Wednesday, September 2, 2026
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UN SOLO CUERPO: DE HERMANOS

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Desde el principio, los Hermanos Redentoristas han sido parte integral de los miembros de nuestra Congregación. En los últimos veinticinco años hemos visto cómo el número de Hermanos descendía significativamente acompañado de una muy desproporcionada relación entre las profesiones temporales de los candidatos que aspiraban al sacerdocio y de los que aspiraban a ser Hermano. Si miramos hoy a los miembros de nuestra Congregación desde un punto de vista estadístico según el número de Hermanos y de Sacerdotes, vemos el panorama desolador que se le presenta al futuro del Hermano Redentorista en la Congregación. Nuestras más recientes estadísticas indican que, de un total aproximado de 5 mil Redentoristas, tenemos tan sólo  cuatrocientos Hermanos con un promedio de edad, además, superior a los 60 años.

Cuando en ocasiones se habla del tema de los Hermanos, la conversación suele girar en torno a unas pocas  preguntas: ¿Necesitamos todavía Hermanos en la Congregación cuando justamente ahora nos estamos abriendo a la colaboración de los laicos y llegamos, a veces, incluso a contratar gente que haga el “trabajo” que solían hacer antes generalmente los Hermanos? ¿Debemos continuar aceptando candidatos a Hermano? ¿Cuál es la identidad del “Hermano” en la Congregación? Todas estas preguntas, y muchas más que se hacen sobre los Hermanos en la Congregación, son en sí mismas síntoma de otro problema mucho mayor que consiste en una errónea concepción de nuestra vocación como personas llamadas a vivir la vida consagrada. Dar una respuesta a cada una de estas preguntas puede ayudar a calmar la preocupación de algunos, a arrojar luz sobre determinadas incertidumbres, a clarificar ciertos equívocos o, incluso, a reforzar la opinión de quienes creen que ya no hay necesidad de Hermanos. Para abordar este interrogante hoy, hay que plantearse la cuestión de un modo  correcto, no haciéndose sólo una pregunta: ¿Qué significa ser Hermano Redentorista?, sino preguntándose también ¿Qué significa ser  Redentorista? Si somos capaces de dar una definición de lo que es ser Redentorista, podremos también, en consecuencia, definir qué significa ser Hermano Redentorista. En nuestras Constituciones y Estatutos se utiliza ya desde el principio la palabra Redentorista para referirse a los miembros de la Congregación.

“Para realizar esta misión en la Iglesia, la Con¬gregación reúne hermanos que, viviendo en común, constituyen un cuerpo misionero… Todos los redentoristas, movidos por el espíritu apostólico e imbuidos del celo del Fundador, fieles a la tradición marcada por sus antepasados y atentos a los signos de los tiempos…”  (Const. 2)

Así, para responder a la pregunta ¿Quién es un Redentorista?, el primer sitio lógico al que acudir para buscar una respuesta se halla en nuestros documentos oficiales; ellos nos indican la idea fundamental para hallar la respuesta. La Constitución 20, que memorizamos durante nuestro noviciado, nos proporciona claramente el perfil de quienes son llamados a ser Redentoristas. Además, el último Capítulo General, estudiando los “signos de los tiempos” e intentando dar una respuesta apropiada a los desafíos que ellos representan, tomó algunas Decisiones con el fin de acelerar el proceso de  Reestructuración, ya en marcha desde hacía años. El XXIV Capítulo General expresó con el lema escogido cuál debía ser el enfoque que habría que dar a la misión hoy día: “Predicar el Evangelio siempre de manera nueva, renovada ESPERANZA, renovados CORAZONES y renovadas ESTRUCTURAS para la MISIÓN”. Este mismo Capítulo expresó también cuál era el perfil del Redentorista hoy. (cfr. Decisión Final, XXIV Capítulo General 2009).

Si los términos de estos documentos nos situaron en el recto camino para responder a la pregunta ¿Quién es un Redentorista? podremos responder también, en consecuencia, a la pregunta ¿Quién es un Hermano Redentorista?

El Hermano Redentorista, como todos los Redentoristas, está llamado a vivir en comunidad formando un solo cuerpo misionero que continúe a Cristo Redentor. El Hermano ha salido del Pueblo de Dios y ha sido llamado a una vida de castidad, pobreza y obediencia. El Hermano se identifica con Cristo a fin de que la gente pueda reconocer en él  a alguien que vive para los demás. En cuanto Redentorista, es misionero, apóstol y profeta; evangeliza y se prepara personalmente para ser evangelizado por el  pueblo del que procede, especialmente por los pobres y más abandonados. El Hermano Redentorista se implica en diversidad de apostolados y de servicios que contribuyen, todos ellos, a la misión de la Congregación. Algunos de estos apostolados incluyen, aunque no exclusivamente, la pastoral de Santuarios, la pastoral juvenil, la predicación ocasional, la enseñanza, los medios de comunicación, la promoción vocacional, la pastoral extraordinaria de inmigrantes, la pastoral de mantenimiento, etc. Los profesos  Redentoristas son hombres llamados a continuar a Cristo Redentor; en consecuencia, el Hermano Redentorista es expresión viva de la vocación del laico consagrado llamado también a continuar a Cristo Redentor.

Luz para mis pasos es tu Palabra

Mt. 23: 1-12

Dedíquese un tiempo a leer en forma de oración este pasaje de la Escritura. Dejen que los oídos y los ojos de su mente escuchen atentamente cuanto ahí se dice y que contemplen cuanto ahí se describe. ¿No hemos convertido el mandamiento de Jesús sobre el amor a Dios y el mutuo amor entre nosotros en un conjunto de reglas, de ritos, de prácticas, de normas, convirtiéndonos así, también nosotros mismos, en los nuevos doctores de esa ley del amor? ¿No nos hemos convertido en una nueva “clase sacerdotal” para la que el sacerdocio es una especie de ascenso a un estatus social superior? “Todos vosotros sois hermanos” – dice Jesús en el versículo 8. En cuanto profesos Redentoristas, somos una Congregación de Hermanos y de Sacerdotes, ¿Nos comportamos en la comunidad con la actitud propia de quienes todos se sienten iguales? ¿Practicamos lo que predicamos? “El que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido”.

Ante el Icono

Nos acercamos a la celebración del 150 Aniversario de la entrega a los Redentoristas del icono de Nuestra Madre del Perpetuo Socorro (NSPS). Somos misioneros cuya razón de ser, la de todos conjuntamente, es la de ““seguir el ejemplo de Jesucristo Salvador en la predicación de la Palabra de Dios a los pobres, como Él dijo de sí mismo: Me envió a anunciar la buena nueva a los pobres” (Const. 1). Somos afortunados de tener bajo nuestra custodia este milagroso Icono que es una de las ayudas más eficaces para la predicación de la Buena Nueva a los pobres.

Se dice que antes de pintar un icono, su autor se prepara mediante la oración, los actos de penitencia y el ayuno para impetrar la ayuda divina en la obra que sus manos están a punto de dar a luz. Un icono, más que una obra maestra de arte que  admirar, es una ventana que se abre ante nosotros hacia el cielo; nos pone en contacto con una historia de fe previamente vivida en la oración, con una historia destinada a ser compartida. El icono de Nuestra Madre del Perpetuo Socorro es un estímulo visual que gradualmente nos invita a adentrarnos en la historia de nuestra Redención a través de la Palabra hecha carne, que pagó el precio de nuestra salvación, y a través de su Madre que, por la fe, dijo sí a la Palabra para que ésta se hiciera carne en ella, y que cuidó con suma ternura al Verbo Encarnado, su Hijo, hasta el momento de su muerte en Cruz. En el Icono, María nos dice: “puedes venir a mí cuando estés turbado,  cuando te sientas solo, con miedo; dime lo que sientes, aquello por lo que luchas. Yo te conduciré hasta Aquel que es Uno con el Padre”.

Cuando una historia atrapa nuestra imaginación, persiste en nosotros, y nos impulsa a compartir con los demás su contenido a fin de que también ellos puedan experimentar nuestros mismos sentimientos y emociones, esa historia se convierte en materia prima del actuar humano. El icono de Nuestra Madre del Perpetuo Socorro tiene una historia extraordinaria que contar, una historia que, a través de los años, ha movido a millones de personas a actuar de forma verdaderamente humana, pero divinamente inspirada, amando a Dios y a los demás. Cuando nos situamos ante el Icono y releemos la historia, puede que lleguemos a emocionarnos como niños pequeños que quieren escuchar una y otra vez su cuento preferido. Que esta emoción nos impulse a relatar una y otra vez esta historia a todos los que conocemos, transmitiéndoles una experiencia que les ayude a nutrir su imaginación cristiana; y que nosotros sigamos esforzándonos por ser dignos  custodios de este extraordinario tesoro.

Bebiendo de nuestro propio pozo

Santi Raponi, reflexionando sobre los Hermanos Redentoristas al comienzo de nuestra Congregación, escribe: “En la primera Fundación de Scala, junto al Fundador y al pequeño grupo que lo acompañaba, nos encontramos a Vito Curzio, el primero entre los Hermanos Redentoristas. Esta presencia de un laico junto a los sacerdotes  probablemente no fue pensada o planeada por el Fundador, pero surgió de forma natural  en virtud de la tradición, sin subestimar, por supuesto, las circunstancias providenciales que llevaron a Vito Curzio a seguir a Alfonso. Desde el principio hasta nuestros días nos encontramos a laicos junto a los sacerdotes, ya sea en las clásicas Órdenes pre-tridentinas ya sea en los Institutos  post-tridentinos”.

Siguiendo a Vito Curzio, nos encontramos con numeroso Hermanos que contribuyeron a dar forma a nuestra Congregación, a definir su espiritualidad, y a darle  su propia identidad. Conocemos a San Gerardo Maiella, su vida y escritos, como conocemos también al Hermano Francesco Tartaglione, cuyos esfuerzos sobrehumanos están acreditados con la consecución de la primera Regla redentorista aprobada. Hay que allegarse a los libros escritos por San Alfonso,  que se imprimieron y se vendieron, a fin de nutrir a los cohermanos y a la creciente Congregación. Siempre que se enviaron misioneros para iniciar una misión en tierras extranjeras, hubo también siempre Hermanos en aquellos equipos pioneros. Entre el último grupo de mártires españoles beatificados se halla también un Hermano Redentorista. La lista de Hermanos y su contribución a hacer de los Redentoristas lo que hoy día somos sigue y sigue adelante.

El propio San Alfonso tuvo problemas con la presencia de Hermanos en la Congregación. De la lectura de sus escritos deducimos que estos problemas se debieron  principalmente a la estructura social de su tiempo. Él siempre se refirió a los Hermanos como “mis hermanos”, pero vio que su papel en la Congregación era de “servicio y trabajo”, de crecimiento en las virtudes de la humildad, de la obediencia, de la paciencia y, por supuesto, el de evitar toda forma de orgullo. Alfonso vio a los Hermanos en pie de igualdad con los Sacerdotes, pero esta igualdad llevaba para él, sin duda alguna, el sello propio del carácter específico que su tiempo otorgaba a esta igualdad. Se cuenta la historia de un novicio Hermano que, mientras lavaba los platos con Alfonso, intentó impedir que éste se manchara demasiado por lo que colocó las ollas más sucias lejos de Alfonso. Cuenta el relato que Alfonso le dijo al Hermano novicio: “¿Crees que yo soy, quizá, mejor que tú?”.

Si hoy nos oponemos a la presencia de los Hermanos en la Congregación, puede que se deba a que no hemos captado enteramente el significado de la misión, la de continuar a Jesucristo Redentor predicando la Buena Nueva a los pobres y abandonados, eligiendo libremente los votos de pobreza, castidad y obediencia; es decir, la vida consagrada. En ninguna parte se dice hoy, ni siquiera implícitamente, que alguien deba ordenarse para responder a esta llamada. Ciertamente, la ordenación permitirá llevar a cabo determinadas tareas “sacramentales” asociadas al sacerdocio; una realidad suficiente pero no necesaria para la vida consagrada. Nuestra vocación misionera a evangelizar, a salir a las periferias para buscar a los marginados y abandonados, es una llamada que se hace no sólo a los ordenados, sino a todos los bautizados. Por tanto, la llamada a ser Redentorista no es una invitación a un  “trabajo” particular, sino, más bien, una llamada a un modo particular de estar en  MISIÓN en nuestro mundo de hoy; siempre prontos y disponibles para asumir lo que dicha misión exige, dispuestos a asumir el mutuo compartir en el misterio de Cristo y a llevar a la gente la  Buena Nueva de la abundante redención.

