hacerse uno de nosotros. Para hallarlo, debemos volvernos pobres.
  3. En segundo lugar, Alfonso buscó siempre el contacto directo y personal con los pobres. Los pobres no eran solamente acogidos; el celo apostólico impulsaba a los misioneros a contactarlos, yendo al encuentro de los más abandonados. Alfonso tomó la iniciativa de fundar una Congregación para poder llegar a esos pobres abandonados. Su actitud pastoral era la de actuar, no sólo la de reaccionar.
  4. En tercer lugar, Alfonso no escogió una vida fundada en el pauperismo. Su sentido práctico, aliado al desprendimiento, le llevaba a discernir si los bienes materiales eran efectivamente empleados en ayudar a los congregados a acercarse a los pobres espiritualmente abandonados. Los bienes de la comunidad tenían por fin volver a ésta disponible para los pobres abandonados, a cuyo servicio era llamada. No debían constituir nunca un elemento de separación entre la comunidad y esa gente.

LA COMUNIDAD APOSTÓLICA

  1. Estos aspectos de la vida de San Alfonso van mucho más allá que una mera devoción personal; son signos de una auténtica dinámica espiritual que él dejó en herencia a la Congregación.
  2. “Seguir el ejemplo de Jesucristo Salvador, en la predicación de la divina Palabra a los pobres” (Const. 1). Seguir al Redentor y vivir para los pobres constituyó siempre para Alfonso una única realidad que brotaba directamente de su experiencia viva y vivida. Ese es también el fin único de su Congregación.
  3. Pronto cayó en cuenta Alfonso de que el camino para la identificación con Cristo redentor no era una aventura individualista. Para él, fundar la Congregación no significaba simplemente crear un grupo de acción pastoral; más bien, significaba crear una comunidad apostólica que, en su ser y en su obrar, debería constituir una continua presencia salvadora del Redentor. Era la comunidad apostólica, no ya el Redentorista individualmente, quien debía ser un signo visible del Redentor. La comunidad debería esforzarse por crear en el propio ámbito una atmósfera de mutuo respeto, de reciproca ayuda y de santificación. Así es como podría convertirse en modelo vivo del Reino de Dios, reino de justicia y de paz. Y, como tal, podría predicar con autoridad y convicción a los pobres abandonados, para los que era enviada.

CONCLUSIÓN

  1. Este es nuestro San Alfonso, su retrato esbozado aquí con sólo algunos rasgos. Pero el cuadro nos parece suficiente para darnos algunas sugestiones sobre nuestra actitud referente al tema central del Capitulo General: “Evangelizare pauperibus et a pauperibus evangelizari“. Sin duda alguna, el sentido de nuestra herencia alfonsiana deba llevarnos a aceptar este lema como fruto genuino de su carisma.
  2. Estas son las ideas que el Consejo General ofrece a todos los cohermanos y a todas las comunidades con ocasión del Bicentenario de la muerte de San Alfonso. Confiamos en que sean apropiadas a este momento importante de nuestra historia.

Fraternalmente en J.M.J.A.

Juan M. Lasso de la Vega, C.Ss.R.
Superior General

El texto original de esta Communicanda es el texto inglés.

DE UN MISMO PENSAR Y DE UN MISMO SENTIR (Hechos 4, 32) Reflexión sobre la solidaridad en la Congregación

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Communicanda IV – 1997-2003


COMMUNICANDA IV
Nr. Prot. 0000  292/01
31 de marzo de 2002
Resurrección del Señor

Queridos cohermanos:

Me complace ofrecer a la Congregación esta primera Communicanda del nuevo milenio y pedirles que se unan a mi reflexión sobre un signo de esperanza que percibo en ella. Puesto que, ciertamente, existen diversos motivos para mirar el futuro con confianza, en esta carta me fijaré solamente en uno que expongo a su consideración: veo un creciente espíritu de solidaridad en la Congregación; es decir, una creciente unanimidad en el pensar y en el sentir así como un fortalecimiento de los vínculos que unen a la familia Redentorista global y que nos llevan a una acción misionera más eficaz.

¿Por qué escribo esta carta?

Esta solidaridad es, a la vez, el resultado de la renovación que ha tenido lugar en la Congregación durante los últimos cuarenta años y fruto también de las fuerzas de globalización que están conformando nuestro mundo. Pienso que debemos reconocer los positivos desarrollos actualmente presentes en la vida de nuestra Congregación, y mirar juntos el futuro en un esfuerzo por discernir lo que Dios quiere de nuestro Instituto.

Una reflexión sobre la solidaridad debe interesarnos, además, para continuar trabajando en el tema de este sexenio. Nos ayuda nuestra espiritualidad a contestar las “básicas y, a menudo, inquietantes preguntas: ¿Quiénes somos? ¿Para qué existimos? ¿Cómo debemos vivir?” (Communicanda 2, de enero de 1999, n. 8). Pienso también que una reflexión sobre la solidaridad nos llevará a cuestionarnos ¿cómo nos relacionamos mutuamente dentro de la Congregación? y ¿cómo reac-cionamos, teniéndonos mutuamente en cuenta, ante los acontecimientos de nue-stro mundo? O a hacernos preguntas como éstas otras: “¿Hemos sido llamados a una congregación internacional o a una federación de (vice)provincias?” o “¿Nos sentimos incómodos ante un modelo de economía global que divide y fomenta la discriminación en nuestro mundo?” Todas estas preguntas son de orden espiritual. Nos invitan a reflexionar sobre lo que somos, sobre aquello que valoramos y sobre la forma en que debemos vivir.

Finalmente, veo esta carta en conexión con un proyecto decisivo y ya en marcha dentro de la Congregación: la preparación del próximo Capítulo General. Espero que esta Communicanda contribuya a la reflexión con la que se va preparando la Congregación para un momento excepcional de solidaridad: el XXIII Capítulo General que se celebrará en 2003.

La preparación de este texto

Las reuniones Regionales a mitad de sexenio

Permítanme decirles algo de cómo se gestó esta carta. En 1999, el Consejo General preparó la agenda para las seis reuniones Regionales de la Congregación que tendrían lugar a mitad de este sexenio. En un periodo de doce mes, de enero de 2000 a enero de 2001, los superiores mayores de todas las regiones se reunieron con los miembros del Consejo General; primero, en Madagascar, después en Estados Unidos, Brasil, Filipinas, Italia y Polonia.

El Consejo General, siguiendo la recomendación del último Capítulo General, pidió a los superiores mayores que abordaran los mismos temas en todos los encuentros regionales. En el programa se incluían el tema del sexenio sobre la espiritualidad, la vocación de Hermano en la Congregación y los temas que tenían que ver con la preparación del próximo Capítulo General. Se dedicó también un tiempo a temas de interés particular de cada Región.

Además de estos temas, yo personalmente presenté la solidaridad como un especial signo de esperanza que veo en la Congregación y que, previamente, ya había tenido oportunidad de discutir con los superiores mayores en cuanto “signo de los tiempos”. Incluso entonces pensaba en la posibilidad de publicar el mensaje en forma de Communicanda para comprometer en su reflexión a todos los cohermanos. En cada uno de los seis encuentros regionales se presentó un mismo boceto del texto y los superiores aportaron sugerencias muy útiles. Con entusiasmo, estuvieron de acuerdo en continuar con el estudio del tema de la solidaridad y me animaron a que se publicara una Communicanda sobre el mismo.

Reflexión de la Unión de Superiores Generales

Hacia finales del año 2000, juntamente con otros superiores generales de religio-sos varones, participé en una reflexión sobre el futuro de la vida consagrada en un mundo globalizado. Fue con ocasión de la reunión que semestralmente celebra la Unión de Superiores Generales (22-25 de noviembre de 2000) y en la que estudiamos un documento de trabajo preparado por la comisión teológica internacional de la Unión. A primera vista, diríase que fuera necesario un diccionario teológico para entenderlo. El documento se titulaba “Desde el interior de la Globalización: hacia una comunión descentralizada e intercultural. Implicaciones eclesiológicas para la administración de nuestros Institutos” (publicado el 8 de diciembre de 2000). Representaba el fruto de tres años de diálogo entre los teólogos y los superiores generales sobre los rápidos cambios de horizonte en que la vida consagrada se mueve hoy día. El texto ofrece una valiosa perspectiva desde la que situar temas como el de la inculturación del carisma y el de la descentralización en un contexto de fenómenos sociológicos, culturales y económicos nuevos. El debate, al menos, me convenció de que la mayoría de los responsables de las órdenes y congregaciones internacionales tratan de hacer frente a temas tales como éste: “¿De qué forma pensar globalmente y actuar localmente?”

El mundo en el 2002

Los informativos que hablan de lo que ocurre alrededor del mundo, nos llevan a muchos a pensar en lo estrechamente relacionados que se encuentran entre sí, por un tipo de vínculos absolutamente nuevos, todos los pueblos de la tierra. Sin que importe la riqueza ni el poder que se posea, ningún estado puede pretender vivir en paz si permanece en total aislamiento. La prosperidad de un país puede construirse sobre la miseria de otros muchos. Decisiones tomadas o ignoradas en una nación tienen un serio impacto en tierras lejanas. Las consecuencias pueden ser terribles si no acertamos a globalizar la solidaridad entre los ciudadanos del mundo.

Un motivo para la esperanza

Han pasado dos años desde que el primer esbozo de esta carta fuera discutido en la primera reunión Regional, en enero de 2000. Desde entonces, muchos acontecimientos han ido sucediéndose en el mundo y, algunos de ellos, puede que hayan engendrado en nosotros una duda real y un presagio nada halagüeño sobre nue-stro futuro como misioneros y, por supuesto, también como ciudadanos del mundo. Aún así, la preocupación central de este mensaje sigue siendo la esperanza y el esfuerzo por exponer los motivos de esperanza que nos acompañan – tarea nada fácil como hicimos notar en la primera Communicanda de este sexenio (Communicanda 1, 25 de febrero de 1998, n. 17). ¿Cómo atrevernos hoy a esperar? Con el Apóstol de las gentes, los misioneros Redentoristas continúan trabajando y esforzándose porque “tenemos puesta la esperanza en Dios vivo, que es el Salvador de todas las gentes, principalmente de los creyentes” (1 Tim. 4, 10). La razón por la que no nos arredramos ante las dificultades o las decepciones es porque estamos firmemente arraigados en la convicción de que hemos recibido una Misión y de que su Dador es digno de confianza, Dios, que, en Jesucristo, él mismo se ha unido a nosotros para siempre. ¿Puede darse un acto más dramático de solidaridad que nuestra redención?

Cuanto más profundizamos en la Misión concreta que se le ha encomendado a nuestra Congregación, más hondos son los deseos de muchos cohermanos de trabajar juntos. Estos deseos se traducen en una forma de vida que podemos llamar solidaridad: unanimidad en los objetivos y en el mutuo entendimiento dentro de la global familia Redentorista que conduce a una más eficaz acción misionera. ¿En qué percibo yo este espíritu que, de hecho, se da ya entre nosotros?

Signos de solidaridad

La mayoría de los Redentoristas quiere saber lo que pasa en nuestra Congrega-ción en los diversos países en los que vivimos y trabajamos. Los miembros del Consejo General coinciden en que uno de los momentos culminantes de toda visita es cuando, en cada comunidad local, discutimos sobre la situación actual de nuestra misión global. Casi sin excepción, los cohermanos están ávidos de oír, de for-ma detallada, el relato de las luces y las sombras que existen hoy en la Congregación. La posibilidad de compartir esta información se da también por otras vías como: las reuniones internacionales, los boletines informativos publicados por el departamento de Comunicaciones, las cada vez más frecuentes visitas entre las distintas (vice)provincias y a través de la comunicación que permite Internet. Todo esto contribuye a aumentar el conocimiento de los esfuerzos que realizan los cohermanos en situaciones enormemente diferentes entre sí, y también a que dismi-nuya la aparente indiferencia o la falta de entendimiento que, a veces, existió entre provincias y regiones, principalmente porque nosotros, Redentoristas, sencillamente sabíamos poco los unos de los otros.

La solidaridad es más que el simple interés o el conocimiento de la situación de los demás. El mutuo conocimiento debe traducirse en acción concreta. Me complace señalar algunos “hechos” de nuestra hermandad a nivel internacional. Es digno de mención el hecho de que muchas de nuestras más recientes misiones ad gentes se han proyectado y sostenido con la colaboración de diversas unidades de la Congregación. Nuestra presencia misionera en Nigeria, Siberia, Corea y Bolivia son ejemplos de esta colaboración. Cuando visité Corea en 1999, el Arzobispo de Seúl me hizo la observación de que el éxito que estaban obteniendo los Redentoristas a la hora de atraer nuevos miembros se debía al hecho de que dábamos a los jóvenes la imagen de una comunidad de “rostro internacional”; es decir, una comunidad de hermanos procedentes de diferentes naciones y culturas a los que, efectivamente, unía el amor mutuo y el celo misionero. La misión de Corea empezó como una expresión de solidaridad entre las unidades de Asia y Oceanía, muchas de las cuales contribuyeron con fondos y personal a que se llevara nuestro carisma a dicha nación. Me siento feliz al ver cómo este espíritu fundador continúa aún. Hoy, los Redentoristas coreanos, tailandeses y filipinos viven y trabajan juntos dando, con ello, al pueblo coreano un vigoroso mensaje de hermandad.

Evidentemente, también en muchas otras unidades existe una larga tradición de Redentoristas de diversas nacionalidades que dan claro testimonio de comunión entre pueblos, razas y culturas diferentes; un testimonio que es tanto más significativo cuanto se da en un tiempo caracterizado por la globalización de los problemas y por el retorno de los ídolos del nacionalismo exagerado, el racismo y la xenofobia (cf. Vita Consecrata, 51). Entre las muchas familias religiosas de la Iglesia, esta clase de testimonio es la mejor contribución que pueden hacer las congregaciones internacionales como la nuestra.

Los últimos años han sido testigos de nuevas experiencias de solidaridad en la formación de los misioneros Redentoristas. Esta cooperación puede encontrarse tanto al nivel de la formación inicial como en el de la responsabilidad compartida al confeccionar programas conjuntos de formación continua o permanente. Algunas unidades trabajan conjuntamente en una etapa concreta de la formación, como es el noviciado compartido, mientras otras unidades dan la bienvenida en sus propios programas a los candidatos de otras (vice)provincias. Algunas Regiones patrocinan programas para la formación continua de los Redentoristas.

Algunas unidades están deseosas de compartir la abundancia que tienen de miem-bros jóvenes a fin de apoyar el ministerio de (vice)provincias envejecidas, haciendo así posible llevar a cabo iniciativas totalmente nuevas. Se comparten también recursos económicos entre los Redentoristas. Sin duda alguna, continúan dándose aún en la Congregación dramáticas diferencias en el estilo y nivel de vida al persistir en ella todavía estándares muy distintos en este sentido, pero no podemos ignorar la encomiable generosidad que practica un buen número de unidades con mayores recursos económicos. Algunas de estas unidades contribuyen regularmente al Fondo de Solidaridad y ayudan también, de forma discreta, a sus hermanos Redentoristas en tierras lejanas. Siempre que el Consejo General ha pedido a estas unidades ayuda para una provincia o vice-provincia en dificultades económicas, la respuesta, casi siempre, ha sido positiva y magnánima. Muchas (vice)provincias han hecho generosas aportaciones a proyectos tales como la reestructuración de la casa general, la Academia Alfonsiana y, más recientemente, un considerable esfuerzo por aumentar el patrimonio del Gobierno General (cf. XXII Capítulo General, postulado 9.5). Sin embargo, aún necesitamos descubrir medios eficaces para llevar a cabo la llamada “solidaridad mediante la ayuda al desarrollo” pedida por el último Capítulo General (Postulado 9.7).

Un tríptico de los Hechos de los Apóstoles

La Palabra de Dios nos muestra que la solidaridad es una cualidad esencial a la vida apostólica. Podemos encontrar una rica fuente de reflexión en los Hechos de los Apóstoles, sobre todo en la descripción que hacen de la comunidad apostólica. Permítanme proponer tres escenas de los Hechos, como en una especie de tríptico, que sirva para nuestra meditación. En el panel izquierdo veríamos a los Apóstoles y a María en oración (Hechos 1, 12-14), en el panel central se representaría la venida del Espíritu en Pentecostés (2, 1ss) y, finalmente, en el panel derecho se reflejaría la vida en común de los primeros Cristianos (4, 32-35). ¿Qué podemos observar en estas tres imágenes?

La solidaridad en la oración

El primer panel revela la importancia de la oración en la comunidad apostólica. La Misión que los apóstoles van a emprender no es algo que se han inventado ellos; Jesús les dice: “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra” (Hechos 1, 8). Desde el principio, la Misión de los apóstoles es internacional e intercultural. La Misión es más grande que ellos mismos. Deben, por lo mismo, estar atentos y esperar la venida del Espíritu, el don de su Señor Resucitado, que les dará poder y los “guiará hasta la verdad plena” (cf. Jn 16, 13). Junto con la Madre del Señor y otras mujeres, los Apóstoles eran “constantes en la oración” (Hechos 1, 14).

La primera experiencia de solidaridad entre los discípulos es la oración. ¿Cabe imaginar una comunidad verdaderamente apostólica en la que la oración esté ausente o sea solamente una rutina? Sin la oración constante nos arriesgamos a reducir la Misión a pequeñas actividades que se corresponden exclusivamente con lo que queremos hacer o con lo que pensamos que podemos hacer. ¿Hasta qué punto dependemos del don del Espíritu para cerciorarnos dónde debemos dar testimonio del Señor Resucitado y poder realizar, así, nuestra misión? ¿Nos acompaña María en nuestra oración? ¿Está abierta nuestra oración comunitaria a otros discípulos, a nuestros colaboradores?

La solidaridad en la Misión

El panel central del tríptico muestra el día de Pentecostés, cuando el viento y el fuego del Espíritu Santo impulsan a los discípulos, apocados en la seguridad del cenáculo, a abrazar una misión universal. Los apóstoles hablan un lenguaje que puede ser entendido por todos y, desde los mismos comienzos, está claro que la Iglesia no es un bien de dominio privado, de una sola raza o nación. Más bien, el Espíritu Santo “globaliza” el Evangelio y, a través de los apóstoles, pone la salvación al alcance de todos.

Una enorme diversidad de situaciones sociales, económicas, políticas y eclesiales conforman la realidad de la Congregación hoy día. ¿Es razonable promover una especie de “cultura” Redentorista en medio de tal diversidad? Yo creo que es posible y que, de hecho, pueden descubrirse las características comunes que se dan en la vida de los Redentoristas del mundo entero. En el anterior sexenio, el Padre Lasso señaló algunas de estas características en su segunda Communicanda, Unidad en la Diversidad (14 de enero de 1994; cfr. especialmente los nn. 32-36). La fuente de esta unidad es el Espíritu, el mismo que une a la multitud de las gentes que oyen el Evangelio predicado el día de Pentecostés (Hechos 2, 7-12). El texto, sin embargo, no sugiere que todas estas personas sacrificaran su cultura en el momento del bautismo. Las diferentes razas y lenguas de las primitivas comunidades cristianas revelan, más bien, una fuerza de unidad que las conecta entre sí y las enriquece: el Espíritu Santo. Este mismo Espíritu ayuda a los miembros de nuestra Congregación a ser “de un mismo pensar y de un mismo sentir”.

Solidaridad en lo que se posee

El tercer y último panel del tríptico representa la descripción idílica de la primitiva comunidad cristiana donde todos los miembros comparten sus posesiones y permanecen unidos en la oración, en la asidua escucha de la enseñanza de los apóstoles y en la fracción del pan (Hechos 2, 42-47; 4, 32-35). Debemos reconocer que la descripción que se hace de la unidad que disfruta la comunidad de Jerusalén puede ser también un tanto romántica y que el libro de los Hechos es bastante honesto al recordar los momentos más dolorosos cuando la comunidad se encuentra dividida por sectores étnicos (cf. Hechos 6, 1ss) o cuando Pedro y Pablo se enfrentan al comienzo del Concilio de Jerusalén (Hechos 15, 1) y, más tarde, en Antioquia (Gal 2, 11-14). Tales incomprensiones no contradicen la verdad de que la comunidad disfrutó de una notable unidad, claramente atribuible a la acción del Espíritu Santo.

La primitiva comunidad pudo compartir lo que tenían porque eran “de un mismo pensar y de un mismo sentir” (Hechos 4, 32). Los miembros no fueron forzados a ser generosos, sino que lo hicieron libremente porque tenían unanimidad de objetivos (“un mismo pensar”) y unión de corazones (“un mismo sentir”). Esta unidad, realizada por el Espíritu Santo, produjo una caridad que fue suficiente para satisfacer las necesidades de la comunidad (Hechos 4, 34). Esta solidaridad efectiva no es simplemente un imperativo moral. Los apóstoles oraron mientras esperaban (cenáculo) y se les dio el Espíritu y éste les condujo a su Misión (Pentecostés). El entregar sus bienes y sus mismas vidas es una respuesta necesaria a los dones del Espíritu y está íntimamente ligada a la Misión apostólica.

