Nacido el 1 de agosto de 1741 en Corato, Italia, profesa el 15 de agosto de 1758. Es elegido Rector Mayor el 26 de septiembre de 1817. Tras la muerte de san Clemente Hofbauer (1820), el Padre Joseph Passerat es nombrado Vicario General para las casas transalpinas. Nicolás Mansione muere en Pagani, Italia, el 13 de diciembre de 1823.
4. Pedro Pablo Blasucci (1793-1817)
Nacido el 22 de febrero de 1729 en Ruvo, Italia, profesa el 14 de agosto de 1753. Tras la muerte de san Alfonso es elegido Rector Mayor para los Redentoristas de Sicilia. El 12 de marzo de 1812 es elegido Rector Mayor de todo el Instituto. Muere en Pagani el 13 de junio de 1817.
3. Francisco Antonio De Paola (1780-1793)
Nacido el 10 de octubre de 1736 en Ruvo, Italia, profesa el 1 de mayo de 1756. El 25 de septiembre de 1780 es nombrado Presidente de las casas redentoristas de los Estados Pontificios. El 4 de julio de 1783 se convierte en Rector Mayor de dichas casas y así permanecerá hasta marzo de 1793. En 1788, nombra a san Clemente Hofbauer como Vicario General para las casas redentoristas transalpinas. Francisco Antonio de Paola muere en Frosinone, Italia, el 8 de noviembre de 1814.
2. Andrés Villani (1787-1792)
Nacido el 7 de febrero de 1706 en San Severino, Italia, es admitido en la Congregación el 15 de mayo de 1737. Profesa en 1740. Desempeña el cargo de Vicario General de San Alfonso (1762-1775). Desde 1783 es Coadjutor con derecho a sucesión para la Congregación en el Reino de Nápoles. A la muerte de San Alfonso, Villani le sucede a la edad de 81 años. Muere en Pagani, Italia, el 11 de abril de 1792.
1. Alfonso de Liguori (1743-1780; 1780-1787)
A la muerte de Mons. Falcoia, director de la Congregación, el 20 de abril de 1743, Alfonso, fundador de la Congregación, es elegido Rector Mayor durante la primera Congregación General (Capítulo general). Tras la aprobación de la Regla por Benedicto XIV, San Alfonso es elegido Rector Mayor vitalicio. Durante el período de su episcopado en Sant’Agata dei Goti (1762-1775), el Padre Andrea Villani desempeña el cargo de Vicario General. Alfonso muere en Pagni el 1 de agosto de 1787.
Invitación del Papa a cuidar nuestra casa común, para reducir los desastres naturales
(RV).- Después de rezar el Ángelus del XXVIII domingo del tiempo ordinario el Papa Francisco saludó a los numerosos fieles y peregrinos que se habían dado cita en la Plaza de San Pedro.
“Queridos hermanos y hermanas – dijo el Papa Bergoglio – el martes próximo, 13 de octubre, se celebra la Jornada internacional por la reducción de los desastres naturales. Lamentablemente hay que reconocer que los efectos de semejantes calamidades con frecuencia se agravan por la falta de cuidado del ambiente por parte del hombre. Me uno a todos los que, de modo previsor, se empeñan en la tutela de nuestra casa común, para promover una cultura global y local de reducción de los desastres y de mayor resiliencia ante ellos, armonizando los nuevos conocimientos con aquellos tradicionales, y con especial atención a las poblaciones más vulnerables”.
El Obispo de Roma saludó con afecto a todos los peregrinos, especialmente a las familias, a los grupos parroquiales procedentes de Italia y de diversos países y, de modo especial a los diáconos y a los sacerdotes del Colegio Germano-Húngaro que fueron ordenados el día anterior y a quienes animó a emprender con alegría y confianza su servicio a la Iglesia. El Papa Bergoglio también saludó a los nuevos seminaristas del Venerable Colegio Inglés, y a la Confraternidad de la Verdadera Santa Cruz de Calahorra.