Para concluir

Terminemos nuestra reflexión unidos en comunión con nuestros hermanos y hermanas y oremos con las palabras que cientos de millones de devotos dirigen a Nuestra Señora  desde los orígenes de la devoción a su Icono:

Oh Señor Jesucristo, que nos diste a Tu Madre María, cuya insigne imagen veneramos como Madre siempre pronta a ayudarnos, concédenos, te rogamos, que quienes constantemente imploramos su maternal ayuda merezcamos disfrutar eternamente de los frutos de tu redención. Tú, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

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UN CUERPO es un folleto mensual de reflexión y oración, preparado por el Centro de Espiritualidad Redentorista (P. Piotr Chyla CSsR  – fr.chyla@gmail.com ).

Esta edición fue preparada por Jeffrey Rolle, CSsR –

jeffrolle@gmail.com

Traducción del inglés:  P. Porfirio Tejera CSSR

María: la Virgen de la escucha y la contemplación

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UN CUERPO – 06:  MARÍA
“Encomiendo a María, la Virgen de la escucha y la contemplación, la primera discípula de su amado Hijo, este Año de la Vida Consagrada. A ella, hija predilecta del Padre y revestida de todos los dones de la gracia, nos dirigimos como modelo incomparable de seguimiento en el amor a Dios y en el servicio al prójimo”.  Son palabras del Papa Francisco en su Carta Apostólica “A todos los Consagrados”, con motivo del Año de la Vida Consagrada (21 de Noviembre, 2014).
Al celebrar el Jubileo de nuestro icono, recordemos que éste es el Año dedicado a la Vida Consagrada en la Iglesia. En esta edición del Boletín “UN CUERPO” reflexionamos sobre María. Nos preguntamos: ¿qué papel juega María en nuestra vida, nuestra misión, nuestra espiritualidad? ¿Cuál es nuestra relación personal con ella? Jesús preguntó a sus discípulos: ¿quién decís que soy yo?  Podríamos también, quizá, hacernos una pregunta similar: ¿Quién es María y qué significa ella para nosotros?  ¿Es alguien a quien intelectualmente reconocemos y loamos, pero que permanece personalmente distante? ¿Es nuestra relación con ella basada principalmente en los sentimientos? ¿Es ella simplemente un accesorio espiritual, una “opción extra”, un añadido, o María constituye realmente una parte esencial en la vivencia de nuestra espiritualidad?

Reunión de las Jóvenes Hermanas Redentoristas en Scala

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La primera reunión de las Hermanas Redentoristas que han hecho la profesión solemne o por primera vez en los últimos seis años se llevó a cabo en el proto-monasterio de Scala, desde el 27 de julio al 3 de agosto y fue organizado por el Consejo de Servicios de las Redentoristas, auspiciada generosamente por la Comunidad OSSR de Scala.

18 hermanas de 10 comunidades en varios países de cinco continentes participaron en esta reunión.

Ha participado también el Padre Generale Michael Brehl quien ha dado una presentación sobre la situacion della Congregción. P. João Pedro Fernandes, Consultor general y P. Piotr Chyla, Director del Centro de Espiritualidad de Roma, han ayudado con las traducciones.

El tema de la reunión se refirió a las palabras de Papa Francisco en su carta a los consagrados en el año dedicado a ellos, mirando con gratitud el pasado, vivir el presente con pasión y abrazando el futuro con esperanza.

Reunión del Secretariado C.Ss.R. para las hermanas redentoristas

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El padre General Michael Brehl ha convocado la reunión del Secretariado CSsR para las hermanas redentoristas y ha invitado a participar también a los miembros del Consejo de Servicio. El encuentro se ha realizado del 5 al 7 de mayo del 2015 en la casa general de Roma.

El padre General ha presidido el encuentro ante los miembros presentes: padre Emilio Lage, padre Mirosław Grakowicz, padre Patrice Nyanda, y padre Phaiboon Udomdej. El padre Piotr Chyła, Director del Centro de Espiritualidad della C.SsR, ha participado como invitado. Los miembros del Service Board presentes fueron: Sr. Joan Calver, Sr. Imma Di Stefano, Sr. Ewa Dobrzelecka, Sr. Gabrielle Fox, Sr. Magdalena Schumann.

Al inizio della reunión el grupo ha reflexionado sobre la situación de la Orden y sobre algunos datos estadísticos presentados por padre Emilio Lage: en 1930 la Orden contaba 663 hermanas profesas en 26 monasterios, la mayoría residentes en países europeos. Sólo dos monasterios estaban fuera de Europa en el 1930.

Las santas misiones en la provincia de São Paulo

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HISTORIA Y COMPROMISO CON LA NUEVA EVANGELIZACIÓN

A finales del siglo XIX, los obispos de São Paulo y Goiás invitó a los misioneros redentoristas para trabajar en Brasil. Desde Alemania, más precisamente la ciudad de Gars, región de Baviera del primer grupo partió el 24 de septiembre de 1894, con la bendición y la presencia del Padre Matthias Raus, Superior General de la Congregación en el momento. Este grupo estaba formado por 06 sacerdotes, 06 hermanos y 01 diáconos.

En Alemania:

A pesar de las dificultades que enfrentan en relación con el estado alemán durante el siglo XIX, debido al sistema liberal, la Congregación Redentorista tuvo un buen crecimiento en ese país y en 1894, cuando la llegada de los primeros misioneros a Brasil, la provincia alemana de Baviera estaban ya l17, distribuidos en 08 casas.

De Alemania los redentoristas trajeron el método misionero que más tarde seria adaptado a nuestra realidad.

A partir de ahí, desde el Santuario de Altötting también trajo la práctica de trabajar en los santuarios. Y justo en el año en que fueron llamados por el obispo de Brasil en São Paulo y Goiásse les permitió regresar a predicar misiones en Baviera.

Porque fueron llamados al Brasil:

A finales del siglo XIX, la Iglesia en Brasil sufrió la ausencia de mejores estructuras físicas y pastorales. Además de eso, el clero, era escaso y mal preparado, consecuencias políticas realistas de los emperadores.

El camino encontrado por muchos obispos fue ordenar refuerzos en Europa, trayendo nuevas fuerzas para ayudar en la educación de los clérigos, el trabajo en predicar misiones, parroquias y frente al enorme cuidado de Santuarios.

En el fondo era la preocupación por la reforma de la Iglesia, ayudando a establecer un nuevo modelo de Iglesia.

También implica una obra de “mejora” de las cofradías y hermandades, especialmente, en los santuarios, perfeccionando así la orientación cristiana de la gente.

La clausura de las Misiones Redentoristas en Bujaru (PA) atrae a seis mil personas

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Los Misioneros Redentoristas dieron por finalizada el pasado mes de noviembre la tercera etapa de las Santas Misiones predicadas en la parroquia paraense de São Joaquim, ciudad de Bujaru, diócesis de Abaetetuba. La comunidad parroquial dio la bienvenida a los Redentoristas del Equipo Misionero de Lages (SC), Provincia redentorista de Porto Alegre, al otro extremo del país.

Para el misionero redentorista y coordinador de la misión, Padre Inácio Gebert, C.Ss.R., esta etapa misional ha alcanzado plenamente sus objetivos pastorales. “En un ambiente en el que mucha gente ni está  bautizada ni los jóvenes y adultos se acercan al sacramento de la eucaristía ni las parejas que viven su unión de hecho reciben la bendición sacramental del matrimonio, la misión ha logrado despertar las conciencias de los fieles y hacer que participen en los sacramentos”. Para este religioso, la respuesta positiva a la labor pastoral desarrollada pudo constatarse en la significativa participación y masiva asistencia de  fieles a la celebración de clausura de la misión que tuvo lugar el pasado 16 de noviembre.

“En la mayoría de las comunidades, la gente participó con alegría, con mucha entrega  y también con grandes sacrificios debido a las distancias y al calor reinante. En la misa de clausura, la respuesta  del pueblo fue enorme, más de 6 mil personas asistieron con entusiasmo a la celebración de casi tres horas de duración” – dijo el P. Inácio Gebert.

Pudo constatarse también que uno de los logros de esta etapa misional fueron los cerca de 20 Grupos de Evangelización que se crearon, conocidos también como Grupos por Sectores. “El libro ‘Pueblo de Dios en misión’ juntamente con los 20 encuentros que se tuvieron por sectores, llamados allí “Grupos de Evangelización”, fueron de gran utilidad a los objetivos de la misión contribuyendo a que las comunidades tomaran conciencia de la importancia de la Lectura Orante de la Biblia y de la continuidad de las jornadas de las CEBs, impulsadas en la parroquia y en toda la diócesis” – dijo el Padre Inácio.

Uno de los proyectos realizados con anterioridad a la misión tenía como objetivo que las comunidades trabajaran en la construcción de varias iglesias.  Así se vino haciendo durante los dos últimos años y más de 30 comunidades lo han logrado. Esto posibilitó que un mayor número de personas pudiera acceder a la eucaristía durante la misión.

(Traducción: P. Porfirio Tejera CSSR)

Misiones Redentoristas en Puebla: Discípulos Misioneros de Cristo Redentor

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“A mediodía, Dios me concedió presidir la Misa de clausura de las misiones Redentoristas en la Parroquia de Palmarito, invitado por el P. Ernesto. Participaron cientos de fieles de las distintas comunidades de la Parroquia, quienes han establecido 103 grupos de formación y evangelización”, son las palabras del mensaje de Mons. Eugenio Lira Rugarcía, Obispo auxiliar de Puebla, al comentar su presencia en la comunidad parroquial guiada por los padres Redentoristas.

Efectivamente el 1 de marzo se clausuró esta etapa de la misión redentorista en la parroquia de Jesús de las Maravillas, de Palmarito, Tochapan, en México,  que consistió en promover la conversión de la comunidad por medio de la proclamación de la Palabra. Esta etapa se llamó ”Animar”.

La Misión Redentorista ha iniciado en el 2014 y se propone hasta el 2016, tiene 3 etapas y sigue una dinámica activa: en el 2014 fueron 28 misioneros, entre religiosos, laicos y sacerdotes, los que conformaron el primer grupo que durante algunos meses salieron al encuentro del más alejado: “buscamos la forma de incluir a la gente, como nos lo pide Aparecida, partiendo desde la misma comunidad, con un proceso de acompañamiento y de formación”, indicó el párroco, Padre Ernesto Lázaro Jiménez, C.Ss.R.

SAN ALFONSO MISIONERO DE LOS POBRES Reflexión en el Bicentenario de la muerte de nuestro Fundador

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Communicanda – 1985-1991

 

COMMUNICANDA 10

Roma, 1 de julio de 1987
Gen. 250/87

Queridos cohermanos,

“Accertato Alfonso della volontà di Dio, si animò e prese coraggio; e facendo a Gesù Cristo un sacrificio totale della Città di Napoli si offerse menar i suoi giorni dentro proquoi, e tuguri, e morire in quelli attorneato da’ villani e da’ pastori”.

(“Seguro de la voluntad de Dios, Alfonso se animó y se armó de valor; y haciendo a Jesucristo sacrificio total de la Ciudad de Nápoles, se ofreció a vivir entre chabolas y tugurios, y a morir rodeado de aldeanos y de pastores”.)

A.M. Tannoia, Della vita e istituto del Ven. S. di Dio Alfonso. M. de Liguori. I, 66.

  1. Estas palabras de Tannoia Inspiran la reflexión que el Consejo General ofrece a los miembros de nuestra Congregación, con ocasión del Bicentenario de la muerte de San Alfonso. Juzgamos oportuno en este año bicentenario, volver nuestras miradas hacia San Alfonso y formularnos una pregunta concreta: ¿Puede su vida ayudarnos a penetrar el sentido del tema principal de nuestro último Capítulo General, “evangelizare pauperibus et a pauperibus evangelizari“?
  2. Con los ojos puestos en San Alfonso debemos evitar con cuidado atribuirle afirmaciones que verdaderamente nunca hizo él. Los problemas y la visión del mundo de su tiempo no eran los de nuestros días. Podemos, sí, estudiar su vida y personalidad, procurando discernir las actitudes consonantes con nuestro tema. Haciéndolo, llegaremos a la conclusión de que, como Padre y Fundador nuestro, Alfonso consiguió unificar en su vida el amor a Cristo Redentor y el amor a los pobres. Y esta constancia podrá ayudarnos a celebrar los 200 años de herencia que nos legó el primer Redentorista.