¿No es cierto que cuanto más permitamos al Espíritu hacer que seamos “de un mismo pensar y de un mismo sentir” tanto más estaremos deseosos de compartir lo que tenemos? A pesar de las enormes diferencias de situaciones culturales en que se encuentra la Congregación hoy día, el Espíritu nos ofrece un estímulo para la unidad. Es la común vocación que todos nosotros compartimos: “seguir el ejemplo de Cristo por medio de la vida apostólica, que comprende a la vez la vida de especial consagración a Dios y la actividad misionera” (Constitución 1). La aceptación de este principio fundamental de unidad, cuyo valor pondrán de manifiesto y matizarán las demás Constituciones y Estatutos, hace que la verdadera solidaridad sea posible entre los Redentoristas.

Orientaciones para el futuro

La efusión del Espíritu Santo y la predicación de los apóstoles inducen a las muchedumbres en las calles de Jerusalén a una pregunta: “¿Qué debemos hacer, hermanos?” (Hechos 2, 37). Lo rápidamente que cambia la faz de nuestro mundo, el mismo mundo donde debemos proclamar el Evangelio, debe llevarnos a hacernos unos a otros la misma pregunta: “Hermanos, ¿qué debemos hacer?” Si la respuesta es: “haremos lo que siempre hemos hecho”, nos estaremos equivocando de forma trágica.

Solidaridad dentro de la (Vice)Provincia

El desafío consiste en globalizar la solidaridad dentro de la Congregación en función de nuestra Misión mundial. Cuando en las reuniones Regionales de 2000-2001 compartí el primer boceto de este texto, un buen número de superiores mayores me pidió, sin embargo, que no pensara en la solidaridad solamente en términos mundiales; la unanimidad en el pensar y en el sentir debe caracterizar la vida de los Redentoristas también dentro de cada provincia y viceprovincia. Desgraciadamente, hay unidades donde el diálogo y el discernimiento no forman parte de la vida de la Congregación. En estos casos, generalmente, falta en ellas una visión compartida sobre el futuro y el sentido de corresponsabilidad que son un principio esencial de nuestro gobierno (Const. 92). El resultado es la fragmentación de la (vice)provincia juntamente con un estancamiento en el celo misionero. ¿Es lógico esperar que se tenga sentido de solidaridad con los Redentoristas que trabajan en otras unidades si nosotros mismos, en la práctica, sentimos poca responsabilidad por el futuro de nuestra (Vice)Provincia?

Solidaridad en la formación

Existe una creciente necesidad de mayor colaboración en la formación inicial de los misioneros Redentoristas. Como ya he hecho notar antes, la colaboración en esta área ha crecido entre algunas (vice)provincias. Esto se ha evidenciado en un reparto de responsabilidades entre las diferentes unidades al compartir una misma casa o programa de formación. Pienso que necesitamos avanzar todavía más en esta dirección. El último Capítulo General reconoció la necesidad de ofrecer a los directores de formación una preparación adecuada (Orientaciones, 5.2), ofrecer cursos sobre nuestra historia y espiritualidad (Ibid., 5.3) y de que se dé especial atención a la etapa de transición de la formación inicial a las comunidades apostóli-cas (5.6), así como que se estimulen los encuentros interprovinciales de formadores y el intercambio del personal académico (5.5). Estas expectativas exigen una mayor colaboración entre las (vice)provincias así como la ayuda del Gobierno General.

La formación inicial de los Redentoristas comporta otros desafíos que pueden afrontarse mejor mediante alguna forma de solidaridad. Por ejemplo, algunas unidades cargan con el peso de llevar adelante un gran número de futuros Redentoristas mientras otras muchas (vice)provincias tienen tan sólo un puñado de candidatos. Ambas situaciones me preocupan, pero particularmente la última. ¿Es normal continuar con un programa de formación en el que los estudiantes tienen un contacto muy limitado con otros Redentoristas de su misma edad? Y no olvidemos el fenómeno de inmigrantes y refugiados que están creando sociedades multiculturales, frecuentemente en situación de grandes urgencias pastorales. En un mundo donde una de cada cuarenta y cinco personas es refugiado o inmigrante, hay necesidad urgente de misioneros que puedan ejercitar su ministerio en circunstancias culturales diferentes a aquellas en que nacieron. El programa de forma-ción inicial debe preparar a nuestros jóvenes para estas nuevas situaciones. Creo que el futuro de la Congregación estará más garantizado si somos capaces de encontrar nuevas formas de colaboración en la primera formación de los misioneros Redentoristas.

Estructuras de la Congregación

Estoy convencido de que la Misión de la Congregación requerirá en el futuro que descubramos nuevas estructuras internas. Mientras el actual sistema de provincias, vice-provincias y regiones nos ha servido muy bien durante, aproximadamente, siglo y medio, me pregunto si estas mismas estructuras serán adecuadas para el futuro. ¿No deberemos descubrir nuevos modelos de gobierno que refuercen nuestra movilidad y flexibilidad? Hoy día, se dan ciertamente casos en la Congregación en los que el mantenimiento de una estructura existente, como una provincia o viceprovincia, exige un tremendo coste en personal y en recursos materiales. ¿No podríamos imaginar una forma diferente de organizar el Gobierno General a fin de que sirviera mejor a la unidad y a la pluralidad de la Congregación? Aparte ya del sistema de provincias, ¿no necesitamos alguna forma de estructura intermedia que coordine el trabajo misionero de los Redentoristas en una misma área geográfica? Una unidad de objetivos juntamente con la simpatía hacia los Redentoristas que viven fuera de los límites de la propia unidad particular nos ayudará a descubrir nuevas estructuras que sostendrán nuestra Misión en el vigésimo primer siglo.

Las Prioridades Regionales

Las unidades de algunas Regiones han comenzado ya a mirar más allá de sus propios límites individuales para reconocer el valor de un determinado apostolado que responde a una situación de urgencia pastoral y que sólo podrá abordarse si varias (vice)provincias trabajan juntas. Estas unidades empiezan a hacer frente a prioridades Regionales mediante cohermanos de la Región que se comprometen a llevar a cabo trabajos pastorales que, originariamente, formaban parte del proyecto de una sola unidad, o bien a colaborar en una iniciativa completamente nueva de la Región. Los responsables de las (vice)provincias de América del Norte y de Europa Norte ya han empezado a dialogar sobre la viabilidad de prioridades conjuntas de sus respectivas Regiones.

Comunidades Internacionales

El último Capítulo General expresó su apoyo al establecimiento de comunidades internacionales de Redentoristas al servicio de nuestra Misión (XXII Capítulo General, postulado 3.2). Aunque no se trate de una panacea o solución universal a problemas tales como el envejecimiento de las provincias que tienen pocas vocaciones, creo firmemente que las comunidades internacionales son una potente expresión de nuestro carisma en un mundo de globalización. ¿No deberíamos buscar nuevas formas de solidaridad, incluyendo las comunidades internacionales, a fin de predicar el Evangelio a comunidades hispanas y asiáticas en América del Norte? ¿Podemos garantizar que nuestro carisma contribuirá a la nueva evangelización de Europa? La vida en una comunidad internacional no siempre está exenta de dificultades, pero puede ser muy enriquecedora. Yo lo sé. Tengo el privilegio de vivir en una.

Conclusión

La nueva situación del mundo y de nuestra Iglesia invita a todos los Redentoristas a mirar más allá de las fronteras de las propias unidades individuales y a considerar las más vastas urgencias de nuestra Misión. Creo que existen ya en la Congregación ejemplos prometedores de solidaridad y que éstos son una base para futuros esfuerzos. Nuestra confianza está en el Espíritu de Cristo que nos permite “clamar Abba” a quien continúa enviándonos a predicar la Buena Nueva y que nos hace sabedores de la necesidad que tenemos unos de otros para llevar a cabo la Misión que nos ha confiado.

Con la imagen ante nuestros ojos de María y los Apóstoles en el cenáculo, les invito a profundizar en nuestra solidaridad en la oración, en tanto confiamos que el Señor nos abrirá aún más al trabajo del Espíritu de manera que podamos ser de “un mismo pensar y de un mismo sentir”, de palabra y de obra, para el bien de nuestra Misión.

En nombre del Consejo General,

Joseph W. Tobin, C.Ss.R.
Superior General

(El texto original es el inglés.)

ESPIRITUALIDAD Nuestro más importante desafío

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Communicanda I – 1997-2003


COMMUNICANDA N. 1

Roma, 25 de febrero de 1998

Nr. Prot. 0000 0028/98

     Queridos Cohermanos,

  1. “En todo momento damos gracia a Dios por todos vosotros, recor-dándoos sin cesar en nuestras oraciones. Tenemos presente ante nuestro Dios y Padre la obra de vuestra fe, los trabajos de vuestra caridad, y la tenacidad de vuestra esperanza en Jesucristo nuestro Señor” (1 Tes 1,2-3). Han transcurrido cinco meses desde la clau-sura del XXII Capítulo General y, en este día aniversario de la apro-bación de nuestras Constituciones, os hacemos llegar este docu-mento que quiere ser como una prolongación del Capítulo y, al mis-mo tiempo, una indicación de la línea a seguir durante nuestro servi-cio a la Congregación.
  2. El Capítulo confió al Gobierno General la redacción de esta Com-municanda a fin de que profundizara en el Mensaje y en la Orien-taciones ya enviadas a toda la Congregación (Postulado del XXII Capítulo General, 1,1.4). Como bien sabéis, el centro de estos do-cumentos capitulares lo ocupa la espiritualidad, asumida como tema para el actual sexenio, y, a cuya luz, la Congregación quiere com-prender y vivir todos los aspectos de su propia vida. La petición, sin embargo, de que se tratara este tema, fue recurrente en algunas Re-uniones Regionales preparatorias del Capítulo, confirmando así, que era una necesidad sentida en gran parte de nuestra Familia misio-nera.
  3. Creemos, además, que la elección de la espiritualidad ha tenido en cuenta el camino recorrido en los últimos decenios y que fue trazado en los Capítulos Generales, con los respectivos documentos finales y, en particular, con el empeño de “acentuar el anuncio explícito, pro-fético y liberador del Evangelio a los pobres, al mismo tiempo que nos dejamos interpelar por ellos” (XXI Capítulo General, Documento Final, 11). Dentro de este contexto es como la opción por la espiri-tualidad se nos revela en toda su profundidad y urgencia.
  4. Esta Communicanda no pretende abordar el tema de la espirituali-dad de forma exhaustiva o doctrinal. Queremos dirigir una reflexión sobre el tema propuesto por el Capítulo General ofreciendo a cada uno de vosotros ayuda para ser redentorista hoy. Por una parte, esta-mos convencidos de que la espiritualidad es esencialmente “expe-riencia personal y comunitaria de Dios en Cristo Redentor por medio del Espíritu Santo”, y, por otra, que debemos tener presentes las ne-cesidades de las diversas Regiones. Deseamos, además, que cada Unidad haga de este documento un uso “compartido” en la forma y manera que le sea posible.
  5. Notamos el grave riesgo – que el propio Capítulo General ya se temió – de que el tema de la espiritualidad nos llevara lejos del ter-reno propio de la misión y de donde están las graves urgencias de la misma. Aclaremos en seguida, que “espiritualidad” no significa inti-mismo, ni abandono de las propias responsabilidades personales o del necesario compromiso con nuestra historia. No queremos teori-zar sobre la espiritualidad, sino fijarnos de forma muy concreta tanto en las obligaciones normales como en aquellas otras necesidades que requieren nuestra efectiva atención. Además de nuestros bue-nos deseos, contamos también con la colaboración de los laicos, que en los últimos tiempos se ha ido afianzando cada vez más en los proyectos de las diversas Unidades. Si ellos, por una parte, pueden “asimilar” nuestra espiritualidad viviendo con nosotros, frecuentando nuestro ambiente y trabajando con nosotros, también pueden, por otra,                                   ayudarnos a mantenernos en un contacto más estrecho con la realidad y con la dimensión cotidiana de la vida.
  6. Otro peligro que deseamos evitar: afrontar el tema de la espirituali-dad simplemente porque así lo exija una cultura en boga. Somos conscientes de hasta qué punto la espiritualidad es un tema que está hoy día de moda, incluso como fenómeno de éxito comercial. Un ver-dadero y auténtico “supermercado de la espiritualidad”, que va de la new age a las sectas esotéricas, seduciendo a muchos de nuestros contemporáneos; este fenómeno tiene muy poco en común con las exigencias propias de una fe revelada que parte                                   de una “escucha” obediente a la Palabra y tiende al encuentro responsable con una persona, Jesucristo.
  7. La espiritualidad es fuente de unidad para toda la Congregación. No podemos olvidar, sin embargo, la gran diversidad de situaciones y de intereses que se dan dentro de ella: tanto con respecto a Regio-nes y culturas, como a personas. Entre los cohermanos, unos, afortu-nadamente, poseen una espiritualidad más consolidada, otros ex-perimentan una especie de “desmorona-miento” interior, mientras otros, finalmente, están a la búsqueda de algo que aún no han encon-trado. Se trata de situaciones interiores que no dependen de la edad y en las que se entrelazan misteriosamente la gracia de Dios y las circunstancias de la vida; pues bien, teniendo en cuenta esta diver-sidad de situaciones, rogamos a cada Unidad que haga a estas nuestras reflexiones aquellas acomodaciones que crea oportunas.

Motivos de una elección

  1. Ante todo, consideramos fundamental preguntarnos: ¿Por qué el Capítulo General eligió la espiritualidad como el más importante de-safío para toda la Congregación durante los próximos seis años? La respuesta que demos a esta pregunta será la que nos permita abor-dar de forma adecuada este tema. Exponemos algunos motivos que son, a nuestro parecer, los que más se aproximan a la realidad; y nos gustaría que esta propuesta fuera analizada y profundizada tam-bién a nivel local.
  2. Nuestra primera impresión es que en la Congregación se ha con-statado un exagerado activismo o, al menos, una desproporción en-tre la reflexión y las numerosas actividades que tenemos. En otras palabras, que todos necesitamos darle a la actividad sus últimos y verdaderos móviles, y sabemos que para nosotros, redentoristas, los móviles se orientan esencialmente a una persona, “la única de la que hay necesidad” (Lc 10, 42), Jesucristo Redentor. Esta necesidad vie-ne confirmada claramente por el mismo Capítulo General cuando dice que nuestra “principal preocupación debe ser el puesto que ocupa Dios en nuestra existencia” (Mensaje final, n.3). Es ésta una observación que no podemos olvidar y cuyo contenido se convierte para cada uno de nosotros en fuente de gozo: en la medida en que nos esforcemos por situar a Dios en el centro de nuestra vida, en esa misma medida nos realizaremos en plenitud.
  3. Creemos oportuno avanzar otra hipótesis que esclarece la elección del Capítulo: se encuentra claramente vinculada al momento histórico en que vivimos. Muchos de los nuestros conservan la impronta de una formación – nos referimos a los años anteriores al Concilio Ecu-ménico Vaticano II – que se inspiró, en gran parte, en las normas y en los valores propios de la observancia. Los años siguientes han visto afianzarse una antropología diversa y una formación en conso-nancia con ella, cuyo centro lo ocupaba la realización de la persona y su libertad. El balance de estos últimos años nos ha hecho compren-der que estos modelos no se excluían mutuamente. Ahora bien, mi-entras para algunos el primer modelo ha favorecido tal vez una “ob-servancia sin corazón”, para otros el segundo modelo ha dado lugar a veces una “libertad sin metas”. Con frecuencia, el diálogo ha sido inútil o ha hecho detener la marcha, los proyectos apostólicos han revelado ser de corto alcance, la identidad de las personas ha en-trado en crisis. Creemos que el Capítulo General ha visto en la espi-ritualidad el elemento capaz de dar sentido a la libertad dentro de la comunidad, delineando un posible y más creíble camino para el próximo futuro.
  4. Nuestra “necesidad” de espiritualidad puede tener todavía otra ex-plicación. Vivimos un tiempo de “continuo cambio” y de progreso tecnológico acelerado (aunque este desarrollo no sea igual en todas las Regiones). Nos cuesta seguir el ritmo de nuestro tiempo. Inno-vaciones no sólo tecnológicas o científicas, sino, más aún, profunda-mente culturales, ponen a dura prueba nuestros horizontes mentales. Si en el pasado nuestra Regla de vida, nuestras tradiciones, nue-stros “modelos” ordinarios, o los santos de nuestros altares consti-tuían para nosotros puntos de referencia bastante plausibles y creíbles, hoy, por el contrario, nos encontramos en el umbral de un futuro que no sabemos qué nos deparará. Vemos lo difícil que es hablar del seguimiento de Cristo a un mundo que parece no tener a quien seguir. Necesitamos, por consiguiente, como un “contrapeso” que nos impida vivir constantemente en la superficialidad. Necesi-tamos algo que nos ayude a lograr una síntesis interior, independi-ente de factores externos siempre cambiantes, y este “algo” lo ha visto el Capítulo en la espiritualidad.
  5. En todo caso, este esfuerzo por ir al ritmo de los tiempos lo vemos en la teología. Por ejemplo, ¿hasta qué punto, en los últimos tiempos, no ha ensanchado su horizonte el concepto de redención? Si mu-chos de los nuestros se formaron en una rigurosa atención a la “sal-vación del alma”, vemos también cómo este concepto ha ido am-pliándose gradualmente hasta abarcar la salvación integral de la persona (cfr. Const. 5); hemos comprendido, igualmente, que la Copiosa Redemptio nos ponía ante una nueva relación con otras culturas y religiones, al tiempo que veíamos que tampoco podían excluirse de nuestros intereses ciertos problemas como la ecología, la defensa de los derechos humanos, etc. En un plano exclusiva-mente teórico, no nos resulta difícil comprender esta relación, pero en la práctica, ¿cuántos no han acusado un decaimiento en el “celo misionero”, justamente por ver que se encontraban ante un compro-miso nuevo superior a sus fuerzas?
  6. Es cierto que contamos con numerosos medios de estudio y de formación mientras se multiplican iniciativas en el ámbito de la for-mación permanente, bien con motivo de ocasiones extraordinarias (centenarios de nuestros Santos, beatificaciones, etc.), bien en el “ordinario” proceder de las diversas Unidades, aún así, reconoce-mos que la renovación profunda de nuestra vida no siempre ha ido en consonancia con el enorme esfuerzo que ha supuesto organizar estas iniciativas. Sufrimos también en lo más profundo de nosotros mismos la ruptura entre fe y vida que continúa siendo uno de los síntomas de nuestro tiempo. Al multiplicarse las ocasiones de toma conciencia y de animación, advertimos de forma aún más lacerante la dificultad que entraña encarnar en la vida diaria aquello que des-cubrimos.
  7. Esta ruptura interior y existencial se refleja indudablemente también en nuestro modo de orar. El Capítulo General de 1991 recordaba ya entonces: “Abandonadas las que se consideraban “prácticas espiri-tuales” inauténticas o no adaptadas a la situación actual, no han sur-gido otras capaces de llenar del todo el vacío producido” (Documen-to Final, 33). El resultado de esto, en las comunidades, ha sido la general ausencia de un programa de oración y, de forma más am-plia, el “vacío” espiritual que muchos cohermanos padecen. Ante determinados ambientes nuestros – espiritualmente “anémicos” – cabría preguntarse si puede hablarse en ellos de comunidad reli-giosa. Cabría preguntarse, igualmente, si a la luz de la “consagra-ción”, es legítimo dejarse arrastrar por un contexto secularizado. Hay que preguntarse también si esta forma de proyectarse (o de no pro-yectarse) la comunidad, ofrece un mínimo de atractivo a las nuevas generaciones. Es éste un punto sobre el que cada uno debería ex-aminar su propia cuota de responsabilidad.
  8. Frecuentemente, este “vacío” espiritual ha dado pie a los coher-manos para una “fuga” hacia otras espiritualidades o movimientos eclesiales a fin de buscar, tal vez fuera, lo que no encontraban dentro de la comunidad. Estamos convencidos de que a ninguno se le pue-de negar el derecho al propio desarrollo personal y espiritual, pero ese fenómeno invita a hacerse algunas preguntas muy concretas: ¿Está en condiciones la comunidad de crear el ambiente idóneo para la plena realización de los cohermanos? ¿Ofrece a las perso-nas el espacio “humano” adecuado para que expresen sus más pro-fundo anhelos? ¿Se da respuesta a esos anhelos dentro de un con-texto de “comunidad con una organización adecuada” (Const. 44-45; Est. 041) y un proyecto apropiado de oración?
  9. No deben dejarnos indiferentes el número de cohermanos que, tras algunos años de consagración o de ministerio, abandonan la Con-gregación: el propio hecho de que algunos manifiesten después su insatisfacción por la salida, hace que nos preguntemos si en su mo-mento les ayudamos a realizarse humana y espiritualmente. Aún cuando en tiempos anteriores a los nuestros se dieran también ca-sos como éstos, o suceda algo parecido en otras familias religiosas, no por ello debemos dejar de hacernos algunas preguntas: ¿Qué buscaron y no encontraron estos cohermanos en la comunidad re-dentorista? ¿Nos consideramos mutua y fraternalmente respon-sables de la vocación de los demás? Estas preguntas deben llevar-nos a pensar no sólo en los cohermanos que nos abandonaron, sino también en los que, aún permaneciendo en la Congregación, van de modo imperceptible y muy a pesar suyo, acomodándose a un estilo de vida sin coraje y que pone en tela de juicio las motivaciones más hondas de nuestra vida en común.
  10. De modo general, vemos que en nuestra vida diaria, en las relacio-nes interpersonales, en la cura pastoral, no siempre nos animan los verdaderos móviles de nuestra consagración y de nuestro ministerio, ni estamos dispuestos “a dar respuesta a todo el que nos pida razón de nuestra esperanza” (1Ped 3,15). ¿Compartimos nuestras expe-riencias espirituales? ¿De qué carecería el mundo de hoy si de im-proviso le faltara el carisma redentorista? ¿Qué puede decirle a nue-stra cultura la intuición                                   de Alfonso? ¿Estamos preparados para co-municar la evidente actualidad de la espiritualidad redentorista y pro-ponerla a los laicos para que la compartan con nosotros, y a los jóvenes para que hagan de ella un proyecto de vida? ¿Nos mostra-mos como “escuela de verdadera espiritualidad evangélica (Vita consecrata, 93)?
  11. Estas preguntas requieren no sólo un serio compromiso auto-formación, sino también recuperar la “identidad” personal y un auténtico clima de familia. En este sentido, tal vez sea fiel “ter-mómetro” del problema de la espiritualidad el gozo que habitual-mente vemos como presente, o ausente, a nivel de personas y de comunidad. Todos deberemos recuperar un sentido de pertenencia y de sano orgullo de ser redentoristas. Quizá sea ésta la razón que resume todas las demás y que indujo al Capítulo General a optar por el tema de la espiritualidad.