Además, el Santo Padre saludó a los fieles de la parroquia del Sagrado Corazón y de Santa Teresa Margarita Redi, de Arezzo, en el 50° aniversario de su fundación; a los fieles procedentes de Camaiore y de Capua; al grupo “Jesús ama” que acaba de realizar una semana de evangelización en el barrio romano de Trastevere; a los chicos y chicas que acaban de recibir el sacramento de la Confirmación y, por último, a la Asociación “Davide Ciavattini” dedicada a la asistencia a los niños con graves enfermedades de la sangre.
A todos Francisco deseó feliz domingo y pidió, como suele hacer, que por favor no se olviden de rezar por él, con su clásica expresión de “¡buen almuerzo y hasta la vista!”.
(María Fernanda Bernasconi – RV)
(from Vatican Radio)
Redentoristas celebran 50 años de la creación del colegio San Alfonso en Salta
La comunidad de Padres Redentoristas celebra hoy los cincuenta años de la creación del colegio secundario del Instituto Parroquial San Alfonso.
Los orígenes del actual colegio secundario se remontan a 1958 cuando, en la comunidad de los Padres Redentoristas (parroquia San Alfonso), y desde el círculo de la Acción Católica, se definió el proyecto para la creación de una escuela que pudiera recibir y contener a los numerosos niños del barrio en el que estaba inserta la parroquia. La idea fue tomando forma de la mano de los sacerdotes José Sonntag y Andrés Ibáñez.
El 4 de marzo de 1959 se inauguró el Jardín de Infantes parroquial, que funcionaría en la quinta del convento. Fue dirigido por personas que pertenecían a la Acción Católica de esa parroquia, las que prestaron sus servicios en forma gratuita. La nueva escuela estaría ubicada en la intersección de las calles Rivadavia y 25 de Mayo. La comunidad parroquial apoyó esa iniciativa donando los ladrillos para concretar la obra.
El 3 de abril de 1960 se colocó la piedra fundamental de lo que sería el primer establecimiento educativo parroquial en Salta. Pocos años después se avanzó con un colegio secundario para ofrecer la posibilidad de una continuidad en la formación intelectual y cristiana de los jóvenes.
Así fue que, en febrero de 1965, los padres Sonntag e Ibáñez, junto a la docente María Julia Cabral, pusieron en marcha la idea. En ese mismo mes el proyecto provisional fue probado y comenzó la inscripción de alumnos y la convocatoria de docentes idóneos para cada área. El 16 de marzo de 1965 comenzaron las clases y en agosto del mismo año se incorporó al Instituto Parroquial San Alfonso a la enseñanza oficial, bajo la supervisión y asesoramiento de SNEP (Superintendencia Nacional de Enseñanza Privada).
UN SOLO CUERPO: la oración y el icono del Perpetuo Socorro
Apóstol de Oración constante
San Alfonso Mª de Liguori en su libro “Visitas al Santísimo”, en la primera reflexión, “Jesús, fuente de todo bien”, dice: “¡Santo Dios! Preguntan, Jesús Sacramentado, qué se hace en tu presencia o qué no se hace. Mas yo digo: y ¿qué clase de bien deja de hacerse? Se ama, se alaba, se agradece, se piden gracias. ¿Qué hace un pobre en presencia de un rico? ¿Qué un enfermo delante del médico? ¿Qué un sediento a la vista de una fuente cristalina? ¿Qué un hambriento, en fin, ante un espléndido banquete?”
Enumera diversas formas de hablar con Dios: Oración amorosa, oración de alabanza, oración de agradecimiento, oración de acción de gracias. Todas parten de dos presupuestos: De un Dios poderoso y misericordioso y de la limitación y pobreza del ser humano. Por condescendencia de Dios se entabla una amistad entre el Creador y la criatura. Santa Teresa de Jesús decía: “A mi parecer no es otra cosa la oración sino tratar de amistad, estando muchas veces a solas con quien sabemos que nos ama” (Vida Cap. 8, nº 5).
La oración es, ante todo, un don de Dios misericordioso que nos trata como amigos, sin que nosotros hayamos puesto nada de nuestra parte para merecerlo. Se pone a nuestra disposición, pierde su tiempo para atendernos en nuestras necesidades, e incluso, en nuestros caprichos y escuchar nuestras quejas y desahogos.