CONVERSIÓN Y VOLUNTAD DE DIOS

  1. El recorrido vital de Alfonso, orientado hacia los pobres, puede ser estudiado a la luz de la importancia que él atribuía al “distacco” (desprendimiento) para seguir la voluntad de Dios. Este desprendimiento alfonsiano es una actitud que expresa su experiencia personal de “éxodo” y de conversión. Y esa conversión significaba la convergencia total de su vida con una nueva meta, que ya nunca perderá de vista.
  2. El desprendimiento de Alfonso era consecuencia de su deseo de descubrir la llamada del Padre Celestial. Alfonso no era hombre de una idea fija ni adepto de una utopía ideológica. Tuvo que buscar la voluntad de Dios entre los signos contradictorios de su tiempo. Sucesos, personas, sufrimientos, éxitos, sueños, inspiraciones… no bastaban para que él viera claro el camino. Alfonso lo tuvo que discernir en diálogo íntimo con el Señor. Llegaría a ser Maestro de la oración, porque sentía la necesidad vital de rezar. Se presentó ante el Señor con todos esos signos contradictorios y, a través de un diálogo de fe, brotaron las decisiones que transformarían su vida y la nuestra.
  3. Volviendo a nuestro tema, la conversión de Alfonso está resaltada en tres momentos importantes. Primero: Alfonso abandona los tribunales, gesto que no debe considerarse simplemente como fruto de la amargura por la derrota o el fracaso de la ambición. La verdad es que, en aquel momento, recibió de Dios una iluminación que provocó el desengaño del mundo en que vivía, la desilusión de una sociedad que prometía justicia pero consentía el triunfo de la injusticia precisamente en la sede del derecho. Aunque no debemos esperar de Alfonso un análisis crítico de la sociedad, ciertamente podemos divisar en su espíritu de desprendimiento una sensibilidad crítica originada por la comprensión del ambiente social en que vivía. Más allá del caso legal, se dio cuenta de la injusticia y corrupción vigentes, que invadían las costumbres, las normas y los valores de la sociedad dominante de su tiempo: “Mondo, ti ho conosciuto” (Mundo, te he conocido).
  4. El segundo momento importante de la conversión de Alfonso fue cuando asistía a los pacientes del Hospital de los incurables, un momento de profunda intensidad en que oyó pregonar las palabras: “Lascia il mondo, e datti a me” (abandona el mundo y entrégate a mí). Movido por esta voz, corrió al santuario de la Virgen a depositar su espada a los pies de la imagen de Nuestra Señora de las Mercedes. Un gesto profundo, con el que se separaba del mundo y cuanto él representaba. Fue un momento de apertura del corazón, de génesis de su disponibilidad a ir adonde quiera que el Señor le llevase.

7      El desprendimiento lo iba a conducir a otro mundo: el mundo de los espiritualmente abandonados. Abandonados porque eran marginados o porque no contaban para nada en la sociedad en que él habla vivido. No podemos pedir a Alfonso una comprensión de la pobreza y una opción por los pobres como hoy existe en la Iglesia. Sin embargo, no hay duda de que en su vida hizo una opción real por los pobres.

  1. Alfonso llegó a ese tercer momento de su conversión, cuando se encontraba en la región montañosa de Scala para un período de descanso. Allí descubrió otro mundo que hasta entonces casi desconocía. Allí fue donde Alfonso encontró la gente a cuyo servicio fue llamado, dedicándose a anunciar el Evangelio con todas sus fuerzas: los espiritualmente abandonados, por ser pobres. Ellos eran los destinados a ser la preocupación de toda su vida.
  2. Y así podemos ver el incentivo de su desprendimiento; fue uno de los elementos de su conversión-éxodo de un mundo, para consagrar su vida a otro mundo. Pasó del desengaño y renuncia total de un tipo de sociedad a la aceptación de otra como lugar de encuentro con Cristo Redentor.

PERPETUAR AL REDENTOR

  1. Alfonso descubrió que la voluntad de Dios referente a él se personificaba en Jesucristo. Jesús era la voluntad encarnada del Padre, la voluntad de amor salvador. Cristo será el centro de la espiritualidad de Alfonso. Cada uno de los momentos de la vida de Jesús será para él una manifestación admirable del amor salvador de Dios. Pesebre, cruz, eucaristía serán los símbolos que tornen manifiesta la fuerza pascual de la Encarnación, de la Muerte-Resurrección, del misterio del Altar que actúa en lo íntimo de la vida de Alfonso. Cristo no es para Alfonso meramente un modelo; existe entre los dos una relación profunda de amor, una especie de identificación sacramental. El vigor misionero de Alfonso crece enraizado en el de Cristo. Como la unión amorosa de Cristo con el Padre florece en el deseo de proclamar su amor a todos, así la unión amorosa de Alfonso con Jesucristo le llevó a desear que todos Lo amasen.
  2. En el ambiente de los pobres abandonados fue donde Alfonso descubrió que Cristo se había encarnado por él. Y se sintió llamado no a ver a Cristo en los pobres, sino a identificarse con el Redentor que se hizo pobre para que nosotros fuésemos ricos. La opción de Alfonso por los pobres abandonados brotaba de su identificación con Jesucristo, no de un compromiso ideológico con una clase social.
  3. Para Alfonso, María se presentaba siempre como el modelo supremo de esa “Cristificación” que él buscaba. Era el símbolo del amor misericordioso de Cristo a todos, especialmente los más abandonados. Ella, mejor que nadie, podía suscitar en otros una respuesta a ese amor.

EVANGELIZARE PAUPERIBUS

  1. Habiendo Alfonso descubierto aquéllos a cuyo servicio era llamado, comprendió que todas sus fuerzas y talentos debía dirigirlos a ese único objetivo: los pobres abandonados. Alfonso, músico y escritor, escribirá meditaciones y compondrá canciones populares; Alfonso teólogo concebirá la “vida devota” y enseñará a los confesores a ser ministros de misericordia y no de justicia con los abandonados; Alfonso rezador inventará un estilo simple de plegaria y la renovación de la misión; Alfonso obispo dará de comer a los hambrientos en tiempo de carestía. Todo en convergencia para la tarea de “evangelizare pauperibus“, llevar el Evangelio a los pobres abandonados.
  2. La opción preferencial de Alfonso por los pobres no admitía exclusiones. No rehusó su ministerio a ninguna otra clase: el clero, las religiosas y también lo nobles y los ricos. Siempre procuró estar disponible también para esos otros. Pero únicamente en vista de los más abandonados por ser pobres es por los que fue fundador. Precisamente por ellos emprenderá su acción más trabajosa: fundar una comunidad apostólica, la Congregación del Santísimo Redentor.
  3. Una comunidad destinada a hacer llegar a esa gente la forma de Alfonso de proclamación explícita, profética, liberadora del Evangelio. Debía ser una proclamación que lleva a la conversión, porque está impregnada de misericordia y de esperanza. Alfonso nunca se limitaba a denunciar el pecado; presentaba siempre un proyecto de vida nueva. No se contentaba con suscitar una respuesta inmediata; procuraba estructurar una nueva vida cristiana profunda. Aun no siendo tan consciente de la justicia social, como hoy lo somos, no se puede negar que hizo esfuerzos extraordinarios para basar la vida cristiana en la dignidad fundamental de la persona humana. Incluso tratándose de los más sencillos y más pobres. Esa dignidad inalienable de la persona humana, anterior a cualquier diferencia natural o convencional de los seres humanos, resplandece en la teología moral de Alfonso, en la que la santidad de la conciencia personal goza de primacía indiscutible sobre todas las leyes. Y, ¿no es precisamente esa afirmación de la dignidad personal de cada ser humano delante de Dios el primer acto de justicia debido a todos, y la base real de nuestra igualdad y de cualquier otro postulado de justicia social?

A PAUPERIBUS EVANGELIZARI

  1. La segunda parte del tema de este sexenio proviene de ideas y experiencias de nuestro tiempo. Pero encontramos en la vida de Alfonso cómo encontró él que los pobres tenían un mensaje para él y sus compañeros. En ese sentido podemos entender su insistencia de que los redentoristas vivieran entre aquéllos a los que son enviados. Alfonso preveía la ruina de la Congregación si ésta se desarraigaba de los pobres para plantarse en las cortes y en los palacios de la ciudad, que para él eran símbolos de una sociedad que rechazaba. Y eran símbolos poderosos capaces de perturbar las propias posiciones interiores. Lejos de los pobres, la Congregación abdicaría de su misión, porque vendría a perder la sensibilidad hacia aquéllos a cuyo servicio fue llamada, aquéllos que enseñarían a los miembros de la Congregación lo que significa la salvación para un Redentorista.
  2. Alfonso no intentó vivir una vida de solidariedad con los pobres, tal como hoy se entiende. Pero en la conducta de Alfonso tenemos tres hechos claros. Primeramente, hombre rico como era, igual que varios de sus compañeros de la primera generación, provenientes de capas altas de la sociedad de Nápoles, se exigió a sí mismo y a ellos un cambio de estilo de vida realmente significativo. Tal actitud era considerada por él no bajo el aspecto de identificación con los pobres, sino identificación con el Redentor pobre, que dejó todas sus cosas divinas para hacerse uno de nosotros. Para hallarlo, debemos volvernos pobres.
  3. En segundo lugar, Alfonso buscó siempre el contacto directo y personal con los pobres. Los pobres no eran solamente acogidos; el celo apostólico impulsaba a los misioneros a contactarlos, yendo al encuentro de los más abandonados. Alfonso tomó la iniciativa de fundar una Congregación para poder llegar a esos pobres abandonados. Su actitud pastoral era la de actuar, no sólo la de reaccionar.
  4. En tercer lugar, Alfonso no escogió una vida fundada en el pauperismo. Su sentido práctico, aliado al desprendimiento, le llevaba a discernir si los bienes materiales eran efectivamente empleados en ayudar a los congregados a acercarse a los pobres espiritualmente abandonados. Los bienes de la comunidad tenían por fin volver a ésta disponible para los pobres abandonados, a cuyo servicio era llamada. No debían constituir nunca un elemento de separación entre la comunidad y esa gente.

LA COMUNIDAD APOSTÓLICA

  1. Estos aspectos de la vida de San Alfonso van mucho más allá que una mera devoción personal; son signos de una auténtica dinámica espiritual que él dejó en herencia a la Congregación.
  2. “Seguir el ejemplo de Jesucristo Salvador, en la predicación de la divina Palabra a los pobres” (Const. 1). Seguir al Redentor y vivir para los pobres constituyó siempre para Alfonso una única realidad que brotaba directamente de su experiencia viva y vivida. Ese es también el fin único de su Congregación.
  3. Pronto cayó en cuenta Alfonso de que el camino para la identificación con Cristo redentor no era una aventura individualista. Para él, fundar la Congregación no significaba simplemente crear un grupo de acción pastoral; más bien, significaba crear una comunidad apostólica que, en su ser y en su obrar, debería constituir una continua presencia salvadora del Redentor. Era la comunidad apostólica, no ya el Redentorista individualmente, quien debía ser un signo visible del Redentor. La comunidad debería esforzarse por crear en el propio ámbito una atmósfera de mutuo respeto, de reciproca ayuda y de santificación. Así es como podría convertirse en modelo vivo del Reino de Dios, reino de justicia y de paz. Y, como tal, podría predicar con autoridad y convicción a los pobres abandonados, para los que era enviada.

CONCLUSIÓN

  1. Este es nuestro San Alfonso, su retrato esbozado aquí con sólo algunos rasgos. Pero el cuadro nos parece suficiente para darnos algunas sugestiones sobre nuestra actitud referente al tema central del Capitulo General: “Evangelizare pauperibus et a pauperibus evangelizari“. Sin duda alguna, el sentido de nuestra herencia alfonsiana deba llevarnos a aceptar este lema como fruto genuino de su carisma.
  2. Estas son las ideas que el Consejo General ofrece a todos los cohermanos y a todas las comunidades con ocasión del Bicentenario de la muerte de San Alfonso. Confiamos en que sean apropiadas a este momento importante de nuestra historia.

Fraternalmente en J.M.J.A.

Juan M. Lasso de la Vega, C.Ss.R.
Superior General

El texto original de esta Communicanda es el texto inglés.