Elementos de la espiritualidad redentorista

  1. Quienes participaron en el XXII Capítulo General, o lo siguieron a través de los medios de comunicación, o con la lectura, por ejemplo, del Mensaje final, las Orientaciones y los Postulados, compartirán con nosotros la siguiente impresión: en la mayoría de los casos, la atención del Capítulo se centró más en la “espiritualidad” como tal que en la “espiritualidad redentorista”. No queremos sugerir con esto, en modo alguno, la idea de una dicotomía entre estas dos reali-dades; la espiritualidad se ha                                   desarrollado en nuestra concreta vo-cación y lo ha hecho en cuanto “redentoristas” y, por consiguiente, no puede concebirse aquélla prescindiendo de esta connotación. Pero conviene tener en cuenta el lenguaje usado por el Capítulo. La insis-tencia con que allí se trató una y otra vez de “espiritualidad” en ge-neral nos lleva a sacar, al menos, tres consecuencias.
  2. Primera: que se van redescubriendo los “fundamentos” de nuestra vida espiritual. Mucho más que un conocimiento específico de nue-stro carisma, necesitamos comprender la estructura de una vida de fe y el sentido elemental de la consagración. Pues si ese conoci-miento específico se volviera fin en sí mismo, correría el peligro de ser un ejercicio puramente académico.
  3. Segunda consecuencia: no debemos ser miopes centrándonos exclusivamente en lo específicamente nuestro, olvidando el amplio y exigente horizonte de la espiritualidad       en la que se inserta el caris-ma redentorista. “En la Iglesia, santa y grande, la Congregación no es una capilla lateral. Su misión la coloca en el centro de la iglesia, allí donde se encuentra el altar en el que se celebra el misterio de la Pascua de Cristo por la salvación del mundo. Está llamada a realizar lo que es central, a continuar a Cristo y el acontecimiento de la salva-ción que está en Cristo. ¿Cuál es, por consiguiente, su especificidad en el conjunto de la Iglesia? Su especificidad consiste en la realiza-ción de lo esencial de acuerdo con una vigorosa plenitud” (F.X. Durwell cssr). No debemos pretender, por consiguiente, que nuestra espiritualidad posea elementos exclusivos en la Iglesia. Gran parte de los elementos tradicionalmente considerados como “redento-ristas” (predicar a los pobres, misiones populares, Vida devota, etc.) tienen su réplica en otras espiritualidades y en otras Familias Re-ligiosas; lo que en cierto sentido nos caracteriza, se encuentra, más bien, en el modo como estos elementos se conjuntan. Este modo, a su vez, supone otros muchos factores: estilo de vida personal, forma de comportarse y de hablar, un cierto clima comunitario, etc., ele-mentos todos que – a cuantos se acercan a nosotros y nos conocen – hacen que de forma espontánea digan: “éste es un redentorista”.
  4. Una tercera consecuencia: – hay que señalar que se trata de la más importante – el que se haya elegido el tema de la espiritualidad (todavía antes que el de “espiritualidad redentorista”) pretende que nos examinemos acerca de nuestra relación personal con Cristo a fin de ver si ésta “inspira efectivamente y de modo privilegiado nuestro estilo de vida” (Mensaje final, 1). “En cualquier contexto en que se viva, creemos que todos los redentoristas estamos llamados a cen-trar hoy nuestra atención en un aspecto fundamental de nuestra espi-ritualidad, es decir, en la forma en que nutrimos y expresamos nue-stra relación de fe con Jesús” (Mensaje final, 3). En esta relación, el Espíritu Santo es quien incesantemente nos atrae y nos anima. Es él quien suscita el deseo de una respuesta plena, haciendo de cada uno de nosotros una persona “cristiforme” (Vita consecrata, 19). Es él quien “persuade” nuestra inteligencia, haciéndola aceptar con gozo y por amor, lo que a los ojos humanos aparece simplemente como “locura”.
  5. Con respecto a la espiritualidad redentorista, nuestras Constitu-ciones nos ofrecen material suficiente para definirla. Orando con ellas, estudiándolas, comprenderemos el porqué de nuestra voca-ción y los rasgos esenciales que la caracterizan. En sus páginas en-contramos cómo entender los distintos aspectos de la identidad re-dentorista que, substancialmente, consiste en el “seguir el ejemplo de Jesucristo Salvador, en la predicación de la divina Palabra a los pobres” (Cons. 1). Una creciente familiaridad con nuestra “Regla de vida” nos permitirá abarcar, en una visión de conjunto, nuestra espiri-tualidad, que, de otra forma, quedaría difusa.
  6. A la luz de la tradición en la que esta espiritualidad ha nacido, podemos individualizar, distinguiendo lo esencial de lo secundario, algunos elementos constitutivos de la misma que, a continuación, proponemos a vuestra consideración sin pretender con ello ni abarcarlo todo, ni tampoco hacerlo con un rigor metodológico:
  • somos redentoristas: nuestra espiritualidad se sitúa en la teología de la encarnación;
  • somos misioneros y, por lo mismo, esencialmente anunciadores del Evangelio cuyo corazón es la miseri-cordia;
  • el redentorista tiene un sentido “popular”, una habili-dad para aproximarse fácilmente a la gente y utiliza un lenguaje sencillo;
  • la espiritualidad redentorista es fuente y fruto de la misión (Mensaje final, n. 6);
  • el redentorista siente compasión por los pobres;
  • nuestro compromiso pastoral, especialmente con los pobres y abandonados, es constitutivo de nuestra espiritualidad (Mensaje final, n. 8).
  1. Creemos, igualmente, que a la Virgen del Perpetuo Socorro hay que otorgarle un lugar más amplio y explícito en nuestra espiritua-lidad. El celo y la creatividad de los redentoristas han hecho que éste sea el icono más difundido del mundo; también puede ayudarnos a descubrir nuestro carisma. El título de “Perpetuo Socorro”, por otra parte, se encuentra   en total consonancia con el tema de la Copiosa Redemptio.
  2. No debemos olvidar, sin embargo, que la nuestra, es también una espiritualidad comunitaria, se encuentra en la comunidad y debe manifestarse, por lo mismo, en estructuras concretas comunitarias, otorgándole el debido espacio ante todo a la Palabra de Dios, a la liturgia y a la Eucaristía (cfr. Const. 27). Si consideramos el proceso de nuestra vocación, constatamos que la espiritualidad no la hemos aprendido en los libros, sino en los cohermanos, en su estilo de vida, en un determinado método de trabajo y de apostolado sostenido en el tiempo y que nosotros poco a poco hemos “asimilado”. Volviendo todavía más atrás en el tiempo, vemos cómo nuestra propia Congre-gación se ha caracterizado, desde su nacimiento, por unas determi-nadas opciones concretas y operativas (por ejemplo, la “encarna-ción”, la predilección de Cristo por los pobres, el fundar nuestras ca-sas entre los más abandonados). En todo caso, al abordar el tema de la espiritualidad debemos hacernos algunas preguntas: como la de si nuestro testimonio es real y, de alguna forma, perceptible; o la de si nuestras estructuras comunitarias y apostólicas están al servi-cio de este testimonio.
  3. Por todo esto, la opción que el Capítulo hizo a favor de la espiritua-lidad redentorista nos es de vital importancia, y esto, al menos por tres motivos fundamentales:
  • un motivo psicológico implica que en la espiritualidad está en juego nuestra propia identidad. Es en el carisma redentorista hemos apostado nuestra existencia; en esa “intuición en el Espíritu” hemos descubierto nuestro propio rostro. Las dificultades inherentes a nuestro tiempo, así como lo inadecuado de las estructuras, suponen cierta-mente un problema, pero superable si este objetivo encuen-tra en nuestro interior la importancia que debe;
  • una razón teológica nos recuerda lo que nuestro Fun-dador dice: “Dios quiere que todos sean santos, y cada uno en su estado, el religioso como religioso, el seglar como seglar, el sacerdote como sacerdote, el casado como ca-sado, el comerciante como comerciante, el soldado como soldado, y así refiriéndose a cualquier otro estado” (Práctica del amor a Jesucristo, cap. VIII). Si cada uno está llamado a ser santo en el propio estado, igualmente lo estamos noso-tros al “abrazar” el nuestro y buscando la voluntad de Dios como redentorista hoy;
  • un motivo apostólico nos dice que andar entre los pobres sin llevar a Dios con nosotros conlleva el peligro de aprovecharse de ellos. Desde la experiencia del amor de Dios fue como San Alfonso comprendió mejor las necesi-dades de los pobres. Rebajar el nivel de nuestra espirituali-dad y pretender al mismo tiempo ser creíbles a la mirada de los pobres, es algo ilusorio por nuestra parte y un engaño hacia los mismo Es nuestro mismo proyecto apo-stólico el que se expone al fracaso.

Algunas consecuencias para nuestra vida

  1. “Creemos que a la Congregación se le está ofreciendo una espe-cial gracia de conversión al Redentor”. Esta afirmación del Mensaje final del Capítulo (n. 5) corre el peligro de ser tomada como una de tantas recomendaciones que pasan inadvertidas en orden a la reno-vación de nuestra vida. En determinados ambientes nuestros se hace difícil encarar el tema de la conversión por temor a poner en peligro derechos adquiridos o un determinado estilo de vida que se ha llegado a ser “intocable”. Pero ese puesto central de la espirituali-dad en nuestra existencia no es para favorecer un sentimiento de culpa o a crear desánimo, sino para la apertura a la novedad de Dios. “Pues bien, he aquí que yo lo renuevo: ya está en marcha, ¿no lo reconocéis? (Is 43,19).
  2. Toda conversión es para el hoy. “Escuchad hoy su voz: «No endu-rezcáis el corazón»” (Sal 95,8). Una atenta mirada a nuestro tiempo nos hará comprender que dar largas a esta conversión puede ser nefasto para el futuro de la Congregación y para el propio significado de nuestra misión. Hoy entendemos mejor lo que significa “continuar al Redentor” entre los más abandonados, así como el hambre espiri-tual que tiene la humanidad, tantas veces disimulado o instrumenta-lizado. Hoy disponemos todavía de suficientes energías personales y morales para una determinación concreta y valiente.
  3. La elección de la espiritualidad supone reconocer la necesidad urgente de recuperar aquella actitud capaz de sostener un proyecto apostólico. Debemos fomentar una “mirada contemplativa de la vida” (Orientaciones sobre el tema de la espiritualidad, Introducción), de forma que descubramos la riqueza de nuestro mundo interior (cfr. Cons. 24). En sintonía con este mundo, podremos dialogar entonces con Dios como hijos y alentar en nosotros una memoria de los “pasos” que Dios ha dado en nuestra historia para hacernos suyos. Después, tendremos que redescubrirnos personal-mente como “re-dimidos” para ser, de modo convincente, “redentoristas”. Además, un estilo de vida perennemente “superficial”, incapaz de meditar, de centrarse en la palabra de Dios y del silencio, no es base sólida para sostener un proyecto de espiritualidad. El problema, en fin, se agu-diza cuando esta incapacidad llega a convertirse en “estilo de vida comunitario”. Es cierto, por otra parte, que se dan situaciones comu-nitarias en las que resulta difícil salvaguardar un clima de silencio y de oración; y en algunas ocasiones es justo que sea así. Sin embar-go, toda comunidad debería examinarse sobre este punto a fin de encontrar soluciones adecuadas que corrijan el evidente desequi-librio que, en ocasiones, se da entre la necesidad de espiritualidad y los momentos o medios que se ofrecen para satisfacer esta necesi-dad a nivel personal y comunitario.
  4. Si la conversión exige un compromiso ad intra, tampoco debemos olvidar que debemos proyectarnos igualmente ad extra, al doble compromiso con la Iglesia y con el reino de Dios, dentro del cual encuentra sentido nuestro carisma. Esto requiere articular las justas relaciones con las estructuras eclesiales locales, conocer mejor los otros carismas e inspirar cada vez más nuestro servicio en la gratui-dad. Esto pide, igualmente, un mayor empeño por conocer cómo vive hoy la Congregación su carisma y lo lleva a la práctica – fre-cuentemente con heroísmo y creatividad – en las diversas Regiones del mundo. Esto supone, finalmente, un serio esfuerzo formativo a fin de revalorizar nuestro servicio a la Iglesia y al mundo.
  5. La conversión ad extra nos invita sobre todo a acercarnos al tema de la espiritualidad teniendo como criterio nuestro servicio a la mi-sión. “Nuestra espiritualidad se configura también en el desafío del compromiso con las luchas y sufrimientos de los pobres, en los que Jesús se nos revela como el Siervo Sufriente” (Mensaje final, 6). Como los Capitulares, también nosotros debemos preguntarnos “en qué medida el compromiso con los pobres es una expresión de nue-stra espiritualidad y de qué modo nos ayuda a desarrollar una espi-ritualidad más auténtica” (Mensaje final, 8).
  6. Estas preguntas deben acompañar nuestro habitual modo de con-siderar la espiritualidad y nuestro estilo de oración personal y comu-nitaria. Una espiritualidad suele generalmente forjarse por medio de acontecimientos que nos impresionaron o que suscitaron en noso-tros determinadas preguntas profundas; noticias que nos conmo-cionaron, momentos de especial conflicto con nosotros mismos o con los demás, períodos de la vida particularmente conflictivos, etc. Pensamos que el redentorista debe poner en el centro de su oración personal y comunitaria el clamor de los pobres, sus preocupaciones, los problemas de la vida cotidiana, las situaciones de injusticia y de opresión. Esto le permitirá no sólo contribuir a la Copiosa Redem-ptio, sino también mantener limpia su mirada al servicio de un apostolado generoso y concreto.
  7. El desafío de la espiritualidad debe llevarnos al deseo de identifi-carnos con los pobres, ante los que muchos redentoristas, comen-zando por San Alfonso, tuvieron una auténtica conversión. Pero ¿esta conversión interior se refleja también en nuestro estilo de vida marcado por la simplicidad y la austeridad? ¿Nos prevenimos sufi-cientemente ante el peligro del consumismo? ¿Cómo podrán nue-stros sentidos estar atentos al clamor de los pobres si el ruido del mundo nos ha hecho sordos a ellos o nuestras costumbres son tan distintas de las suyas?
  8. Si esta espiritualidad “se modela por nuestra dedicación a los pobres”, debe igualmente, ir acompañada de una formación con-tinua. Todos debemos motivar teológica y apostólicamente nuestro servicio a los pobres en este período de nuestra historia en el que la caída de las grandes ideologías ha terminado finalmente por mar-ginar a los más abandonados. Debemos partir valientemente de preguntas como éstas: ¿hasta qué punto nuestra espiritualidad                                   es signo de contradicción para la sociedad en que vivimos? Nuestro estar en el mundo ¿nos hace mirar de modo acrítico y pasivo la lógica del mundo (Jn 17, 11.14)? ¿Nos acomodamos a la sociedad, o somos, más bien, un signo para ella? ¿Qué sentido tiene nuestra “profecía” al anunciar el Evangelio y el carisma redentorista? A los ojos de los jóvenes ¿nuestro carisma es claro y convincente como propuesta vocacional? ¿Qué actitud tenemos en el diálogo con las otras iglesias, religiones o culturas?
  9. Todas estas preguntas pueden parecernos, tal vez, exigentes hasta el punto de desanimarnos o de hacernos creer que el Gobier-no General mira el presente y el futuro de la Congregación con un cierto pesimismo. Queremos resaltar, más bien, la gran confianza que anima tanto nuestro servicio como nuestra idea acerca del papel que la historia nos pide que llevemos a cabo. La espiritualidad, por su parte, nos permite hacer más convincente este cometido y más incisivo nuestro servicio. Esta confianza se fundamenta también en lo atractivo de nuestra historia: en ella encontramos raíces suficiente-mente profundas como para que el Espíritu Santo produzca hoy nueva savia. Muchos testigos de nuestra tradición, los extraordi-narios y los más comunes, ponen de relieve todavía hoy una santidad gozosa, no exenta de problemas, pero humanamente alentadora. Su comunión entusiasta con el Cristo Redentor y la apertura para reco-nocerlo en los pobres, nos indican que el “desafío” continúa siendo plenamente actual porque a Cristo (Mt 28,20) y a los pobres (Mc 14,7) los tendremos siempre con nosotros. ¡Jamás nos faltará la “materia prima” para una dedicación generosa! La espiritualidad con la que siempre han afrontado los redentoristas esta dedicación con-tinúa siendo actual.
  10. Este “ajetreo” propio de nuestro tiempo han de afrontarlo en pri-mera línea los superiores, tanto locales como (Vice)Provinciales. Ante la variada gama de servicios que exige su oficio y, sobre todo, a falta de los que en otro tiempo fueron puntos comunes de referen-cia (Regla, horario, obediencia absoluta, etc.), pueden sentirse a veces poco preparados o desanimados. La espiritualidad, en cam-bio, les lleva hasta las raíces más profundas de su servicio (y que no son otras que las del amor y preocupación por las personas), les pide ser pastores antes que administradores. Sabemos que esto no es suficiente para el cumplimiento óptimo de su mandato, pero con-tribuye, sin duda, a proporcionarles sentido y perspectivas de espe-ranza.