La oración no se limita a hablar con Dios, es silencio para escuchar a Dios. Y hay muchos intereses materiales en nuestro corazón que obstaculizan la escucha. Para que la voz de Dios llegue nítida debemos limpiar nuestra casa de preocupaciones y sentimientos egoístas. Nuestra oración puede falsificarse por ambiciones y apetencias personales y, entonces, no estamos hablando y escuchando a Dios, nos estamos hablando y escuchando a nosotros mismos. Nos parecemos a aquel “Lord”, acusado ante un tribunal de tenerse por Dios. Interrogado qué razones aducía para proclamarse Dios, contestó: “Porque cuando rezo a Dios e intento escucharlo, la voz que escucho es la mía”. ¿No nos sucede a nosotros algo parecido cuando acudimos a Dios, sin estar enteramente dispuestos a aceptar su voluntad?
Mientras en nuestra oración no nos adentremos en la escucha de Dios y nos limitemos sólo a exponerle un elenco de peticiones y necesidades, no estaremos preparados para escuchar al hermano. No pasaremos de contemplar su físico exterior, a contemplar lo que hay detrás de esa cara, en el interior, donde viven los sentimientos.
Luz para mis pasos es tu Palabra
Es el momento de leer Lucas 18, 9-14: Una disposición imprescindible para la oración es la humildad de corazón: “¡Oh Dios ten compasión de mí, que soy un pecador!” Dedicar un tiempo para el silencio, la reflexión y la comunicación.
Meditamos a partir de los dos protagonistas de la parábola:
El fariseo tenía muchos rincones oscuros en su vida de relación con Dios. Él solo es quien habla sin darle oportunidad a Dios. También es él mismo quien pretende ser la voz de Dios, esa voz que no puede llegar hasta su corazón, porque sus oídos están taponados por su autosuficiencia y su orgullo. La propia voz del fariseo es la que resuena en su interior.
El publicano parte del reconocimiento de su indigencia. La mirada de Dios puede penetrar hasta su interior e iluminar los rincones oscuros. La sinceridad es quien abre el oído a la voz del Señor. No emplea muchas palabras para reconocer su situación de pecado. Son suficientes para manifestar la humildad de corazón: “Un corazón contrito y humillado Dios no lo desprecia” (Sal 51, 19).
¿Has cerrado tus oídos con los tapones de la autosuficiencia del fariseo? Destapónalos con la humildad del publicano.
Ante el Icono
Contempla el Icono y pregúntate: “¿Qué mensaje me transmite el icono de parte de Dios?”
Basta con colocarse delante de la Virgen del Perpetuo Socorro, mirarle a los ojos para sentirse atraído por su mirada. Una mirada que inspira confianza para desahogar los sentimientos, ya sean de alegría o de angustia. Es una invitación a pedir su ayuda y protección. Ante esta imagen sucede lo mismo que a los leprosos cuando Jesús pasaba cerca. Aunque tenían prohibido acercarse a las personas sanas, la figura del maestro les arrastraba como la fuente a un sediento. Sabían que no los rechazaba, que los miraría con confianza, que se atrevería a tocarles y a devolverles la salud.
Algo parecido acontece ante el Icono. Se dan las condiciones necesarias para prorrumpir en una sincera plegaria. Es la Madre de Dios, tiene a Jesús en sus brazos: “Si quieres puedes…” ¿Tienes necesidad de curación, de un remedio para tus males? Confía en su ternura, pues Ella misma la expresa con su mirada. Con sencillez, sin necesidad de palabras, le puedes abrir el corazón. Este socorro que brinda a quien se acerca se manifiesta con tal claridad que, aún aquellos que no son creyentes, acuden a Ella implorando su protección. Es un Icono que rebosa humanidad y consuela a cualquier hombre o mujer.