DE UN MISMO PENSAR Y DE UN MISMO SENTIR (Hechos 4, 32) Reflexión sobre la solidaridad en la Congregación

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Communicanda IV – 1997-2003


COMMUNICANDA IV
Nr. Prot. 0000  292/01
31 de marzo de 2002
Resurrección del Señor

Queridos cohermanos:

Me complace ofrecer a la Congregación esta primera Communicanda del nuevo milenio y pedirles que se unan a mi reflexión sobre un signo de esperanza que percibo en ella. Puesto que, ciertamente, existen diversos motivos para mirar el futuro con confianza, en esta carta me fijaré solamente en uno que expongo a su consideración: veo un creciente espíritu de solidaridad en la Congregación; es decir, una creciente unanimidad en el pensar y en el sentir así como un fortalecimiento de los vínculos que unen a la familia Redentorista global y que nos llevan a una acción misionera más eficaz.

¿Por qué escribo esta carta?

Esta solidaridad es, a la vez, el resultado de la renovación que ha tenido lugar en la Congregación durante los últimos cuarenta años y fruto también de las fuerzas de globalización que están conformando nuestro mundo. Pienso que debemos reconocer los positivos desarrollos actualmente presentes en la vida de nuestra Congregación, y mirar juntos el futuro en un esfuerzo por discernir lo que Dios quiere de nuestro Instituto.

Una reflexión sobre la solidaridad debe interesarnos, además, para continuar trabajando en el tema de este sexenio. Nos ayuda nuestra espiritualidad a contestar las “básicas y, a menudo, inquietantes preguntas: ¿Quiénes somos? ¿Para qué existimos? ¿Cómo debemos vivir?” (Communicanda 2, de enero de 1999, n. 8). Pienso también que una reflexión sobre la solidaridad nos llevará a cuestionarnos ¿cómo nos relacionamos mutuamente dentro de la Congregación? y ¿cómo reac-cionamos, teniéndonos mutuamente en cuenta, ante los acontecimientos de nue-stro mundo? O a hacernos preguntas como éstas otras: “¿Hemos sido llamados a una congregación internacional o a una federación de (vice)provincias?” o “¿Nos sentimos incómodos ante un modelo de economía global que divide y fomenta la discriminación en nuestro mundo?” Todas estas preguntas son de orden espiritual. Nos invitan a reflexionar sobre lo que somos, sobre aquello que valoramos y sobre la forma en que debemos vivir.

Finalmente, veo esta carta en conexión con un proyecto decisivo y ya en marcha dentro de la Congregación: la preparación del próximo Capítulo General. Espero que esta Communicanda contribuya a la reflexión con la que se va preparando la Congregación para un momento excepcional de solidaridad: el XXIII Capítulo General que se celebrará en 2003.

La preparación de este texto

Las reuniones Regionales a mitad de sexenio

Permítanme decirles algo de cómo se gestó esta carta. En 1999, el Consejo General preparó la agenda para las seis reuniones Regionales de la Congregación que tendrían lugar a mitad de este sexenio. En un periodo de doce mes, de enero de 2000 a enero de 2001, los superiores mayores de todas las regiones se reunieron con los miembros del Consejo General; primero, en Madagascar, después en Estados Unidos, Brasil, Filipinas, Italia y Polonia.

El Consejo General, siguiendo la recomendación del último Capítulo General, pidió a los superiores mayores que abordaran los mismos temas en todos los encuentros regionales. En el programa se incluían el tema del sexenio sobre la espiritualidad, la vocación de Hermano en la Congregación y los temas que tenían que ver con la preparación del próximo Capítulo General. Se dedicó también un tiempo a temas de interés particular de cada Región.

Además de estos temas, yo personalmente presenté la solidaridad como un especial signo de esperanza que veo en la Congregación y que, previamente, ya había tenido oportunidad de discutir con los superiores mayores en cuanto “signo de los tiempos”. Incluso entonces pensaba en la posibilidad de publicar el mensaje en forma de Communicanda para comprometer en su reflexión a todos los cohermanos. En cada uno de los seis encuentros regionales se presentó un mismo boceto del texto y los superiores aportaron sugerencias muy útiles. Con entusiasmo, estuvieron de acuerdo en continuar con el estudio del tema de la solidaridad y me animaron a que se publicara una Communicanda sobre el mismo.

Reflexión de la Unión de Superiores Generales

Hacia finales del año 2000, juntamente con otros superiores generales de religio-sos varones, participé en una reflexión sobre el futuro de la vida consagrada en un mundo globalizado. Fue con ocasión de la reunión que semestralmente celebra la Unión de Superiores Generales (22-25 de noviembre de 2000) y en la que estudiamos un documento de trabajo preparado por la comisión teológica internacional de la Unión. A primera vista, diríase que fuera necesario un diccionario teológico para entenderlo. El documento se titulaba “Desde el interior de la Globalización: hacia una comunión descentralizada e intercultural. Implicaciones eclesiológicas para la administración de nuestros Institutos” (publicado el 8 de diciembre de 2000). Representaba el fruto de tres años de diálogo entre los teólogos y los superiores generales sobre los rápidos cambios de horizonte en que la vida consagrada se mueve hoy día. El texto ofrece una valiosa perspectiva desde la que situar temas como el de la inculturación del carisma y el de la descentralización en un contexto de fenómenos sociológicos, culturales y económicos nuevos. El debate, al menos, me convenció de que la mayoría de los responsables de las órdenes y congregaciones internacionales tratan de hacer frente a temas tales como éste: “¿De qué forma pensar globalmente y actuar localmente?”

El mundo en el 2002

Los informativos que hablan de lo que ocurre alrededor del mundo, nos llevan a muchos a pensar en lo estrechamente relacionados que se encuentran entre sí, por un tipo de vínculos absolutamente nuevos, todos los pueblos de la tierra. Sin que importe la riqueza ni el poder que se posea, ningún estado puede pretender vivir en paz si permanece en total aislamiento. La prosperidad de un país puede construirse sobre la miseria de otros muchos. Decisiones tomadas o ignoradas en una nación tienen un serio impacto en tierras lejanas. Las consecuencias pueden ser terribles si no acertamos a globalizar la solidaridad entre los ciudadanos del mundo.

Un motivo para la esperanza

Han pasado dos años desde que el primer esbozo de esta carta fuera discutido en la primera reunión Regional, en enero de 2000. Desde entonces, muchos acontecimientos han ido sucediéndose en el mundo y, algunos de ellos, puede que hayan engendrado en nosotros una duda real y un presagio nada halagüeño sobre nue-stro futuro como misioneros y, por supuesto, también como ciudadanos del mundo. Aún así, la preocupación central de este mensaje sigue siendo la esperanza y el esfuerzo por exponer los motivos de esperanza que nos acompañan – tarea nada fácil como hicimos notar en la primera Communicanda de este sexenio (Communicanda 1, 25 de febrero de 1998, n. 17). ¿Cómo atrevernos hoy a esperar? Con el Apóstol de las gentes, los misioneros Redentoristas continúan trabajando y esforzándose porque “tenemos puesta la esperanza en Dios vivo, que es el Salvador de todas las gentes, principalmente de los creyentes” (1 Tim. 4, 10). La razón por la que no nos arredramos ante las dificultades o las decepciones es porque estamos firmemente arraigados en la convicción de que hemos recibido una Misión y de que su Dador es digno de confianza, Dios, que, en Jesucristo, él mismo se ha unido a nosotros para siempre. ¿Puede darse un acto más dramático de solidaridad que nuestra redención?

Cuanto más profundizamos en la Misión concreta que se le ha encomendado a nuestra Congregación, más hondos son los deseos de muchos cohermanos de trabajar juntos. Estos deseos se traducen en una forma de vida que podemos llamar solidaridad: unanimidad en los objetivos y en el mutuo entendimiento dentro de la global familia Redentorista que conduce a una más eficaz acción misionera. ¿En qué percibo yo este espíritu que, de hecho, se da ya entre nosotros?

Signos de solidaridad

La mayoría de los Redentoristas quiere saber lo que pasa en nuestra Congrega-ción en los diversos países en los que vivimos y trabajamos. Los miembros del Consejo General coinciden en que uno de los momentos culminantes de toda visita es cuando, en cada comunidad local, discutimos sobre la situación actual de nuestra misión global. Casi sin excepción, los cohermanos están ávidos de oír, de for-ma detallada, el relato de las luces y las sombras que existen hoy en la Congregación. La posibilidad de compartir esta información se da también por otras vías como: las reuniones internacionales, los boletines informativos publicados por el departamento de Comunicaciones, las cada vez más frecuentes visitas entre las distintas (vice)provincias y a través de la comunicación que permite Internet. Todo esto contribuye a aumentar el conocimiento de los esfuerzos que realizan los cohermanos en situaciones enormemente diferentes entre sí, y también a que dismi-nuya la aparente indiferencia o la falta de entendimiento que, a veces, existió entre provincias y regiones, principalmente porque nosotros, Redentoristas, sencillamente sabíamos poco los unos de los otros.

La solidaridad es más que el simple interés o el conocimiento de la situación de los demás. El mutuo conocimiento debe traducirse en acción concreta. Me complace señalar algunos “hechos” de nuestra hermandad a nivel internacional. Es digno de mención el hecho de que muchas de nuestras más recientes misiones ad gentes se han proyectado y sostenido con la colaboración de diversas unidades de la Congregación. Nuestra presencia misionera en Nigeria, Siberia, Corea y Bolivia son ejemplos de esta colaboración. Cuando visité Corea en 1999, el Arzobispo de Seúl me hizo la observación de que el éxito que estaban obteniendo los Redentoristas a la hora de atraer nuevos miembros se debía al hecho de que dábamos a los jóvenes la imagen de una comunidad de “rostro internacional”; es decir, una comunidad de hermanos procedentes de diferentes naciones y culturas a los que, efectivamente, unía el amor mutuo y el celo misionero. La misión de Corea empezó como una expresión de solidaridad entre las unidades de Asia y Oceanía, muchas de las cuales contribuyeron con fondos y personal a que se llevara nuestro carisma a dicha nación. Me siento feliz al ver cómo este espíritu fundador continúa aún. Hoy, los Redentoristas coreanos, tailandeses y filipinos viven y trabajan juntos dando, con ello, al pueblo coreano un vigoroso mensaje de hermandad.

Evidentemente, también en muchas otras unidades existe una larga tradición de Redentoristas de diversas nacionalidades que dan claro testimonio de comunión entre pueblos, razas y culturas diferentes; un testimonio que es tanto más significativo cuanto se da en un tiempo caracterizado por la globalización de los problemas y por el retorno de los ídolos del nacionalismo exagerado, el racismo y la xenofobia (cf. Vita Consecrata, 51). Entre las muchas familias religiosas de la Iglesia, esta clase de testimonio es la mejor contribución que pueden hacer las congregaciones internacionales como la nuestra.

Los últimos años han sido testigos de nuevas experiencias de solidaridad en la formación de los misioneros Redentoristas. Esta cooperación puede encontrarse tanto al nivel de la formación inicial como en el de la responsabilidad compartida al confeccionar programas conjuntos de formación continua o permanente. Algunas unidades trabajan conjuntamente en una etapa concreta de la formación, como es el noviciado compartido, mientras otras unidades dan la bienvenida en sus propios programas a los candidatos de otras (vice)provincias. Algunas Regiones patrocinan programas para la formación continua de los Redentoristas.

Algunas unidades están deseosas de compartir la abundancia que tienen de miem-bros jóvenes a fin de apoyar el ministerio de (vice)provincias envejecidas, haciendo así posible llevar a cabo iniciativas totalmente nuevas. Se comparten también recursos económicos entre los Redentoristas. Sin duda alguna, continúan dándose aún en la Congregación dramáticas diferencias en el estilo y nivel de vida al persistir en ella todavía estándares muy distintos en este sentido, pero no podemos ignorar la encomiable generosidad que practica un buen número de unidades con mayores recursos económicos. Algunas de estas unidades contribuyen regularmente al Fondo de Solidaridad y ayudan también, de forma discreta, a sus hermanos Redentoristas en tierras lejanas. Siempre que el Consejo General ha pedido a estas unidades ayuda para una provincia o vice-provincia en dificultades económicas, la respuesta, casi siempre, ha sido positiva y magnánima. Muchas (vice)provincias han hecho generosas aportaciones a proyectos tales como la reestructuración de la casa general, la Academia Alfonsiana y, más recientemente, un considerable esfuerzo por aumentar el patrimonio del Gobierno General (cf. XXII Capítulo General, postulado 9.5). Sin embargo, aún necesitamos descubrir medios eficaces para llevar a cabo la llamada “solidaridad mediante la ayuda al desarrollo” pedida por el último Capítulo General (Postulado 9.7).