Conclusión

  1. Pensamos que esta Communicanda debe mantener vivo un pro-ceso de discernimiento iniciado con el Capítulo General, incluso allí donde aún no se ha manifestado mediante ninguna acción concreta. Se trata de un proceso del que nadie – incluido el propio               Gobierno General – debe sentirse dispensado. El tema escogido por el Ca-pítulo General dará su fruto si encuentra eco a nivel local y viene actuado con buenas iniciativas. Y si a nivel (Vice)Provincial habrá que ocuparse del programa que oportunamente haya organizado el Gobierno (Vive)Provincial (por ejemplo, promoción de cursos de for-mación, encuentros de reflexión, asambleas o Capítulos provinciales, etc.), a nivel local, toda comunidad puede y debe prever momentos de reflexión y de decisión sobre la espiritualidad (revisión de vida, organización y sentido de la oración, etc.); momentos que será opor-tuno introducir en el “proyecto de vida comunitaria” que pidió el Ca-pítulo General (Postulado 3.1).
  2. En orden a la puesta en práctica de la elección hecha por el Ca-pítulo General, son de gran ayuda las Orientaciones sobre el tema de la espiritualidad, que se consideran orgánicamente unidas a esta Communicanda. Creemos que con estas Orientaciones, el Capítulo ha proporcionado a las diversas Unidades un material rico en posibi-lidades y en iniciativas concretas a nivel local. Cada (Vice)Provincia puede encontrar en ellas lo necesario para confeccionar un progra-ma que se adapte a su propia situación, y para cuya concreción será oportuno contar también con la ayuda de las Religiosas de la Orden del Santísimo Redentor y de los Misioneros y Cooperadores Laicos Redentoristas.
  3. El Gobierno General, por su parte, se propone desarrollar “un pro-grama de renovación para los cohermanos basado en las fuentes alfonsianas y redentoristas, si fuera posible en los lugares históricos alfonsianos” (Postulados aprobados por el XII Capítulo General, 4,1) y “proseguir con la idea de promover con mayor frecuencia cursos de espiritualidad de la manera que se juzgue más oportuna” (4,2). Re-cordamos, igualmente, que están previstas “en las Regiones y hacia la mitad del sexenio, reuniones de Superiores Mayores y de Supe-riores Regionales a fin de evaluar la respuesta de las unidades al XXII Capítulo General (Orientaciones sobre el tema de la espiritua-lidad, 10.1) y el encuentro – considerado ya como positivo en el pasado sexenio – de los neoelectos Superiores Mayores de las diversas (Vice)Provin-cias. Creemos, además, que esta Communi-canda puede y debe ser útil durante la visita del Gobierno General a las Provincias en vistas                                   a un diálogo sobre los temas tratados y su aplicación a las situaciones concretas. No obstante, consideramos indispensable la colaboración de las (Vice)Provincias en la realiza-ción concreta de estos programas y – cosa todavía más importante – nos urge ya desde ahora una respuesta de las diferentes (Vice)Pro-vincias a las siguientes preguntas: ¿Qué puntos de la Communican-da reflejan mejor los problemas a nivel local? ¿Qué decisiones con-cretas a adoptar se proponen en ella? ¿Qué ayuda se espera del Gobierno General?
  4. Queridos cohermanos, en este año 1998, que la Iglesia quiere que se dedique de modo particular a la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, confiamos a la acción fecunda y creadora del Espíritu San-to estas pautas de reflexión. Que él “nos haga gustar de su amistad, nos llene de su alegría y de su consuelo, nos ayude a superar los mo-mentos de dificultad y a levantarnos con confianza tras las caídas, haga que seamos espejo de la belleza divina. Que nos dé el arrojo para hacer frente a los retos de nuestro tiempo y la gracia de llevar a los hombres la benevolencia y la humanidad de nuestro Salvador Jesucristo” (cfr. Vita consecrata, 111).

A todos vosotros nuestros saludos más cordiales y fraternos, que os rogamos hacer extensivos a las cohermanas de la Orden del SS. Re-dentor, a las demás Religiosas de la familia Alfonsiana, a los Misi-oneros y Cooperadores Laicos Redentoristas.

En nombre del Consejo General

Joseph W. Tobin, C.Ss.R.

Superior General

(El texto original es el italiano.)

La REDEnción

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Communicanda II – 2003-2009


Communicanda 2

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La REDEnción

4 de junio de 2006
Solemnidad de Pentecostés

Introducción

Mis queridos Cohermanos:

¡Porque del Señor viene la misericordia y la redención copiosa! (Sl 130, 7)

  1. Es un considerable desafío compartir con ustedes las presentes reflexiones sobre el tema de la redención. Digo esto no simplemente porque se trate de un tema difícil y exigente. La empresa es sobrecogedora porque hablar o escribir sobre la redención es tocar el propio corazón de nuestra fe cristiana y, obviamente, el centro vivificante de la propia Congregación. Durante el pasado año, muchos cohermanos compartieron sus ideas sobre este tema y me ofrecieron una profusión de notas y sugerencias. Los miembros del Consejo General han trabajado también muy intensamente, y durante largo tiempo, para elaborar sus aportaciones personales al tiempo que me pidieron que escribiera la versión final. A todos, mi gratitud: a ustedes pertenece el mérito de la profundidad y de la sabiduría teológica de este documento. Pero, al final, soy yo quien asume la responsabilidad de reunir todo el conjunto partiendo de la perspectiva pastoral de mi oficio. Esto quiere decir también que soy yo quien asume la responsabilidad de cualquier menoscabo en las aportaciones originales así como en las demás deficiencias que puedan encontrarse.

La urgencia experimentada en el XXIII Capítulo General

  1. El encargo de esta Communicanda lo hizo el XXIII Capítulo General en octubre de 2003. En aquella ocasión me impresionó el sentido de urgencia expresado por los Capitulares al considerar los desafíos que deben afrontan los Redentoristas para vivir nuestro carisma en todo el mundo. Subrayaron la necesidad de reflexionar sobre las dimensiones esenciales de nuestra vocación misionera a fin de responder fielmente a dichos desafíos. Como ustedes recuerdan, instaron a la Congregación a dedicar una atención especial a la calidad de nuestra consagración apostólica al Redentor. La fe en Jesús, nuestro Redentor, es la frase decisiva que se convierte en principal razón para nuestra elección [del tema del sexenio]. La convicción fundamental que movió a los Capitulares entonces fue vigorosamente respaldada: Sabemos por experiencia que si mantenemos los ojos fijos en Jesús, ninguna tormenta que nos rodee nos hundirá. [1] El tema del sexenio, Dar la vida por la abundante redención, adquiere desde esta perspectiva un profundo significado ya que la situación del mundo está requiriendo de nosotros la mayor dedicación y convicción. La calidad de nuestra consagración apostólica al Redentor determina la forma en que debemos vivir el carisma que se nos ha confiado.
  2. Los miembros del Capítulo vieron que era urgente una profundización de nuestra comprensión sobre la redención a fin de reforzar el fundamento de nuestro compromiso religioso y el carácter dinámico de nuestra respuesta misionera a los desafíos del mundo. Pienso que los Capitulares percibieron que los Redentoristas pueden no haberse dado cuenta de cuánto ha cambiado nuestra comprensión de la redención. Puede ser que también estemos tan ocupados que no tengamos tiempo para profundizar – o siquiera para pensar – sobre la relación de Dios con el mundo. Sin esta reflexión, el Evangelio que predicamos corre el riesgo de no ser “noticia”, y menos aún ¡“buena”! Debido a esto, los Capitulares pidieron que se escribiera una Communicanda sobre la redención. Esta tarea se hacía urgente dado que las nuevas antropologías y comprensiones del mundo y de la fe exigen una clarificación del concepto y su contenido. Esta Communicanda ofrecería a los Redentoristas los elementos necesarios para discernir su significado y revitalizar la vida apostólica. [2]
  3. La revitalización de nuestra vida apostólica como una de las metas de la reflexión es un elemento clave para la decisión del Capítulo. Los Capitulares se refieren a la comprensión fundamental de la vida redentorista como vita apostolica, expresión técnica que tiene un significado preciso en nuestras Constituciones: nuestra vida comprende a la vez la vida de especial consagración a Dios y la actividad misionera de los Redentoristas (Const. 1). Lejos de ser una especie de dualismo, el carisma de nuestra Congregación nos llama a una unidad fundamental entre lo que somos y lo que hacemos. La espiritualidad, la vida comunitaria y el trabajo pastoral no son componentes separados de nuestra vocación. El estudio y la reflexión teológica también son parte integrante de este conjunto dinámico. Todas estas dimensiones de nuestra vida se entrelazan de forma armoniosa y conjuntamente representan nuestra misión específica en la Iglesia. Toda reflexión sobre la redención forma parte de este proceso. Debe fortalecer y dar sentido a toda nuestra vida.
  4. Es claro que un tratado sistemático de la redención va más allá de la naturaleza y el propósito de cualquier Communicanda. Por tanto, este documento no pretende ser una exposición exhaustiva, ni siquiera tratar todas las cuestiones más importantes del tema. Una reflexión sobre un tema tan fundamental como la redención debe ser un proceso continuo, compartido por toda la Congregación y los otros miembros de la familia redentorista. Se trata de una tarea que debemos asumir como parte de nuestra vida personal y comunitaria. Más aún, a mi modo de ver, cada Unidad y cada Región están llamadas a contemplar la noción de redención a partir de su contexto histórico y de sus peculiares expresiones culturales.

Los Capítulos Generales anteriores nos ayudaron a conectar entre sí los temas sobre la identidad, la espiritualidad y la misión. Sería muy provechoso retomar dichas propuestas. También podría ser beneficioso echar una ojeada a las anteriores Communicanda que trataron los temas de nuestra espiritualidad, del testimonio de nuestra vida comunitaria, de la solidaridad y del apostolado. Estos documentos nos suministran un telón de fondo y el contexto propio para esta reflexión sobre el tema de la redención. [3]

El papel esencial de la metáfora

  1. Antes de comenzar la reflexión, consideremos el tipo de lenguaje que se usa para hablar sobre la redención. En la Palabra de Dios y en toda la historia de la Iglesia se usan metáforas para referirse a la redención. Este hecho tiene importantes implicaciones. Una metáfora es una figura retórica por la cual una palabra o frase, que literalmente se refiere a un determinado tipo de objeto o idea, se usa para designar otra cosa distinta o bien para sugerir una semejanza o analogía. Las metáforas son esencialmente símbolos. Por eso, graves confusiones pueden ocurrir cuando se las interpretan literalmente o de forma aislada. Una metáfora no puede ser tomada como expresión que agote el sentido de una determinada verdad. Además, en el lenguaje cotidiano o en la reflexión, las metáforas pueden expresar diversas dimensiones de una realidad y una verdad teológica. Sin embargo, la metáfora en sí no puede abarcar la totalidad de dicha realidad o verdad. El hecho de que se usen numerosas metáforas para hablar de la redención ilustra cómo ninguna de ellas, de forma aislada, es totalmente adecuada.
  2. Más aún, no podemos perder de vista el hecho de que el modo como la Biblia habla de redención está condicionado por diferentes contextos culturales, sociológicos y religiosos. Las diversas expresiones usadas no deben considerarse en pugna o en oposición mutua, sino como esfuerzos diversos para hacer comprensible la verdad de la fe. Por ejemplo, encontramos en S. Pablo el uso de las categorías hebreas de culpabilidad y expiación. Lucas y las Cartas Pastorales, por su parte, se remiten al pensamiento helenístico. El propósito original de los textos bíblicos fue el de proclamar el misterio de Jesucristo y el misterio de la redención de modo que fuesen entendidos por comunidades concretas. Un enfoque respetuoso de la Palabra de Dios revelada debe animarnos a no escatimar esfuerzo alguno para hacer comprensible el mensaje de la redención en los numerosos contextos culturales e históricos en los que la Congregación evangeliza hoy.
  3. Algunos modos de hablar de la redención, fuertemente influenciados por una piedad inadecuada aunque entusiasta, pueden desorientarnos e incluso impedirnos dar una respuesta eficaz a los problemas de nuestros días. Nuestra propia práctica pastoral y nuestra predicación nos hacen tomar conciencia de la insuficiencia de algunas interpretaciones y enfoques. Probablemente dedicamos una buena parte de nuestro servicio misionero a corregir ciertas perspectivas teológicas que han desorientado o incluso esclavizado al Pueblo de Dios.
  4. Esta Communicanda no pretende ser un comentario teológico que explique todos los temas. Al iniciar de nuestro diálogo, recordemos que la historia de la teología y la de la evangelización se caracterizan por la búsqueda de un lenguaje que nos ayude a hablar de la redención. Dicha búsqueda ha llevado a los misioneros a reflexionar constantemente sobre el misterio de la redención mientras buscaban metáforas que pudieran servir a la proclamación de la Buena Nueva. Sería muy bueno que en la Congregación se organizaran espacios de discusión y diálogo donde los miembros de la Familia Redentorista puedan compartir una reflexión continua. Se propicia así el mutuo enriquecimiento a partir de las perspectivas de nuestras diversas regiones.

I. Beber de nuestro propio pozo

  1. Los Redentoristas tenemos una manera instintiva y pastoral de entender y anunciar la redención, a pesar de las diferencias teológicas y culturales entre nosotros. Esta manera de entender la redención nos viene de San Alfonso y puede ser encontrada en nuestra tradición espiritual y pastoral. No escatimamos esfuerzo alguno para ayudar a la gente a comprender que la redención es siempre iniciativa de Dios, quien nos ama de un modo prácticamente inconcebible por la imaginación humana y, a cambio, desea nuestro amor. En nuestro ministerio, la redención se proclama como liberación del pecado y como llamada de Dios a vivir en una relación de amor con él. Generalmente, somos conocidos por nuestra cercanía al pueblo, especialmente a los pobres más abandonados. La misericordia generosa, el perdón y la reconciliación son notas características de nuestro ministerio. Jesús invitaba a las gentes a cambiar sus corazones y sus mentes, así también nuestra predicación tradicionalmente incluye una insistente llamada a la conversión. El apostolado del confesionario es apreciado por nosotros porque la celebración de este sacramento ofrece a la gente una experiencia tangible de la redención. La mayoría de los Redentoristas establece una conexión fundamental entre la redención y las exigencias de la justicia social, del reconocimiento de los derechos humanos y del respeto por la integridad de la creación.
  2. En general, los Redentoristas entendemos la redención de acuerdo con la proclamación de la Buena Nueva de Jesús. Esta proclamación ofrece la salvación a todos, con una opción preferencial por los pobres. Entre los pronunciamientos del Magisterio sobre la redención, posiblemente sea el Papa Pablo VI, quien en su exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi, resuma el contenido de la predicación de Jesús de un modo que habla al corazón de los Redentoristas precisamente por su perspectiva pastoral, y en particular por su énfasis en la necesidad de la conversión:

Como núcleo y centro de su Buena Nueva, Jesús anuncia la salvación, ese gran don de Dios que es liberación de todo lo que oprime al hombre, pero que es sobre todo liberación del pecado y del maligno, dentro de la alegría de conocer a Dios y de ser conocido por El, de verlo, de entregarse a El. Todo esto tiene su arranque durante la vida de Cristo, y se logra de manea definitiva por su muerte y resurrección; pero debe ser continuado pacientemente a través de la historia hasta ser plenamente realizado el día de la venida final del mismo Cristo, cosa que nadie sabe cuándo tendrá lugar, a excepción del Padre.

Este reino y esta salvación – palabras clave en la evangelización de Jesucristo – pueden ser recibidos por todo hombre, como gracia y misericordia; pero a la vez cada uno debe conquistarlos con la fuerza, “el reino de los cielos está en tensión y los esforzados lo arrebatan”, dice el Señor (24), con la fatiga y el sufrimiento, con una vida conforme al Evangelio, con la renuncia y la cruz, con el espíritu de las bienaventuranzas. Pero, ante todo, cada uno los consigue mediante un total cambio interior, que el Evangelio designa con el nombre de metanoia, una conversión radical, una transformación profunda de la mente y del corazón. [4]

  1. Una manera redentorista de entender la redención es la que comienza con San Alfonso. No tan diferente a nuestra propia época, la sociedad en la que Dios llamó a Alfonso de Liguori a proclamar la abundante redención presentaba enormes desafíos. Él vivió un cambio trascendental de época, en el punto crítico de la transición de la sociedad medieval al nuevo y audaz mundo de la Ilustración. Alfonso tomó conciencia de los pobres más abandonados que, demasiado frecuentemente, eran olvidados en las prioridades políticas, económicas y culturales de su tiempo. Era consciente, a la vez, de su propia necesidad de conversión si quería responder fielmente a la llamada de Dios.

Muchos de sus contemporáneos se encontraban alejados de Dios debido a las ideas equivocadas que se les proponían sobre Dios y a un legalismo opresor en la espiritualidad y en la moral. Alfonso combatió estas distorsiones del Evangelio con una robusta práctica pastoral imbuida de un espíritu clarividente de la oración y de la contemplación. Su predicación sobre la redención tocó los corazones de las gentes que habían llegado al punto de imaginar a Dios, en el mejor de los casos, como muy lejano e indiferente; y en el peor de los casos, como un tirano cruel.

  1. Para Alfonso, la totalidad de la vida cristiana se centra en Jesús y en su obra redentora. Si queremos entender la intuición espiritual de nuestro Fundador, pienso que el enfoque crítico no es el de una redención como categoría abstracta, sino más bien la persona del Redentor. Para Alfonso, es indispensable un enfoque cristológico ya que es el Redentor quien revela la redención. El Redentor representa la verdadera esencia de Dios en toda su plenitud. ¿Quién es Dios? ¿Qué piensa Dios sobre los seres humanos? Alfonso une su voz a la de Jesús en el Evangelio de Juan: “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn. 3, 16-17).

El Redentor es el propio amor que desea tocar y transformar todo ser humano de manera que todos puedan encontrar plenitud y felicidad verdaderas. Jesús vino para que todos “tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn. 10, 10). Sin embargo, no escatimando nada para amar y ser amado, el Redentor se “despoja de sí mismo”, primero en la Encarnación y después en la muerte, incluso “una muerte de cruz”. La opción del Redentor por el camino de la kenosis absoluta está destinada a destruir todas las ideas falsas sobre Dios, al mismo tiempo que destruye el muro del orgullo y la suspicacia humana sobre Dios y sobre su plan sobre nosotros.

El misterio de la redención no consiste en que nosotros nos hagamos dignos de Dios, sino más bien en que, en Cristo Jesús, Dios nos hace dignos de sí (Cl. 1, 12-14; Ef. 1, 3-14). Esta comprensión del deseo de Dios de transformar a los seres humanos a través del amor es un elemento importante de la visión de Alfonso. La redención se convierte así en entrega libre del hombre en un acto de admiración y gratitud hacia el amor que Dios nos ha dado en Cristo Jesús por medio del Espíritu.

  1. Una comprensión del Redentor como expresión de la compasión de Dios que se manifiesta en la kenosis influye en Alfonso a la hora de la promoción de las devociones tradicionales de su tiempo. Pesebre, Cruz, Eucaristía y María son expresiones de la profundidad del misterio del Redentor. La Encarnación demuestra el compromiso compasivo de Dios para con la humanidad a través del amor que se da libre e incondicionalmente. En la Cruz contemplamos un amor sin límites al darse a sí mismo o bien en su capacidad de perdonar. En la Eucaristía, la humanidad recibe el supremo don del amor: el Señor resucitado que decide permanecer para siempre entre sus amados como fuente de gracia transformadora y como fuerza para la comunión. María es amada por Alfonso en cuanto cauce a través del cual fluye el río de la gracia que da el Padre en el Redentor.
  2. Para que apreciemos su forma de entender la redención, la perspectiva a partir de la cual debemos leer a San Alfonso es la de los “abandonados”, la de aquellos que están obligados a vivir al margen de la sociedad o incluso de la Iglesia. Este es el punto de vista que da matiz a las estrategias pastorales de Alfonso y condiciona también indeleblemente su reflexión teológica. Su visión en orden a la Congregación es tan grande como ningún otro podía tenerla, ya que su punto de referencia es la entera misión de Jesús. ¿Por qué Dios se hizo hombre en Jesucristo? En la respuesta a esta pregunta encuentra Alfonso también la raison d’ être (la razón de ser) de su Instituto. Descubre en el cuarto capítulo del Evangelio de Lucas una cierta definición de la misión de Jesús, un resumen del sentido y del significado de toda su vida. La perspectiva teológica de Alfonso es aquí profundamente pastoral y misionera:

El que es llamado a la Congregación del Santísimo Redentor no será jamás un verdadero seguidor de Jesucristo y ni tampoco llegará jamás a ser santo si no tiende al objetivo de su vocación y no tiene el espíritu del instituto, que consiste en salvar almas, las almas más destituidas de ayuda espiritual como son los pobres campesinos. Fue ésta era la verdadera razón de la venida del Redentor, que dijo de sí: El Espíritu del Señor…. me ha ungido para anunciar la Buena Nueva a los pobres. [5]

Alfonso establece una clara conexión entre la persona de Jesús y la Congregación: ella está en razón de la venida del Redentor.

La misión de los Redentoristas es llevar a las gentes al punto crucial de la vida cristiana: el amor de Dios que es poderosamente revelado en Jesucristo. En el centro de la vida y del ministerio de la Congregación está el propio misterio de la redención. Nosotros, Redentoristas, hemos nacido en el corazón de un ardiente discípulo de Jesús, que estaba inflamado de celo por la redención de todos, con especial preferencia hacia los pobres abandonados.

