Thursday, September 3, 2026
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San Alfonso de Liguori

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San Alfonso nace en Marianella, cerca de Nápoles, el 27 de septiembre de 1696. Primogénito de una familia más bien grande, perteneciente a la nobleza napolitana, rrecibe una sólida formación, estudia lenguas clásicas y modernas, pintura y música. Compone un Dueto sobre la Pasión, una canción navideña, todavía hoy famosa en toda Italia: “Tu scendi dalle stelle”, y otros numerosos cantos. Terminados sus estudios universitarios obtiene el doctorado en ambos derechos y comienza a ejercer en el campo del derecho.

En 1723, tras un largo camino de discernimiento, abandona la carrera del derecho y, a pesar de la fuerte oposición del padre, se hace seminarista. Se ordena sacerdote el 21 de diciembre de 1726 cuando contaba 30 años. Los primeros años de su sacerdocio los vive con la gente sin techo y entre la juventud marginada de Nápoles. Funda las “Capillas del atardecer”, compuesta y organizada por los propios jóvenes. Estas capillas son lugares de oración, de comunidad, de escucha de la Palabra de Dios, de actividades sociales y de formación. A su muerte, serían ya 72 las capillas activas con más de 10.000 miembros.

En 1729, Alfonso deja su casa natal y se establece en el Colegio de los Chinos, de Nápoles. Allí se inicia su experiencia misionera en el interior del Reino de Nápoles donde encuentra gente aún mucho más pobre y abandonada que todos aquellos niños que deambulaban sin rumbo fijo por las calles de Nápoles.

El 9 de noviembre de 1732, Alfonso funda la Congregación del Santísimo Redentor, popularmente conocida como “Los Redentoristas”, a fin de seguir el ejemplo de Jesucristo y anunciar la Buena Nueva a los pobres y a los más abandonados. A partir de entonces se dedicaría enteramente a esta nueva misión.

Alfonso es amante de la belleza: músico, pintor, poeta y escritor. Pone toda su creatividad artística y literaria al servicio de la misión, cosa que exige a cuantos se incorporan a la Congregación. Escribe 111 obras sobre espiritualidad y teología. Las 21.500 ediciones y traducciones de sus obras a 72 lenguas distintas demuestran ampliamente que san Alfonso está entre los autores más leídos. Entre sus obras más conocidas, mencionamos: Sobre el gran medio de la oración, Práctica del amor a Jesucristo, Las Glorias de María, Visitas al Santísimo Sacramento. La oración, el amor, su relación con Cristo y su experiencia en el campo de las necesidades pastorales de los fieles hacen de Alfonso uno de los más grandes maestros de la vida interior.

La mayor contribución que Alfonso presta a la Iglesia se hace, sin embargo, en el campo de la teología moral con su obra “Teología Moral”. Se trata de una obra nacida de la experiencia pastoral de Alfonso, de su capacidad de dar respuesta a las cuestiones prácticas presentadas por los fieles, y de su contacto diario con los problemas cotidianos de estas gentes. Se opone al estéril legalismo que ahogaba a la teología y rechaza el estricto rigorismo de la época, neto producto de una elite de poder. Según Alfonso, son caminos cerrados al evangelio porque “semejante rigor nunca fue enseñado ni practicado por la Iglesia”. Supo poner la reflexión teológica al servicio de la grandeza y de la dignidad de la persona humana, de la conciencia moral, de la misericordia evangélica.

En 1762, a la edad de 66 años, Alfonso fue consagrado obispo de Santa Ágata dei Goti a pesar de oponerse vivamente a su nombramiento por sentirse demasiado viejo y enfermo como para dedicarse adecuadamente a su diócesis. En 1775 se le acepta la renuncia y se retira a la comunidad redentorista de Pagani donde muere el 1 de agosto de 1787. Es canonizado en 1839, proclamado Doctor de la Iglesia en 1871 y declarado Patrón de Confesores y Moralistas en 1950.

San Gerardo Mayela

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Gerardo nace en 1726 en Muro, pequeña ciudad del Sur de Italia. Tiene la suerte de tener por madre a Benedecta que le enseñará el inmenso e ilimitado amor de Dios. Se siente feliz porque siente estar cerca de Dios. Gerardo tiene solamente doce años cuando, al morir su padre, se convierte en el único sostén de la familia. Se hace aprendiz de sastre con uno del lugar que lo maltrata y, a menudo, lo golpea. Tras cuatro años de aprendizaje, justo cuando estaba capacitado para abrir una sastrería propia, dice que quiere entrar al servicio del Obispo local de Lacedonia. Los amigos le aconsejan que no acepte aquel puesto. Pero las vejaciones y los continuos reproches que obligan a los demás sirvientes a abandonar tras pocas semanas el puesto, a Gerardo no le arredran. Se pliega a cualquier necesidad y permanece al servicio del obispo durante tres años, hasta la muerte de éste. Cuando Gerardo piensa que se trata de la voluntad de Dios acepta cualquier cosa. No cuentan los golpes del sastre ni tampoco el hecho de ser vejado por el obispo; ve en el sufrimiento un modo de seguir las huellas de Cristo. Debido a esto solía decir: “Su excelencia me quiere bien”. Ya desde entonces Gerardo pasaría horas enteras junto a Jesús en el Santísimo Sacramento, que es el sacramento de su Señor crucificado y resucitado.

En 1745, a la edad de 19 años, vuelve a Muro estableciéndose como sastre. Su negocio prospera pero es poco el dinero que recauda. Regala prácticamente casi todo lo que tiene. Pone aparte lo que necesita su madre y sus hermanas y el resto lo da a los pobres, o bien como ofrenda para misas en sufragio de las almas del purgatorio. Para Gerardo, ninguna conversión le deja indiferente. Se trata de un constante crecimiento en el amor de Dios. Durante la cuaresma de 1747 decide asemejarse lo más posible a Cristo. Se somete a severas penitencias y va tras la búsqueda de humillaciones simulando estar loco, feliz de ver que se burlan de él por la calle.

Quiere servir totalmente a Dios y pide ser admitido por los Frailes Capuchino, pero su petición es denegada. A los veintiún años intenta hacerse ermitaño. Su deseo de ser como Cristo es tal que aprovecha encantado la ocasión de ser protagonista en una representación de la Pasión viviente del Señor en la Catedral de Muro.

Con los Redentoristas

En 1749 los Redentoristas llegan a Muro. Los misioneros son quince y se instalan en las tres parroquias de la ciudad. Gerardo sigue la misión con todo detalle y decide que ésta es la vida que anhela. Pide ser admitido como miembro del grupo pero el Superior, Padre Cafaro, lo rechaza a causa de su salud enfermiza. Tanto importuna Gerardo a los misioneros que, cuando éstos están a punto de marcharse de la ciudad, el Padre Cafaro aconseja a su familia que lo encierren en su habitación.

Con una estratagema que, en adelante, seguirá encontrando un eco especial en el corazón de los jóvenes, Gerardo anuda las sábanas de la cama y se descuelga por la ventana para seguir al grupo de misioneros. Corre cerca de 18 kms. antes de alcanzarlos. “Llévenme con ustedes, denme una oportunidad; en fin, me echan a la calle si no valgo” dice Gerardo. Ante tanta insistencia, al Padre Cafaro no le queda otra salida que darle al menos una oportunidad. Envía a Gerardo a la comunidad Redentorista de Deliceto con una carta en que dice: “Les mando a otro hermano, que será inútil para el trabajo…”

Gerardo se enamora total y absolutamente de la forma de vida que Alfonso, el fundador de los Redentoristas, ha previsto para los miembros de su congregación. Vibra de emoción al descubrir que el amor a Jesús en el Smo. Sacramento es el centro y que el amor a María, la Madre de Jesús, es igualmente considerado como esencial. Hace su primera profesión el 16 de julio de 1752, y el hecho de que se trate del día en que se celebra el Smo. Redentor además de ser la festividad de Nuestra Señora del Monte Carmelo le llena de felicidad. Desde aquel día, a excepción de alguna breve visita a Nápoles y del tiempo pasado en Caposele donde morirá, la vida de Gerardo se desarrollará en la comunidad Redentorista de Iliceto.