Un tríptico de los Hechos de los Apóstoles

La Palabra de Dios nos muestra que la solidaridad es una cualidad esencial a la vida apostólica. Podemos encontrar una rica fuente de reflexión en los Hechos de los Apóstoles, sobre todo en la descripción que hacen de la comunidad apostólica. Permítanme proponer tres escenas de los Hechos, como en una especie de tríptico, que sirva para nuestra meditación. En el panel izquierdo veríamos a los Apóstoles y a María en oración (Hechos 1, 12-14), en el panel central se representaría la venida del Espíritu en Pentecostés (2, 1ss) y, finalmente, en el panel derecho se reflejaría la vida en común de los primeros Cristianos (4, 32-35). ¿Qué podemos observar en estas tres imágenes?

La solidaridad en la oración

El primer panel revela la importancia de la oración en la comunidad apostólica. La Misión que los apóstoles van a emprender no es algo que se han inventado ellos; Jesús les dice: “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra” (Hechos 1, 8). Desde el principio, la Misión de los apóstoles es internacional e intercultural. La Misión es más grande que ellos mismos. Deben, por lo mismo, estar atentos y esperar la venida del Espíritu, el don de su Señor Resucitado, que les dará poder y los “guiará hasta la verdad plena” (cf. Jn 16, 13). Junto con la Madre del Señor y otras mujeres, los Apóstoles eran “constantes en la oración” (Hechos 1, 14).

La primera experiencia de solidaridad entre los discípulos es la oración. ¿Cabe imaginar una comunidad verdaderamente apostólica en la que la oración esté ausente o sea solamente una rutina? Sin la oración constante nos arriesgamos a reducir la Misión a pequeñas actividades que se corresponden exclusivamente con lo que queremos hacer o con lo que pensamos que podemos hacer. ¿Hasta qué punto dependemos del don del Espíritu para cerciorarnos dónde debemos dar testimonio del Señor Resucitado y poder realizar, así, nuestra misión? ¿Nos acompaña María en nuestra oración? ¿Está abierta nuestra oración comunitaria a otros discípulos, a nuestros colaboradores?

La solidaridad en la Misión

El panel central del tríptico muestra el día de Pentecostés, cuando el viento y el fuego del Espíritu Santo impulsan a los discípulos, apocados en la seguridad del cenáculo, a abrazar una misión universal. Los apóstoles hablan un lenguaje que puede ser entendido por todos y, desde los mismos comienzos, está claro que la Iglesia no es un bien de dominio privado, de una sola raza o nación. Más bien, el Espíritu Santo “globaliza” el Evangelio y, a través de los apóstoles, pone la salvación al alcance de todos.

Una enorme diversidad de situaciones sociales, económicas, políticas y eclesiales conforman la realidad de la Congregación hoy día. ¿Es razonable promover una especie de “cultura” Redentorista en medio de tal diversidad? Yo creo que es posible y que, de hecho, pueden descubrirse las características comunes que se dan en la vida de los Redentoristas del mundo entero. En el anterior sexenio, el Padre Lasso señaló algunas de estas características en su segunda Communicanda, Unidad en la Diversidad (14 de enero de 1994; cfr. especialmente los nn. 32-36). La fuente de esta unidad es el Espíritu, el mismo que une a la multitud de las gentes que oyen el Evangelio predicado el día de Pentecostés (Hechos 2, 7-12). El texto, sin embargo, no sugiere que todas estas personas sacrificaran su cultura en el momento del bautismo. Las diferentes razas y lenguas de las primitivas comunidades cristianas revelan, más bien, una fuerza de unidad que las conecta entre sí y las enriquece: el Espíritu Santo. Este mismo Espíritu ayuda a los miembros de nuestra Congregación a ser “de un mismo pensar y de un mismo sentir”.

Solidaridad en lo que se posee

El tercer y último panel del tríptico representa la descripción idílica de la primitiva comunidad cristiana donde todos los miembros comparten sus posesiones y permanecen unidos en la oración, en la asidua escucha de la enseñanza de los apóstoles y en la fracción del pan (Hechos 2, 42-47; 4, 32-35). Debemos reconocer que la descripción que se hace de la unidad que disfruta la comunidad de Jerusalén puede ser también un tanto romántica y que el libro de los Hechos es bastante honesto al recordar los momentos más dolorosos cuando la comunidad se encuentra dividida por sectores étnicos (cf. Hechos 6, 1ss) o cuando Pedro y Pablo se enfrentan al comienzo del Concilio de Jerusalén (Hechos 15, 1) y, más tarde, en Antioquia (Gal 2, 11-14). Tales incomprensiones no contradicen la verdad de que la comunidad disfrutó de una notable unidad, claramente atribuible a la acción del Espíritu Santo.

La primitiva comunidad pudo compartir lo que tenían porque eran “de un mismo pensar y de un mismo sentir” (Hechos 4, 32). Los miembros no fueron forzados a ser generosos, sino que lo hicieron libremente porque tenían unanimidad de objetivos (“un mismo pensar”) y unión de corazones (“un mismo sentir”). Esta unidad, realizada por el Espíritu Santo, produjo una caridad que fue suficiente para satisfacer las necesidades de la comunidad (Hechos 4, 34). Esta solidaridad efectiva no es simplemente un imperativo moral. Los apóstoles oraron mientras esperaban (cenáculo) y se les dio el Espíritu y éste les condujo a su Misión (Pentecostés). El entregar sus bienes y sus mismas vidas es una respuesta necesaria a los dones del Espíritu y está íntimamente ligada a la Misión apostólica.

¿No es cierto que cuanto más permitamos al Espíritu hacer que seamos “de un mismo pensar y de un mismo sentir” tanto más estaremos deseosos de compartir lo que tenemos? A pesar de las enormes diferencias de situaciones culturales en que se encuentra la Congregación hoy día, el Espíritu nos ofrece un estímulo para la unidad. Es la común vocación que todos nosotros compartimos: “seguir el ejemplo de Cristo por medio de la vida apostólica, que comprende a la vez la vida de especial consagración a Dios y la actividad misionera” (Constitución 1). La aceptación de este principio fundamental de unidad, cuyo valor pondrán de manifiesto y matizarán las demás Constituciones y Estatutos, hace que la verdadera solidaridad sea posible entre los Redentoristas.

Orientaciones para el futuro

La efusión del Espíritu Santo y la predicación de los apóstoles inducen a las muchedumbres en las calles de Jerusalén a una pregunta: “¿Qué debemos hacer, hermanos?” (Hechos 2, 37). Lo rápidamente que cambia la faz de nuestro mundo, el mismo mundo donde debemos proclamar el Evangelio, debe llevarnos a hacernos unos a otros la misma pregunta: “Hermanos, ¿qué debemos hacer?” Si la respuesta es: “haremos lo que siempre hemos hecho”, nos estaremos equivocando de forma trágica.

Solidaridad dentro de la (Vice)Provincia

El desafío consiste en globalizar la solidaridad dentro de la Congregación en función de nuestra Misión mundial. Cuando en las reuniones Regionales de 2000-2001 compartí el primer boceto de este texto, un buen número de superiores mayores me pidió, sin embargo, que no pensara en la solidaridad solamente en términos mundiales; la unanimidad en el pensar y en el sentir debe caracterizar la vida de los Redentoristas también dentro de cada provincia y viceprovincia. Desgraciadamente, hay unidades donde el diálogo y el discernimiento no forman parte de la vida de la Congregación. En estos casos, generalmente, falta en ellas una visión compartida sobre el futuro y el sentido de corresponsabilidad que son un principio esencial de nuestro gobierno (Const. 92). El resultado es la fragmentación de la (vice)provincia juntamente con un estancamiento en el celo misionero. ¿Es lógico esperar que se tenga sentido de solidaridad con los Redentoristas que trabajan en otras unidades si nosotros mismos, en la práctica, sentimos poca responsabilidad por el futuro de nuestra (Vice)Provincia?

Solidaridad en la formación

Existe una creciente necesidad de mayor colaboración en la formación inicial de los misioneros Redentoristas. Como ya he hecho notar antes, la colaboración en esta área ha crecido entre algunas (vice)provincias. Esto se ha evidenciado en un reparto de responsabilidades entre las diferentes unidades al compartir una misma casa o programa de formación. Pienso que necesitamos avanzar todavía más en esta dirección. El último Capítulo General reconoció la necesidad de ofrecer a los directores de formación una preparación adecuada (Orientaciones, 5.2), ofrecer cursos sobre nuestra historia y espiritualidad (Ibid., 5.3) y de que se dé especial atención a la etapa de transición de la formación inicial a las comunidades apostóli-cas (5.6), así como que se estimulen los encuentros interprovinciales de formadores y el intercambio del personal académico (5.5). Estas expectativas exigen una mayor colaboración entre las (vice)provincias así como la ayuda del Gobierno General.

La formación inicial de los Redentoristas comporta otros desafíos que pueden afrontarse mejor mediante alguna forma de solidaridad. Por ejemplo, algunas unidades cargan con el peso de llevar adelante un gran número de futuros Redentoristas mientras otras muchas (vice)provincias tienen tan sólo un puñado de candidatos. Ambas situaciones me preocupan, pero particularmente la última. ¿Es normal continuar con un programa de formación en el que los estudiantes tienen un contacto muy limitado con otros Redentoristas de su misma edad? Y no olvidemos el fenómeno de inmigrantes y refugiados que están creando sociedades multiculturales, frecuentemente en situación de grandes urgencias pastorales. En un mundo donde una de cada cuarenta y cinco personas es refugiado o inmigrante, hay necesidad urgente de misioneros que puedan ejercitar su ministerio en circunstancias culturales diferentes a aquellas en que nacieron. El programa de forma-ción inicial debe preparar a nuestros jóvenes para estas nuevas situaciones. Creo que el futuro de la Congregación estará más garantizado si somos capaces de encontrar nuevas formas de colaboración en la primera formación de los misioneros Redentoristas.

Estructuras de la Congregación

Estoy convencido de que la Misión de la Congregación requerirá en el futuro que descubramos nuevas estructuras internas. Mientras el actual sistema de provincias, vice-provincias y regiones nos ha servido muy bien durante, aproximadamente, siglo y medio, me pregunto si estas mismas estructuras serán adecuadas para el futuro. ¿No deberemos descubrir nuevos modelos de gobierno que refuercen nuestra movilidad y flexibilidad? Hoy día, se dan ciertamente casos en la Congregación en los que el mantenimiento de una estructura existente, como una provincia o viceprovincia, exige un tremendo coste en personal y en recursos materiales. ¿No podríamos imaginar una forma diferente de organizar el Gobierno General a fin de que sirviera mejor a la unidad y a la pluralidad de la Congregación? Aparte ya del sistema de provincias, ¿no necesitamos alguna forma de estructura intermedia que coordine el trabajo misionero de los Redentoristas en una misma área geográfica? Una unidad de objetivos juntamente con la simpatía hacia los Redentoristas que viven fuera de los límites de la propia unidad particular nos ayudará a descubrir nuevas estructuras que sostendrán nuestra Misión en el vigésimo primer siglo.

Las Prioridades Regionales

Las unidades de algunas Regiones han comenzado ya a mirar más allá de sus propios límites individuales para reconocer el valor de un determinado apostolado que responde a una situación de urgencia pastoral y que sólo podrá abordarse si varias (vice)provincias trabajan juntas. Estas unidades empiezan a hacer frente a prioridades Regionales mediante cohermanos de la Región que se comprometen a llevar a cabo trabajos pastorales que, originariamente, formaban parte del proyecto de una sola unidad, o bien a colaborar en una iniciativa completamente nueva de la Región. Los responsables de las (vice)provincias de América del Norte y de Europa Norte ya han empezado a dialogar sobre la viabilidad de prioridades conjuntas de sus respectivas Regiones.

Comunidades Internacionales

El último Capítulo General expresó su apoyo al establecimiento de comunidades internacionales de Redentoristas al servicio de nuestra Misión (XXII Capítulo General, postulado 3.2). Aunque no se trate de una panacea o solución universal a problemas tales como el envejecimiento de las provincias que tienen pocas vocaciones, creo firmemente que las comunidades internacionales son una potente expresión de nuestro carisma en un mundo de globalización. ¿No deberíamos buscar nuevas formas de solidaridad, incluyendo las comunidades internacionales, a fin de predicar el Evangelio a comunidades hispanas y asiáticas en América del Norte? ¿Podemos garantizar que nuestro carisma contribuirá a la nueva evangelización de Europa? La vida en una comunidad internacional no siempre está exenta de dificultades, pero puede ser muy enriquecedora. Yo lo sé. Tengo el privilegio de vivir en una.