  1. A través de Jesús, el amor redentor del Padre alcanza a cada persona individualmente. En la perspectiva de Alfonso, el amor de Dios no es anunciado de modo abstracto, sino por medio de historias que ilustran el amor personal de Dios a cada uno y espera también de cada uno una respuesta de conversión. La transformación del mundo se realiza por un cambio personal del corazón y por la obediencia al plan de Dios tal como fue revelado en Jesús. Como seres humanos, también nosotros tenemos una necesidad básica de pertenencia, de ser parte de un proyecto más amplio que nos lleve más allá de nuestros pequeños mundos personales. El amor redentor de Dios provoca un cambio en nuestras relaciones, uniéndonos como comunidades en la Iglesia (Const. 12), que nos confía la misión de comunicar a los demás el amor que experimentamos en el Redentor.
  2. Alfonso percibió como suya la vocación de proseguir la obra de Jesús Redentor predicando la Buena Nueva a los pobres más abandonados. Su misión fue vivir en permanente solidaridad con ellos. Su propia experiencia personal de Dios estuvo íntimamente ligada a dicha idea. Escribió a las comunidades de Scifelli y Frosinone en 1774:

Atiendan a las almas, de modo más especial a los pobres, a los campesinos y a los más abandonados. Recuerden que Dios evangelizare pauperibus misit nos (que Dios nos envió a evangelizar a los pobres) en estos nuestros días. Graben esto firmemente en sus corazones y busquen solamente a Dios entre los pobres abandonados, si es que quieren agradar a Jesucristo. [6]

  1. Alfonso no se empeñó en llevar a los abandonados a la Iglesia, sino que, más bien, trató de llevar la Iglesia a esas gentes que ella había abandonado. S. Alfonso enfatizaba repetidamente que su Instituto había optado concientemente por fundar sus casas entre los pobres. Supongo que dicha opción no fue simplemente para posibilitar a los pobres aprovecharse de nuestros servicios. Alfonso sabía que el estar entre los pobres haría cambiar a sus compañeros justamente como los cabreros y los pastores lo cambiaron a él para siempre.

II.Lidiando con el misterio
    en el mundo de hoy

  1. En la primera parte de esta carta traté de subrayar algunos elementos que considero importantes para un enfoque redentorista de la redención. Dichos elementos pueden enraizarnos sólidamente en una tradición que continúa alimentando nuestra vocación misionera. Pero dichas raíces deben arraigar hoy en un nuevo suelo. Podría decirse que nos encontramos al final del momento histórico que comenzó a asumir una forma concreta justamente durante el tiempo en que vivió Alfonso. El final de una época y el principio de otra representa la aparición de problemas nuevos, de nuevas preocupaciones, de nuevas cuestiones y de nuevas oportunidades.
  2. Para que nuestra reflexión no termine en un mero ejercicio teórico, es fundamental considerar el mundo en que vivimos y trabajamos. Solamente si estamos dispuestos a mantener esa actitud atenta hacia la realidad seremos capaces de discernir los angustiosos interrogantes de la gente y descubrir cómo Dios se está revelando realmente en ellos y dando a conocer su plan (cf. Const. 19). Esa misma Constitución, inspirándose en la audaz doctrina del Concilio Vaticano Segundo, declara cómo incumbe a los Redentoristas revelar la “obra de la redención en su totalidad” [7] . Para gran parte del mundo, la redención es una categoría sin sentido. La multiforme crisis del cristianismo puede – y probablemente debe – reducirse a un denominador común de naturaleza soteriológica, es decir, a la pérdida de su relevancia salvífica. El cristianismo ve debilitado su potencial para ser signo de la salvación. Y la Iglesia deja de ser Iglesia si no puede comunicar la salvación. Se podría invertir el axioma de S. Cipriano: extra salutem nullus Christianismus (fuera de la salvación no hay cristianismo). [8]
  3. Así que dicha reflexión es una tarea fundamental – pero nunca fácil – porque nuestro mundo está constantemente cambiando. Hoy en día existe una percepción de que el cambio cultural es acelerado y profundo, llevando a algunos a observar que vivimos en un cambio de época, no simplemente en una época de cambios. Las categorías de pensamiento y de interpretación constatadas por el tiempo son limitadas en su capacidad de ayudarnos a comprender lo que está sucediendo. Las gentes se preguntan si de hecho existen puntos fijos de referencia o valores absolutos. Aunque el capitalismo mantiene un gran poder de atracción, el hecho es que parece que se van extendiendo la decepción ante las actuales instituciones, el colapso de las ideologías y la falta de esperanza en un futuro mejor prometido por la modernidad. Crece la capacidad destructiva de la humanidad llevando a muchos a preguntarse “¿Qué sentido tiene todo esto? ¿Quién nos salvará de nosotros mismos?”

La búsqueda de sentido y el ansia de espiritualidad

  1. En algunas partes del mundo moderno, aunque la gente niegue su pertenencia a cualquier denominación, utiliza, sin embargo, el lenguaje religioso para expresar una búsqueda de sentido en la vida. Un sociólogo contemporáneo describe la situación de Europa Occidental como un “creer sin pertenecer.” [9] Se puede percibir un ansia por algo más en la vida, una búsqueda de sabiduría, un interés por las nuevas formas de espiritualidad, una pasión por la justicia, un aprecio de la belleza y del valor esencial de las relaciones interpersonales. Los cohermanos que estudian las tendencias contemporáneas en la literatura, el cine, el arte y la música, vislumbran en dichas expresiones culturales una búsqueda persistente de una experiencia de algo parecido a la redención. Diferentes expresiones de religiosidad popular manifiestan un ansia y una búsqueda semejantes.
  2. El hambre de redención se percibe también en clamores reprimidos y anhelos sofocados. Podemos oírlos en el desamparo y en la frustración de los marginados, de los excluidos y de los así llamados “nuevos pobres”. Una percepción muy extendida de la fragmentación de la vida moderna, en la que sus distintos aspectos parecen estar desconectados entre sí, provoca también un efectivo malestar y una tímida esperanza de alivio. Las personas angustiadas, solitarias, y sufrientes de todo tipo tienen la vaga sensación de que “falta algo”; de que debe haber un modo mejor de vivir.
  3. El anhelo de “algo más” puede anestesiarse o incluso sofocarse. Algunos consiguen vivir con un cómodo sentido de autosuficiencia, sin sentir ninguna necesidad apremiante de cambio alguno. Es de preguntarse por cuánto tiempo puede una existencia estéril, aislada y manifiestamente centrada en sí mismo satisfacer el corazón humano hambriento.
  4. Aunque sea verdad que mucha gente puede sentir hambre de un cierto tipo de redención, esto no lo lleva necesariamente a la búsqueda de un Redentor. A menudo, la respuesta es procurarse un tipo de auto-redención como se comprueba por la variedad de programas de autoayuda que no están vinculados a un Redentor. Se busca alivio a las ansiedades de la vida moderna también mediante el recurso al folclore, a lo mágico o a la superstición.

La realidad del pecado y del mal

  1. La experiencia del mal es muy fuerte en la historia humana. Nuestros cohermanos en la India, en Sri Lanka, en Tailandia, en Nueva Orleáns y, más recientemente, en Indonesia, pueden atestiguar la dramática destrucción como resultado de un mal impersonal desencadenado por las fuerzas de la naturaleza y ante el cual la humanidad se doblega impotente. Por otro lado, todos conocemos demasiado bien la maldad del pecado personal que amenaza con separarnos de Dios y de los demás y que, por tanto, tiene serias repercusiones en nuestras comunidades y en la sociedad. Además de las opciones equivocadas de los individuos, también reconocemos la crueldad que causan las estructuras sociales que generan injusticias y muerte, incluso cuando están gobernadas por gentes bien intencionadas. El lujo de algunas naciones exige de forma muy real la pobreza de otras. La guerra se hace con nuevas motivaciones: o como instrumento del terrorismo o como ataque preventivo en nombre de la paz.
  2. Las consecuencias de la globalización a todos sus niveles (económico, social, político, cultural y tecnológico) son ambiguas. Por un lado, está la promesa de un nuevo mundo con incontables oportunidades. Sin embargo, el precio es una creciente desigualdad entre las naciones y la creación de nuevas categorías de pobreza. Tanto individuos, como comunidades y hasta naciones enteras se encuentran impotentes ante las estructuras globales de injusticia. Recuerdo lo que me decía un obispo redentorista: que su país, abandonado a sí mismo, tenía poca esperanza. Con sus recursos naturales agotados por el colonialismo y por la mala gestión, el país no puede producir nada para el nuevo mercado globalizado. Su supervivencia depende principalmente de una más intensa solidaridad entre las naciones.
  3. Durante su reciente visita al campo de exterminio de Auschwitz–Birkenau, el Papa Benedicto XVI se propuso hablar con coherencia sobre al mal perpetrado en ese lugar; y el propio Santo Padre se cuestionó sobre el “silencio de Dios.” [10] Una reflexión profunda sobre el problema del mal y del pecado supera indudablemente los propósitos de esta Communicanda. Lo que pretendo decir es que el misterio del mal debe ser abordado en nuestra reflexión y también en nuestra predicación si queremos ser fieles a la revelación y creíbles a la gente. Un análisis lúcido de nosotros mismos y de nuestro mundo, cuando va unido a una profundización llena de gratitud y de fe en la revelación de Dios en Jesús nos lleva a maravillarnos con San Pablo: “Donde abundó el pecado, ¡sobreabundó la gracia!” (Rm. 5, 20). Tal vez la proclamación más primigenia del Evangelio es anunciar con convicción que Dios está vivo, incluso en un tiempo como el nuestro.

Signos y testigos del reino

  1. Este mundo, dividido, fragmentado y herido, en el que millones de personas deben soportar sufrimientos horribles, es todavía el mundo que Dios ama, el mundo al cual y para el cual envió a su Hijo. Dos milenios después de la muerte y resurrección de Jesús, podemos preguntarnos si su misión supuso una verdadera diferencia. Enfrentados al misterio del pecado y del mal, pero conscientes de la iniciativa de Dios, estamos llamados a la contemplación, en un esfuerzo que trata de ver como Dios ve para poder actuar como Dios actúa.
  2. El Instrumentum Laboris del XXIII Capítulo General presenta una lista de desafíos, llamándolos “signos de la presencia del Reino” y “signos de la ausencia del Reino”. El documento destaca específicamente los desafíos que la secularización, la post-modernidad y la globalización plantean a la evangelización. Dicho documento resume bien la situación que enfrenta la Congregación en todo el mundo y la necesidad de que descubramos los medios más eficaces para convertirnos en testigos de la abundante redención. [11]
  3. Una mirada contemplativa sobre nuestro mundo nos lleva a entrever las fuerzas que luchan contra el Reino de Dios, tales como una cultura de la muerte que privilegia el poder, el placer y el poseer, llegando incluso a la deshumanización, a la esclavitud y al desplazamiento general de sociedades enteras. La proclamación de la redención abundante es una llamada a ver este mundo herido y golpeado, desde una perspectiva contemplativa que nos permita descubrir los caminos del Espíritu. Aprendemos a reconocer la presencia de signos de redención que nos permiten proseguir con esperanza y determinación. Al atrevernos a cuestionar si la misión de Jesús marca una diferencia para nuestro mundo, necesitamos también, entonces, tener el valor de asumir una actitud contemplativa y dejar que el Espíritu prometido por Jesús nos guíe a la verdad plena (Jn. 16, 13).

III. “Cooperadores, socios, y servidores
        de Jesucristo en la gran obra…”

  1. Permítanme intentar resumir la reflexión hecha hasta aquí. Nuestro análisis comenzó con la afirmación de que los Redentoristas tienen un modo particular de entender la acción salvífica de Dios en Jesucristo. Esta visión se basa en la experiencia de Dios que animó la práctica pastoral de Alfonso de Liguori. No ha sido nuestra intención hablar de los modos tradicionales con que la teología dogmática ha presentado el tema de la redención. No es que ese debate no tenga importancia, pero el Capítulo General esperaba que la presente Communicanda sirviese de instrumento de discernimiento y contribuyera a revitalizar la vida apostólica de la Congregación [12] . A este fin, intenté anclar la reflexión en la experiencia de nuestro Fundador, que dio energía y urgencia a su predicación, a sus escritos e incluso a la decisión de fundar la Congregación. Alfonso entendió al Redentor como la revelación de la ilimitada compasión de Dios hacia la humanidad. Este amor compasivo lleva a Dios a la kenosis, a despojarse de sí mismo, que Dios hace para la vida del mundo con especial preferencia por los pobres. La lógica de Alfonso es la misma lógica de la carta a los Filipenses: Dios no escatimó esfuerzo alguno para ganar nuestros corazones (Fil. 2, 5-11).

Llevamos la intuición espiritual de Alfonso a nuestra misión de proclamar la abundante redención al mundo de hoy. Esta misión exige de nosotros una mirada contemplativa cuando tratamos de entrever las fuerzas que combaten contra el Reino de Dios e intentamos discernir los signos de la redención que nos permiten continuar nuestra misión con esperanza y determinación, que incluyen la lucha contra todo aquello que pueda esclavizar a hombres y mujeres.

Como Alfonso, también nosotros estamos llamados a la conversión que nos permita participar del dinamismo de la compasión y de la kenosis de Dios. “Dar nuestra vida por la abundante redención” significa entrar de modo íntimo y permanente en la misión de Jesucristo, que es la “gran obra de la redención” a fin de predicar a los pobres la Palabra de la salvación (cf. Const. 2). En esta parte final de la Communicanda, me agradaría indicar algunas consecuencias para la Congregación hoy.

Centralidad de Jesucristo:
en él hay abundante redención

  1. Para dar testimonio de la abundante redención según la inspiración carismática de Alfonso de Liguori, nuestra única opción es fortalecer nuestra relación con el Redentor. Nuestro fundador unió radicalmente nuestra propia raison d’ être a la misión de Jesucristo. Así, la misión de Jesús se convierte en el criterio según el cual juzgamos nuestra propia misión. Debemos estar convencidos de que creer en Jesucristo es tener la misma esperanza de Jesucristo; que seguir a Jesucristo es continuar y prolongar en la historia su misión, y amar como él amó hasta el punto de dar nuestras vidas; que seguirlo es dejarnos cautivar por él y por su causa. [13] Alfonso nos invita a redescubrir al Dios de Jesucristo, un Dios que está apasionadamente enamorado de la humanidad; un Dios que escucha el grito de los pobres y no permanece indiferente a la injusticia. Dios se reveló a sí mismo como Buena Nueva para los empobrecidos, llegando a colmar con la plenitud total de Dios a los seres humanos (Ef. 3, 19) en el auto-despojo solidario de Cristo (Fil 2, 5-11).
  2. Por tanto, la proclamación de la abundante redención en la tradición redentorista no consiste principalmente en la presentación de fórmulas de fe o códigos de moral. Es una invitación a una relación personal con un Dios apasionado, un Dios de amor que, a cambio, necesita ser amado. Para Alfonso, es mucho lo que está en juego. En una de sus oraciones se lamenta de que el mundo esté “lleno de predicadores que se predican a sí mismos [y no a Jesucristo] mientras que el infierno está lleno de almas.” [14] Todavía, con una insistencia que cuestiona nuestra antigua reputación como predicadores del “fuego y azufre”, Alfonso sostiene que las conversiones conseguidas por el miedo al castigo divino no son duraderas. Por tanto, durante las misiones, la tarea principal de todos y cada uno de los misioneros es encender en sus oyentes el fuego del amor divino [15] . Aunque ya no usemos el lenguaje del azufre para captar la atención de nuestros oyentes, podríamos preguntarnos, sin embargo, si nuestra predicación no se ha convertido en insípida o superficial en sus contenidos. ¿Usamos toda la creatividad y pasión a nuestro alcance a fin de predicar a Jesucristo Redentor con un lenguaje que la gente, especialmente los pobres abandonados, sean capaces de entender hoy?
  3. La misión de la Congregación no es algo que nosotros nos inventamos. Tampoco tiene una explicación y justificación interna, sociológica, psicológica o antropológica. Sus orígenes se encuentran fuera de la misma. Dios es el propio origen y fuente de la misión y de su fuerza. Éste es su misterio más íntimo, del que la Congregación bebe su vida, fuerza y visión. Cuando la misión empieza a justificar su raison d’ être de modo diferente; es decir: socio-política o culturalmente, pierde su autenticidad. Si nuestra misión pierde su centralidad en Jesucristo, su luz se extinguirá y ella misma se convertirá en insípida; será como la sal que ya no sirve sino para que la tiren fuera.
  4. Creo que centrar la misión de la Congregación en el misterio de Jesucristo tiene importantes consecuencias para nosotros. Esta identificación debe suscitar una efectiva admiración por nuestra vocación “como cooperadores, socios y servidores de Jesucristo en la gran obra de la redención” (Const. 2), porque participamos de un impulso que encuentra su origen en el misterio de la Santísima Trinidad. La planificación pastoral, que debe prestar atención a las metas, a los objetivos, a los planes de acción y a la evaluación, debe ser también fruto de la oración contemplativa, de la meditación y de la lectio divina, pues ahí estamos tratando con lo sagrado y no simplemente utilizando principios de dirección o administración.
  5. Cuando a través de la entrega de nuestras vidas tratamos de hacer más evidente el ímpetu divino hacia toda la humanidad, no podemos cesar jamás de buscar y de hacer preguntas. No hay espacio para la autosatisfacción o para la autocomplacencia burguesa, en nuestra vocación. ¿Recuerdan la historia que cuenta Alfonso sobre cierto ermitaño que un día conoció a un príncipe en el bosque? El príncipe le preguntó qué estaba haciendo allí. El ermitaño respondió con otra pregunta “Señor ¿y qué hace usted en este lugar solitario?” Cuando el príncipe contestó que estaba cazando animales salvajes, el ermitaño replicó “Y yo estoy cazando a Dios”, y prosiguió su camino. [16] Si es verdad que muchos de nuestros contemporáneos están buscando lo divino o, por lo menos, algún sentido último a sus vidas ¡imagínense el vigoroso testimonio de nuestro trabajo pastoral y de nuestra vida comunitaria donde los hombres están cazando a Dios!

La conversión para la compasión
que se manifiesta en la kenosis

  1. Mons. Pedro Casaldáliga nos invita a pensar también con nuestros pies. Quiero decir: al final, nuestra reflexión debe traducirse en una acción que sea coherente con nuestros valores más profundos. Si queremos entender cómo comprende Alfonso al Redentor y a su obra salvífica, debemos incluir siempre a los pobres, especialmente los pobres abandonados. Como hemos visto, nuestro Fundador asocia su Congregación a la misión de Jesús, que viene a anunciar la Buena Nueva a los pobres. La Constitución 5 refleja esta relación notando que “la evangelización propiamente dicha y la opción por los pobres constituyen para la Congregación su misma razón de ser en la Iglesia y la contraseña de su fidelidad a la vocación recibida”.
  2. Alfonso no tuvo simplemente una intuición teórica de la relación especial entre el Redentor y los abandonados. Su primer biógrafo expresa en términos dramáticos cómo nuestro Fundador “pensó con sus pies” – ¡incluso cuando de hecho montaba en un jumento! En una descripción conmovedora de su éxodo de Nápoles en 1732, él describe a Alfonso haciendo a Jesús el sacrificio total de esa ciudad y de su gloria a fin de vivir y morir en el campo, rodeado por los campesinos y pastores analfabetos. [17] Comentando este hecho, Théodule Rey-Mermet escribe que el comienzo de nuestra Congregación fue primera y principalmente la muerte y el resurgir de un hombre: “El distinguido caballero napolitano ya no existe, aquel que nace es un hombre pobre entre los pobres” [18] . El lenguaje pascual, a la hora de interpretar el éxodo de Alfonso, es instructivo, especialmente cuando recordamos el encuentro que provocó la decisión de Alfonso, cuando a comienzos del verano de 1730 la visión de los pobres abandonados en las alturas de Scala lo transformó para siempre. Movido por la compasión, Alfonso asumió la misma “mente” de Cristo Jesús y se “despojó de sí mismo” (cf. Fil 2, 5b). Alfonso reconoció su propia vocación en la compasión y en la kenosis del Hijo de Dios. La historia de Jesús se convirtió en la historia de Alfonso.
  3. Desde 1732, miles de Redentoristas han entrado en esa misma dinámica, permitiendo que la historia de Jesús se convierta igualmente en la suya propia. Cohermanos como los Beatos Nicholas Mykolay Charnetskyi y Dominick Methodius Trcka vivieron la kenosis en su sentido último, “aceptando incluso la muerte” por amor a la misión. Si bien menos dramáticas, aunque no por eso menos preciosas, son también innumerables las historias de amor desinteresado que han caracterizado la historia de nuestra Congregación: misioneros que, a través de su profesión religiosa, no escatimaron esfuerzo alguno para hacer una total donación de sí mismos (Const. 56).
  4. Creo que hoy la Congregación está llamada a expresar la inspiración carismática de Alfonso en un proceso dinámico de solidaridad. Solidaridad es compasión, pues ella nos compromete con la lucha histórica de los pobres y débiles de este mundo y nos asocia a los que están abandonados y sin esperanza. La Solidaridad nos llama a “prestar atención especial a los pobres, a los de condición más humilde” puesto que su “evangelización es signo de la llegada del Reino de Dios” (Const. 4). Jesús, no solamente decide identificarse de una manera especial con los marginados (Mt. 25, 40), sino que también, en su Encarnación y en su misterio pascual, Dios expresa una solidaridad radical e irrevocable con los seres humanos.
  5. La solidaridad evangélica, que lleva a la Congregación a comprometerse con los pobres, con los desposeídos y oprimidos, encuentra expresión concreta en nuestra comunidad. Los últimos Capítulos Generales hicieron hincapié en que la comunidad redentorista es por sí misma una proclamación de la Buena Nueva. Ella es la tienda que Dios establece para acampar entre los pobres abandonados a fin de comunicar su compasión. Pero nuestra vida común exige también la kenosis Pues “…la comunidad no consiste tan sólo en la cohabitación material de los cohermanos, sino a la vez en la comunión de espíritu y de hermandad” (Const. 21).
  6. La invitación del último Capítulo General a reflexionar sobre la reestructuración de la Congregación es una llamada a la conversión a la abundante redención. [19] No es difícil ver la reestructuración como una especie de auto-despojarse. La reflexión sobre este tema es un rechazo al apego obstinado a las glorias del pasado y a la aceptación pasiva de las limitaciones del presente. Al revés, estamos buscando nuevas formas de solidaridad a fin de expresar la compasión de Dios hacia los pobres abandonados. Este itinerario parece frágil y requiere el tipo de fe y de valor que movieron a Alfonso a dejar atrás Nápoles y partir rumbo a un porvenir desconocido, armado tan solo de la confianza de que era Dios quien lo guiaba.
  7. Continuaremos este itinerario en la esperanza, una “esperanza que no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado (Rom 5, 5). Muchos esperan de nosotros un signo de esperanza, como el Papa Juan Pablo II recordó al XXIII Capítulo General: “Si anuncian con alegría y coherencia de vida la abundante redención, suscitarán o reforzarán la esperanza evangélica en los corazones de muchas personas, especialmente de aquellas que tienen mayor necesidad de ella debido a que han sido marcadas por el pecado y sus nefastas consecuencias.” [20]
  8. No podemos perder de vista el hecho de que somos peregrinos que comparten una promesa y un sueño. La solidaridad, que Dios estableció en el Redentor, ya está actuando en una especie de lucha escatológica y, de esta forma, nuestra visión no está limitada por el momento presente y rechazamos el cinismo y la ilusión de las esperanzas infundadas. Dios está haciendo nuevas todas las cosas y nosotros estamos llamados a trabajar juntos al tiempo que mantenemos nuestros ojos fijos en un nuevo cielo y en una nueva tierra que han sido prometidos a través de Cristo.