La etiqueta de “inútil” no le durará mucho. Gerardo es un trabajador excelente y en los años siguientes llega a ser jardinero, sacristán, sastre, portero, cocinero, carpintero y albañil en las reformas de Caposele. Aprende rápidamente – visita el taller de un grabador de madera y será bien pronto capaz de hacer crucifijos. Para la comunidad se convierte en un tesoro y, además, con la sola ambición de hacer siempre y en todo la voluntad de Dios.

En 1754, su director espiritual le pide que escriba en una cuartilla lo que desea por encima de cualquier otra cosa. Escribe: “Amar mucho a Dios; estar siempre unido a Dios; hacerlo todo por Dios; amar a todos por Dios; sufrir mucho por Dios: lo único que cuenta es hacer la voluntad de Dios”.

La gran tribulación

La verdadera santidad viene siempre probada por la cruz. En 1754, Gerardo tiene que pasar por una gran prueba, una prueba que, con solo ella, le hubiera hecho acreedor al poder especial de ayudar a las madres y a sus hijos. Entre sus obras de celo está la de alentar y ayudar a las chicas que quieren entrar en el convento. A menudo se hace incluso cargo de la dote prescrita cuando, de otra forma, una chica pobre no podría ser admitida en una orden religiosa.

Neria Caggiano es una de estas chicas a las que ayuda Gerardo. Pero coge aversión al convento y después de tres semanas vuelve a casa. Para explicar su actitud, Neria empieza a inventarse falsedades y a hacerlas circular acerca de la vida de las monjas; pero cuando la buena gente no se cree tales historias sobre un convento recomendado por Gerardo, decide salvar su propia reputación destruyendo el buen nombre de su bienhechor. En una carta que dirige a S. Alfonso, superior de Gerardo, le acusa a éste de pecados de impureza con la joven, hija de una familia en cuya casa Gerardo se hospeda con frecuencia durante sus itinerarios misioneros.

Gerardo es llamado por S. Alfonso para que responda a tal acusación. En lugar de defenderse, Gerardo permanece en silencio, siguiendo el ejemplo de su divino Maestro. Ante su silencio, S. Alfonso no puede hacer otra cosa que imponer una severa penitencia al joven religioso. Se le prohíbe a Gerardo el privilegio de comulgar y se le prohíbe también todo contacto con el exterior.

Para Gerardo no es fácil renunciar a su celo en favor de las almas, pero esto no es nada comparado con el hecho de que se le haya privado de la Santa Comunión. Sufre tanto que pide ser relevado del privilegio de ayudar a misa por el miedo que siente ante la vehemencia con que desea recibir la comunión y que pudiera llevarlo a arrancar la hostia consagrada de manos del sacerdote.

Poco tiempo después, Neria enferma gravemente y escribe una carta a S. Alfonso confesando que sus acusaciones contra Gerardo eran falsas, fruto de su pura invención y una auténtica calumnia. San Alfonso se siente lleno de felicidad al saber que su hijo era inocente. Pero Gerardo, que no se ha dejado abatir durante el tiempo de la tribulación, tampoco salta de gozo ahora ni siquiera cuando llega la hora de su justificación. En ambos casos siente que se ha cumplido la voluntad de Dios y eso le basta.

Obrador de milagros

Pocos santos son recordados por tantos milagros como los que se le atribuyen a S. Gerardo. El proceso de su beatificación y canonización revela que hizo cantidad de milagros, de todo género y tipo.

A menudo cae en éxtasis cuando medita sobre Dios y su santa voluntad. En estos casos, se veía que su cuerpo se elevaba varios centímetros sobre el suelo. Diversos testimonios auténticos revelan que, en más de una ocasión, se le vio y se pudo hablar con él en dos sitios distintos al mismo tiempo. La mayoría de sus milagros se producen para ayudar a los demás. Hechos extraordinarios como los que ahora referimos se convierten en algo normal cuando uno ojea su vida. Restituye la vida a un chico que se había caído desde una empinada roca; bendice la escasa cosecha de trigo de una familia pobre y les llegará hasta la próxima siega; en varias ocasiones multiplica el pan que está distribuyendo a los pobres. Un día camina sobre las borrascosas aguas para conducir un barco lleno de pescadores y llevarlo a puerto seguro. Muchas veces Gerardo desvela a la gente sus pecados ocultos y que se han avergonzado de confesar, haciendo que se arrepientan y hagan penitencia tras recibir el perdón.

También su milagroso apostolado en favor de las madres da comienzo aún en vida del santo. Un día, cuando está a punto de dejar la casa de sus amigos, la familia Pirofalo, una de las hijas le advierte que ha olvidado en casa su pañuelo. En un instante de percepción profética, Gerardo dice: “Guárdalo. Un día te será útil”. El pañuelo es conservado como un precioso recuerdo de Gerardo. Años más tarde, la chica a la que había dejado el pañuelo se encuentra en peligro de muerte durante el parto. Se acuerda de las palabras de Gerardo y pide el pañuelo. Casi enseguida sale de peligro y da a luz a un perfecto niño. En otra ocasión, una madre pide las oraciones de Gerardo porque está en peligro junto al niño que lleva en su seno. Ambos saldrán sanos y salvos del trance.

Muerte y glorificación

De salud enfermiza, era evidente que Gerardo no podía vivir largo tiempo. En 1755 le viene una violenta hemorragia junto con disentería y la muerte puede sobrevenirle en cualquier momento. Todavía, sin embargo, tiene que enseñar una gran lección sobre el poder de la obediencia. Su director espiritual le pide que se restablezca si tal es la voluntad de Dios; inmediatamente desaparece su enfermedad y abandona el lecho para unirse a la comunidad. Sabe, sin embargo, que esta mejoría es sólo temporal y que le resta poco tiempo de vida, solo algo más de un mes.

Al poco tiempo debe volver al lecho y empieza a prepararse para la muerte. Se entrega totalmente a la voluntad de Dios. Sobre su puerta pone el siguiente letrero: “Aquí se hace la voluntad de Dios, como Dios quiere y hasta cuando Él quiera”. A menudo se le oye decir la siguiente plegaria: “Dios mío, deseo morir para hacer tu santa voluntad”. Poco antes de la medianoche del 15 de octubre de 1755, su alma inocente vuela al Cielo.

Cuando muere Gerardo, el hermano sacristán, todo excitado, toca la campana a fiesta en lugar de hacerlo con el tañido de difuntos. Se cuentan por millares los que se acercan para pasar ante el ataúd de “su santo” y para llevarse un último recuerdo del que tantas veces les ha socorrido. Tras su muerte, se producen milagros en casi toda Italia, todos atribuidos a la intercesión de Gerardo. En 1893, el Papa León XIII lo beatifica y el 11 de diciembre de 1904 el Papa Pío X lo canoniza proclamándolo santo de la Iglesia Católica.

El Santo de las madres

Debido a los milagros que Dios ha obrado por intercesión de Gerardo en favor de las madres, las mamás de Italia pusieron gran empeño en que se nombrara a S. Gerardo su patrón. En el proceso de su beatificación se asegura que Gerardo era conocido como “el santo de los partos felices”.

Millares de madres han podido experimentar el poder de S. Gerardo a través de la “Cofradía de S. Gerardo”. Muchos hospitales dedican su departamento de maternidad al santo y distribuyen entre sus pacientes medallas e imágenes de san Gerardo con su correspondiente oración. A millares de niños se les ha impuesto el nombre de Gerardo por padres convencidos de que, gracias a la intercesión del santo, sus hijos han nacido bien. Hasta a las niñas se les impone su nombre, por lo que es interesante constatar cómo el nombre de “Gerardo” se ha transformado en Gerarda, Geralina, Gerardina, Geriana y Gerardita.

San Clemente Hofbauer

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Una mirada a la vida de Clemente Hofbauer puede enseñarnos mucho acerca de los sueños que llegan a realizarse, así como sobre la oración y el servicio, sobre la perseverancia en la vida cristiana, sobre cómo hacerse santo viviendo los avatares de cada día, y sobre cómo emplear cada instante de la vida orientándolo hacia su justa meta. Clemente no fue un obrador de milagros, no fue un visionario, fue solamente un gran y santo Redentorista que se puso al servicio del pueblo de Dios ofreciéndole lo mejor de sí mismo. Nacimiento y vida de joven

Nuestro santo nace el día de San Esteban, 26 de diciembre de 1751, en Tasswitz, Moravia. Noveno de 12 hijos nacidos de María y Pablo Hofbauer, fue bautizado al día siguiente de su nacimiento. Le impusieron el nombre de Hansl; es decir, Juan. Será con este nombre con el que se le conocerá hasta el día en que se haga ermitaño y en el elegirá el nombre de Clemente.