El Icono proyecta la imagen de Dios. Es el espejo donde mejor se refleja el rostro materno de Dios: Los rasgos femeninos de Dios, presentes ya en el Antiguo Testamento, aparecen en la delicadeza y dulzura del Icono. En el profeta Oseas Dios se expresa así: “Fui para ellos como quien alza una criatura a las mejillas; me inclinaba y les daba de comer” (11,4). Isaías dice: “Como un niño a quien su madre consuela, así os consolaré yo” (66,13). Este es el gesto de María agarrando las manos de su Hijo, asustado ante los instrumentos de la Pasión que le presentan los ángeles. María dice a los huérfanos y personas solas y abandonadas: “Acércate, que te ponga en mis brazos, como tengo a mi hijo”.
Si en tu interior existe inquietud por la belleza y conservas el gusto artístico propio de la persona humana, sentirás, al fijar tu mirada en el Icono, que de él fluye una hermosura sobrenatural. Brotan destellos de luz. Si esta mirada la potencias con la Fe, entonces percibirás que las palabras del Arcángel Gabriel, en el momento de la Anunciación: “El Señor está contigo”, son una realidad casi palpable. En María estás viendo a Dios, irradia la ternura del Padre Celestial.
Bebiendo de nuestro pozo
El carisma de la Congregación es el manantial donde los redentoristas bebemos el agua de la oración. Fundados para acudir con el alimento evangélico a los necesitados de la Palabra de Dios, siguiendo el ejemplo de Jesucristo, que se retiraba a orar, a hablar con Dios, buscamos en la oración nuestro propio sustento y el pan que compartimos.
El redentorista, ya desde el comienzo del Instituto, dedica parte de su vida a la contemplación de los Misterios de Salvación. Aquellos, cuya forma de vida ha sido la entrega generosa y sacrificada a los necesitados, buscaron la fuerza y generosidad en el trato confiado con el Señor, en el silencio del convento, y han hecho de su celda un oratorio. El estudio y la composición de sus predicaciones han sido elaboradas en diálogo con Jesucristo, maestro y amigo confidencial.
La necesidad de la oración es un absoluto para el creyente, aunque la manera de orar reviste diversas formas. Entre los redentoristas se han practicado de un modo más frecuente: La meditación, la Eucaristía y amor a Jesús Sacramentado, el Viacrucis, el Rosario y las demás devociones a la Virgen María. Estas devociones vienen desde el fundador que las vivió con fervor, les dio realce, las predicó. Escribió libros que las facilitaban y las recomendó a los asistentes a las predicaciones misionales, como medios de perseverancia en la amistad con Dios.
San Alfonso, de tantos libros como escribió, al que consideraba más adecuado para que los fieles alcanzasen la salvación, es el “Gran medio de la oración”. Él mismo afirmó: “Si estuviera a mi alcance, imprimiría tantos ejemplares como cristianos hay en el mundo, y pondría un ejemplar en las manos de cada uno”.
Las Constituciones hoy
La oración es imprescindible en la vida comunitaria y en la vida personal. La constitución 26 dice: “Los congregados hagan suya incesantemente la recomendación del Señor: “Es preciso orar siempre sin desfallecer” Lc 18, 1. Cita Hechos 1,14 y 2,42 para ponernos como modelos de oración a los apóstoles que acudían asiduamente a la fracción del pan y a las oraciones y perseveraban en la oración con un mismo espíritu junto con María, la Madre de Jesús.
Esta insistencia de las Constituciones en la oración es asumida por todo redentorista, ya desde el noviciado. Ninguno cuestiona la necesidad de la oración en cuanto a la teoría. El problema surge y con fuerza, a la hora de ponerla en práctica.
La mayor dificultad es la diversidad de actividades asumidas por la comunidad y personalmente. La oración comunitaria puede verse reducida a la participación de solo parte de sus miembros. Por un lado la misma comunidad no ha conseguido adaptar los horarios para que todos puedan participar. Por otro lado algunos miembros han aceptado compromisos personales que interfieren con la hora de la oración comunitaria.
La oración comunitaria y la oración personal se apoyan, o mejor, se alimentan mutuamente. La comunitaria, sin la vivencia personal del contacto directo y previo con Dios, se limita a un recitado del oficio divino, sin vivencia interior. Será una oración impuesta, como una obligación rutinaria y, a veces, molesta. Partiendo de este estado de ánimo cualquier motivo es suficiente para dejarla. Se encontrarán fácilmente excusas y justificantes para no asistir.