Compañeros de nuestro viaje

  1. María, la Madre del Redentor y nuestra Madre del Perpetuo Socorro, camina con nosotros y afianza nuestra esperanza. Ella es un modelo de compasión y de amor desinteresado. En los comienzos de la Iglesia, ella acompañó a los Apóstoles y se unió a su oración inquieta. Pienso que debemos confiar en su presencia hoy en el corazón de nuestra Congregación, cuando tratamos de comprender y de anunciar la obra redentora de su Hijo.
  2. Que el ejemplo de San Pablo y los Apóstoles, así como la intercesión de Alfonso y de todos nuestros santos y beatos Redentoristas inflamen nuestro celo. Rogamos para que la fidelidad extraordinaria de los cohermanos que nos han precedido fortalezca nuestra valentía y para que luchemos también por dar nuestra vida por la abundante redención.
  3. En nombre del Consejo General, a todos reitero nuestros más cordiales y fraternos saludos. Tenemos un lugar muy especial en nuestros corazones para las Monjas Redentoristinas así como también para todos(as) los(las) religiosos(as) y laicos(as) que participan de nuestra misión, recordando particularmente a los jóvenes de todo el mundo que están dispuestos y deseosos de seguir a Jesús anunciando la Buena Nueva a los pobres.

En el Santísimo Redentor,

Joseph W. Tobin, C.Ss.R.
Superior General

La lengua del texto original es el inglés.

[1] XXIII Capítulo General de la Congregación del Santísimo Redentor, Mensaje, Orientaciones, Decisiones. Mensaje del Papa Juan Pablo II, Roma: Curia General, 2003; cf. Mensaje, 1-6.

[2] Orientaciones, 7.3.

[3] Gracias al duro trabajo de la Secretaría General y de la Oficina de Comunicaciones, todas las Communicanda del Gobierno General desde 1985 pueden encontrarse ahora en siete idiomas en www.cssr.com.

[4] Pablo VI, Evangelii Nuntiandi, 9-10.

[5] “Considerazione XII: Del zelo della salute delle anime che debbono avere i religiosi”, en Considerazioni per coloro che son chiamati allo stato religioso.

[6] Tannoia IV, 44: Aiutate le anime, ma specialmente i poverelli, i rozzi, ed i più abbandonati. Ricordatevi che Dio evangelizzare pauperibus misit nos in questi tempi. Imprimetevi bene questa massima; e cercate solo Iddio ne’ poveri abbandonati, se volete dar gusto a Gesù-Cristo.

[7] Gaudium et Spes, nn. 11, 22, 41.

[8] Javier Vitoria Cormenzana, “Heartened by the Sounds of a Delicate Silence”, en Concilium (2005/3), p. 125.

[9] Grace Davie, Religion in Modern Europe: A Memory Mutates pp. 3, 12 etc.

[10] Benedicto XVI Alocución en el campo del Auschwitz, Auschwitz–Birkenau, 28 de mayo de 2006

[11] Cf. XXIII Capítulo General, Instrumentum Laboris, (Roma, 2003), nn. 5-8.

[12] Cf.. XXIII Capítulo General, Orientaciones, 7.3.

[13] Cf. Domingo Moraleda, CMF, Symbolic and Messianic Role of Consecrated Life, en SEDOS vol. 37, no 11/12 (Roma: noviembre–diciembre 2005), 2005/178.

[14] Selva di materie predicabili ed istruttive, 242.

[15] Foglietto di cinque punti….nelle Missioni, n. 1.

[16] Prattica dell’Amore di Gesù Cristo, II, 8.

[17] A. M. Tannoia, Della vita ed Istituto del Ven. S. di D. Alfonso M. de Liguori, (Napoli 1798), vol. I, p. 66: “Accertato Alfonso della volontà di Dio, si animò, e prese coraggio; e facendo a Gesù Cristo un sacrificio totale della Città di Napoli, si offerse menar i suoi giorni dentro proquoi, e tugurj, e morire in quelli attorneato da’ villani, e da’ pastori”.

[18] St. Alphonsus Liguori: Tireless Worker for the Most Abandoned, (New York: New City Press, 1989), p.259.

[19] Communicanda 1: Llamados a dar la vida por la abundante redención (Roma: 2004), 43.

[20] Mensaje del Papa Juan Pablo II al XXIII Capítulo General, 6.

REVITALIZAR NUESTRA VITA APOSTOLICA:

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Prioridades de Reestructuración para la Misión

Communicanda 1
2016 – 2022

TESTIGOS DEL REDENTOR:
Solidarios para la Misión en un mundo herido

Roma, 9 de noviembre de 2017

SUMARIO

Introducción: Vivir nuestra “Vita Apostolica” como testimonio profético en y hacia un mundo herido
Parte I: El proceso de reestructuración
Parte II: Prioridades
Prioridades Misioneras
Prioridades Apostólicas
Prioridades Fundamentales
Parte III: Criterios
Criterios para el Plan Apostólico y de Reestructuración de las Conferencias
Criterios para el Proceso de Reestructuración y reconfiguración de la Congregación
Parte IV: Comisión de la Conferencia para el Plan Apostólico y de Reestructuración
Conclusión: Abrazando el futuro con esperanza como un cuerpo misionero

JESÚS SE APARECE A SUS DISCÍPULOS:
“Ustedes son mis testigos”

Todavía estaban hablando de esto, cuando Jesús se apareció en medio de ellos y les dijo: «La paz esté con ustedes». Atónitos y llenos de temor, creían ver un espíritu, pero Jesús les preguntó: « ¿Por qué están turbados y se les presentan esas dudas? Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean. Un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que yo tengo». Y diciendo esto, les mostró sus manos y sus pies.

Entonces les abrió la inteligencia para que pudieran comprender las Escrituras, y añadió: «Así está escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de todo esto. Y yo les enviaré lo que mi Padre les ha prometido. Permanezcan en la ciudad, hasta que sean revestidos con la fuerza que viene de lo alto».
(Lc 24,36-40.45-49)

INTRODUCCIÓN
VIVIR NUESTRA “VITA APOSTOLICA” COMO TESTIMONIO PROFÉTICO EN Y HACIA UN MUNDO HERIDO

1. El 25o Capítulo General presentó a cada cohermano y a toda la Congregación un importante desafío: somos llamados a ser “Testigos del Redentor: solidarios para la misión en un mundo herido”. En el corazón de este desafío, que es el tema de nuestro sexenio, está el llamado al testimonio en solidaridad entre nosotros y con los pobres. Elegimos responder a esta llamada desafiante por nuestra opción de seguir a Jesús. Como consecuencia, no es posible llegar a ser testigos proféticos del Redentor en este mundo herido sin renovar y revitalizar toda nuestra Vita Apostolica Redentorista, lo que constituye nuestro propio “ser” e identidad como Misioneros Redentoristas.

2. El primer testimonio que damos al Redentor como religiosos consagrados es el de leer y asumir nuestra propia historia personal como una historia de Redención Abundante. El llamado de Dios ha hecho que cada una de nuestras vidas sea un signo profundo de la kenosis divina, a través de la cual llama a todo el mundo a abrirse a su amor. Así como Jesús fijó su mirada con amor en el hombre rico y lo llamó a seguirlo (Mc 10,21), también recordamos aquel día, en el nuestro Redentor fijó su mirada en nosotros, nos amó y nos llamó a dejar todo y seguirlo. Sin cuestionarnos por nuestro pasado, sin cuestionar nuestros motivos o nuestra realidad presente, Jesús nos recibió enteramente, así como somos, con nuestros pecados y virtudes. Nos invitó a ser sus discípulos y compañeros, y a ser testigos del amor de Dios encarnado en el mundo actual y ofrecido gratuitamente a todos.

3. Cuando aceptamos nuestra propia historia personal como un lugar concreto de Redención, comenzamos a leer e interpretar nuestra propia vida a la luz del misterio pascual. En cada misionero redentorista, y de hecho, en toda la Congregación, hay una profunda experiencia y memoria de la Abundante Redención. Como los discípulos en camino hacia Emaús, necesitamos recuperar esta experiencia y ponerla en el centro de nuestras vidas y de nuestra Congregación para que “nuestros corazones puedan arder” (Lc 24,32). El Papa Francisco enfatiza el hecho de que cuando encontramos a Jesús como Redentor, la alegría del Evangelio llena nuestros corazones y nuestras vidas (EG 1), somos testigos de esta alegría como religiosos consagrados en nuestro “mundo herido”. Por lo tanto, nos embarcamos en “una nueva etapa de la evangelización marcada por esta alegría”.

4. Sabemos que nuestro mundo está profundamente herido. Sin embargo, nuestra experiencia de redención personal y comunitaria nos anima a ver este mundo herido, no como una amenaza o un peligro, sino más bien como amado por Dios. – “Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único” (Jn 3,16). En la historia del encuentro entre Jesús y Nicodemo, Jesús comienza a enseñar al maestro acerca del verdadero sentido de la redención y de la vida eterna – lo que significa nacer de nuevo del agua y del Espíritu. Hoy, Jesús nos invita a esta misma renovación de nuestro mismo ser, y a escuchar atentamente al mundo herido, para que toda nuestra Vita Apostolica sea revitalizada, como individuos, comunidades, y como Congregación. El Redentor nos llama a volver a las fuentes de esta nueva vida – para nosotros, el Evangelio y nuestro carisma fundacional – para que podamos ser guiados por el Espíritu, el Señor de la historia.

5. Guiados por el Espíritu de Jesús, podemos leer los “signos de los tiempos” y vivir nuestro carisma con fidelidad creativa para responder a los nuevos desafíos del presente. Para ser testigos proféticos del Redentor, entonces como Nicodemo, como San Alfonso y tantos otros de nuestros hermanos santos y beatos, debemos salir a encontrar al Señor donde lo podemos encontrar hoy. Debemos encontrarlo así como somos, con nuestros miedos, incertidumbres, esperanzas y sueños, confiados en que nuestro carisma misionero, nacido del Espíritu y concretizado en la fundación de la Congregación, continúa encarnándose en cada cohermano desde los orígenes hasta el presente.

6. El Espíritu continúa guiándonos en el presente. Guiado por este Espíritu, el 25° Capítulo General analizó detalladamente el estado de la Congregación. Escuchamos y discernimos a través de muchas fuentes, incluyendo la participación de una gran mayoría de los cohermanos en este proceso. Los Capitulares se atrevieron a enfrentarse a los desafíos que enfrenta nuestra misión de evangelizar, siguiendo el ejemplo de Cristo, el Redentor, predicando el evangelio de salvación a los pobres (Const. 2). El 25° Capítulo General está convencido de que la Congregación debe continuar este proceso de discernimiento, atentos a las heridas del mundo, para que Dios pueda renovar y revitalizar nuestra Vita Apostolica Consagrada. (Mensaje del Capítulo a la Congregación, 2-4)

7. Los capitulares tomaron muchas decisiones importantes en Pattaya, Tailandia. En esta Communicanda, el Consejo General desea tratar dos decisiones que creemos que son fundamentales para alcanzar la renovación y la revitalización tan importantes para el presente y para el futuro:

a. Continuar el proceso de reestructuración con todas sus implicancias (Decisión 1),
b. Generar criterios para la actividad apostólica a fin de que cada Conferencia pueda desarrollar un Plan Apostólico para su Implementación (Decisión 5).

8. Animamos a cada cohermano y a cada comunidad a estudiar esta Communicanda, pidiendo la asistencia del Espíritu y el coraje de San Alfonso para seguir a Jesús, el Redentor.

Jesús dijo a sus discípulos: «Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. El corta todos mis sarmientos que no dan fruto; al que da fruto, lo poda para que dé más todavía. Ustedes ya están limpios por la palabra que yo les anuncié. Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes. Así como el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid, tampoco ustedes, si no permanecen en mí. (Jn 15,1-4)

PARTE I: EL PROCESO DE REESTRUCTURACIÓN

El Gobierno General, en unión con los Coordinadores de las Conferencias y Unidades de la Congregación, continuará el proceso de reestructuración para la Misión con todas sus implicaciones. Este proceso involucrará a todas las Unidades de la Congregación. Se prestará especial atención al Estatuto General 088. (Decisión 1, 25° Capítulo General, 2016)

9. ¿Qué significa continuar el proceso de Reestructuración en el presente? El Capítulo advirtió que el espíritu de la reestructuración todavía no ha penetrado en la conciencia de muchos cohermanos. Muchos creen que la “reestructuración” es un proceso requerido por la disminución del número de cohermanos en las Provincias del Norte y de Occidente que están envejeciendo, junto con otras Provincias que envejecen en otras sociedades secularizadas en las otras Conferencias. Otros todavía entienden la reestructuración como un proceso para redistribuir el personal y los recursos en toda de la Congregación. Desafortunadamente, muchos cohermanos no han comprendido todavía que una verdadera reestructuración de la Congregación debe comprometer a cada uno de nosotros, y a cada (Vice) Provincia y Región.

10. Cada una de estas formas de comprender contiene una visión parcial del proceso de reestructuración – pero ninguna de ellas expresa el sentido más completo y profundo que fue adoptado por el 24° Capítulo General en 2009. La Reestructuración es en primer lugar y principalmente un tema de conversión personal y comunitaria para poder vivir más plenamente nuestra Vita Apostolica y dar un testimonio más efectivo del Redentor en el presente.

11. Vivimos en un tiempo crítico de cambio de época. Hay signos de este cambio por todas partes, en la sociedad civil y política, así como en la Iglesia. Entre estos “signos” en la sociedad están el surgimiento del fundamentalismo y el crecimiento de la secularización; los movimientos en masa de pueblos en proporciones nunca vistas anteriormente; la transición de una sociedad predominantemente rural a una nueva sociedad urbana; de las familias tradicionales, las comunidades y sus valores; los signos de drásticos cambios en el clima y el ambiente; la amenaza de la guerra y la violencia; la globalización y el acceso universal a Internet. Estos son sólo algunos ejemplos. No es una lista exhaustiva.

12. Al mismo tiempo, la elección del Papa Francisco, su enseñanza y los recientes Sínodos sobre la Nueva Evangelización y la Familia han indicado claramente que la Iglesia debe comprometerse con esta nueva realidad. El Papa Francisco se ha focalizado en la misericordia y la alegría, en crear y alimentar una cultura del encuentro y el diálogo, del acompañamiento y el discernimiento, y de la inclusión. El Papa Francisco ha puesto nuevamente a los pobres y abandonados en el centro de la misión de la Iglesia. Ha llamado a los cristianos a participar en la misión de la Iglesia saliendo, yendo hacia las periferias – geográficas y existenciales. Él enseña que no somos enviados sólo como apóstoles sino principalmente como discípulos misioneros. Esta es una llamada a la conversión – una llamada a reestructurar nuestra comprensión de la evangelización, la misión, la comunidad y la solidaridad.

13. La comprensión de este proceso de reestructuración para la misión como un proceso de conversión personal y comunitaria significa que debemos abrirnos a la novedad del Espíritu. Es un llamado del Redentor a dejarnos guiar por el Espíritu en un proceso de Éxodo de nuestros mundos más conocidos y las “zonas de confort” para que el Redentor pueda sumergirnos en el mundo herido que Dios ama tanto.

14. En esta nueva situación y contexto, los modos tradicionales de pensar y los métodos de la actividad misionera ya no tienen la misma efectividad de antes. De hecho, mientras nos preparábamos para el Capítulo General, escuchamos a muchos cohermanos decir que no sienten que el ministerio en el que están comprometidos siga siendo verdaderamente “misionero”. Expresaron la frustración ante la dificultad para abandonar los compromisos tradicionales para buscar nuevas iniciativas misioneras que respondan más plenamente a las necesidades del mundo actual – en otras palabras, quieren vivir verdaderamente las Constituciones en el presente (ver especialmente la Constitución 15).

15. El 25° Capítulo General decidió “continuar el proceso de Reestructuración para la Misión con todas sus implicaciones. Este proceso involucrará a todas las Unidades de la Congregación” (Decisión 1). Esta decisión afirma que este proceso no es sólo para unas pocas Unidades, principalmente aquellas que están en el mundo del Norte y el Occidente. Debe involucrar activamente a cada cohermano, a cada comunidad y a todas las Unidades.

16. Este proceso continuo de reestructuración debe tener lugar en distintos niveles, comenzando por la conversión y apertura de cada cohermano y cada comunidad, guiados por el Espíritu. Debe involucrar también a cada Unidad en la necesaria reestructuración interna, revisando y renovando sus Prioridades Apostólicas y sus compromisos pastorales, así como su vida comunitaria y su proceso formativo. La reestructuración debe tener lugar también entre (Vice) Provincias y Regiones, llevando a una mayor solidaridad y colaboración, implementando los principios adoptados por los últimos dos Capítulos Generales. Esto supondrá una reconfiguración de las Provincias, Viceprovincias y Regiones de la Congregación. Este proceso de reestructuración debe siempre servir tanto a la misión de la Congregación, como a las necesidades de los cohermanos.

17. Al mismo tiempo, el proceso de reestructuración debe involucrar a cada Conferencia al determinar sus Prioridades Apostólicas y Planes Apostólicos para servir a la misión no sólo en su territorio sino también globalmente. Los movimientos masivos de personas requieren también que la reestructuración se lleve a cabo entre Conferencias. La preocupación por la presencia Redentorista y la misión en Europa y América del Norte también resalta la necesidad de esta colaboración y reestructuración Inter-Conferencial.

18. Este proceso requerirá una reflexión seria acerca de cómo facilitar una reestructuración del Gobierno General y de los Institutos de la Congregación que son responsabilidad del Gobierno General: la Academia Alfonsiana, el Instituto Histórico, el Colegio Mayor, la Casa San Alfonso.

19. Como proceso de conversión permanente, la reestructuración va al encuentro de los deseos de nuestras Constituciones, (cf. 41, 17, 107) de que nuestra Vita Apostolica sea renovada y revitalizada en cada generación de misioneros redentoristas: guiados por el Espíritu, “siguiendo a Cristo Redentor gozosamente” (Const. 20), proclamando el amor de Dios Padre (Const. 6).
20. Ciertamente, este proceso involucrará la reconfiguración de (Vice) Provincias, Regiones y Misiones tanto hacia el interior como con otras Unidades. También requerirá la redistribución del personal y de los recursos en un espíritu de solidaridad misionera. Este proceso debe ir al encuentro de las preocupaciones reales por la disminución y brindar una atención especial a los hermanos adultos y ancianos. Volveremos brevemente a estas dimensiones del proceso de reestructuración más adelante en esta Communicanda. Pero en primer lugar es importante enfatizar que la reestructuración es para la misión. En este espíritu tratamos el tema de las prioridades apostólicas y la planificación apostólica.