El hermano mayor del santo, Carlos, parte del hogar paterno para unirse a la caballería húngara en la batalla contra los turcos. Hansl se enfada por no ser lo bastante mayor para vestir el uniforme azul con adornos de plata y capa con forro de terciopelo rojo.

Pero sus sueños infantiles tienen también otros horizontes. Mientras ayuda a misa se imagina siendo sacerdote en el altar, se ve vestido con ornamentos sagrados dirigiendo al pueblo en las grandes solemnidades de la Iglesia a fin de dar gloria y alabanza a Dios.

Finalmente, el ideal del sacerdocio vence sobre el de la carrera militar. Desgraciadamente, al pertener a una familia pobre, Hansl tiene pocas esperanzas de poder entrar en un seminario o de ingresar en una orden religiosa.

Comienza por estudiar latín en casa del vicario de su parroquia. El párroco es un viejo sacerdote que llega a descubrir en el joven Hofbauer la semilla de la vocación. Todos los días el joven estudiante y el anciano pastor se encuentran para estudiar la lengua latina. Se trata del primer paso del largo camino que conducirá a Hansl al sacerdocio. El período de estudios acaba repentinamente con la muerte del párroco cuando Hansl tiene catorce años. El nuevo párroco no encuentra tiempo para ayudarle a estudiar latín. Ante la imposibilidad de continuar estudiando para el sacerdocio, Hansl se ve en la necesidad de aprender algún oficio. En 1767 es aceptado como aprendiz de panadero. En 1770 se va a trabajar a la panadería del monasterio premonstratense de los Padres Blancos de Kloster Bruck. En aquella época, las consecuencias de la guerra y la carestía reinante empujan a los sin techo y a los hambrientos a llamar a las puertas del monasterio en busca de ayuda. Hofbauer trabaja día y noche para calmar el hambre de los pobres que llaman a su puerta. Aunque ahora no se trata del tan anhelado sacerdocio, sí es, no obstante, una oportunidad que se le presenta de ayudar al pueblo de Dios que se encuentra tan gran necesidad.

En 1771, un viaje a Italia lleva a Hofbauer a Tivoli. Decide hacerse ermitaño en el santuario de Nuestra Señora de Quintiliolo y pide al obispo de la diócesis recibir el hábito de ermitaño. Es entonces cuando Hansl Hofbauer cambia su nombre por el de Clemente María; Clemente por el obispo de Ancira en Asia y María por la Virgen María. El ermitaño Clemente ruega por si mismo y por todos los que, en el mundo, se olvidan de rezar. Trabaja en el santuario y asiste a los peregrinos que lo visitan. Pero Clemente no encuentra la felicidad allí, y al cabo de poco menos de seis meses abandona Quintiliolo. Comprende lo necesario que es rezar por la gente y sabe que se trata de una obra buena lo que allí hace, pero no es tampoco aquel anhelado sacerdocio que tanto desea. Vuelve al monasterio de los Padres Blancos de Kloster Bruck y sigue cociendo el pan mientras retoma el estudio del latín. En 1776 termina sus estudios de filosofía pero no puede seguir adelante. El emperador prohíbe que los Padres Blancos admitan nuevos novicios. Una vez más se le cierran a Clemente las puertas al sacerdocio. Regresa a casa y durante dos años vive como ermitaño en Muehlfraun imponiéndose austeros ayunos, duras penitencias y largas noches de oración. Tras la insistencia de su madre, deja una vez más la ermita y se dedica nuevamente a cocer pan. Esta vez halla trabajo en una famosa panadería de Viena donde encuentra a dos distinguidas señoras que se convertirán en sus mayores benefactoras.

Contando ya con la edad de veintinueve años, y después de haber sido panadero en tres sitios distintos, además de ermitaño durante dos años, Clemente ingresa en la universidad de Viena. Al suprimir el gobierno todos los seminarios, los estudiantes al sacerdocio se ven obligados a estudiar en las universidades controladas por el gobierno. Clemente se siente frustrado por el contenido de los cursos de religión que se dan impregnados de racionalismo y de otros aspectos que nada tienen que ver con dicha materia, además de ir mezclados con diversas doctrinas. Impertérrito, continúa buscando las verdades de la fe y persiguiendo su sueño: el sacerdocio.

En 1784, durante una peregrinación, Clemente y su compañero de viaje, Thaddeus Huebl, deciden unirse a una comunidad religiosa. Los dos seminaristas son recibidos en el noviciado redentorista de San Julián, en Italia. En la fiesta de San José, 19 de marzo de 1785, Clemente Hofbauer y Thaddeus Huebl se convierten en Redentoristas al profesar públicamente sus votos de pobreza, castidad y obediencia. Diez días después son ordenados sacerdotes en la Catedral de Alatri.

Pocos meses después de su ordenación, los dos Redentoristas extranjeros son llamados por su Superior General, Padre de Paola, que les pide que regresen a su patria, más allá de los Alpes, y que establezcan la Congregación redentorista en el Norte de Europa. Se trata de una empresa difícil e insólita para dos hombres tan recientemente ordenados. Para Alfonso, el hecho de que la Congregación se extienda más allá de los Alpes es una prueba manifiesta de que los Redentoristas habrían de durar hasta el final de los tiempos. Para Clemente, se trata de un sueño que se convierte en realidad.

Varsovia y San Benón

La situación política impide a Clemente permanecer en su propio país. El emperador austriaco, que ya ha suprimido más de 1.000 monasterios y conventos, no tiene intención alguna de permitir que una nueva congregación religiosa se establezca en su territorio por lo que no autoriza su fundación. Sabedores de este hecho, los dos Redentoristas se van a Polonia. En febrero de 1787 llegan a Varsovia, una ciudad de 124.000 habitantes. Aunque en ella hay 160 iglesias, además de 20 monasterios y conventos, desde muchos puntos de vista casi se trata de una ciudad sin Dios. La gente es pobre y falta de formación; las viviendas se caen a pedazos. Muchos han abandonado ya el catolicismo para hacerse francomasones. Los fieles católicos y los pocos buenos sacerdotes que restan, viven grandes padecimientos. Durante los próximos 20 años, Clemente y su pequeño grupo de sacerdotes y hermanos redentoristas compartirán este sufrimiento por Dios y por los fieles de Polonia.

Cuando en 1787 Clemente llega a Polonia, ésta vive momentos de turbulencias políticas. El rey Estanislao II es sólo una marioneta en manos de Catalina II de Rusia. En 1772 había tenido lugar una primera partición del país; Austria, Rusia y Prusia se habían repartido el botín. Otra partición ocurriría en 1793 y todavía una tercera en 1795. Surge Napoleón con su gran ejército en plan de conquista, atraviesa Europa, y no deja de aumentar la tensión política. Durante los veintiún años que permanecerá Clemente en Varsovia serán pocos los momentos en que reine la paz.

En el viaje de los dos sacerdotes redentoristas a Polonia se les une Pietro (ahora Manuel) Kunzmann, compañero de Hansl, también panadero, y que le acompañó igualmente en una de sus peregrinaciones. Será el primer hermano redentorista en territorio no italiano. Juntos llegan a Varsovia con los bolsillos vacíos. Clemente ha dado ya a algunos mendigos encontrados por la calle las tres últimas monedas de plata que le quedaban. Los tres se reúnen con el delegado apostólico, el arzobispo Saluzzo, que les confía la iglesia de San Bennon para que trabajen entre la gente de lengua alemana residente en Varsovia. Los Redentoristas aprenden esta nueva lengua y extienden su apostolado a la población que vive en la zona de San Bennon.

Siempre que Clemente ve deambular a algún chico sin techo lo conduce a la casa parroquial, lo limpia, le da de comer, le enseña una profesión, y lo instruye para que viva cristianamente. Cuando estos chicos llegan a ser ya demasiado numerosos, Clemente abre el albergue del Niño Jesús para estos jóvenes sin techo. Para suministrarles vestido y alimento, Clemente y sus compañeros se ven obligados a mendigar de continuo. Lo hacen sin sentirse en absoluto avergonzados. Clemente entra en una panadería para comprar un poco de pan y encuentra que el panadero no tiene ayudante. Pasará con él todo el día amasando y cociendo el pan y sacándole provecho a sus antiguas experiencias como panadero. Consigue así para aquel día y para otros muchos días en el futuro el pan que necesitan sus chicos.