La oración de la comunidad, cuyos componentes no están en unión con Dios, se parece a la carreta que va llena de cántaros vacíos. Hace mucho ruido, pero sin contenido.
La oración comunitaria es aliento vital de la comunidad. Una comunidad que prescinde de la oración está cortando la corriente del oxígeno necesario para que la comunidad viva unida, mantenga su opción preferencial por los necesitados y consiga que entre todos los miembros haya comprensión, perdón, solidaridad y amor. La ayuda mutua que, a veces, puede resultar sacrificada encontrará el apoyo necesario en la oración comunitaria.
Las formas de practicar la oración han evolucionado positivamente y se han enriquecido con aportaciones de vivencias evangélicas de unos y otros cohermanos y en el contacto con otras congregaciones. Estas prácticas oracionales que han ido sustituyendo a las tradicionales, trayéndoles nueva fuerza, nos sirven para mejorar nuestra oración personal y comunitaria. También para celebrarlas y vivirlas con los fieles.
Conclusión
Podemos terminar esta reflexión con una oración delante del Icono de la Virgen del Perpetuo Socorro:
Con nuestra mirada puesta en tu imagen,
te pedimos, Madre buena, que nos enseñes a hablar con Dios;
algo así como tú hacías al hablar con tu Hijo.
Sácanos primero de la prisión de nuestros egoísmos,
de nuestros intereses particulares y prejuicios.
Nos perdemos en el hacer y en el planificar.
A veces olvidamos nuestro ser de redentoristas,
porque hemos prescindido del silencio,
de la conversación tranquila y sosegada con Dios.
Sabemos que Dios se sirve de nuestros deseos,
que, a pesar de nuestras dudas y oscuridades,
intentan ser fieles a la vocación de atender a los pobres
y que tú sostienes con tu Perpetuo Socorro.
Dios es quien nos ha convocado a vivir en comunidad.
Jesucristo cuenta con nosotros
para continuar su misión evangelizadora.
En el niño asustado que tienes en tus brazos
nos muestras el rostro de los niños hambrientos,
de las niñas violadas, de los condenados a trabajos forzados
y privados de sus derechos.
Ayúdanos a liberarlos de esas esclavitudes,
sanarlos y acercarlos a Jesús.
Él es nuestro maestro y guía.
Prometemos seguir tu consejo:
“Haced lo que Él os diga”.
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UN SOLO CUERPO es un folleto mensual de reflexión y oración, preparado por el Centro de Espiritualidad Redentorista (P. Piotr Chyla CSsR – fr.chyla@gmail.com ).
Esta edición fue preparada por: Alberto Eseverri CSsR – kaelcssr@hotmail.com
UN SOLO CUERPO: DE HERMANOS
Desde el principio, los Hermanos Redentoristas han sido parte integral de los miembros de nuestra Congregación. En los últimos veinticinco años hemos visto cómo el número de Hermanos descendía significativamente acompañado de una muy desproporcionada relación entre las profesiones temporales de los candidatos que aspiraban al sacerdocio y de los que aspiraban a ser Hermano. Si miramos hoy a los miembros de nuestra Congregación desde un punto de vista estadístico según el número de Hermanos y de Sacerdotes, vemos el panorama desolador que se le presenta al futuro del Hermano Redentorista en la Congregación. Nuestras más recientes estadísticas indican que, de un total aproximado de 5 mil Redentoristas, tenemos tan sólo cuatrocientos Hermanos con un promedio de edad, además, superior a los 60 años.