Conclusión

La nueva situación del mundo y de nuestra Iglesia invita a todos los Redentoristas a mirar más allá de las fronteras de las propias unidades individuales y a considerar las más vastas urgencias de nuestra Misión. Creo que existen ya en la Congregación ejemplos prometedores de solidaridad y que éstos son una base para futuros esfuerzos. Nuestra confianza está en el Espíritu de Cristo que nos permite “clamar Abba” a quien continúa enviándonos a predicar la Buena Nueva y que nos hace sabedores de la necesidad que tenemos unos de otros para llevar a cabo la Misión que nos ha confiado.

Con la imagen ante nuestros ojos de María y los Apóstoles en el cenáculo, les invito a profundizar en nuestra solidaridad en la oración, en tanto confiamos que el Señor nos abrirá aún más al trabajo del Espíritu de manera que podamos ser de “un mismo pensar y de un mismo sentir”, de palabra y de obra, para el bien de nuestra Misión.

En nombre del Consejo General,

Joseph W. Tobin, C.Ss.R.
Superior General

(El texto original es el inglés.)

ESPIRITUALIDAD Nuestro más importante desafío

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Communicanda I – 1997-2003


COMMUNICANDA N. 1

Roma, 25 de febrero de 1998

Nr. Prot. 0000 0028/98

     Queridos Cohermanos,

  1. “En todo momento damos gracia a Dios por todos vosotros, recor-dándoos sin cesar en nuestras oraciones. Tenemos presente ante nuestro Dios y Padre la obra de vuestra fe, los trabajos de vuestra caridad, y la tenacidad de vuestra esperanza en Jesucristo nuestro Señor” (1 Tes 1,2-3). Han transcurrido cinco meses desde la clau-sura del XXII Capítulo General y, en este día aniversario de la apro-bación de nuestras Constituciones, os hacemos llegar este docu-mento que quiere ser como una prolongación del Capítulo y, al mis-mo tiempo, una indicación de la línea a seguir durante nuestro servi-cio a la Congregación.
  2. El Capítulo confió al Gobierno General la redacción de esta Com-municanda a fin de que profundizara en el Mensaje y en la Orien-taciones ya enviadas a toda la Congregación (Postulado del XXII Capítulo General, 1,1.4). Como bien sabéis, el centro de estos do-cumentos capitulares lo ocupa la espiritualidad, asumida como tema para el actual sexenio, y, a cuya luz, la Congregación quiere com-prender y vivir todos los aspectos de su propia vida. La petición, sin embargo, de que se tratara este tema, fue recurrente en algunas Re-uniones Regionales preparatorias del Capítulo, confirmando así, que era una necesidad sentida en gran parte de nuestra Familia misio-nera.
  3. Creemos, además, que la elección de la espiritualidad ha tenido en cuenta el camino recorrido en los últimos decenios y que fue trazado en los Capítulos Generales, con los respectivos documentos finales y, en particular, con el empeño de “acentuar el anuncio explícito, pro-fético y liberador del Evangelio a los pobres, al mismo tiempo que nos dejamos interpelar por ellos” (XXI Capítulo General, Documento Final, 11). Dentro de este contexto es como la opción por la espiri-tualidad se nos revela en toda su profundidad y urgencia.
  4. Esta Communicanda no pretende abordar el tema de la espirituali-dad de forma exhaustiva o doctrinal. Queremos dirigir una reflexión sobre el tema propuesto por el Capítulo General ofreciendo a cada uno de vosotros ayuda para ser redentorista hoy. Por una parte, esta-mos convencidos de que la espiritualidad es esencialmente “expe-riencia personal y comunitaria de Dios en Cristo Redentor por medio del Espíritu Santo”, y, por otra, que debemos tener presentes las ne-cesidades de las diversas Regiones. Deseamos, además, que cada Unidad haga de este documento un uso “compartido” en la forma y manera que le sea posible.
  5. Notamos el grave riesgo – que el propio Capítulo General ya se temió – de que el tema de la espiritualidad nos llevara lejos del ter-reno propio de la misión y de donde están las graves urgencias de la misma. Aclaremos en seguida, que “espiritualidad” no significa inti-mismo, ni abandono de las propias responsabilidades personales o del necesario compromiso con nuestra historia. No queremos teori-zar sobre la espiritualidad, sino fijarnos de forma muy concreta tanto en las obligaciones normales como en aquellas otras necesidades que requieren nuestra efectiva atención. Además de nuestros bue-nos deseos, contamos también con la colaboración de los laicos, que en los últimos tiempos se ha ido afianzando cada vez más en los proyectos de las diversas Unidades. Si ellos, por una parte, pueden “asimilar” nuestra espiritualidad viviendo con nosotros, frecuentando nuestro ambiente y trabajando con nosotros, también pueden, por otra,                                   ayudarnos a mantenernos en un contacto más estrecho con la realidad y con la dimensión cotidiana de la vida.
  6. Otro peligro que deseamos evitar: afrontar el tema de la espirituali-dad simplemente porque así lo exija una cultura en boga. Somos conscientes de hasta qué punto la espiritualidad es un tema que está hoy día de moda, incluso como fenómeno de éxito comercial. Un ver-dadero y auténtico “supermercado de la espiritualidad”, que va de la new age a las sectas esotéricas, seduciendo a muchos de nuestros contemporáneos; este fenómeno tiene muy poco en común con las exigencias propias de una fe revelada que parte                                   de una “escucha” obediente a la Palabra y tiende al encuentro responsable con una persona, Jesucristo.
  7. La espiritualidad es fuente de unidad para toda la Congregación. No podemos olvidar, sin embargo, la gran diversidad de situaciones y de intereses que se dan dentro de ella: tanto con respecto a Regio-nes y culturas, como a personas. Entre los cohermanos, unos, afortu-nadamente, poseen una espiritualidad más consolidada, otros ex-perimentan una especie de “desmorona-miento” interior, mientras otros, finalmente, están a la búsqueda de algo que aún no han encon-trado. Se trata de situaciones interiores que no dependen de la edad y en las que se entrelazan misteriosamente la gracia de Dios y las circunstancias de la vida; pues bien, teniendo en cuenta esta diver-sidad de situaciones, rogamos a cada Unidad que haga a estas nuestras reflexiones aquellas acomodaciones que crea oportunas.

Motivos de una elección

  1. Ante todo, consideramos fundamental preguntarnos: ¿Por qué el Capítulo General eligió la espiritualidad como el más importante de-safío para toda la Congregación durante los próximos seis años? La respuesta que demos a esta pregunta será la que nos permita abor-dar de forma adecuada este tema. Exponemos algunos motivos que son, a nuestro parecer, los que más se aproximan a la realidad; y nos gustaría que esta propuesta fuera analizada y profundizada tam-bién a nivel local.
  2. Nuestra primera impresión es que en la Congregación se ha con-statado un exagerado activismo o, al menos, una desproporción en-tre la reflexión y las numerosas actividades que tenemos. En otras palabras, que todos necesitamos darle a la actividad sus últimos y verdaderos móviles, y sabemos que para nosotros, redentoristas, los móviles se orientan esencialmente a una persona, “la única de la que hay necesidad” (Lc 10, 42), Jesucristo Redentor. Esta necesidad vie-ne confirmada claramente por el mismo Capítulo General cuando dice que nuestra “principal preocupación debe ser el puesto que ocupa Dios en nuestra existencia” (Mensaje final, n.3). Es ésta una observación que no podemos olvidar y cuyo contenido se convierte para cada uno de nosotros en fuente de gozo: en la medida en que nos esforcemos por situar a Dios en el centro de nuestra vida, en esa misma medida nos realizaremos en plenitud.
  3. Creemos oportuno avanzar otra hipótesis que esclarece la elección del Capítulo: se encuentra claramente vinculada al momento histórico en que vivimos. Muchos de los nuestros conservan la impronta de una formación – nos referimos a los años anteriores al Concilio Ecu-ménico Vaticano II – que se inspiró, en gran parte, en las normas y en los valores propios de la observancia. Los años siguientes han visto afianzarse una antropología diversa y una formación en conso-nancia con ella, cuyo centro lo ocupaba la realización de la persona y su libertad. El balance de estos últimos años nos ha hecho compren-der que estos modelos no se excluían mutuamente. Ahora bien, mi-entras para algunos el primer modelo ha favorecido tal vez una “ob-servancia sin corazón”, para otros el segundo modelo ha dado lugar a veces una “libertad sin metas”. Con frecuencia, el diálogo ha sido inútil o ha hecho detener la marcha, los proyectos apostólicos han revelado ser de corto alcance, la identidad de las personas ha en-trado en crisis. Creemos que el Capítulo General ha visto en la espi-ritualidad el elemento capaz de dar sentido a la libertad dentro de la comunidad, delineando un posible y más creíble camino para el próximo futuro.
  4. Nuestra “necesidad” de espiritualidad puede tener todavía otra ex-plicación. Vivimos un tiempo de “continuo cambio” y de progreso tecnológico acelerado (aunque este desarrollo no sea igual en todas las Regiones). Nos cuesta seguir el ritmo de nuestro tiempo. Inno-vaciones no sólo tecnológicas o científicas, sino, más aún, profunda-mente culturales, ponen a dura prueba nuestros horizontes mentales. Si en el pasado nuestra Regla de vida, nuestras tradiciones, nue-stros “modelos” ordinarios, o los santos de nuestros altares consti-tuían para nosotros puntos de referencia bastante plausibles y creíbles, hoy, por el contrario, nos encontramos en el umbral de un futuro que no sabemos qué nos deparará. Vemos lo difícil que es hablar del seguimiento de Cristo a un mundo que parece no tener a quien seguir. Necesitamos, por consiguiente, como un “contrapeso” que nos impida vivir constantemente en la superficialidad. Necesi-tamos algo que nos ayude a lograr una síntesis interior, independi-ente de factores externos siempre cambiantes, y este “algo” lo ha visto el Capítulo en la espiritualidad.
  5. En todo caso, este esfuerzo por ir al ritmo de los tiempos lo vemos en la teología. Por ejemplo, ¿hasta qué punto, en los últimos tiempos, no ha ensanchado su horizonte el concepto de redención? Si mu-chos de los nuestros se formaron en una rigurosa atención a la “sal-vación del alma”, vemos también cómo este concepto ha ido am-pliándose gradualmente hasta abarcar la salvación integral de la persona (cfr. Const. 5); hemos comprendido, igualmente, que la Copiosa Redemptio nos ponía ante una nueva relación con otras culturas y religiones, al tiempo que veíamos que tampoco podían excluirse de nuestros intereses ciertos problemas como la ecología, la defensa de los derechos humanos, etc. En un plano exclusiva-mente teórico, no nos resulta difícil comprender esta relación, pero en la práctica, ¿cuántos no han acusado un decaimiento en el “celo misionero”, justamente por ver que se encontraban ante un compro-miso nuevo superior a sus fuerzas?
  6. Es cierto que contamos con numerosos medios de estudio y de formación mientras se multiplican iniciativas en el ámbito de la for-mación permanente, bien con motivo de ocasiones extraordinarias (centenarios de nuestros Santos, beatificaciones, etc.), bien en el “ordinario” proceder de las diversas Unidades, aún así, reconoce-mos que la renovación profunda de nuestra vida no siempre ha ido en consonancia con el enorme esfuerzo que ha supuesto organizar estas iniciativas. Sufrimos también en lo más profundo de nosotros mismos la ruptura entre fe y vida que continúa siendo uno de los síntomas de nuestro tiempo. Al multiplicarse las ocasiones de toma conciencia y de animación, advertimos de forma aún más lacerante la dificultad que entraña encarnar en la vida diaria aquello que des-cubrimos.
  7. Esta ruptura interior y existencial se refleja indudablemente también en nuestro modo de orar. El Capítulo General de 1991 recordaba ya entonces: “Abandonadas las que se consideraban “prácticas espiri-tuales” inauténticas o no adaptadas a la situación actual, no han sur-gido otras capaces de llenar del todo el vacío producido” (Documen-to Final, 33). El resultado de esto, en las comunidades, ha sido la general ausencia de un programa de oración y, de forma más am-plia, el “vacío” espiritual que muchos cohermanos padecen. Ante determinados ambientes nuestros – espiritualmente “anémicos” – cabría preguntarse si puede hablarse en ellos de comunidad reli-giosa. Cabría preguntarse, igualmente, si a la luz de la “consagra-ción”, es legítimo dejarse arrastrar por un contexto secularizado. Hay que preguntarse también si esta forma de proyectarse (o de no pro-yectarse) la comunidad, ofrece un mínimo de atractivo a las nuevas generaciones. Es éste un punto sobre el que cada uno debería ex-aminar su propia cuota de responsabilidad.
  8. Frecuentemente, este “vacío” espiritual ha dado pie a los coher-manos para una “fuga” hacia otras espiritualidades o movimientos eclesiales a fin de buscar, tal vez fuera, lo que no encontraban dentro de la comunidad. Estamos convencidos de que a ninguno se le pue-de negar el derecho al propio desarrollo personal y espiritual, pero ese fenómeno invita a hacerse algunas preguntas muy concretas: ¿Está en condiciones la comunidad de crear el ambiente idóneo para la plena realización de los cohermanos? ¿Ofrece a las perso-nas el espacio “humano” adecuado para que expresen sus más pro-fundo anhelos? ¿Se da respuesta a esos anhelos dentro de un con-texto de “comunidad con una organización adecuada” (Const. 44-45; Est. 041) y un proyecto apropiado de oración?
  9. No deben dejarnos indiferentes el número de cohermanos que, tras algunos años de consagración o de ministerio, abandonan la Con-gregación: el propio hecho de que algunos manifiesten después su insatisfacción por la salida, hace que nos preguntemos si en su mo-mento les ayudamos a realizarse humana y espiritualmente. Aún cuando en tiempos anteriores a los nuestros se dieran también ca-sos como éstos, o suceda algo parecido en otras familias religiosas, no por ello debemos dejar de hacernos algunas preguntas: ¿Qué buscaron y no encontraron estos cohermanos en la comunidad re-dentorista? ¿Nos consideramos mutua y fraternalmente respon-sables de la vocación de los demás? Estas preguntas deben llevar-nos a pensar no sólo en los cohermanos que nos abandonaron, sino también en los que, aún permaneciendo en la Congregación, van de modo imperceptible y muy a pesar suyo, acomodándose a un estilo de vida sin coraje y que pone en tela de juicio las motivaciones más hondas de nuestra vida en común.
  10. De modo general, vemos que en nuestra vida diaria, en las relacio-nes interpersonales, en la cura pastoral, no siempre nos animan los verdaderos móviles de nuestra consagración y de nuestro ministerio, ni estamos dispuestos “a dar respuesta a todo el que nos pida razón de nuestra esperanza” (1Ped 3,15). ¿Compartimos nuestras expe-riencias espirituales? ¿De qué carecería el mundo de hoy si de im-proviso le faltara el carisma redentorista? ¿Qué puede decirle a nue-stra cultura la intuición                                   de Alfonso? ¿Estamos preparados para co-municar la evidente actualidad de la espiritualidad redentorista y pro-ponerla a los laicos para que la compartan con nosotros, y a los jóvenes para que hagan de ella un proyecto de vida? ¿Nos mostra-mos como “escuela de verdadera espiritualidad evangélica (Vita consecrata, 93)?
  11. Estas preguntas requieren no sólo un serio compromiso auto-formación, sino también recuperar la “identidad” personal y un auténtico clima de familia. En este sentido, tal vez sea fiel “ter-mómetro” del problema de la espiritualidad el gozo que habitual-mente vemos como presente, o ausente, a nivel de personas y de comunidad. Todos deberemos recuperar un sentido de pertenencia y de sano orgullo de ser redentoristas. Quizá sea ésta la razón que resume todas las demás y que indujo al Capítulo General a optar por el tema de la espiritualidad.