Dice la leyenda que, en otra ocasión, entró Clemente en un bar local a mendigar. Al pedir Clemente la limosna, uno de los encargados le escupió la cerveza a la cara. Limpiándose tranquilamente la cerveza, Clemente respondió: “Esto es para mí. Pero ahora ¿qué me da para mis chicos?” Los clientes de la cervecería quedaron verdaderamente tan atónitos por aquella respuesta cristiana que Clemente recogió en aquella ocasión más de 100 monedas que plata. Cuando los Redentoristas abren las puertas de su iglesia, se encuentran con que tienen que predicar a bancos vacíos. Demasiadas cosas preocupan a la gente, alejándola de Dios; además, no se fían de los sacerdotes extranjeros. Habrían de pasar muchos años antes de que los Redentoristas lograran conquistar el corazón de la gente, pero, una vez logrado, San Bennon se convertirá en uno de los lugares más visitados de la Iglesia católica en Varsovia.

En 1791, cuatro años después de su llegada, los Redentoristas transforman el albergue de los chicos en academia. Abren un internado para chicas y confían su dirección a algunas nobles matronas de Varsovia. El número de huérfanos va constantemente en aumento. El dinero que necesitan para sufragar todas estas actividades proviene de algunos bienhechores fijos y de otra mucha gente dispuesta a ayudar de la forma que sea; pero Clemente se ve obligado aún a mendigar de puerta en puerta para encontrar la ayuda que necesita para mantener a sus numerosos huérfanos.

En la iglesia, Clemente y su grupo de cinco sacerdotes redentoristas y tres hermanos legos comienzan lo que llaman la Misión Continua. Los días laborables, en vez de una sola misa matutina, en la iglesia se tiene una misión a tiempo pleno para cada día del año. Si te acercas a San Benón en cualquier día del año, verás que puedes asistir a cinco sermones en alemán y polaco. Hay, además, tres misas solemnes, el oficio a la Bienaventurada Virgen María, la visita al Santísimo Sacramento, el Vía Crucis, vísperas, momentos de oración y las letanías. Los sacerdotes están disponibles para la confesión a cualquier hora del día y de la noche.

En 1800 pueden constatarse ya notables avances en la iglesia y en la comunidad redentorista. La administración de los sacramentos ha pasado de 2.000 (en 1787) a más de 100.000. En San Benón trabajan ya 21 sacerdotes redentoristas y siete hermanos legos. Hay, además, cinco novicios y cuatro seminaristas polacos.

Todo esto sucede en condiciones nada ideales. Las tres reparticiones de Polonia han causado terribles derramamientos de sangre. Kosciusco, el gran ideólogo que lucha por la libertad polaca, alcanza su máxima gloria pero el pueblo no logra detener a los invasores extranjeros de forma definitiva. La guerra llega a Varsovia durante la Semana Santa del 1794. Los Redentoristas, juntamente con todos los habitantes de aquella ciudad, se encuentran en constante peligro de muerte. Tres bombas caen sobre la iglesia pero no estallan. Durante las constantes batallas que no cesan, Clemente y sus compañeros continúan predicando la paz. Esto contribuye a que aumenten los gritos de protesta contra los Redentoristas a los que toman por traidores.

Apenas comienzan las hostilidades son atacados desde dos frentes. Desde un punto de vista político son extranjeros; pero pueden mezclarse con la gente y hacer mucho mediante su excelente y santo trabajo de auténticos sacerdotes. Pueden atender a centenares de huérfanos, celebrar misas, hacer que miles de personas se acerquen a Dios, pero no por eso los Redentoristas alemanes dejan de ser un elemento extranjero en un país en guerra.

El otro frente desde el que son atacados es aún más doloroso. Es el ataque personal y despiadado de los que, habiendo abandonado la Iglesia a la que pertenecían por el bautismo, se han convertido en francomasones. Se reúnen en pequeños centros ocultos y traman contra los católicos atacando a los sacerdotes, al culto público y haciendo que se cierren las iglesias.

Los Redentoristas deben siempre mantener alta la guardia contra las emboscadas. Sus enemigos están siempre al acecho para lanzarles piedras o molerlos a bastonazos. Un día la muerte llama a la puerta del convento en forma de regalo. Alguien regala a los Padres un jamón envenenado. Cuatro sacerdotes morirán de tomaína a causa del veneno. Clemente hace frente a aquella terrible tragedia. El número de Redentoristas disminuye en vez de aumentar. Providencialmente, cuatro nuevos candidatos se unen a la comunidad poco después del acto criminal, pero Clemente no olvidará nunca a los cohermanos asesinados. Aún más dolorosa para Clemente fue la muerte del Padre Thaddeus Huebl, su compañero de estudios y querido amigo. Huebl es llamado a la cabecera de un falso enfermo. Horas después es alcanzado por un carruaje lanzado contra él a gran velocidad; después es torturado y molido a golpes. Días después morirá a causa de las heridas padecidas. Clemente sufre tremendamente al ver que su amigo pierde la vida. Ahora tendrá que vérselas solo.

Los ataques continúan. Los Redentoristas se convierten en objeto de escarnio incluso en los teatros. Los sacerdotes polacos del lugar tratan de frenar la obra de los Redentoristas que han dedicado más de 20 años a restaurar la fe del pueblo de Varsovia; pero son molestados, atacados, maltratados. En 1806, se prohíbe ya por ley que los sacerdotes del lugar inviten a los Redentoristas a predicar misiones en sus parroquias. Más tarde llegará una ley incluso más restrictiva aún al prohibírsele a los Redentoristas predicar y confesar en su iglesia de San Benón.

Contra estas actuaciones, Clemente apela directamente al Rey de Sajonia que en ese momento gobierna Polonia. Aunque consciente del bien que los Redentoristas están haciendo, aquél no puede hacer frente a los muchos francomasones y jacobinos que van a la caza de los Redentoristas de Polonia. El 9 de junio de 1808 se firma el decreto de expulsión. Once días después, la iglesia de San Benón es cerrada y los 40 Redentoristas que la atendían son encarcelados reteniéndoseles en prisión durante cuatro semanas; se les conminará después a que abandonen el país.

Viena: nuevo comienzo

En septiembre de 1808, tras el destierro de Polonia, Clemente llega a Viena. Allí se quedará ya hasta su muerte acaecida cerca de 13 años después. En 1809, cuando las fuerzas napoleónicas atacan Viena, Clemente como capellán del hospital, cura a los soldados heridos. El arzobispo de Viena advierte el celo de Clemente y le pide que se haga cargo de una pequeña iglesia italiana de Viena. Clemente permanecerá allí durante cuatro años para, luego, ser nombrado capellán de las Monjas Ursulinas en julio de 1813.

La verdadera santidad de Clemente se pone cada vez más de manifiesto en la atención que presta al bien espiritual de las Monjas y de los seglares que acuden a su capilla. El fervor con que se acerca al altar revela al hombre de fe que es. Desde el púlpito, sus labios pronuncian las palabras que la gente necesita oír. Predica de forma que puedan reconocer sus pecados y lleguen a comprender la bondad de Dios para conformar sus vidas a la voluntad divina. Pero si desde el púlpito ruge como un león, en el confesionario es un cordero. Escucha los pecados de los penitentes y siempre logra encontrar un mensaje de aliento, pide a Dios que los perdone y los despide invitándoles a retomar el buen camino.

A comienzos de 1800, Viena es uno de los centros culturales más importantes de Europa. Clemente tiene el placer de pasar largos ratos con los estudiantes y con los intelectuales del lugar. Los estudiantes van a él por separado o en grupo a fin de hablar, compartir una comida o buscar consejo. Entre éstos, muchos se harán más tarde Redentoristas. Hace incluso que vuelvan a la Iglesia muchos personajes ricos y exponentes del arte; entre otros, Frederick y Dorothy von Schlegel (hija de Mendelssohn, fundador de la escuela romántica); el artista Frederick von Klinkowstroem; Joseph von Pilat, secretario privado de Metternich; Frederick Zachary Werner, que más tarde se haría sacerdote y llegaría a ser un gran predicador; y Frederick von Held que, siendo ya Redentorista, llevaría la Congregación a Irlanda.