Cuando en ocasiones se habla del tema de los Hermanos, la conversación suele girar en torno a unas pocas preguntas: ¿Necesitamos todavía Hermanos en la Congregación cuando justamente ahora nos estamos abriendo a la colaboración de los laicos y llegamos, a veces, incluso a contratar gente que haga el “trabajo” que solían hacer antes generalmente los Hermanos? ¿Debemos continuar aceptando candidatos a Hermano? ¿Cuál es la identidad del “Hermano” en la Congregación? Todas estas preguntas, y muchas más que se hacen sobre los Hermanos en la Congregación, son en sí mismas síntoma de otro problema mucho mayor que consiste en una errónea concepción de nuestra vocación como personas llamadas a vivir la vida consagrada. Dar una respuesta a cada una de estas preguntas puede ayudar a calmar la preocupación de algunos, a arrojar luz sobre determinadas incertidumbres, a clarificar ciertos equívocos o, incluso, a reforzar la opinión de quienes creen que ya no hay necesidad de Hermanos. Para abordar este interrogante hoy, hay que plantearse la cuestión de un modo correcto, no haciéndose sólo una pregunta: ¿Qué significa ser Hermano Redentorista?, sino preguntándose también ¿Qué significa ser Redentorista? Si somos capaces de dar una definición de lo que es ser Redentorista, podremos también, en consecuencia, definir qué significa ser Hermano Redentorista. En nuestras Constituciones y Estatutos se utiliza ya desde el principio la palabra Redentorista para referirse a los miembros de la Congregación.
“Para realizar esta misión en la Iglesia, la Con¬gregación reúne hermanos que, viviendo en común, constituyen un cuerpo misionero… Todos los redentoristas, movidos por el espíritu apostólico e imbuidos del celo del Fundador, fieles a la tradición marcada por sus antepasados y atentos a los signos de los tiempos…” (Const. 2)
Así, para responder a la pregunta ¿Quién es un Redentorista?, el primer sitio lógico al que acudir para buscar una respuesta se halla en nuestros documentos oficiales; ellos nos indican la idea fundamental para hallar la respuesta. La Constitución 20, que memorizamos durante nuestro noviciado, nos proporciona claramente el perfil de quienes son llamados a ser Redentoristas. Además, el último Capítulo General, estudiando los “signos de los tiempos” e intentando dar una respuesta apropiada a los desafíos que ellos representan, tomó algunas Decisiones con el fin de acelerar el proceso de Reestructuración, ya en marcha desde hacía años. El XXIV Capítulo General expresó con el lema escogido cuál debía ser el enfoque que habría que dar a la misión hoy día: “Predicar el Evangelio siempre de manera nueva, renovada ESPERANZA, renovados CORAZONES y renovadas ESTRUCTURAS para la MISIÓN”. Este mismo Capítulo expresó también cuál era el perfil del Redentorista hoy. (cfr. Decisión Final, XXIV Capítulo General 2009).
Si los términos de estos documentos nos situaron en el recto camino para responder a la pregunta ¿Quién es un Redentorista? podremos responder también, en consecuencia, a la pregunta ¿Quién es un Hermano Redentorista?
El Hermano Redentorista, como todos los Redentoristas, está llamado a vivir en comunidad formando un solo cuerpo misionero que continúe a Cristo Redentor. El Hermano ha salido del Pueblo de Dios y ha sido llamado a una vida de castidad, pobreza y obediencia. El Hermano se identifica con Cristo a fin de que la gente pueda reconocer en él a alguien que vive para los demás. En cuanto Redentorista, es misionero, apóstol y profeta; evangeliza y se prepara personalmente para ser evangelizado por el pueblo del que procede, especialmente por los pobres y más abandonados. El Hermano Redentorista se implica en diversidad de apostolados y de servicios que contribuyen, todos ellos, a la misión de la Congregación. Algunos de estos apostolados incluyen, aunque no exclusivamente, la pastoral de Santuarios, la pastoral juvenil, la predicación ocasional, la enseñanza, los medios de comunicación, la promoción vocacional, la pastoral extraordinaria de inmigrantes, la pastoral de mantenimiento, etc. Los profesos Redentoristas son hombres llamados a continuar a Cristo Redentor; en consecuencia, el Hermano Redentorista es expresión viva de la vocación del laico consagrado llamado también a continuar a Cristo Redentor.
