Fiesta de San Alfonso María de Ligorio: San Alfonso, peregrino de esperanza y testigo de la Abundante Redención
«El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar la Buena Nueva a los pobres.» (Lc 4,18)
Hoy la Iglesia se llena de alegría para celebrar a San Alfonso María de Ligorio, un hombre que dejó que el Evangelio transformara completamente su vida. No recordamos solamente a un gran santo del pasado; celebramos a un discípulo que sigue mostrándonos el camino para vivir el Evangelio en nuestro tiempo.
Al contemplar su vida, descubrimos que San Alfonso no buscó hacer cosas extraordinarias. Lo extraordinario fue la profundidad con la que creyó en el amor de Dios. Estaba convencido de que nadie está tan lejos que no pueda ser alcanzado por la misericordia del Redentor. Esa certeza dio sentido a toda su existencia.
Por eso dejó atrás una carrera prometedora, aceptó las incomprensiones, abrazó las dificultades y gastó todas sus energías anunciando una sola noticia: Dios ama a cada persona con un amor que nunca se cansa.
Ese fue el corazón de su espiritualidad.
A veces pensamos que la santidad consiste en hacer muchas obras. San Alfonso nos enseña algo diferente. La santidad consiste en dejar que el amor de Dios ocupe el centro de nuestra vida. Cuando ese amor transforma el corazón, todo cambia: la manera de mirar, de hablar, de perdonar, de servir y de caminar junto a los demás.
Él comprendió que la misión nace siempre de un encuentro. Nadie anuncia con alegría a Jesucristo si antes no ha experimentado la alegría de sentirse buscado, perdonado y amado por Él.
Por eso dedicó su vida a quienes casi nadie buscaba.
Los campesinos olvidados, los pastores de las montañas, las personas sencillas, los pobres, los enfermos, quienes cargaban con el peso de la culpa y pensaban que Dios los había abandonado… Todos encontraron en San Alfonso un hermano que los acercaba nuevamente al corazón del Padre.
Todavía hoy existen muchos abandonados.
No siempre son pobres de bienes materiales. También hay quienes viven abandonados por la indiferencia, por la soledad, por la violencia, por el miedo, por la falta de sentido. Hay jóvenes que buscan un horizonte, familias heridas por la división, ancianos que esperan una visita, personas que sienten que ya nadie cree en ellas.
El carisma redentorista sigue siendo una respuesta para nuestro tiempo. Allí donde una persona pierde la esperanza, allí comienza la misión.
El Jubileo nos recuerda que somos Peregrinos de Esperanza. No caminamos llevando nuestras propias seguridades; caminamos siguiendo al Redentor, convencidos de que la esperanza cristiana no decepciona porque tiene su fundamento en el amor de Dios.
San Alfonso fue un verdadero peregrino de esperanza. Nunca dejó de confiar, ni siquiera cuando la enfermedad debilitó su cuerpo, cuando las incomprensiones oscurecieron sus últimos años o cuando experimentó el dolor de verse separado de la Congregación que tanto amaba. Su esperanza no dependía del éxito de sus proyectos, sino de la fidelidad de Dios.
Esa es una enseñanza muy necesaria para nosotros.
Vivimos tiempos de incertidumbre. Muchas veces sentimos que el mal hace demasiado ruido y que el bien avanza lentamente. Podemos caer en el desaliento o pensar que nuestros pequeños esfuerzos no cambian nada.
Sin embargo, el Evangelio nos recuerda que el Reino de Dios crece como una semilla escondida. La esperanza no hace desaparecer inmediatamente los problemas, pero nos da la certeza de que Dios sigue actuando silenciosamente en la historia.
La contemplación nos enseña a descubrir la presencia de Dios allí donde el mundo solo percibe oscuridad. San Alfonso vivió precisamente así. Su oración alimentaba su misión, y su misión lo llevaba nuevamente a la oración. Nunca separó la contemplación del compromiso, porque sabía que quien permanece unido a Cristo termina pareciéndose a Él.
También el papa Francisco nos recuerda que la alegría del Evangelio siempre nos impulsa a salir al encuentro de los demás. Una Iglesia encerrada en sí misma pierde el aliento del Espíritu. En cambio, una Iglesia que sale con humildad, especialmente hacia los más pobres y abandonados, hace visible el rostro misericordioso del Redentor.
Ese fue el sueño de San Alfonso.
No fundó una Congregación para buscar prestigio. La fundó para que nadie quedara sin escuchar que Dios lo ama.
Hoy ese sueño continúa en nosotros.
Cada bautizado está llamado a ser misionero de esperanza. No hace falta recorrer grandes distancias. La misión comienza en nuestra familia, en nuestro trabajo, en la comunidad, en la persona que necesita una palabra de aliento, una escucha paciente o un gesto de cercanía.
La mejor manera de honrar a San Alfonso no es solamente admirar su vida, sino dejarnos contagiar por su pasión por el Evangelio.
Que nuestra presencia haga más fácil creer en Dios.
Que nuestras comunidades sean lugares donde todos encuentren acogida.
Que nuestras palabras transmitan misericordia antes que condena.
Que nuestras manos estén siempre abiertas para servir.
Que nuestro corazón nunca deje de buscar a quienes se sienten olvidados.
Entonces la espiritualidad redentorista seguirá viva, porque continuará revelando al mundo la Abundante Redención que Cristo ofrece a todos.
Al concluir este triduo, demos gracias por el testimonio de San Alfonso. Pidámosle que nos enseñe a amar a Jesucristo con todo el corazón y a hacer de nuestra vida una misión permanente.
Porque quien ha encontrado al Redentor ya no puede guardar esa alegría para sí mismo.
Momento de silencio: Agradezcamos al Señor la vida de San Alfonso.Preguntémonos en lo profundo del corazón: ¿Dónde me invita hoy el Redentor a ser un peregrino de esperanza? ¿Quién espera de mí un gesto que haga visible el amor de Dios?
Oración
Señor Jesucristo,
Redentor del mundo,
te damos gracias por el don de San Alfonso María de Ligorio.
En él nos has mostrado que la santidad nace de un corazón enamorado de tu misericordia y entregado sin reservas al anuncio del Evangelio.
Haz que también nosotros vivamos como peregrinos de esperanza.
Que nunca nos cansemos de buscar a los pobres y abandonados.
Que nuestras comunidades sean hogares de acogida, de reconciliación y de alegría.
Enséñanos a anunciar tu Evangelio con sencillez, a servir con humildad y a confiar siempre en la fuerza de tu amor.
Que, siguiendo las huellas de San Alfonso, sepamos llevar a todos la buena noticia de la Abundante Redención, para que nadie dude jamás de que es amado por Ti.
María, Madre del Perpetuo Socorro, acompáñanos en el camino de la misión.
Y que San Alfonso interceda por nosotros, para que nuestra vida sea un reflejo del rostro misericordioso del Redentor.
Amén.
San Alfonso María, doctor de la Iglesia, padre de los Redentoristas y misionero de la Abundante Redención, ruega por nosotros.






