En Viena, Hofbauer es de nuevo atacado. Durante un tiempo se le prohibe predicar. Es amenazado con la expulsión por ponerse en contacto con su Superior General Redentorista, en Roma. Pero para que la expulsión pueda hacerse efectiva debe firmarla el emperador Franz de Austria. En ese tiempo, sin embargo, el emperador está como peregrino en Roma donde visita al Papa Pío VII; se entera entonces de lo muy apreciada que es la obra de Hofbauer. Trata, en consecuencia, de recompensar a Hofbauer por sus años de entregado servicio autorizándole una fundación Redentorista en Austria.

Así, en vez de la orden de expulsión, a Hofbauer se le concede una audiencia con el emperador Franz. Los planes se hacen a prisa. Se elige una iglesia y se la acondiciona para que sirva de primera fundación de los Redentorista en Austria. Pero, desgraciadamente, se efectuará ya sin Clemente. Caído enfermo en los primeros días de marzo de 1820, muere el 15 del mismo mes de aquel año. Como Moisés, en la Biblia, ha conducido a su pueblo hasta la Tierra Prometida pero no ha podido vivir lo suficiente como para poder entrar en ella. Muere, en todo caso, con una gran recompensa: la de saber que su segundo sueño se ha hecho realidad.

Conclusión

Clemente Hofbauer fue beatificado el 29 de enero de 1888 por el Papa Leo XIII y canonizado como santo de la Iglesia católica el 20 de mayo de 1909. En 1914, el Papa Pío X le concede el título de Apóstol y Patrón de Viena. Hoy, a más de 150 años de su muerte, la fiesta anual de san Clemente es celebrada de modo especial por la población de Viena y por los seis mil sacerdotes y hermanos del mundo entero que visten el hábito redentorista como lo hizo san Clemente.

¿Qué hizo de Clemente Hofbauer un santo? No hizo ningún milagro que pudiera asombrar a nadie, no tuvo ni visiones ni éxtasis capaces de impresionar. Tuvo incluso algunos defectos – un carácter alemán irascible, tendencia a ser huraño. Pero si se nos hubiera concedido estar algún tiempo junto a él, hubiéramos descubierto que era un hombre de fe extraordinariamente firme, un hombre tranquilo y de extraordinaria paz, un hombre capaz de trabajar por el bien de las almas sin fatigarse jamás. Característica principal de su santidad es la sencillez. Otras características suyas fueron la aceptación de la voluntad de Dios tal como se le manifestaba, el hacer todo el bien de que era capaz. Llevó una vida de inocencia y de servicio, toda ella dedicada a la gloria de Dios y a inducir a los demás que lo sirvieran. Precisamente por el modo tan sencillo en que se hizo santo, san Clemente continúa siendo hoy para todos nosotros un modelo de santidad.

San Juan Neumann

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Obispo de Philadelphia, Pennsylvania, EUA, nació en Prachatitz, Bohemia, el 28 de marzo de 1811, siendo hijo de Felipe Neumann e Inés Lebis. Asiste a la escuela en Budweis y entra en su seminario en 1831. Dos años más tarde se traslada a la universidad de Charles Ferdinand, Praga, donde estudia teología.

Espera ser ordenado sacerdote en 1835, pero entonces decide el obispo que no habrá más ordenaciones. Hoy es difícil imaginarse una cosa semejante pero en aquel entonces, Bohemia estaba llena de sacerdotes. Juan escribe a todos los obispos de Europa pero la historia se repite en todas partes. Nadie quiere más sacerdotes. Juan está convencido, sin embargo, de que está llamado al sacerdocio; pero todas las puertas se le cierran.

Juan no renuncia a pesar de todo. Ha aprendido el inglés trabajando en una fábrica donde los jornaleros hablaban inglés. Escribe entonces a obispos de América. Por fin, el obispo de Nueva York acepta ordenarlo. Para poder seguir la llamada de Dios al sacerdocio, Juan se ve obligado a abandonar para siempre su madre patria y a atravesar el Atlántico en pos de una tierra nueva y todavía dura.

En Nueva York, Juan se convierte en uno de los 36 sacerdotes al servicio de los 200.000 católicos de la diócesis. Su parroquia, en la parte occidental del estado de Nueva York, se extiende desde el lago Ontario a Pennsylvania. Su iglesia no tiene ni campanario ni pavimento, pero poco importa esto porque Juan anda casi siempre por la calle y se desplaza de aldea en aldea, escalando incluso montañas, para visitar a los enfermos. Se alberga en los desvanes de las casas y en las tabernas donde incluso trata de catequizar a la gente. Celebra la misa sobre mesas de cocina.

Su trabajo es ingente y su parroquia está muy aislada. Juan siente el deseo de pertenecer a una comunidad y entra con los Redentoristas, una congregación de sacerdotes y hermanos dedicados a ayudar a los pobres y a los más abandonados.

Es el primero de los sacerdotes que entrarán en la Congregación en América, hace los votos en Baltimore el 16 de enero de 1842.

Desde el comienzo, sus compañeros religiosos lo aprecian muchísimo por su notable santidad, por su celo y por su amabilidad.

Su conocimiento de seis lenguas modernas, nada menos, lo hace particularmente apto para trabajar en la políglota sociedad americana del siglo XIX.

Trabaja en Baltimore y en Pittsburg. En 1847 es nombrado Visitador o Superior Mayor de los Redentoristas en Estados Unidos.

El Padre Frederick von Held, Superior de la provincia belga a la que pertenecen las casas norteamericanas, dice de él: “Es un gran hombre en el que la piedad se une a una personalidad fuerte y prudente”. Necesitará mucho de estas calidades durante los dos años que ejerza aquel puesto de superior ya que la fundación norteamericana está atravesando por un período muy duro de adaptación.

Cuando deja su cargo en manos del Padre Bernard Hafkenscheid, los Redentoristas de los Estados Unidos estarán ya mejor preparados para hacerse provincia autónoma, cosa que ocurrirá en 1850.

El Padre Neumann es nombrado obispo de Filadelfia y consagrado como tal en Baltimore el 28 de marzo de 1852. Su diócesis es enorme y atraviesa por un período de notable desarrollo.

Como obispo, lo primero que hace es organizar una red diocesana de escuelas católicas. Fundador de la formación católica en su país, incrementa en su diócesis el número de dos escuelas católicas que había al número de cien.

Funda a las hermanas de la Tercera Orden de San Francisco para enseñar en las escuelas.

Entre las más de ochenta iglesias erigidas durante su episcopado, debe mencionarse, como comienzo, la catedral de los Santos Pedro y Pablo.

S. Juan Neumann fue de baja estatura, y su salud no fue nunca robusta. Pero en su breve vida logró completar muchas cosas. Encontró tiempo para dedicarse incluso a la actividad literaria a pesar de los grandes compromisos pastorales que atendía.

Además de numerosos artículos publicados en los periódicos católicos y en las revistas de su tiempo, publicó también dos catecismos y, en 1849, una historia de la Biblia para uso escolar.

Siguió en la brecha hasta al final.

El 5 de enero de 1860 (a la edad de 48 años) cayó exánime en una de las calles de su ciudad episcopal muriendo incluso antes de que pudieran administrársele los últimos Sacramentos.

Fue beatificado por el Papa Pablo VI el 13 de octubre de 1963 y canonizado por el mismo Papa el 19 de junio de 1977.

Beato Pedro Donders

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Pedro Donders nace en Tilburg, Holanda, el 27 de octubre de 1809 del matrimonio Arnold Denis Donders y Petronila van den Brekel. Ninguno de sus dos hijos puede estudiar debido a que la familia; deben trabajar para ayudar a la casa. Pedro, sin embargo, alimenta desde la infancia el deseo de hacerse sacerdote. Con ayuda del clero de su parroquia, Pedro puede iniciar a los veinte años sus estudios en el Seminario Menor. Con el tiempo, el 5 de junio de 1841, es ordenado sacerdote.