Elementos de la espiritualidad redentorista

  1. Quienes participaron en el XXII Capítulo General, o lo siguieron a través de los medios de comunicación, o con la lectura, por ejemplo, del Mensaje final, las Orientaciones y los Postulados, compartirán con nosotros la siguiente impresión: en la mayoría de los casos, la atención del Capítulo se centró más en la “espiritualidad” como tal que en la “espiritualidad redentorista”. No queremos sugerir con esto, en modo alguno, la idea de una dicotomía entre estas dos reali-dades; la espiritualidad se ha                                   desarrollado en nuestra concreta vo-cación y lo ha hecho en cuanto “redentoristas” y, por consiguiente, no puede concebirse aquélla prescindiendo de esta connotación. Pero conviene tener en cuenta el lenguaje usado por el Capítulo. La insis-tencia con que allí se trató una y otra vez de “espiritualidad” en ge-neral nos lleva a sacar, al menos, tres consecuencias.
  2. Primera: que se van redescubriendo los “fundamentos” de nuestra vida espiritual. Mucho más que un conocimiento específico de nue-stro carisma, necesitamos comprender la estructura de una vida de fe y el sentido elemental de la consagración. Pues si ese conoci-miento específico se volviera fin en sí mismo, correría el peligro de ser un ejercicio puramente académico.
  3. Segunda consecuencia: no debemos ser miopes centrándonos exclusivamente en lo específicamente nuestro, olvidando el amplio y exigente horizonte de la espiritualidad       en la que se inserta el caris-ma redentorista. “En la Iglesia, santa y grande, la Congregación no es una capilla lateral. Su misión la coloca en el centro de la iglesia, allí donde se encuentra el altar en el que se celebra el misterio de la Pascua de Cristo por la salvación del mundo. Está llamada a realizar lo que es central, a continuar a Cristo y el acontecimiento de la salva-ción que está en Cristo. ¿Cuál es, por consiguiente, su especificidad en el conjunto de la Iglesia? Su especificidad consiste en la realiza-ción de lo esencial de acuerdo con una vigorosa plenitud” (F.X. Durwell cssr). No debemos pretender, por consiguiente, que nuestra espiritualidad posea elementos exclusivos en la Iglesia. Gran parte de los elementos tradicionalmente considerados como “redento-ristas” (predicar a los pobres, misiones populares, Vida devota, etc.) tienen su réplica en otras espiritualidades y en otras Familias Re-ligiosas; lo que en cierto sentido nos caracteriza, se encuentra, más bien, en el modo como estos elementos se conjuntan. Este modo, a su vez, supone otros muchos factores: estilo de vida personal, forma de comportarse y de hablar, un cierto clima comunitario, etc., ele-mentos todos que – a cuantos se acercan a nosotros y nos conocen – hacen que de forma espontánea digan: “éste es un redentorista”.
  4. Una tercera consecuencia: – hay que señalar que se trata de la más importante – el que se haya elegido el tema de la espiritualidad (todavía antes que el de “espiritualidad redentorista”) pretende que nos examinemos acerca de nuestra relación personal con Cristo a fin de ver si ésta “inspira efectivamente y de modo privilegiado nuestro estilo de vida” (Mensaje final, 1). “En cualquier contexto en que se viva, creemos que todos los redentoristas estamos llamados a cen-trar hoy nuestra atención en un aspecto fundamental de nuestra espi-ritualidad, es decir, en la forma en que nutrimos y expresamos nue-stra relación de fe con Jesús” (Mensaje final, 3). En esta relación, el Espíritu Santo es quien incesantemente nos atrae y nos anima. Es él quien suscita el deseo de una respuesta plena, haciendo de cada uno de nosotros una persona “cristiforme” (Vita consecrata, 19). Es él quien “persuade” nuestra inteligencia, haciéndola aceptar con gozo y por amor, lo que a los ojos humanos aparece simplemente como “locura”.
  5. Con respecto a la espiritualidad redentorista, nuestras Constitu-ciones nos ofrecen material suficiente para definirla. Orando con ellas, estudiándolas, comprenderemos el porqué de nuestra voca-ción y los rasgos esenciales que la caracterizan. En sus páginas en-contramos cómo entender los distintos aspectos de la identidad re-dentorista que, substancialmente, consiste en el “seguir el ejemplo de Jesucristo Salvador, en la predicación de la divina Palabra a los pobres” (Cons. 1). Una creciente familiaridad con nuestra “Regla de vida” nos permitirá abarcar, en una visión de conjunto, nuestra espiri-tualidad, que, de otra forma, quedaría difusa.
  6. A la luz de la tradición en la que esta espiritualidad ha nacido, podemos individualizar, distinguiendo lo esencial de lo secundario, algunos elementos constitutivos de la misma que, a continuación, proponemos a vuestra consideración sin pretender con ello ni abarcarlo todo, ni tampoco hacerlo con un rigor metodológico:
  • somos redentoristas: nuestra espiritualidad se sitúa en la teología de la encarnación;
  • somos misioneros y, por lo mismo, esencialmente anunciadores del Evangelio cuyo corazón es la miseri-cordia;
  • el redentorista tiene un sentido “popular”, una habili-dad para aproximarse fácilmente a la gente y utiliza un lenguaje sencillo;
  • la espiritualidad redentorista es fuente y fruto de la misión (Mensaje final, n. 6);
  • el redentorista siente compasión por los pobres;
  • nuestro compromiso pastoral, especialmente con los pobres y abandonados, es constitutivo de nuestra espiritualidad (Mensaje final, n. 8).
  1. Creemos, igualmente, que a la Virgen del Perpetuo Socorro hay que otorgarle un lugar más amplio y explícito en nuestra espiritua-lidad. El celo y la creatividad de los redentoristas han hecho que éste sea el icono más difundido del mundo; también puede ayudarnos a descubrir nuestro carisma. El título de “Perpetuo Socorro”, por otra parte, se encuentra   en total consonancia con el tema de la Copiosa Redemptio.
  2. No debemos olvidar, sin embargo, que la nuestra, es también una espiritualidad comunitaria, se encuentra en la comunidad y debe manifestarse, por lo mismo, en estructuras concretas comunitarias, otorgándole el debido espacio ante todo a la Palabra de Dios, a la liturgia y a la Eucaristía (cfr. Const. 27). Si consideramos el proceso de nuestra vocación, constatamos que la espiritualidad no la hemos aprendido en los libros, sino en los cohermanos, en su estilo de vida, en un determinado método de trabajo y de apostolado sostenido en el tiempo y que nosotros poco a poco hemos “asimilado”. Volviendo todavía más atrás en el tiempo, vemos cómo nuestra propia Congre-gación se ha caracterizado, desde su nacimiento, por unas determi-nadas opciones concretas y operativas (por ejemplo, la “encarna-ción”, la predilección de Cristo por los pobres, el fundar nuestras ca-sas entre los más abandonados). En todo caso, al abordar el tema de la espiritualidad debemos hacernos algunas preguntas: como la de si nuestro testimonio es real y, de alguna forma, perceptible; o la de si nuestras estructuras comunitarias y apostólicas están al servi-cio de este testimonio.
  3. Por todo esto, la opción que el Capítulo hizo a favor de la espiritua-lidad redentorista nos es de vital importancia, y esto, al menos por tres motivos fundamentales:
  • un motivo psicológico implica que en la espiritualidad está en juego nuestra propia identidad. Es en el carisma redentorista hemos apostado nuestra existencia; en esa “intuición en el Espíritu” hemos descubierto nuestro propio rostro. Las dificultades inherentes a nuestro tiempo, así como lo inadecuado de las estructuras, suponen cierta-mente un problema, pero superable si este objetivo encuen-tra en nuestro interior la importancia que debe;
  • una razón teológica nos recuerda lo que nuestro Fun-dador dice: “Dios quiere que todos sean santos, y cada uno en su estado, el religioso como religioso, el seglar como seglar, el sacerdote como sacerdote, el casado como ca-sado, el comerciante como comerciante, el soldado como soldado, y así refiriéndose a cualquier otro estado” (Práctica del amor a Jesucristo, cap. VIII). Si cada uno está llamado a ser santo en el propio estado, igualmente lo estamos noso-tros al “abrazar” el nuestro y buscando la voluntad de Dios como redentorista hoy;
  • un motivo apostólico nos dice que andar entre los pobres sin llevar a Dios con nosotros conlleva el peligro de aprovecharse de ellos. Desde la experiencia del amor de Dios fue como San Alfonso comprendió mejor las necesi-dades de los pobres. Rebajar el nivel de nuestra espirituali-dad y pretender al mismo tiempo ser creíbles a la mirada de los pobres, es algo ilusorio por nuestra parte y un engaño hacia los mismo Es nuestro mismo proyecto apo-stólico el que se expone al fracaso.