Luz para mis pasos es tu Palabra
Mt. 23: 1-12
Dedíquese un tiempo a leer en forma de oración este pasaje de la Escritura. Dejen que los oídos y los ojos de su mente escuchen atentamente cuanto ahí se dice y que contemplen cuanto ahí se describe. ¿No hemos convertido el mandamiento de Jesús sobre el amor a Dios y el mutuo amor entre nosotros en un conjunto de reglas, de ritos, de prácticas, de normas, convirtiéndonos así, también nosotros mismos, en los nuevos doctores de esa ley del amor? ¿No nos hemos convertido en una nueva “clase sacerdotal” para la que el sacerdocio es una especie de ascenso a un estatus social superior? “Todos vosotros sois hermanos” – dice Jesús en el versículo 8. En cuanto profesos Redentoristas, somos una Congregación de Hermanos y de Sacerdotes, ¿Nos comportamos en la comunidad con la actitud propia de quienes todos se sienten iguales? ¿Practicamos lo que predicamos? “El que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido”.
Ante el Icono
Nos acercamos a la celebración del 150 Aniversario de la entrega a los Redentoristas del icono de Nuestra Madre del Perpetuo Socorro (NSPS). Somos misioneros cuya razón de ser, la de todos conjuntamente, es la de ““seguir el ejemplo de Jesucristo Salvador en la predicación de la Palabra de Dios a los pobres, como Él dijo de sí mismo: Me envió a anunciar la buena nueva a los pobres” (Const. 1). Somos afortunados de tener bajo nuestra custodia este milagroso Icono que es una de las ayudas más eficaces para la predicación de la Buena Nueva a los pobres.
Se dice que antes de pintar un icono, su autor se prepara mediante la oración, los actos de penitencia y el ayuno para impetrar la ayuda divina en la obra que sus manos están a punto de dar a luz. Un icono, más que una obra maestra de arte que admirar, es una ventana que se abre ante nosotros hacia el cielo; nos pone en contacto con una historia de fe previamente vivida en la oración, con una historia destinada a ser compartida. El icono de Nuestra Madre del Perpetuo Socorro es un estímulo visual que gradualmente nos invita a adentrarnos en la historia de nuestra Redención a través de la Palabra hecha carne, que pagó el precio de nuestra salvación, y a través de su Madre que, por la fe, dijo sí a la Palabra para que ésta se hiciera carne en ella, y que cuidó con suma ternura al Verbo Encarnado, su Hijo, hasta el momento de su muerte en Cruz. En el Icono, María nos dice: “puedes venir a mí cuando estés turbado, cuando te sientas solo, con miedo; dime lo que sientes, aquello por lo que luchas. Yo te conduciré hasta Aquel que es Uno con el Padre”.
Cuando una historia atrapa nuestra imaginación, persiste en nosotros, y nos impulsa a compartir con los demás su contenido a fin de que también ellos puedan experimentar nuestros mismos sentimientos y emociones, esa historia se convierte en materia prima del actuar humano. El icono de Nuestra Madre del Perpetuo Socorro tiene una historia extraordinaria que contar, una historia que, a través de los años, ha movido a millones de personas a actuar de forma verdaderamente humana, pero divinamente inspirada, amando a Dios y a los demás. Cuando nos situamos ante el Icono y releemos la historia, puede que lleguemos a emocionarnos como niños pequeños que quieren escuchar una y otra vez su cuento preferido. Que esta emoción nos impulse a relatar una y otra vez esta historia a todos los que conocemos, transmitiéndoles una experiencia que les ayude a nutrir su imaginación cristiana; y que nosotros sigamos esforzándonos por ser dignos custodios de este extraordinario tesoro.
Bebiendo de nuestro propio pozo
Santi Raponi, reflexionando sobre los Hermanos Redentoristas al comienzo de nuestra Congregación, escribe: “En la primera Fundación de Scala, junto al Fundador y al pequeño grupo que lo acompañaba, nos encontramos a Vito Curzio, el primero entre los Hermanos Redentoristas. Esta presencia de un laico junto a los sacerdotes probablemente no fue pensada o planeada por el Fundador, pero surgió de forma natural en virtud de la tradición, sin subestimar, por supuesto, las circunstancias providenciales que llevaron a Vito Curzio a seguir a Alfonso. Desde el principio hasta nuestros días nos encontramos a laicos junto a los sacerdotes, ya sea en las clásicas Órdenes pre-tridentinas ya sea en los Institutos post-tridentinos”.