Durante sus estudios de teología en el seminario, sus superiores lo orientan hacia las misiones de la colonia holandesa del Surinam. Llega a Paramaribo, capital de la colonia, el 16 de septiembre de 1842 y enseguida se entrega a la acción pastoral que lo retendrá hasta su muerte. Las primeras tareas comprenden visitas habituales a los plantíos a lo largo de los ríos de la colonia donde predica y administra los sacramentos, sobre todo a los esclavos. Sus cartas expresan su indignación por el duro trato a que tienen que someterse las poblaciones africanas que se ven obligadas a trabajar en los plantíos.

En 1856 es destinado a una estación de leprosos en Batavia. Salvo pocas interrupciones, éste será ya el escenario de su apostolado durante el resto de su vida. Su caridad le lleva a preocuparse no sólo por proporcionar a sus pacientes los bienes de la religión, sino que se preocupa también de curarlos personalmente cuando no logra convencer a las autoridades de que les proporcionen los adecuados servicios sanitarios. Por todos los medios a su alcance logra mejorar las condiciones de los leprosos, sobre todo gracias a la energía incansable con que informa a las autoridades coloniales de la necesidad que dichos enfermos tienen de atención médica. Cuando en 1866 los Redentoristas llegan a la colonia a fin de hacerse cargo de la misión del Surinam, el Padre Donders, juntamente con uno de sus cohermanos sacerdotes, pide ser admitido en la Congregación.

Los dos candidatos hacen su noviciado bajo la dirección del Vicario Apostólico, Mons. Giovanni Baptista Swinkels y emiten sus votos el 24 de junio de 1867. El Padre Donders vuelve rápidamente a Batavia. Al contar ya con la ayuda de los leprosos, puede dedicar más tiempo a una obra que desde hacía largo tiempo deseaba emprender. Como Redentorista, su atención se dirige ahora a las poblaciones indias del Surinam. Se dedicará a esta obra hasta su muerte. Comienza aprendiendo las lenguas nativas y a instruir a los indios en la fe cristiana. Esto lo hará hasta que le abandonen las fuerzas y sea obligado a dejar en las manos de otros la obra comenzada.

En 1883, el Vicario Apostólico, queriendo relevarlo de la pesada carga que durante tanto tiempo ha cargado sobre sus hombros, lo traslada a Paramaribo y, más tarde, a Coronie. En noviembre de 1885, sin embargo, vuelve a Batavia. Aquí se hace nuevamente cargo de las tareas de antaño hasta diciembre de 1886 cuando su salud, ya muy deteriorada, lo obliga a guardar cama. Vivirá aún dos semanas. Le sobreviene la muerte el 14 de enero de 1887. Al extenderse su fama de santidad más allá de los límites del Surinam y de su Holanda natal, se introduce su causa de canonización en Roma. El 23 de mayo de 1982 es beatificado por el Papa Juan Pablo II.

Beato Genaro Sarnelli

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Genaro Maria Sarnelli, hijo del Barón de Ciorani, nace en Nápoles el 12 de septiembre de 1702.

A los 14 años, tras la beatificación de Francisco Regis, decide hacerse jesuita. El padre lo disuade creyéndolo demasiado joven. Genaro emprende entonces los estudios de derecho que acaba con el título de doctor en ambos derechos en 1722. Habiéndose distinguido en el ejercicio de su profesión se enrola, no obstante, en la Congregación de los Caballeros Profesionales del Derecho y de la Medicina, dirigida por los Píos Operarios de san Nicolás de Tolentino. Entre las reglas de esta Asociación existe la obligación de asistir a los enfermos del hospital de los Incurables. Es aquí donde Genaro se siente llamado por Dios al sacerdocio.

En septiembre de 1728 se hace seminarista y es destinado por el Cardenal Pignatelli a la parroquia de santa Ana di Palazzo. Para poder estudiar tranquilamente se hospeda en el colegio de la Santa Familia, más conocido como el Colegio de los Chinos, fundado por Matteo Ripa. EL 8 abril del año siguiente deja el colegio de los Chinos para comenzar el 5 de junio del mismo año su noviciado en la Congregación de las Misiones Apostólicas.

El 28 de mayo de 1731 concluye el noviciado y el 8 julio del año siguiente se ordena sacerdote. Durante todos estos años, además de las visitas al hospital, se dedica a ayudar a los niños que son obligados a trabajar, enseñándoles el catecismo. Visita a los ancianos del geriátrico de san Genaro y a los marinos enfermos que yacen postrados en el hospital del puerto. Es éste también el tiempo en el que entabla amistad con san Alfonso de Liguori y conoce su apostolado. Juntos se dedican a enseñar el catecismo a los laicos y organizan las capillas del atardecer.

Tras su ordenación, a Genaro se le encomienda por el Cardinal Pignatelli que dirija la enseñanza religiosa en la parroquia de los Santos Francisco y Mateo, en el barrio español. Cuando se da cuenta de la corrupción que impera entre las jóvenes, decide emplear todas sus energías en la lucha contra la prostitución. En este mismo tiempo (1733), san Alfonso debe defenderse de las injustas críticas que padece a causa de la fundación de la Congregación misionera del Santísimo Redentor en Scala (SA) el 9 de noviembre de 1732. En junio del mismo año, al llegar a Scala para ayudar al amigo durante una misión en Ravello, Sarnelli decide hacerse redentorista al tiempo que continúa siendo miembro de las Misiones Apostólicas. Desde el día de su entrada en la Congregación, en abril de 1736, se empeñará sin descanso en las misiones parroquiales y en escribir a favor de las “jóvenes en peligro”. Escribe también sobre la vida espiritual. Su cansancio es tal que llega a estar al borde de la muerte. Con el consentimiento de san Alfonso vuelve a Nápoles para tratarse. Allí emprende nuevamente su apostolado entre las prostitutas.

Además de dedicarse al apostolado redentorista y al de las Misiones Apostólicas, promueve la meditación comunitaria entre los laicos publicando “El mundo santificado”. Con otro libro suyo promueve una campaña contra la blasfemia. En 1741, al tiempo que planifica las grandes misiones predicadas en los suburbios de Nápoles, participa también en ellas y prepara la visita canónica del Cardinal Spinelli. A pesar de su permanente estado enfermizo sigue predicando hasta finales de abril de 1741 cuando, ya muy enfermo, vuelve a Nápoles donde muere el 30 de junio a la edad de 42 años. Sus restos descansan en Ciorani, primera iglesia redentorista.

Genaro Sarnelli nos ha dejado en herencia unas 30 obras dedicadas a la meditación, a la teología mística, a la dirección espiritual, al derecho, a la pedagogía, a la moral y a diversas temáticas pastorales. Su actividad social en favor de la mujer le ha merecido el ser considerado entre los autores que con mayor autoridad han afrontado esta temática en la Europa de la primera mitad del siglo dieciocho.

El 12 de mayo de 1996, el Papa Juan Pablo II lo beatíficó en la Plaza de San Pedro.

Beato Francio X. Seelos

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Francisco Xavier Seelos nace el 11 de enero de 1819 en Füssen, Baviera, Alemania. Es bautizado el mismo día en la iglesia parroquial de san Mang. Ya desde niño manifiesta el deseo de ser sacerdote. En 1842, tras concluir sus estudios de filosofía entra en el seminario diocesano.

Al encontrarse con los misioneros de la Congregación del Santísimo Redentor, fundada con la finalidad de evangelizar a los más abandonados, decide ingresar en esta congregación y ponerse al servicio de los inmigrantes de lengua alemana en Estados Unidos. Es recibido en la Congregación el 22 de noviembre de 1848. Al año siguiente zarpará hacia Estados Unidos desde Le Havre, Francia, para llegar a New York el 20 de abril de 1843.

El 22 de diciembre de 1844, terminado el noviciado y completados sus estudios de teología, Seelos es ordenado Sacerdote en la iglesia redentorista de St. James en Baltimore, Maryland, USA. Tras su ordenación, trabaja durante nueve años en la parroquia de Santa Filomena en Pittsburgh, Pennsylvania, primero en calidad de vicepárroco con san Juan Neumann, superior de la comunidad religiosa, y, más tarde, durante otros tres años, como párroco siendo ya él mismo Superior de la comunidad. Durante este tiempo, ocupa también el cargo de Maestro de Novicios. Con Neumann se dedica a predicar misiones. Seelos comenta así su relación con Neumann: “Me ha introducido en la vida activa”, y “me ha dirigido como director espiritual y confesor”. Su disponibilidad e innata amabilidad, su atención a las necesidades de los fieles hacen pronto de él una figura bien conocida como confesor experto y director espiritual hasta el punto de que vienen a él también de otras ciudades cercanas.