Algunas consecuencias para nuestra vida

  1. “Creemos que a la Congregación se le está ofreciendo una espe-cial gracia de conversión al Redentor”. Esta afirmación del Mensaje final del Capítulo (n. 5) corre el peligro de ser tomada como una de tantas recomendaciones que pasan inadvertidas en orden a la reno-vación de nuestra vida. En determinados ambientes nuestros se hace difícil encarar el tema de la conversión por temor a poner en peligro derechos adquiridos o un determinado estilo de vida que se ha llegado a ser “intocable”. Pero ese puesto central de la espirituali-dad en nuestra existencia no es para favorecer un sentimiento de culpa o a crear desánimo, sino para la apertura a la novedad de Dios. “Pues bien, he aquí que yo lo renuevo: ya está en marcha, ¿no lo reconocéis? (Is 43,19).
  2. Toda conversión es para el hoy. “Escuchad hoy su voz: «No endu-rezcáis el corazón»” (Sal 95,8). Una atenta mirada a nuestro tiempo nos hará comprender que dar largas a esta conversión puede ser nefasto para el futuro de la Congregación y para el propio significado de nuestra misión. Hoy entendemos mejor lo que significa “continuar al Redentor” entre los más abandonados, así como el hambre espiri-tual que tiene la humanidad, tantas veces disimulado o instrumenta-lizado. Hoy disponemos todavía de suficientes energías personales y morales para una determinación concreta y valiente.
  3. La elección de la espiritualidad supone reconocer la necesidad urgente de recuperar aquella actitud capaz de sostener un proyecto apostólico. Debemos fomentar una “mirada contemplativa de la vida” (Orientaciones sobre el tema de la espiritualidad, Introducción), de forma que descubramos la riqueza de nuestro mundo interior (cfr. Cons. 24). En sintonía con este mundo, podremos dialogar entonces con Dios como hijos y alentar en nosotros una memoria de los “pasos” que Dios ha dado en nuestra historia para hacernos suyos. Después, tendremos que redescubrirnos personal-mente como “re-dimidos” para ser, de modo convincente, “redentoristas”. Además, un estilo de vida perennemente “superficial”, incapaz de meditar, de centrarse en la palabra de Dios y del silencio, no es base sólida para sostener un proyecto de espiritualidad. El problema, en fin, se agu-diza cuando esta incapacidad llega a convertirse en “estilo de vida comunitario”. Es cierto, por otra parte, que se dan situaciones comu-nitarias en las que resulta difícil salvaguardar un clima de silencio y de oración; y en algunas ocasiones es justo que sea así. Sin embar-go, toda comunidad debería examinarse sobre este punto a fin de encontrar soluciones adecuadas que corrijan el evidente desequi-librio que, en ocasiones, se da entre la necesidad de espiritualidad y los momentos o medios que se ofrecen para satisfacer esta necesi-dad a nivel personal y comunitario.
  4. Si la conversión exige un compromiso ad intra, tampoco debemos olvidar que debemos proyectarnos igualmente ad extra, al doble compromiso con la Iglesia y con el reino de Dios, dentro del cual encuentra sentido nuestro carisma. Esto requiere articular las justas relaciones con las estructuras eclesiales locales, conocer mejor los otros carismas e inspirar cada vez más nuestro servicio en la gratui-dad. Esto pide, igualmente, un mayor empeño por conocer cómo vive hoy la Congregación su carisma y lo lleva a la práctica – fre-cuentemente con heroísmo y creatividad – en las diversas Regiones del mundo. Esto supone, finalmente, un serio esfuerzo formativo a fin de revalorizar nuestro servicio a la Iglesia y al mundo.
  5. La conversión ad extra nos invita sobre todo a acercarnos al tema de la espiritualidad teniendo como criterio nuestro servicio a la mi-sión. “Nuestra espiritualidad se configura también en el desafío del compromiso con las luchas y sufrimientos de los pobres, en los que Jesús se nos revela como el Siervo Sufriente” (Mensaje final, 6). Como los Capitulares, también nosotros debemos preguntarnos “en qué medida el compromiso con los pobres es una expresión de nue-stra espiritualidad y de qué modo nos ayuda a desarrollar una espi-ritualidad más auténtica” (Mensaje final, 8).
  6. Estas preguntas deben acompañar nuestro habitual modo de con-siderar la espiritualidad y nuestro estilo de oración personal y comu-nitaria. Una espiritualidad suele generalmente forjarse por medio de acontecimientos que nos impresionaron o que suscitaron en noso-tros determinadas preguntas profundas; noticias que nos conmo-cionaron, momentos de especial conflicto con nosotros mismos o con los demás, períodos de la vida particularmente conflictivos, etc. Pensamos que el redentorista debe poner en el centro de su oración personal y comunitaria el clamor de los pobres, sus preocupaciones, los problemas de la vida cotidiana, las situaciones de injusticia y de opresión. Esto le permitirá no sólo contribuir a la Copiosa Redem-ptio, sino también mantener limpia su mirada al servicio de un apostolado generoso y concreto.
  7. El desafío de la espiritualidad debe llevarnos al deseo de identifi-carnos con los pobres, ante los que muchos redentoristas, comen-zando por San Alfonso, tuvieron una auténtica conversión. Pero ¿esta conversión interior se refleja también en nuestro estilo de vida marcado por la simplicidad y la austeridad? ¿Nos prevenimos sufi-cientemente ante el peligro del consumismo? ¿Cómo podrán nue-stros sentidos estar atentos al clamor de los pobres si el ruido del mundo nos ha hecho sordos a ellos o nuestras costumbres son tan distintas de las suyas?
  8. Si esta espiritualidad “se modela por nuestra dedicación a los pobres”, debe igualmente, ir acompañada de una formación con-tinua. Todos debemos motivar teológica y apostólicamente nuestro servicio a los pobres en este período de nuestra historia en el que la caída de las grandes ideologías ha terminado finalmente por mar-ginar a los más abandonados. Debemos partir valientemente de preguntas como éstas: ¿hasta qué punto nuestra espiritualidad                                   es signo de contradicción para la sociedad en que vivimos? Nuestro estar en el mundo ¿nos hace mirar de modo acrítico y pasivo la lógica del mundo (Jn 17, 11.14)? ¿Nos acomodamos a la sociedad, o somos, más bien, un signo para ella? ¿Qué sentido tiene nuestra “profecía” al anunciar el Evangelio y el carisma redentorista? A los ojos de los jóvenes ¿nuestro carisma es claro y convincente como propuesta vocacional? ¿Qué actitud tenemos en el diálogo con las otras iglesias, religiones o culturas?
  9. Todas estas preguntas pueden parecernos, tal vez, exigentes hasta el punto de desanimarnos o de hacernos creer que el Gobier-no General mira el presente y el futuro de la Congregación con un cierto pesimismo. Queremos resaltar, más bien, la gran confianza que anima tanto nuestro servicio como nuestra idea acerca del papel que la historia nos pide que llevemos a cabo. La espiritualidad, por su parte, nos permite hacer más convincente este cometido y más incisivo nuestro servicio. Esta confianza se fundamenta también en lo atractivo de nuestra historia: en ella encontramos raíces suficiente-mente profundas como para que el Espíritu Santo produzca hoy nueva savia. Muchos testigos de nuestra tradición, los extraordi-narios y los más comunes, ponen de relieve todavía hoy una santidad gozosa, no exenta de problemas, pero humanamente alentadora. Su comunión entusiasta con el Cristo Redentor y la apertura para reco-nocerlo en los pobres, nos indican que el “desafío” continúa siendo plenamente actual porque a Cristo (Mt 28,20) y a los pobres (Mc 14,7) los tendremos siempre con nosotros. ¡Jamás nos faltará la “materia prima” para una dedicación generosa! La espiritualidad con la que siempre han afrontado los redentoristas esta dedicación con-tinúa siendo actual.
  10. Este “ajetreo” propio de nuestro tiempo han de afrontarlo en pri-mera línea los superiores, tanto locales como (Vice)Provinciales. Ante la variada gama de servicios que exige su oficio y, sobre todo, a falta de los que en otro tiempo fueron puntos comunes de referen-cia (Regla, horario, obediencia absoluta, etc.), pueden sentirse a veces poco preparados o desanimados. La espiritualidad, en cam-bio, les lleva hasta las raíces más profundas de su servicio (y que no son otras que las del amor y preocupación por las personas), les pide ser pastores antes que administradores. Sabemos que esto no es suficiente para el cumplimiento óptimo de su mandato, pero con-tribuye, sin duda, a proporcionarles sentido y perspectivas de espe-ranza.

Conclusión

  1. Pensamos que esta Communicanda debe mantener vivo un pro-ceso de discernimiento iniciado con el Capítulo General, incluso allí donde aún no se ha manifestado mediante ninguna acción concreta. Se trata de un proceso del que nadie – incluido el propio               Gobierno General – debe sentirse dispensado. El tema escogido por el Ca-pítulo General dará su fruto si encuentra eco a nivel local y viene actuado con buenas iniciativas. Y si a nivel (Vice)Provincial habrá que ocuparse del programa que oportunamente haya organizado el Gobierno (Vive)Provincial (por ejemplo, promoción de cursos de for-mación, encuentros de reflexión, asambleas o Capítulos provinciales, etc.), a nivel local, toda comunidad puede y debe prever momentos de reflexión y de decisión sobre la espiritualidad (revisión de vida, organización y sentido de la oración, etc.); momentos que será opor-tuno introducir en el “proyecto de vida comunitaria” que pidió el Ca-pítulo General (Postulado 3.1).
  2. En orden a la puesta en práctica de la elección hecha por el Ca-pítulo General, son de gran ayuda las Orientaciones sobre el tema de la espiritualidad, que se consideran orgánicamente unidas a esta Communicanda. Creemos que con estas Orientaciones, el Capítulo ha proporcionado a las diversas Unidades un material rico en posibi-lidades y en iniciativas concretas a nivel local. Cada (Vice)Provincia puede encontrar en ellas lo necesario para confeccionar un progra-ma que se adapte a su propia situación, y para cuya concreción será oportuno contar también con la ayuda de las Religiosas de la Orden del Santísimo Redentor y de los Misioneros y Cooperadores Laicos Redentoristas.
  3. El Gobierno General, por su parte, se propone desarrollar “un pro-grama de renovación para los cohermanos basado en las fuentes alfonsianas y redentoristas, si fuera posible en los lugares históricos alfonsianos” (Postulados aprobados por el XII Capítulo General, 4,1) y “proseguir con la idea de promover con mayor frecuencia cursos de espiritualidad de la manera que se juzgue más oportuna” (4,2). Re-cordamos, igualmente, que están previstas “en las Regiones y hacia la mitad del sexenio, reuniones de Superiores Mayores y de Supe-riores Regionales a fin de evaluar la respuesta de las unidades al XXII Capítulo General (Orientaciones sobre el tema de la espiritua-lidad, 10.1) y el encuentro – considerado ya como positivo en el pasado sexenio – de los neoelectos Superiores Mayores de las diversas (Vice)Provin-cias. Creemos, además, que esta Communi-canda puede y debe ser útil durante la visita del Gobierno General a las Provincias en vistas                                   a un diálogo sobre los temas tratados y su aplicación a las situaciones concretas. No obstante, consideramos indispensable la colaboración de las (Vice)Provincias en la realiza-ción concreta de estos programas y – cosa todavía más importante – nos urge ya desde ahora una respuesta de las diferentes (Vice)Pro-vincias a las siguientes preguntas: ¿Qué puntos de la Communican-da reflejan mejor los problemas a nivel local? ¿Qué decisiones con-cretas a adoptar se proponen en ella? ¿Qué ayuda se espera del Gobierno General?
  4. Queridos cohermanos, en este año 1998, que la Iglesia quiere que se dedique de modo particular a la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, confiamos a la acción fecunda y creadora del Espíritu San-to estas pautas de reflexión. Que él “nos haga gustar de su amistad, nos llene de su alegría y de su consuelo, nos ayude a superar los mo-mentos de dificultad y a levantarnos con confianza tras las caídas, haga que seamos espejo de la belleza divina. Que nos dé el arrojo para hacer frente a los retos de nuestro tiempo y la gracia de llevar a los hombres la benevolencia y la humanidad de nuestro Salvador Jesucristo” (cfr. Vita consecrata, 111).

A todos vosotros nuestros saludos más cordiales y fraternos, que os rogamos hacer extensivos a las cohermanas de la Orden del SS. Re-dentor, a las demás Religiosas de la familia Alfonsiana, a los Misi-oneros y Cooperadores Laicos Redentoristas.

En nombre del Consejo General

Joseph W. Tobin, C.Ss.R.

Superior General

(El texto original es el italiano.)