Siguiendo a Vito Curzio, nos encontramos con numeroso Hermanos que contribuyeron a dar forma a nuestra Congregación, a definir su espiritualidad, y a darle su propia identidad. Conocemos a San Gerardo Maiella, su vida y escritos, como conocemos también al Hermano Francesco Tartaglione, cuyos esfuerzos sobrehumanos están acreditados con la consecución de la primera Regla redentorista aprobada. Hay que allegarse a los libros escritos por San Alfonso, que se imprimieron y se vendieron, a fin de nutrir a los cohermanos y a la creciente Congregación. Siempre que se enviaron misioneros para iniciar una misión en tierras extranjeras, hubo también siempre Hermanos en aquellos equipos pioneros. Entre el último grupo de mártires españoles beatificados se halla también un Hermano Redentorista. La lista de Hermanos y su contribución a hacer de los Redentoristas lo que hoy día somos sigue y sigue adelante.
El propio San Alfonso tuvo problemas con la presencia de Hermanos en la Congregación. De la lectura de sus escritos deducimos que estos problemas se debieron principalmente a la estructura social de su tiempo. Él siempre se refirió a los Hermanos como “mis hermanos”, pero vio que su papel en la Congregación era de “servicio y trabajo”, de crecimiento en las virtudes de la humildad, de la obediencia, de la paciencia y, por supuesto, el de evitar toda forma de orgullo. Alfonso vio a los Hermanos en pie de igualdad con los Sacerdotes, pero esta igualdad llevaba para él, sin duda alguna, el sello propio del carácter específico que su tiempo otorgaba a esta igualdad. Se cuenta la historia de un novicio Hermano que, mientras lavaba los platos con Alfonso, intentó impedir que éste se manchara demasiado por lo que colocó las ollas más sucias lejos de Alfonso. Cuenta el relato que Alfonso le dijo al Hermano novicio: “¿Crees que yo soy, quizá, mejor que tú?”.
Si hoy nos oponemos a la presencia de los Hermanos en la Congregación, puede que se deba a que no hemos captado enteramente el significado de la misión, la de continuar a Jesucristo Redentor predicando la Buena Nueva a los pobres y abandonados, eligiendo libremente los votos de pobreza, castidad y obediencia; es decir, la vida consagrada. En ninguna parte se dice hoy, ni siquiera implícitamente, que alguien deba ordenarse para responder a esta llamada. Ciertamente, la ordenación permitirá llevar a cabo determinadas tareas “sacramentales” asociadas al sacerdocio; una realidad suficiente pero no necesaria para la vida consagrada. Nuestra vocación misionera a evangelizar, a salir a las periferias para buscar a los marginados y abandonados, es una llamada que se hace no sólo a los ordenados, sino a todos los bautizados. Por tanto, la llamada a ser Redentorista no es una invitación a un “trabajo” particular, sino, más bien, una llamada a un modo particular de estar en MISIÓN en nuestro mundo de hoy; siempre prontos y disponibles para asumir lo que dicha misión exige, dispuestos a asumir el mutuo compartir en el misterio de Cristo y a llevar a la gente la Buena Nueva de la abundante redención.
Para concluir
Terminemos nuestra reflexión unidos en comunión con nuestros hermanos y hermanas y oremos con las palabras que cientos de millones de devotos dirigen a Nuestra Señora desde los orígenes de la devoción a su Icono:
Oh Señor Jesucristo, que nos diste a Tu Madre María, cuya insigne imagen veneramos como Madre siempre pronta a ayudarnos, concédenos, te rogamos, que quienes constantemente imploramos su maternal ayuda merezcamos disfrutar eternamente de los frutos de tu redención. Tú, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
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UN CUERPO es un folleto mensual de reflexión y oración, preparado por el Centro de Espiritualidad Redentorista (P. Piotr Chyla CSsR – fr.chyla@gmail.com ).
Esta edición fue preparada por Jeffrey Rolle, CSsR –
jeffrolle@gmail.com
Traducción del inglés: P. Porfirio Tejera CSSR