Pero recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra. (Hch 1,8)

PARTE II: PRIORIDADES

21. Con la introducción de la institución de las Conferencias en el 24° Capítulo General, y siguiendo los principios de reestructuración que han sido provistos, se requirió a cada Conferencia poder discernir cuidadosamente a quiénes somos enviados a proclamar la “abundante redención”. Habiendo identificado a quiénes somos enviados, se pidió a cada Conferencia que articule las Prioridades Apostólicas con su situación particular. Estos esfuerzos realizados por las Conferencias influyeron profundamente en la decisión del 25° Capítulo General de continuar el proceso de reestructuración.

22. A lo largo de nuestra historia, según las diversas tradiciones, culturas y lenguas, hemos usado distintos términos a la hora de discutir nuestras prioridades apostólicas, pastorales o misioneras. Para desarrollar un lenguaje común en la Congregación, es importante aclarar lo que queremos decir con estos términos, ya que a menudo los usamos intercambiándolos.

23. En esta Communicanda:

• “Prioridades Misioneras” se refiere a aquellos a los cuales somos enviados o los destinatarios preferenciales de nuestra misión – los más abandonados y los pobres.
• “Prioridades Apostólicas” se refiere a nuestra actividad apostólica y a nuestros ministerios – lo que hacemos para servir a aquellos a los que somos enviados.
• El “Plan Apostólico” determina los ministerios prioritarios a través de los cuales desarrollamos esta actividad y a cómo los llevamos a cabo, e indica el lugar dónde esos ministerios estarán ubicados.

24. Vivimos en un este momento histórico de cambio de época como miembros de la familia humana, como cristianos discípulos misioneros de Jesús, y como Misioneros Redentoristas siguiendo al Redentor en el espíritu de San Alfonso “como colaboradores, compañeros y ministros en el gran servicio de la Redención” (Const. 2). Hoy, quizás, más que nunca, es necesario que tomemos decisiones concretas y opciones claras acerca del modo en el que somos llamados a poner en práctica nuestra energía misionera. Es precisamente por esta razón por la que las Constituciones y los Estatutos nos hablan de prioridades y criterios para la evaluación de nuestra fidelidad a la misión (Const. 17-19; 107-108).

25. El 19° Capítulo General de 1979 urgió a cada (Vice) Provincia y Región a iniciar un proceso de discernimiento con el fin de establecer Prioridades Apostólicas que pudieran guiar los planes apostólicos. Los subsiguientes Capítulos Generales volvieron a esta cuestión frecuentemente, tratando la prioridad de la proclamación explícita y el llamado a evangelizar y ser evangelizados por los pobres. Las “Prioridades Apostólicas” de cada (Vice) Provincia y Región requerían la aprobación del Gobierno General, y se convirtieron en el centro de interés de las Visitas del Gobierno General a las Unidades. Los Capítulos Generales recordaron a la Congregación que estas prioridades deben ser revisadas periódicamente por los Capítulos (Vice) Provinciales, y adaptadas/actualizadas cuando sea necesario para responder a las circunstancias cambiantes (Const. 17).

26. Desafortunadamente, ha habido una falta general de claridad en la Congregación acerca de la naturaleza y función de estas prioridades. Muchas Unidades han hecho una lista de sus apostolados más importantes y los han designado como “Prioridades Apostólicas”. Algunas Unidades han incluido cada compromiso Provincial entre sus Prioridades Apostólicas ¡incluyendo la formación y la promoción vocacional! Cuando todo es una prioridad, ¡no hay prioridades reales que puedan brindar criterios para las decisiones y opciones difíciles que estamos llamados a tomar! Muchos de nosotros también recordamos los apasionados debates acerca de nuestro compromiso congregacional con los materialmente pobres y los espiritualmente abandonados. Algunas discusiones se centraban en la prioridad de la predicación de la misión popular como centro del carisma y la única verdadera prioridad de la Congregación.

27. El 25° Capítulo General ha regresado nuevamente a este tema y ha dado al Gobierno General el mandato de ofrecer criterios para la actividad apostólica y el trabajo misionero de la Congregación. La discusión durante el proceso de preparación y la Fase Canónica sugirió que dichos criterios debían reflejar:

a. Los temas más importantes de la enseñanza magisterial del Papa Francisco reflejados en Evangelii gaudium, Laudato si’, y Amoris Laetitiae;
b. Los criterios contenidos en nuestras Constituciones y Estatutos;
c. Las prioridades propuestas por los últimos Capítulos Generales;
d. Los “signos de los tiempos” que nos son revelados por el Espíritu en el mundo actual.

Prioridades Misioneras

28. El rol de las Prioridades Misioneras – aquellos a los que somos enviados o los destinatarios preferenciales de nuestra misión – es fundamental para nuestro proceso de discernimiento y reestructuración. Unas prioridades claras profundizarán y fortalecerán la identidad misionera de toda la Congregación, de cada Comunidad y cohermano. Son fundamentales para renovar y revitalizar toda nuestra Vita Apostolica y nuestra identidad. Nos ofrecen una base para toda la actividad apostólica y para edificar verdaderas comunidades apostólicas, donde hay un genuino compartir en los niveles humano y espiritual (Const. 21). Unas Prioridades Misioneras claras (aquellos a quienes somos enviados) ayudan a clarificar nuestras Prioridades Apostólicas y nuestra actividad (lo que hacemos) y se convierten en el marco de referencia de cada Plan Apostólico y Proyecto de Vida Comunitaria.

29. Una vez aclaradas, las Prioridades Misioneras nos ofrecen criterios para las decisiones y para el proceso de toma de decisiones que incluye a todos los miembros de la familia Redentorista. Nos ayudarán a discernir el modo en el que decidimos acerca de los ministerios a través de los cuales vivimos nuestro carisma misionero. Nos darán criterios para la reconfiguración de la Congregación, y para la reestructuración interna, tan necesaria en cada Unidad. Nos darán mayor claridad en la promoción de la vocación misionera redentorista, y para el discernimiento de aquellos que son llamados a compartir el ministerio con nosotros, incluyendo a los laicos asociados. Y nos ayudarán a dar forma a nuestros procesos y programas de formación inicial y permanente.

30. Leyendo nuevamente las Constituciones y Estatutos a la luz del Evangelio, la enseñanza del Papa Francisco, y los “signos de los tiempos”, parece claro al Consejo General que la elección de prioridades debe comenzar con un discernimiento para determinar aquellos a los que somos enviados hoy (nuestras Prioridades Misioneras). El Estatuto General 09 deja claro que un criterio fundamental para nosotros continúa siendo el de buscar a aquellos “quiénes son los más privados de auxilios espirituales, sobre todo los pobres, los débiles y los oprimidos”. A los Redentoristas “no les es lícito hacerse sordos al clamor de los pobres y de los oprimidos”. Esta preferencia por las situaciones de necesidad pastoral, “y la opción por los pobres constituyen para la Congregación su misma razón de ser en la Iglesia y la contraseña de su fidelidad a la vocación recibida” (Const. 5).

31. Por esta razón, el diálogo entre el Cardenal Bergoglio y el Cardenal Hummes en el Cónclave de 2013 habla con tanta fuerza al corazón de los Redentoristas. Cuando se vio claramente que el Cardenal Bergoglio sería elegido para suceder al Papa Benedicto XVI, el Cardenal Hummes lo abrazó y le susurró, “No te olvides de los pobres”. El Papa Francisco explicó que este encuentro con el Cardenal Hummes lo llevó a elegir el nombre de “Francisco”, por el “hombre de la pobreza”. Cuando explicaba esto a los representantes de los medios de comunicación reunidos en Roma para el cónclave, entonces dijo Francisco: “¡Cómo me gustaría una Iglesia pobre y para los pobres!” Este mensaje ha sido el corazón de su pontificado, y es también el corazón de nuestro carisma y vocación misioneras.

32. En los Estatutos Generales 09-15, la Congregación estableció los criterios generales para determinar a quienes somos enviados por el Redentor. Un punto fundamental de esta Communicanda es nuestro compromiso con los más abandonados y especialmente con los materialmente pobres (Const. 1). Es importante también considerar las declaraciones de los Capítulos Generales, que han prestado una atención especial a:

a. Los pobres, materialmente hablando;
b. La juventud y los jóvenes adultos;
c. Los migrantes, y aquellos que han sido afectados por los movimientos masivos de personas, incluyendo a aquellos que fueron abandonados;
d. Los que son víctimas del tráfico de personas;
e. Las víctimas de la violencia, el racismo y la intolerancia;
f. Los que han sido excluidos o están en las periferias de la sociedad, y muchas veces en los márgenes de la Iglesia;
g. África y Madagascar.

Prioridades Apostólicas

33. Una vez que hayamos aclarado las Prioridades Misioneras que determinan a qué personas somos enviados, podemos decidir acerca de nuestras Prioridades Apostólicas, lo que nos permitirá concretar elecciones acerca del servicio misionero y la actividad apostólica que podemos ofrecer a aquellos a los que somos enviados. Nuestras Prioridades Apostólicas nos ofrecen criterios para tomar decisiones acerca de nuestros ministerios específicos y concretos, lo que ofrecemos y cómo llegamos a aquellos a los que somos enviados, así como medidas para afirmar la efectividad de nuestro ministerio.

34. El 19° Capítulo General (1979) identificó la proclamación explícita de la Palabra como una Prioridad Apostólica de la Congregación. La tradición Redentorista de las misiones populares, así como la predicación extraordinaria en nuestros Santuarios y casas de retiro, son ministerios a través de los cuales se desarrolla esta Prioridad Apostólica. Es importante recordar que es comprendida por los Capítulos Generales como una forma privilegiada de evangelizar a los abandonados, especialmente a los pobres. Esta Prioridad Apostólica debe ser siempre evaluada a la luz de aquellos a los que somos enviados y aquellos a los que dirigimos nuestra predicación.

35. El 20° Capítulo General (1985) recordó a los Misioneros Redentoristas que un elemento constitutivo de nuestro ministerio evangelizador es la cercanía y solidaridad con aquellos a los que somos enviados. Se convierten en “interlocutores” (“asociados en el diálogo”) con nosotros en el ministerio de la evangelización. De esta manera, los Misioneros Redentoristas son ellos mismos evangelizados por aquellos a los que son enviados – Evangelizar y ser evangelizados por los pobres. El 25° Capítulo General enfatizó nuevamente esta dimensión, llamándonos a escuchar atentamente “al mundo herido”. La actitud de “escuchar” y de “ser evangelizados” debe ser una dimensión constitutiva de todas nuestras Prioridades Apostólicas.

36. Tanto el 24° como el 25° Capítulo General indicaron también la prioridad de nuestra tradición en la teología moral, en el espíritu de San Alfonso, que sirve a nuestra misión hacia los abandonados y a los pobres. En este sentido, la teología moral debe estar entre nuestras Prioridades Apostólicas, que determinan cómo servimos a aquellos a los que somos enviados. Esta tradición, especialmente por la formación de la conciencia, es relevante hoy como siempre lo ha sido. El bien común, la responsabilidad social, y la solidaridad, son temas importantes de la moral que resuenan entre los Misioneros Redentoristas. Estas preocupaciones también están claramente resaltadas en el mensaje y en la enseñanza del Papa Francisco.

37. Este proceso de discernimiento nos ayudará a concentrar nuestros recursos y energía, y a fortalecer nuestra identidad misionera. Así como cada Conferencia debe asumir este proceso, también este discernimiento debe ser llevado adelante en cada (Vice) Provincia, Región, Misión y, de hecho, en cada comunidad local. Este discernimiento guiará nuestra toma de decisiones para poder determinar qué ministerios fortalecer, y cuáles deben dejarse. Estos criterios también guiarán nuestras decisiones acerca de nuevas iniciativas, tanto en las Conferencias como en las Unidades. Ya que éste es un proceso de discernimiento, debe ser guiado por el Espíritu del Redentor, que continúa llamándonos y enviándonos hoy a la misión.

Tú, que eres mi hijo, fortalécete con la gracia de Cristo Jesús. Lo que oíste de mí y está corroborado por numerosos testigos, confíalo a hombres responsables que sean capaces de enseñar a otros. (2 Tim 2,1-2)

Prioridades Fundamentales para sostener y llevar adelante la Misión: Misión Compartida, Formación, Comunidad, Gobierno, Liderazgo y Administración
38. A pesar de que no son las preocupaciones principales de esta Communicanda, es importante considerar brevemente otras prioridades que son esenciales a nuestra misión en la actualidad.

39. Es muy importante recordar que las Prioridades Misioneras y Apostólicas no son las únicas prioridades esenciales para la Congregación. A fin de apoyar y sostener nuestra misión hoy en el mundo, es esencial que la misión compartida con los laicos y la promoción de la vocación misionera sea una prioridad en cada Unidad y en cada comunidad. Es también fundamental que tengamos los recursos suficientes, humanos y financieros, tanto como las estructuras, para garantizar que no solo podamos cumplir nuestra misión, sino que la podamos sostener en el tiempo. Estas Prioridades Fundamentales deben ser parte de todo plan apostólico.

Misión Compartida con los Laicos

40. La Misión Compartida con los hombres y mujeres laicos es esencial a la misión y al proyecto apostólico de la Congregación en el presente. Sin embargo, no es una “Prioridad Apostólica” en sí misma, sino más bien un medio para llevar adelante nuestras prioridades apostólicas más efectivamente. Comenzando con el 21° Capítulo General (1991), la Congregación del Santísimo Redentor reconoció oficialmente la importancia de la colaboración genuina con los hombres y mujeres laicos en la misión, con base en la asociación. El Capítulo estableció la categoría de “Misionero Laico del Santísimo Redentor” como uno de los medios formales de asociación entre la Congregación y los colaboradores laicos.

41. En la Communicanda 4 (1985), el P. Lasso brindó Líneas Generales para la colaboración con los laicos, así como Normas Generales para los Misioneros Laicos del Santísimo Redentor. Sobre la base de estas líneas guías y normas, y animados por los documentos subsiguientes, la Familia Redentorista ha continuado desarrollando nuestra misión compartida con los abandonados y los pobres.

42. El 25° Capítulo General ha afirmado esta dirección, y ha mandado al Consejo General y a cada Conferencia que integre más plenamente nuestra misión compartida con los laicos en toda su planificación pastoral. El Consejo General afirma que ésta es ahora una prioridad fundamental para la Congregación, en la que cada Conferencia y Unidad deben comprometerse y animar. El Secretariado General para la Evangelización, colaborando estrechamente con la Comisión para la Misión Compartida y el laicado, tanto a nivel General como a nivel de las Conferencias, ofrecerá posterior orientación y animación acerca de cómo integrar más plenamente esta prioridad en nuestra planificación pastoral.

Vocación y Formación de los Misioneros

43. El 25° Capítulo General insistió en que la promoción de la Vocación Misionera Redentorista debe ser una prioridad en la planificación apostólica de todas las Unidades y de cada comunidad local (Decisión 29). En la promoción de nuestra vocación misionera, se debe dar una atención especial a la promoción de la vocación del Hermano Redentorista. Quedó también claro en la Fase Canónica en Pattaya que esta promoción debe incluir la promoción de la vocación de los asociados laicos para la misión compartida con la Congregación (Decisión 11).

44. No podemos preparar un plan apostólico y de reestructuración viable y para implementar nuestras Prioridades Misioneras y para llevar adelante nuestros ministerios prioritarios sin promover nuestra vocación misionera en todos los niveles. Y, por supuesto, esto requiere que nos comprometamos tanto en la formación inicial como en la permanente para la misión (Decisiones 30 a 36). La promoción de la vocación misionera también requiere programas de formación inicial y permanente para preparar a los Misioneros Redentoristas y a los asociados laicos para la misión a la que somos llamados. La prioridad de este ministerio ha sido claramente afirmada por el 25° Capítulo General (Decisiones 30, 31, 11).

45. Esta Prioridad Fundamental será el foco central del Secretariado General para la Formación, en colaboración con la Oficina y la Comisión para la Misión Compartida con nuestros laicos asociados. A pesar de que no puede ser tratado extensamente en esta Communicanda, debe seguir siendo un foco de la renovación y revitalización de nuestra Congregación.

La vida de la Comunidad Apostólica dedicada a Cristo Redentor

46. Otra Prioridad Fundamental para nosotros en la planificación apostólica es nuestra vida en la Comunidad Apostólica. La vida comunitaria Redentorista y nuestra consagración al Redentor son preocupaciones importantes para toda la Congregación y generaron muchas discusiones en el 25° Capítulo General. A pesar de que el Capítulo no tomó muchas decisiones acerca de esta importante área de interés, se refleja tanto en el Mensaje como en las Decisiones 20-21. Ya no es posible “legislar” la auténtica Comunidad Apostólica. Sin embargo, la renovación de nuestra vida comunitaria es fundamental para la revitalización de la vida Apostólica.

47. Nuestro Plan Apostólico y de Reestructuración requieren que estas preocupaciones sean afrontadas a través de la Conferencia y en cada comunidad local, (Vice) Provincia y Región. Como mínimo, el Plan Apostólico y de Reestructuración deben tener en cuenta la necesidad de proveer personal y estructuras adecuadas para una vida comunitaria saludable.

48. Fieles a nuestro Carisma y al rol central que ocupa en las Constituciones la Comunidad Apostólica dedicada a Cristo Redentor (Const. 21,22), tomamos conciencia de que el testimonio de vida (Const. 7-11) es central para la proclamación de la abundante redención. Como afirmó el Papa Pablo VI en Evangelii Nuntiandi:

“El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan -decíamos recientemente a un grupo de seglares-, o si escuchan a los que enseñan, es porque dan testimonio” (67). San Pedro lo expresaba bien cuando exhortaba a una vida pura y respetuosa, para que si alguno se muestra rebelde a la palabra, sea ganado por la conducta (68). Será sobre todo mediante su conducta, mediante su vida, como la Iglesia evangelizará al mundo, es decir, mediante un testimonio vivido de fidelidad a Jesucristo, de pobreza y desapego de los bienes materiales, de libertad frente a los poderes del mundo, en una palabra de santidad”. (Evangelii Nuntiandi, 41)
49. En el mundo de hoy, el testimonio de nuestra vida comunitaria es quizás más significativo que nunca. Esto requiere el testimonio de un estilo de vida simple que contrasta con el excesivo materialismo y el consumismo con el que nos enfrentamos, un estilo de vida que es sensible al mundo creado que nos ha sido regalado y al que estamos llamados a cuidar.

50. La Comunidad Apostólica Redentorista, y el rol esencial de la comunidad en la aceptación y desarrollo de un trabajo misionero (Const. 21), es un criterio fundamental en la planificación pastoral en cada Conferencia. Como el P. Lasso, Superior General, escribió en la Communicanda 11 (1988): “La comunidad apostólica redentorista, en la que vivimos y trabajamos juntos, es en sí misma parte del contenido auténtico de nuestra proclamación profética y liberadora de la palabra de Dios a los abandonados, y especialmente a los pobres”.

51. Nuestra planificación apostólica debe también tener en cuenta la realidad presente de disminución de personal en muchas Unidades y Conferencias en la Congregación. La vida Comunitaria Redentorista requiere un número mínimo de cohermanos, – normalmente al menos tres – y hay que recordar que éste es un número mínimo. La experiencia muestra que incluso tres miembros a veces es insuficiente para una vida comunitaria saludable. En algunas Unidades esto se ha hecho muy difícil de lograr. Para ser realmente efectivo, cada plan apostólico debe considerar seriamente la necesidad de redistribuir el personal a través de los límites de nuestras (Vice) Provincias y Regiones, así como más allá de los límites de nuestras Conferencias. Esta redistribución requerirá la cuidadosa preparación de comunidades internacionales e interculturales.

52. Como el Capítulo General declaró claramente, la reconfiguración debe ser en favor de nuestra presencia misionera, incluyendo especialmente nuevas iniciativas misioneras, y no al servicio del mantenimiento de antiguas estructuras y casas, algunas de las cuales ya no son efectivas hoy para la misión. Al mismo tiempo, cada Plan Apostólico debe tener en cuenta el cuidado de los cohermanos ancianos y enfermos.

53. En virtud de nuestra profesión misionera, nuestros cohermanos mayores y enfermos son parte integrante de nuestra Comunidad Apostólica y de nuestro servicio misionero (Const. 55). Como el P. Tobin, Superior General, nos recordaba en la Communicanda 3, n. 4, 2000: “El mayor reto de los redentoristas ancianos, sin embargo, no consiste en atender sus problemas de salud, sino en vivir su consagración religiosa, especialmente cuando se ven obligados a disminuir, o incluso a suspender, sus normales actividades pastorales. En esta etapa de la vida, redefinir o reformular la identidad como misionero puede poner en crisis la propia autoestima”.