Fiel al carisma redentorista, lleva un estilo de vida modesto y se expresa con palabras sencillas. La temática de sus predicaciones, ricas en contenido bíblico, es fácil de entender incluso por la gente más sencilla. Una constante de su pastoral es su empeño por dedicarse a la formación de la fe de los pequeños. No solamente apoya este ministerio, sino que lo cree fundamental para el crecimiento interior de la comunidad cristiana de la parroquia. En 1854 es trasladado de Pittsburgh a Baltimore y, más tarde, en 1857, a Cumberland. En 1862 lo vemos ya en Annapolis, siempre ocupado en el servicio parroquial y entregado a la formación de los futuros Redentoristas en calidad de Prefecto de estudiantes. También aquí, es fiel a su imagen y continúa siendo pastor, amable y alegre, siempre atento a las necesidades de sus estudiantes y atento también a su formación académica. Se dedica sobre todo a infundir en estos futuros misioneros redentoristas el entusiasmo, el espíritu de sacrificio y el celo apostólico por el bien espiritual y temporal de la gente.

En 1860 es presentado como candidato a Obispo de Pittsburgh. El Papa Pío IX lo dispensa de esta pesada responsabilidad. El Padre Seelos se dedicará del 1863 al 1866 a la vida de misionero itinerante predicando en inglés y en alemán en los estados de Connecticut, Illinois, Michigan, Missouri, New Jersey, New York, Ohio, Pennsylvania, Rhode Island y Wisconsin.

Tras un breve período de ministerio parroquial en Detroit, Michigan, en 1866 es destinado a la comunidad redentorista de New Orleans, Louisiana. También aquí ejerce de párroco de la iglesia de Santa Maria Asunta. Es para los fieles un párroco alegre, disponible y singularmente sensible a las necesidades de los más pobres y de los más abandonados. Pero en los planes de Dios este ministerio en New Orleans está llamado a durar poco. En el mes de septiembre, exhausto tras haber visitado y cuidado a las víctimas de una epidemia de fiebre amarilla, contrae la terrible enfermedad. Tras varias semanas de enfermedad, que padece con santa resignación, pasa a la vida eterna el 4 de octubre de 1867 a la edad de 48 años y 9 meses.

Su Santidad el Papa Juan Pablo II proclamará al Padre Seelos Beato en la Plaza de San Pietro el 9 abril del Solemne Año Jubilar 2000.

Beato Kaspar Stangassinger

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“Los santos tienen intuiciones especiales”, escribía el Padre Stangassinger. En cuanto a lo que a mí respecta, que no soy un santo, lo que me interesan son las verdades eternas: la encarnación, la Redención y la Santa Eucaristía.”

Kaspar Stanggassinger, nació en 1871 en Berchtesgaden, al sur de Alemania. Es el segundo de 16 hijos. Su padre, hombre respetado por todos, es un campesino propietario de una cantera de piedra.

De joven, crece en él el deseo de hacerse sacerdote; de pequeño juega a serlo y “predica” breves sermones a sus hermanos y hermanas, conduciéndolos en procesión a una capilla entre los montes que circundan su casa.

A los diez años se le envía a Freising para continuar allí su educación. Tiene dificultad con los estudios. El padre le advierte de que si no supera los exámenes tendrá que dejar el colegio. Con su firme voluntad, con una notable dedicación y con su total fidelidad a la oración, su progreso es constante. En los años siguientes, durante las vacaciones, empieza a reunir en torno suyo a un grupito de chicos a los que exhorta a la vida cristiana, a formar una comunidad y a organizar su tiempo libre. Todos los días el grupo asiste a la santa misa, se entretiene en paseos o emprende alguna peregrinación. La dedicación de Kaspar para a estos chicos es admirable y llega hasta a arriesgar su vida por salvar a uno de ellos durante una escalada a la montaña.

Ingresa en el seminario diocesano de Munich y Freising en 1890 y emprende los estudios de teología. Para mejor discernir la voluntad de Dios, se impone un riguroso itinerario de oración. Bien pronto comprende que Dios lo llama a la vida religiosa. De hecho, tras una visita a los Redentoristas, le viene la idea de seguir su vocación misionera. A pesar de la oposición de su padre, entra en el noviciado redentorista de Gars en 1892. En 1895 es ordenado Sacerdote en Regensburg. Kaspar Stanggassinger entra a formar parte de la Congregación del Santísimo Redentor con la intención de ser misionero. Sin embargo, sus superiores le destinan a la formación de los futuros misioneros en calidad de vicedirector del seminario menor de Durrnberg, en Hallein. Se dedica totalmente a esta responsabilidad.

Como religioso, hizo voto de obediencia y vive este voto de modo admirable y coherente.

Todas las semanas dedica 28 horas a la enseñanza y siempre está disponible para los chicos. Los domingos no falta nunca para ayudar en las iglesias de las aldeas vecinas, sobre todo con la predicación. A pesar de la gran cantidad de obligaciones, está siempre atento y a la escucha de las necesidades del prójimo, sobre todo de los estudiantes que ven en él a un amigo más que a un superior. Aunque el reglamento de la formación era en la época muy estricto, Kaspar no se muestra nunca con modales ásperos. Cuando le asalta la idea de haberse equivocado con alguien, no titubea jamás en disculparse humildemente.

Profundamente devoto de Jesús en la eucaristía, invita a los chicos y a los seglares, al predicarles, a que recurran al Santísimo Sacramento cuando tengan alguna necesidad o estén angustiados. Los anima a dirigirse a Cristo a fin de adorarlo y dialogar con Él como con un amigo. Su predicación a los fieles es una constante invitación a tomarse en serio la vida cristiana, a crecer en la fe a través de la oración y a una continua conversión. Su estilo es directo y atractivo, falto de aquellos tonos amenazadores tan propios de la predicación de la época.

En 1899, los Redentoristas abren un nuevo seminario en Gars. El Padre Stanggassinger es trasladado a él como director. Tiene 28 años. Tendrá tan solo el tiempo de predicar unos retiros a los estudiantes y de participar en la inauguración del año escolar.

El 26 de septiembre, su itinerario terreno acaba a causa de una peritonitis.

El proceso de Beatificación comienza en 1935 con el traslado de su cuerpo a la capilla lateral de la iglesia de Gars.

El 24 de abril de 1988 es proclamado “Beato” por el Santo Padre Juan Pablo II.

Beato Dominick Methodius Trčka

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El 24 de abril de 2001, en presencia del Santo Padre, fue promulgado el Decreto de reconociendo del Martirio de cinco Redentoristas, cuatro ucranianos y un checo.

El redentorista checo, Beato Dominick Methodius Trčka, nace el 6 de julio de 1886 en Frydlant nad Ostravici, Moravia, ahora República Checa. En 1902 se une a los Redentoristas y en 1903 comienza su noviciado.

Hace su profesión el 25 de agosto de 1904. Terminados los estudios es ordenado sacerdote en Praga el 17 de julio de 1910.

Dedica sus primeros años de sacerdocio a la predicación de misiones parroquiales. En 1919 es enviado a trabajar entre los fieles greco católicos, primero en la zona de Halic, Galizia, y, más tarde, en Eslovaquia, en la Eparquía de Prešov donde desarrolla una intensa actividad misionera. En marzo de 1935, la Congregación para las Iglesias Orientales lo nombra visitador apostólico de los monjes de San Basilio en Prešov y en Uzhorod. Cuando el 23 de marzo de 1946 se crea la viceprovincia de Michalovce, el P. Trčka es nombrado viceprovincial. Su celo le lleva a fundar nuevas casas y a formar a los jóvenes Redentoristas.

Durante la noche del 13 de abril de 1950, el gobierno checo suprime todas las comunidades religiosas. Tras un juicio sumario, el Padre Trčka es condenado a 12 años de cárcel durante los que es sometido a largos interrogatorios y a terribles torturas. En 1958 es trasladado a la prisión de Leopoldov. Encontrándose en una celda de castigo por haber entonado una canción navideña, contrae pulmonía y muere el 23 de marzo de 1959.