Gobierno, Liderazgo y Administración

54. Tampoco se puede sostener la misión de la Congregación sin buen gobierno, liderazgo, y administración responsable de nuestros recursos, para que puedan servir a nuestro Plan Apostólico y de reestructuración, como Congregación, como Conferencias y en cada Unidad. Esto es especialmente importante en un período de disminución. Como se reflejó en las decisiones del 25° Capítulo General, el Gobierno General, las Conferencias y los Superiores (Vice) Provinciales afrontarán también estas áreas de especial preocupación a lo largo del sexenio.

PARTE III: CRITERIOS

Criterios para el Plan Apostólico y de Reestructuración de las Conferencias

55. A fin de revitalizar la Vida Apostólica de la Congregación y de profundizar nuestra identidad misionera en el presente, el 25° Capítulo General estableció que el Gobierno General debía continuar el proceso de reestructuración con todas sus implicaciones, guiado por los Principios de Reestructuración y Solidaridad Misionera (Decisiones 1, 2, 3). El Gobierno General también recibió el mandato de producir criterios en base a los cuales cada Conferencia desarrollará un Plan Apostólico para su implementación (Decisiones 5 y 6). Para llevar adelante este mandato del Capítulo General, el Gobierno General ha instruido a cada Conferencia a fin de que establezca una Comisión Especial que colaborará en esta tarea. Para hacer esto, el Gobierno General ofrece los siguientes criterios y proceso para asistir a estas Comisiones y a toda la Congregación en esta tarea crucial.

Criterios para las Prioridades Misioneras: ¿A QUIÉNES SOMOS ENVIADOS?
56. Como se ha dicho antes en esta Communicanda (ver el parágrafo 23, más arriba), las Prioridades Misioneras responden a la pregunta: ¿A quiénes somos enviados? Designan a las “personas a las que debemos evangelizar” (Estatutos Generales, Art. 1). En los siguientes párrafos, consideraremos las principales fuentes de nuestra tradición Redentorista a fin de determinar a quiénes somos enviados por el Redentor.

57. Enraizados en la misión del Fundador, San Alfonso, estas Prioridades Misioneras están ya articuladas en nuestras Constituciones (cf. 3-6) y Estatutos (009-015). Claramente estos textos merecen nuestra cuidadosa atención mientras la Congregación se embarca en este proceso. Cada cohermano debería leer y considerar nuevamente estos textos. Es claro que el principal criterio es nuestro llamado a ir en búsqueda de los pobres y los abandonados (EG 009). Esta es la contraseña de la fidelidad a nuestro carisma. Este mandato nos dirige hacia la “liberación y salvación de toda la persona humana… promoviendo sus derechos fundamentales de justicia y libertad” (Const. 5).

58. Desde la renovación de nuestras Constituciones mandada por el Concilio Vaticano II, los Capítulos Generales han consistentemente articulado grupos particulares que son designados como “prioritarios” para nuestra actividad misionera:

a. Los que son materialmente pobres;
b. La Juventud y los Jóvenes Adultos;
c. los migrantes, y aquellos que son afectados por los movimientos masivos de personas, incluyendo a aquellos que son abandonados;
d. Las víctimas del tráfico de personas;
e. Víctimas de violencia, racismo e intolerancia;
f. África y Madagascar.

59. Estas declaraciones de los Capítulos Generales enfatizan algunos grupos que tienen una necesidad mayor de nuestra misión de evangelización en el presente. Y nos ofrecen criterios importantes en este momento de nuestra historia en el que la Congregación y cada Conferencia determinan nuestras Prioridades Misioneras.

60. Al mismo tiempo, nuestras Constituciones y Capítulos Generales nos llaman a discernir los “Signos de los tiempos” y a escuchar atentamente el grito del mundo bajo la guía del Espíritu Santo. En particular, el 25° Capítulo General nos pide que profundicemos nuestra solidaridad con el “mundo herido” en el que estamos actualmente inmersos.

61. Fieles a nuestro Carisma, en cada generación debemos discernir las Prioridades Misioneras a las cuales estamos llamados a responder, muy atentos a los criterios ofrecidos por las Constituciones y Estatutos, los Capítulos Generales, y los “signos de los tiempos”. De esta manera, nuestra misión se hará carne en la solidaridad con el mundo herido en el que estamos llamados a servir y a ejercer nuestro ministerio en cada Conferencia.

Criterios para las Prioridades Apostólicas: ¿QUÉ HACER? ¿CÓMO REALIZAR ESTA MISIÓN?
62. Nuestras Prioridades Apostólicas guiarán nuestro proceso hacia el Plan Apostólico y de Reestructuración ayudándonos a contestar las siguientes preguntas: ¿Qué somos enviados a hacer hoy? ¿Cómo realizamos esta misión aquí y ahora? No podemos responder a cada necesidad, y no estamos llamados a ejercer cada posible ministerio. Debemos hacer opciones y tomar decisiones. Los criterios para estas elecciones se toman de las fuentes que ya conocemos bien.

63. Ante todo, dirigimos la atención hacia nuestras Constituciones (cf. 7-17a) y Estatutos (cf. 016-024). El criterio principal que encontramos para ayudarnos a discernir nuestras Prioridades Apostólicas es la cercanía a las personas a las cuales somos enviados, llegando a ser un testimonio vivo a través de la vida y la caridad, para que el Señor pueda abrir la puerta para el anuncio explícito y efectivo del Evangelio. Somos bendecidos para el ministerio de la reconciliación y para fortalecer y desarrollar comunidades Eucarísticas. Estos criterios deben hacerse efectivos en nuevas iniciativas, misiones populares, parroquias, ejercicios espirituales y retiros, promoviendo la justicia y el progreso humano, comunicaciones, la teología moral y todo ministerio que se nos confía, para que llegue a ser verdaderamente misionero.

64. Los últimos Capítulos Generales han ofrecido también importantes indicaciones para establecer los criterios para nuestras Prioridades Apostólicas. Entre otros, nos ofrecen estos criterios para determinar prioridades:

a. Proclamación extraordinaria y explícita de la Palabra;
b. Santuarios e Iglesias como lugares de acogida y encuentro;
c. La teología moral y la formación de la conciencia;
d. Asociación plena y en pie de igualdad con hombres y mujeres laicos;
e. Comunicaciones y Medios;
f. Pastoral Social y Desarrollo Humano;
g. Justicia y Paz, y la integridad de la Creación;
h. Pastoral Juvenil y Vocacional Redentorista.

65. A pesar de que a primera vista podría parecer que estos criterios podrían justificar o racionalizar cualquier actividad pastoral en el que estamos involucrados, es importante que apliquemos estos como un todo – en el Espíritu del Evangelio y de las Constituciones, y teniendo siempre en cuenta a aquellos a los que somos enviados. Las Prioridades Apostólicas deben estar al servicio de nuestras Prioridades Misioneras, aquellos a los que somos enviados.

66. Nuevamente, el discernimiento de los “signos de los tiempos” es esencial para el discernimiento de nuestras Prioridades Apostólicas. En un mundo herido que parece polarizarse y dividirse cada vez más, nuestra Congregación ha discernido un llamado urgente a la Solidaridad. Hoy, quizás más que nunca, somos llamados a una mayor solidaridad al servicio de la misión. Esta llamada requiere solidaridad entre nosotros como Congregación mundial, y también nos desafía a una solidaridad más honda y profunda con los abandonados y los pobres. También hemos presenciado la diferencia positiva que logra dicha solidaridad cuando es vivida con integridad y transparencia.

Criterios para el Plan Apostólico: ¿DÓNDE Y CÓMO NOS IMPLICAMOS EN ESTE APOSTOLADO?

67. El 25° Capítulo General decidió que el Gobierno General inicie el proceso de planificación apostólica ofreciendo criterios para nuestra misión en el mundo de hoy. El Gobierno General animaría entonces a las Conferencias a preparar su Plan Apostólico usando estos criterios, atentas al mundo herido en el que viven. Este Plan Apostólico será implementado luego en cada Conferencia, con implicaciones para cada (Vice) Provincia, Región, Misión y comunidad local. Nuevamente, es importante volver a las fuentes para entender los elementos esenciales del proceso de planificación.

68. Nuestras Constituciones (cf. 17b, 18, 19) y Estatutos Generales (cf. 025) nos ofrecen indicaciones muy claras acerca de cómo debe llevarse adelante este proceso de planificación e implementación. En primer lugar, las decisiones deben ser tomadas en común, en Asambleas y Capítulos, y guiadas por el Gobierno General. La evaluación a plazos regulares es importante. La colaboración con la Iglesia local y universal, y sus programas pastorales, deben ser tenidas en cuenta. Nuestras Constituciones y Estatutos enfatizan que nuestra planificación apostólica nunca es algo individual que los cohermanos hacen aisladamente. Es un ejercicio de la comunidad como “Un Cuerpo misionero”. Este proceso debe involucrar a la Conferencia, a la Unidad, y a la comunidad local, trabajando juntos con complementariedad y colaboración. De la misma manera, asambleas regularmente llevadas a cabo y otras reuniones podrán ayudar a facilitar este proceso y a asegurar que verdaderamente sea un discernimiento de la comunidad

69. Podemos escuchar también la llamada del Espíritu al discernimiento comunitario en las decisiones de los recientes Capítulos Generales. En 1979, el 19° Capítulo General decidió que cada (Vice) Provincia discerniría sus Prioridades Apostólicas y las presentaría al Gobierno General para su aprobación. En 1997, el 22° Capítulo General mandó que cada comunidad local preparase un Proyecto de Vida Comunitaria (PVC), que contendría también su plan pastoral para esa comunidad. En el 2009, el 24° Capítulo General reestructuró la Congregación en cinco Conferencias para un “más amplio discernimiento”, y se requirió a cada Unidad que evaluara sus Prioridades Apostólicas a la luz de las prioridades apostólicas de la Conferencia. En el 2016, el 25° Capítulo General decidió que cada Conferencia desarrolle un Plan Apostólico basado en los criterios ofrecidos por el Gobierno General (Decisión 5), con una aplicación especial a las Conferencias de Europa y América del Norte (Decisión 6).

70. El criterio principal ofrecido por el último Capítulo General es el discernimiento comunitario como un cuerpo misionero, animado por el Gobierno General, y coordinado por las Conferencias y los Coordinadores. Una parte importante de este discernimiento comunitario es la atención esmerada a nuestra situación real a través de toda la Congregación: la lectura de los “signos de los tiempos”. El Consejo General cree que el Documento de Trabajo y el Informe del Superior General al 25° Capítulo General ofrecen información valiosa y una reflexión acerca de la situación de la Congregación en la actualidad.

Criterios para el Proceso de Reestructuración y reconfiguración de la Congregación

71. En orden a poder responder efectivamente al desafío de desarrollar los criterios necesarios que asistirán al desarrollo y a la implementación del Plan Apostólico de cada Conferencia, es necesario incluir criterios para continuar el proceso de reestructuración para la misión tal como fue mandado por el 25° Capítulo General. Involucrarán la reconfiguración de las Unidades y Conferencias de la Congregación, y requerirán también un diálogo Inter-Conferencial.

72. Es importante enfatizar que el proceso de reestructuración es para la misión, para que pueda volver a despertar y fortalecer nuestra identidad misionera, y para enviarnos a una disponibilidad misionera a través de toda la Congregación. Nuestro objetivo es el de fortalecer las Provincias y el de ofrecer estructuras para una mayor libertad y agilidad en el servicio a nuestra misión hacia los abandonados y los pobres. No buscamos preservar o mantener estructuras establecidas o casas que ya no responden efectivamente a nuestra vocación misionera. Como la Decisión 1.2 del 24° Capítulo General nos recuerda, “No todo proyecto apostólico, por loable que éste sea en sí mismo, puede ser reconocido como expresión de nuestras Prioridades Misioneras (cf. Consts. 13-17)”. Mientras que dicha reestructuración y reconfiguración puede crear una sensación de miedo o inseguridad entre algunos de nosotros, es desafiante y entusiasmante, revitalizando nuestro dinamismo misionero y abriéndonos a nuevas posibilidades.

73. Junto con los criterios que encontramos en nuestras Constituciones y Estatutos, y la prioridad dada a este proceso en los anteriores Capítulos Generales, el 24° y 25° Capítulo General nos han dado claros criterios y principios guías. Estos merecen nuestra atención y reflexión orante como individuos y comunidades. Han sido nuevamente articulados en las Decisiones de los Documentos finales del 25° Capítulo General, Fase II, noviembre de 2016 (Decisiones 1-6).

74. Entre otros, estos criterios para la reestructuración incluyen:

a. Los Principios de la Reestructuración y de la Solidaridad Misionera (Decisión 2, 25° Capítulo General);
b. Participación de las Unidades, por el bien de la misión (Decisión 1, 25° Capítulo General);
c. Provincias más fuertes y más ágiles, Viceprovincias, Regiones y Misiones, que puedan implementar efectivamente las Prioridades Apostólicas;
d. Los criterios articulados en el EG 088 acerca del número mínimo de cohermanos y comunidades, así como la estabilidad financiera;
e. Dinamismo y libertad misioneros, que llevan a una “disponibilidad misionera” (C. 14-15);
f. Creación de Comunidades Apostólicas Interculturales, preparadas para implementar las Prioridades Apostólicas y el Plan Apostólico, así como un Proyecto de Vida Comunitaria;
g. “Formación común” que implementa las Decisiones acerca de la Formación del Consejo General (10 de abril de 2015);
h. Promoción de vocaciones misioneras; incluyendo los misioneros laicos y asociados;
i. Requerimientos de la formación para la misión (Decisión 30, 25° Capítulo General);
j. Preparación de formadores suficientes y adecuados;
k. Colaboración genuina con los asociados laicos en la misión como activos compañeros de trabajo y participantes en la vida apostólica de la Congregación (Decisión 60a, 21° Capítulo General; Decisión 11, 25° Capítulo General);
l. Liderazgo y Administración efectivos.

PARTE IV: COMISIÓN DE LA CONFERENCIA PARA EL PLAN APOSTÓLICO Y DE REESTRUCTURACIÓN

75. Los Criterios mencionados más arriba – para las Prioridades Misioneras, las Prioridades Apostólicas, el Plan Apostólico, el Plan de Reestructuración – seguirán el siguiente proceso para desarrollar el Plan Apostólico y de Reestructuración de cada Conferencia.

76. Para asistir al proceso de desarrollar un Plan Apostólico y de Reestructuración para cada Conferencia, el Consejo General ha mandado que se designe una comisión especial con este fin. Estará compuesta por el Coordinador de la Conferencia y el Consultor o consultores de cada Conferencia, con al menos dos miembros propuestos por la Asamblea de la Conferencia en 2017, y designados por el Coordinador y su Consejo.

77. Estas Comisiones ya han comenzado su trabajo en cada Conferencia siguiendo a la Tercera Fase del 25° Capítulo General y la Asamblea. Cada Comisión debe preparar una propuesta para las Prioridades Misioneras y Apostólicas de la Conferencia, que será presentada a la Asamblea de la Conferencia en el 2018. Para preparar esta propuesta, cada Comisión llevará a cabo un exhaustivo análisis del “mundo herido” de la Conferencia. Para guiar este análisis, la Comisión usará los criterios propuestos en esta Communicanda.

78. Cada Comisión preparará también una propuesta para la reestructuración y reconfiguración de las Unidades de la Conferencia, y para la misma Conferencia, que será presentada también a la Asamblea de la Conferencia en 2018. Para preparar esta propuesta deberá llevar adelante un análisis de la situación y el dinamismo misionero de cada Unidad de la Conferencia, con la cooperación de las Unidades, y usando los criterios para la reestructuración ofrecidos en esta Communicanda.

79. En cada Asamblea de la Conferencia en 2018, estas propuestas serán discutidas y revisadas. Serán entonces la base para preparar un borrador del Plan Apostólico y de Reestructuración que será presentado en la Asamblea de la Conferencia de mitad del sexenio en 2019. En esa Asamblea, la Conferencia discutirá, revisará y adoptará el plan. Entonces será presentado al Gobierno General para su aprobación. Si es aprobado, el Gobierno General iniciará la implementación en la Conferencia, en coordinación con el Coordinador de la Conferencia y las Unidades de la Conferencia.

80. Ya que formamos una Congregación, y un cuerpo misionero, el Consejo General espera que estos planes también se refieran a trabajo Inter-Conferencial en red. Los Consejeros Generales y los Coordinadores asegurarán que este trabajo en red se realice, y cuando sea necesario, faciliten la reunión de las Comisiones de la Conferencia para posterior reflexión, discusión y planeamiento.

CONCLUSIÓN: ABRAZANDO EL FUTURO CON ESPERANZA COMO UN CUERPO MISIONERO

Los redentoristas, como hombres apostólicos e hijos genuinos de san Alfonso, siguen gozosamente a Cristo Salvador, participan de su misterio y lo anuncian con la sencillez evangélica de su vida y de su palabra, y por la abnegación de sí mismos se mantienen disponibles para todo lo arduo a fin de llevar a todos la redención copiosa de Cristo. (Const. 20)

81. El 25° Capítulo General reconoció que la Congregación, y toda la Familia Redentorista, vive un momento crítico en su vocación misionera. Enfrentando los desafíos de la evangelización en el presente, y plenamente conscientes de nuestros recursos limitados, Dios nos llama a dar testimonio de Jesús Redentor en nuestro mundo herido con coraje y esperanza – y a hacerlo juntos, con un renovado espíritu de comunión y solidaridad. Por esta razón, el Capítulo General nos dio este tema inspirador y dinamizante: Testigos del Redentor: Solidarios para la Misión en un mundo herido. ¡Ojalá escuchemos en este tema el llamado de Dios a renovar y revitalizar nuestra Vita Apostolica para el presente!

82. Sin embargo, el Capítulo General quiso evitar el peligro de que nuestro tema quede sólo en palabras. También ha mandado que respondamos con acciones muy concretas. Cada Conferencia debe desarrollar un Plan Apostólico basado en claras Prioridades Misioneras y Apostólicas, y continuar el proceso de reestructuración, para el bien de esta misión. El Consejo General, en colaboración con la Tercera Fase del Capítulo General, ha determinado que este Plan Apostólico y de Reestructuración sea desarrollado y presentado para su aprobación en las reuniones de mitad de sexenio. De esta manera, cada Conferencia podrá comenzar la implementación de este plan en 2019.

83. Reconocemos que comprometernos totalmente en este proceso sin conocer todavía todas sus implicaciones puede inspirar temor. Parece claro que el Señor nos llama a salir de nuestras zonas de confort y de nuestra realidad presente para entrar en un futuro que todavía no está claro. Esto pide una nueva disponibilidad misionera en la Congregación, y en cada cohermano y comunidad local. Demanda una renovada solidaridad con los abandonados y los pobres de nuestro mundo herido. Nos desafía a una nueva comunión con el “mundo herido” (ver Laudato si’). De muchas maneras, los “signos de los tiempos” nos muestran claramente que Dios está activo y vivo entre nosotros, moviendo nuestros corazones para abrazar esta visión y embarcarnos en una travesía juntos – cohermanos y misioneros laicos, Hermanas y asociados, y todos los que comparten nuestro carisma misionero.

84. Esta Communicanda ofrece criterios para guiarnos en nuestra común travesía. Sin embargo, el Consejo General sabe que esto no nos protegerá de errores, desvíos, y quizás algunos senderos sin salida a lo largo del camino. Esta fue también la experiencia de San Alfonso, de San Clemente, y de tantos otros. Como ellos, aprenderemos de nuestras experiencias. Como un cuerpo misionero, estamos comprometidos en un proceso de discernimiento guiado por el Espíritu Santo mientras escuchamos atentamente al mundo herido y a cada uno de nosotros. El Espíritu Santo nos llama hoy a dejar nuestras zonas de confort, planes y proyectos, para que podamos dar la bienvenida al plan de Dios entre nosotros. Como María, nuestro Perpetuo Socorro que también nosotros podamos responder: “Somos testigos del Redentor. Que se haga en nosotros según tu Palabra”. Mientras abracemos con esperanza esta Palabra, descubriremos vida nueva y abundante.

85. Que Dios, quien nos ha llamado a seguir al Redentor, nos guíe con el poder y la gracia del Espíritu Santo. Que San Alfonso y todos nuestros santos, mártires y cohermanos beatos y santos nos acompañen en la travesía, y que nos inspiren a través de su ejemplo y oraciones. Les ofrezco estas reflexiones en el nombre y de parte del Consejo General. ¡Sigamos rezando y caminando juntos!

Su hermano en Cristo Redentor,

Michael Brehl, C.Ss.R.

Roma, a 9 de noviembre de 2017
Día de la Fundación de la Congregación

Portada y Contraportada Communicanda 1 ES 2 PDF

Communicanda 1 – REVITALIZAR NUESTRA VITA APOSTOLICA – ES PDF