Es enterrado, primero, en el cementerio de la prisión y, tras la liberación de la Iglesia greco católica, sus restos son trasladados al panteón redentorista del cementerio de Michalovce el 17 de octubre de 1969.

El 4 de noviembre de 2001, el Papa Juan Pablo II proclama al Padre Dominick Methodius beato.

Beato Nicolás Charnetsky (1884-1959)

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Nicolás Charnetsky nace el 14 de diciembre de 1884 en la aldea de Semakivka, en la Ucrania occidental, en el seno de una familia de campesinos grande y piadosa. Nicolás es el primero de nueve hijos. Recibe su formación básica en la aldea de Tovmach; ingresa más tarde en el colegio de San Nicolás en Stanislaviv (ahora Ivano-Frankivsk).

Nicolás descubre su vocación al sacerdocio a una edad muy temprana. Siendo muy niño expresa su intención de ser sacerdote. En 1903, el obispo Hryhoriy Khomyshyn lo envía a Roma a estudiar. El 2 de octubre de 1909, durante una breve visita a Ucrania, Charnetskyi se ordena sacerdote. El P. Nicolás regresa de nuevo a Roma para continuar sus estudios consiguiendo el doctorado en teología.

Desde 1910, el P. Charnetsky es profesor de filosofía y teología dogmática en el seminario de Stanislaviv. Es también director espiritual del mismo seminario. Pero en lo más íntimo de su corazón anhela la vida religiosa. En octubre de 1919 entra, pues, en el noviciado de Zboiska, Lviv, y el 16 de octubre de 1920 hace la profesión religiosa como Redentorista.

En 1926, los Redentoristas de la Provincia de Lviv, impulsados por el gran deseo de operar la reconciliación entre los cristianos y de convertir espiritualmente al pueblo abandonado, fundan un centro misionero en Kovel, en la región de Volhyn. Puesto que el Padre Charnetsky es un ardiente misionero, es destinado a aquel centro. Bien pronto se gana el enorme respeto de la población local y hasta del clero ortodoxo. El Padre Nicolás abre un casa y una iglesia en Kovel y se esforzó al máximo por preservar la pureza del rito litúrgico oriental. En 1931, el Papa Pío XI toma nota de la obra extraordinaria del Padre Charnetsky y lo nombra obispo titular de Lebed y Visitador Apostólico de los católicos ucranianos de las regiones de Volhyn y Pidliashsha. Estas regiones se convirtieron en el campo de la actividad del P. Charnetsky durante 14 años, primero como misionero y, después, como obispo.

Como primer obispo redentorista ucraniano, es perseguido desde el principio de su actividad apostólica. Durante la ocupación soviética de Ucrania occidental, en 1939, los Redentoristas son obligados a dejar la región de Volhyn. El obispo Charnetsky se traslada entonces a Lviv, al monasterio redentorista de la calle Zyblykevycha (ahora Ivana Franka).

Cuando se lleva a cabo la reapertura de la Academia Teológica de Lviv, en 1941, el Obispo Nicolás se convierte en profesor de filosofía, psicología y teología moral en dicha Academia. Su ecuanimidad, basada en una fe fuerte e imperturbable, su espíritu de obediencia y de oración, es para los estudiantes un buen motivo para considerarlo un hombre santo. El Obispo Nicolás Charnetsky representa para ellos la imagen del religioso ejemplar y de la persona virtuosa.

En 1944, las tropas soviéticas penetran en Galizia por segunda vez. Da comienzo así la calle de la amargura del obispo Charnetsky. El 11 de abril de 1945 es detenido e ingresado en prisión por la policía secreta soviética en la calle Lonskoho. El obispo sufrirá mucho: interrogatorios en plena noche, crueles palizas y diversas torturas. Más tarde es trasladado a Kiev donde padecerá otro año de sufrimientos mientras es trasladado su caso a los tribunales. El Obispo Nicolás Charnetsky es condenado a diez años de prisión por el crimen de ser un “agente del Vaticano”. Pasa todo este tiempo junto al Arzobispo de la primera ciudad de Mariinsk, en la región de Kemeroc (Siberia), Mons. Yosyf Slipyi, y, más tarde, en algunas otras prisiones.

Según fuentes fidedignas, durante el tiempo de su prisión (desde su detención en Lviv, abril de 1945, hasta su liberación, 1956), el Obispo Charnetsky padece en total 600 horas de torturas e interrogatorios y pasa el tiempo de su prisión en 30 cárceles y campos de concentración distintos. A pesar de todos estos sufrimientos, el obispo logra encontrar siempre una palabra de consuelo para sus compañeros de prisión. Los conforta espiritualmente y los conoce a todos por su nombre. No es de extrañar, por tanto, que el obispo Charnetsky fuera tan popular entre los prisioneros: fue para ellos la única fuente de consuelo en ese tiempo.

El obispo Nicolás Charnetsky transcurre los últimos años como prisionero en un hospital de la cárcel de Mordovia. En 1956, su salud empeora hasta el punto de que los médicos ya no alimentan esperanza alguna de que sobreviva. Han confeccionado ya para el obispo Charnetsky el vestido especial previsto para la sepultura de los prisioneros. Vista su desesperada situación y para evitar ser inculpados de la muerte del obispo, la administración de la prisión decide excarcelarlo y enviarlo a Lviv. Tras su retorno a Lviv en 1956 y habiendo contraído hepatitis y una gran cantidad de otras enfermedades, el obispo Nicolás Charnetsky es hospitalizado enseguida. Todos piensan que morirá de un momento a otro. Pero los planes del Dios son diversos. Decide prolongarle la vida de hombre de fe de cuya actividad tanta necesidad tiene la Iglesia ucraniana. El obispo sana y se traslada a un piso, al n. 7 de la calle Vechirnia, junto al Hermano Klymentiy, C.Ss.R. Allí continúa el Obispo Charnetsky con su apostolado de perseverancia y oración. Dedica la mayor parte de su tiempo a la oración y a la lectura. Quien lo visita durante aquel período testimonia haberlo encontrado a menudo en éxtasis. Durante su permanencia en Lviv, el Obispo Charnetsky permanece fiel a su misión de Buen Pastor y sustenta espiritualmente a sus cohermanos, prepara candidatos al sacerdocio y ordena a más de diez sacerdotes.

Desgraciadamente, la curación “milagrosa” del obispo Charnetsky no dura mucho. El 2 de abril de 1959, el obispo muere en olor de santidad. Sus últimas palabras son un grito dirigido a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. Los funerales del obispo tienen lugar el 4 de abril de 1959. La narración de su funeral, guardada en el archivo de la Provincia CSsR de Yorkton (Canadá), acaba con las siguientes palabras: “Todos creemos que llegará el día de su canonización porque fue verdaderamente un obispo santo”.

Todos los que conocieron al obispo Nicolás Charnetsky testimonian unánimemente su santidad. No sorprende, por tanto, que muy poco tiempo después de su muerte gran cantidad de gente se dirigiera a él con sus oraciones. Ante la tumba del obispo, en el cementerio de Lychakiv, es fácil percibir esta impresión de santidad y de poder de intercesión ante Dios. Son muchas las personas que visitan la sepultura del Obispo Charnetsky para encomendarse a él y pedir su intercesión al orar por sus diversas intenciones. Una mujer, a la que le habían amputado el brazo, toma tierra de la tumba del obispo y lo unta sobre el muñón que le queda. Se cura totalmente del mal que le ocasionó el daño. Desde entonces, la gente no cesa de tomar tierra de su tumba como remedio contra las diversas enfermedades.

Tomando nota de los testimonios de la vida de virtud del obispo Nicolás Charnetsky y, sobre todo, de su fortaleza, de su ánimo y de su fidelidad a la Iglesia de Cristo durante el período de su persecución, el proceso de su beatificación comenzó en 1960. El 2 de marzo de 2001 se concluye a nivel de Eparquía y la causa es enviada a la Santa Sede. El 6 de abril de 2001, la comisión teológica reconoce el hecho del martirio del obispo Charnetsky. El 23 de abril es estudiado su martirio por la asamblea de los Cardenales y el 24 de abril de 2001 el Santo Padre Juan Pablo II firma el decreto de beatificación del obispo Nicolás Charnetsky, como beato mártir de la fe cristiana.